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viernes, 19 de junio de 2026

San Vicente de la Barquera, una estampa casi onírica

La imagen de San Vicente de la Barquera permanece grabada en la memoria sensorial y sentimental del viajero como una visión nítida, como un sentimiento arraigado en lo más profundo del subconsciente. 

Creo recordar que visité por primera vez esta villa siendo apenas un rapacín. Debió de ser antes de alcanzar Comillas y Cóbreces, donde se alza el monasterio cisterciense de Viaceli. Desde entonces, su imagen habita en un rincón privilegiado de mi recuerdo. Aún hoy, después de tantos años, puedo evocar aquella estampa casi onírica, en la que aparecen el castillo de San Vicente elevándose sobre la villa como en una pose extática; las murallas que protegieron durante siglos a sus habitantes; la silueta de la iglesia fortificada; el puente de La Maza, con sus arcos tendidos como una serpiente prehistórica sobre las aguas, fundiendo historia y paisaje; las coloridas embarcaciones meciéndose suavemente en la ría y, al fondo, emergiendo entre brumas y luces cambiantes, los Picos de Europa, que tanto fascinan al visitante.

La villa de San Vicente, con su inconfundible olor a mar y a pescado, ocupa un lugar privilegiado en mi memoria, abrazada por una bahía cuyos brazos la resguardan de la bravura del Cantábrico. 


Tierra de marineros, peregrinos y horizontes abiertos, San Vicente forma parte tanto del Camino de Santiago como de la Ruta Lebaniega, sendas que parecen confluir en un mismo itinerario espiritual y, por supuesto, también terrenal. Pero la localidad no sólo cautiva por la hermosura de sus paisajes; también lo hace por su gastronomía, donde brillan los productos del mar, las carnes y los quesucos de los valles, tan apreciados por el expresidente Revilla, enamorado de su tierra. Además, gracias a su esposa Aurora, mantiene vínculos familiares con la aldea de Lumeras, en los Ancares leoneses, tierra que también es la del viajero, quien en estos momentos disfruta de esta Cantabria de verdes valles. https://cuenya.blogspot.com/2021/11/lumeras-la-aldea-de-daniel-higinio.html 


Al igual que su cocina, el paisaje se presenta como un plato exquisito. Basta recorrer los senderos que bordean la marisma de Pombo para comprenderlo. El intenso verde de los prados se funde con los reflejos cambiantes del agua mientras las montañas se elevan en el horizonte, en un territorio donde naturaleza y belleza se abrazan de manera inseparable.

Y si existe un lugar capaz de condensar toda la esencia de esta costa cántabra, ese es el Parque Natural de Oyambre. En este espacio idílico, entre playas salvajes, dunas, marismas y acantilados modelados por el viento y el mar, la naturaleza despliega un escenario sobrecogedor. Es un espacio donde el tiempo parece transcurrir con otra cadencia y donde el viajero comprende que hay paisajes cuya hermosura se siente, se atesora y permanece para siempre en la memoria sensorial y sentimental. 


Prosigo mi camino rumbo al monasterio cisterciense de Cóbreces, mi destino espiritual por excelencia. Allí vive, con sus noventa y dos años cumplidos, el tío Leoncio, un hombre bueno al que deseo volver a ver y con quien anhelo conversar tras la operación de cadera que tuvo que afrontar a comienzos de este año en el hospital de San Juan de León.

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