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sábado, 20 de junio de 2026

Cóbreces, destino espiritual

Como si de un antiguo ceremonial se tratara, el peregrino viaja a través del espacio y también del tiempo hacia una dimensión espiritual y cultural que trasciende la mera geografía. El destino es Cóbreces alfoz de Lloredo, en la costa occidental de Cantabria, entre las conocidas poblaciones de Comillas y Santillana del Mar—, donde se eleva la abadía cisterciense de Santa María de Viaceli. 

El tío Leoncio en Viaceli

Hasta aquí venía ya en la adolescencia, acompañado por mi hermana Cini y mi cuñado Paulino, para visitar al tío Leoncio. Él afirma que este monasterio es su verdadera casa, aunque naciera lejos de aquí, en la aldea berciana de Losada. Después de tantos años entre estos muros, resulta difícil imaginarlo en otro lugar.

La abadía de Viaceli, habitada por una comunidad de monjes cistercienses de la estricta observancia (trapenses), es uno de esos espacios donde arquitectura, paisaje y espiritualidad parecen fundirse de manera natural. Construida entre 1906 y 1910 en estilo neogótico, se levanta entre prados verdes frente al mar. Muy cerca se encuentra la playa de Luaña, abierta entre campiñas y acantilados, mientras que hacia el este se extiende el impresionante paraje del Bolao, en Toñanes, donde una cascada y las ruinas de un antiguo molino se precipitan hacia el Cantábrico. Caminar desde el monasterio hasta el acantilado del Bolao, cuyo paisaje posee la fuerza visual de un escenario cinematográfico, constituye una experiencia serena y reconfortante.


Durante décadas, la comunidad de Viaceli contó con una notable presencia de monjes procedentes de El Bierzo. El propio tío Leoncio recuerda vocaciones llegadas desde Cabanillas de San Justo, Villaviciosa de San Miguel, Losada, Quintana de Fuseros o Noceda del Bierzo. De algún modo, este rincón cántabro mantiene un vínculo profundo con la tierra de la que procede quien escribe estas líneas. Quizá por eso siempre regreso aquí con una sensación familiar, como si dos paisajes en apariencia distintos —las montañas y valles del Bierzo y la costa cantábrica— estuvieran unidos por una misma corriente humana y espiritual. 

Además, Viaceli conserva una tradición gastronómica que forma parte de su identidad. El queso elaborado por esta comunidad monástica posee una merecida fama y constituye un recordatorio de que lo espiritual no está reñido con lo material. Al contrario, las formas más elevadas de la existencia humana descansan siempre sobre realidades concretas como el trabajo, la convivencia, los alimentos o las instituciones que permiten la continuidad de una comunidad. 

Hospedería

Tenía ganas de volver a este lugar que tantas veces me ha procurado serenidad y energía para seguir adelante. En esta ocasión deseaba especialmente ver al tío Leoncio después de la operación a la que fue sometido en el hospital San Juan de Dios de León tras una caída sufrida en el monasterio de Carrizo de la Ribera, donde ejercía como capellán a comienzos de este año.

Conversar con él resulta siempre estimulante. Es una persona culta, observadora y dotada de una notable sensibilidad para la música y las letras; en definitiva, para comprender y analizar la condición humana. Me impresiona pensar que alguien formado en Teología en Roma y que conoció también la vida monástica alemana en las proximidades de la ciudad de Colonia haya dedicado la mayor parte de sus noventa y dos años a esta abadía cántabra, ordenando sus jornadas según el ritmo de los oficios litúrgicos, desde Vigilias hasta Completas. 



Escuchar el Salve Regina en la capilla del monasterio produce una sacudida en las entrañas. Durante unos instantes uno siente una comunión con el infinito, una experiencia a la vez mística y profundamente humana; una realidad que no se encuentra fuera del mundo, sino inserta en él, formando parte de su historia, de su cultura y de sus símbolos.

También me llama la atención la fuerza de las costumbres. Los seres humanos vivimos inmersos en hábitos que se repiten día tras día, aunque nunca de manera idéntica. Esa observación me recuerda la existencia metódica que atribuyen los biógrafos a Kant y me lleva igualmente a pensar en las diversas formas de encontrar sentido a la vida, para unos, en la divinidad; para otros, como el filósofo neerlandés de ascendencia sefardí Spinoza, en la naturaleza, entendida como la sustancia infinita que engloba cuanto existe.

De manera inevitable, la estancia en Viaceli invita a la reflexión. Quizá por eso el ser humano ha sentido siempre la necesidad de trascender los estrechos límites de su existencia individual. Hay en nosotros una suerte de inconformismo que nos impulsa a buscar horizontes más amplios, como si una sola vida no bastara para contener todas nuestras inquietudes, nuestros sueños y nuestro deseo de permanencia. 

Ruinas del antiguo molino y cascada en paraje del Bolao

En esta ocasión tuve además la oportunidad de compartir mesa y conversación con personas llegadas de distintos lugares. Coincidí allí con Antón, del País Vasco, profesor de literatura; Juan Antonio, catedrático de inglés, soriano de origen y afincado en Zaragoza, cuyo hermano forma parte de la comunidad monástica; Araceli, llegada desde Tineo, en Asturias; Noelia y su marido, procedentes de Toledo; Sagrario, de Soria; y Maribel, natural de Villafranca de los Barros, en Extremadura; ambas residentes en Salamanca. Con algunos de ellos las conversaciones se prolongaron durante horas, entre comidas, paseos y momentos de descanso.

Especialmente grato resultó recorrer en compañía de Sagrario y Maribel el mirador de la Corneja, los acantilados de Trasierra y el bosque de secuoyas de Cabezón, paisajes que quizá merezcan ser objeto de un futuro relato. También quiero expresar mi agradecimiento a Mari Cruz, responsable de la hospedería y atenta cuidadora de los monjes, así como a Cristina, una joven ucraniana que colabora en las tareas cotidianas del monasterio. La hospitalidad de ambas contribuye decisivamente a crear ese clima de serenidad y acogida que caracteriza a Viaceli. 

Paraje del Bolao

Me sorprendió gratamente reencontrarme con Noelia en la abadía. Hay encuentros que parecen fruto del azar, aunque terminan adquiriendo un significado especial en el curso de la vida. Su presencia añadió una nota de alegría a una estancia que ya de por sí estaba cargada de recuerdos, conversaciones y experiencias compartidas.

Todo ello —los recuerdos, los encuentros, las conversaciones y los paisajes— alimenta inevitablemente la reflexión. Entonces acude a la memoria la vieja pregunta: ser o no ser, estar o no estar. Ahí radica la cuestión. Porque no basta con existir; también importa el modo en que habitamos el mundo, la forma en que nos hacemos presentes ante los demás y ante nosotros mismos. Tal vez la gran pregunta humana no consista únicamente en saber qué somos, sino también dónde estamos y cómo recorremos el breve trecho que nos ha sido dado transitar.

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