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viernes, 2 de enero de 2026

Madrid exprés

 


Madrid es una de mis ciudades preferidas, salta a la vista, porque la he visitado en infinidad de ocasiones, incluso viví un tiempo en la misma, y siempre encuentro un motivo para volver a la capital del Reino de España. 

Recientemente, coincidiendo con el puente de la Constitución del pasado mes de diciembre, me acerqué a esta ciudades de ciudades, los madriles, para darme un voltión por lugares de siempre, que son espacios que me entusiasman, porque han sido o son importantes debido a su historia, a su ambiente literario, a mi relación con los mismos, etc. 

Me fascina ver/escuchar/saborear/oler las ciudades a través de la literatura, del arte, porque la vida se purifica y se eleva cuando es valorada por el arte, como dijera Óscar Wilde, el arte eleva la vida, el arte como fenómeno catártico, según Aristóteles, porque la catarsis purifica y espiritualiza al ser humano, el arte como una prolongación natural de la vida, y la vida como forma de creación artística que el arte humano puede hacer visible, a sabiendas de que la vida es lo importante, lo esencial, porque es única e irrepetible, breve, siempre o casi siempre breve (la lectura De la brevedad de la vida, del filósofo romano de origen cordobés Séneca, me marcó), por más años que uno viva. 

La vida es un suspiro, llegó a decirme el entrañable paisano Tomás Nogaledo, que falleció con noventa y muchos años. Y eso se me quedó clavado en el ADN. Si él lo dijo, que vivió más de noventa años, entregado a su familia, a su trabajo... entonces, está claro. Además, uno desea vivir de claridades y lo más despierto posible, como dijera el filósofo Ortega y Gasset. 


Lo esencial en todo caso es estar en forma, sentirse con ganas, con ganas para disfrutar de lo que uno percibe, lo que uno siente, lo que uno degusta... Y ahí, en ese mundo sensorial, a veces sensual, está el emblemático y céntrico restaurante Lhardy (Carrera de San Jerónimo, 8, al lado del museo del jamón, que por cierto ya no es lo que era), a unos pasos de la Puerta del Sol ("Su reloj marca la entrada del año nuevo a muchos españoles, así como marcó en su día algunos acontecimientos trascendentales para el país, desde las revueltas del 2 de mayo de 1808 a la proclamación de la República de 1931", dice Andrés Trapiello de la misma https://cuenya.blogspot.com/2024/05/madrid-de-andres-trapiello.html), que sigue en pie a pesar del paso de los años, con su famoso caldo, y dicen que también con su famoso cocido.

El escritor Umbral era un devoto de este restaurante y de su cocido. Aunque para buenos cocidos los que sirve Maruja y su sobrino Cefe en Castrillo de los Polvazares, dicho sea de corrido y a la buena de dios. https://cuenya.blogspot.com/2024/12/casa-maruja-el-templo-del-cocido.html

"Unos conspiran en las tabernas y otros conspiran en Lhardy. Se empieza en los tabernáculos obreros de Vallecas y se acaba dando una cena en Lhardy, porque todo el secreto de la vida nacional está en saltar de la taberna obrerista a Lhardy”, dijo Umbral, que lo manuscribió todo o casi todo, porque vivió por y para la literatura. Resulta difícil encontrar a un tipo tan lúcido y tan cascarrabias como Umbral https://cuenya.blogspot.com/2011/10/umbral-sublime-sin-interrupcion.html, cuyos orígenes por parte materna eran de León -su madre nació en Valencia de Don Juan, como él mismo cuenta en Las palabras de la tribu-, que escribiera tanto, con su singular estilo, sobre Madrid. https://cuenya.blogspot.com/2015/03/umbral-leones.html


"A las ciudades las hacen los escritores o los reyes. Madrid lo hicieron entre Carlos III y un albañil de Vallecas. Más los prosistas del XVII y del 98. El cine, que no es sino otra escritura, está rehaciendo Madrid, el Madrid de hoy. Primero fue Berlanga y ahora es Almodóvar", escribió Umbral en el periódico El País en 1988.

En todo caso, el Lhardy es un templo gastronómico, con solera, por el que han pasado ilustres e ilustrados como el autor de Mortal y rosa https://cuenya.blogspot.com/2009/07/mortal-y-rosa.html además de don Ramón Gómez de la Serna, el creador de las greguerías, aunque éstas tengan en cierto modo antecedentes en otros autores. El propio Gómez de la Serna, también de la Sorna https://cuenya.blogspot.com/2020/07/el-gregueristico-ramon-gomez-de-la.html, con sus vanguardias, llegó a decir que el silencio no se pierde en Lhardy a medida que se come, sino que aumenta. Pues eso, ahí sigue en pie el Lardhy.
Aquí se imprimió la primera parte del Quijote


El paseo continúa por la calle de Atocha, cuyo nombre proviene del camino que en tiempos, entre espartos, olivares y cañizares, llevaba a la antigua ermita de Virgen de Atocha. En concreto, en el número 87, estuvo la imprenta donde se imprimió la primera parte de El ingenioso hidalgo Don Quijote, una obra que he podido leer en dos ocasiones (la segunda durante mi estancia en México). La verdad se dicha, me gustaría volver a releer esta novela de aventuras, esta magna obra de viajes por diferentes puntos de la geografía española, entre ellos la provincia de León, donde uno encuentra de todo, como en botica, y además leyéndola uno se divierte y puede lograr que su léxico sea más rico, sustancioso, pues cuenta con terminología, expresiones, refranes y proverbios extraordinarios. Leyéndola entendemos más y mejor nuestra España.

Algunos investigadores, como el leonés Santiago Trancón, sugieren que la familia de Cervantes era originaria de las montañas de León (el Viejo Reino), lo que explicaría la familiaridad del creador del Quijote con esa tierra, nuestra tierra. También el gran poeta José Antonio (Toño) Llamas apunta a que "todo El Quijote rezuma en algún momento de lo leonés".

Esta placa conmemorativa, en la famosa calle de Atocha, recuerda el hito. No te olvides, me recuerda la amiga escritora Margarita Álvarez, que es una gran conocedora de Madrid y del Barrio de las Letras, que en la calle de San Eugenio, número 7, existe una placa en la que puede leerse que acogió en el siglo XVII el taller del impresor Juan de la Cuesta, donde se imprimió la segunda parte de El Quijote, obra magna de las letras españolas. Y siguiendo las huellas de Cervantes por el Barrio de las Letras, precisamente en la calle Cervantes (donde curiosamente está la casa museo de Lope de Vega), también se encuentra la casa, en el número 2, donde vivió y murió Cervantes. En la fachada de esta casa figura un relieve con el busto de Cervantes y una inscripción rememorando su estancia y muerte en este lugar. Y en la calle Lope de Vega, en el convento de las Trinitarias, se hallan los restos del autor de El ingenioso caballero Don Quijote.

Resulta complicado entrar en este convento, aunque sí figuran horarios de entrada en la puerta. Aquí, frente al Convento de las Trinitarias, haciendo esquina con la calle Lope de Vega, en pleno corazón del barrio de las Letras, se encuentra la casa del ingenioso, del genial escritor Quevedo, que recuerda una placa colocada en la fachada del edificio. Ya en aquella época era un barrio animado, lleno de tabernas, poblado por artistas. El también conocido escritor Góngora, quien mantuvo enemistad con Quevedo, vivió de alquiler en esta casa con anterioridad. Pero, con mala baba, Quevedo compró la vivienda para desalojar a Góngora.
"Yo te untaré mis obras con tocino/ porque no me las muerdas, Gongorilla,/ perro de los ingenios de Castilla,/ docto en pullas, cual mozo de camino", le escribió Quevedo a Góngora. A lo que Góngora respondió con lo siguiente: "...¿No imitaréis al terenciano Lope,/ que al de Belerofonte cada día/ sobre zuecos de cómica poesía/ se calza espuelas, y le da un galope?".

Cuenta la amiga escritora Margarita Álvarez que es una pena que Góngora no tenga ninguna calle en el Barrio de las Letras, porque vivió en esa casa durante bastante tiempo. "Tiene una calle en Madrid (zona Chueca), pero la tiene de carambola, una calle que se llamó Góngora a secas largo tiempo y a principio de los 60 el Ayuntamiento de Madrid la rebautizó como Luis de Góngora, por desconocimiento, porque el tal Góngora no era el poeta, sino el apellido de un alto funcionario de Felipe IV que había tenido que ver con la fundación del convento llamado popularmente las Góngoras que está en esa calle (merece la pena visitarlo). De Góngora hay un monolito en El Retiro cerca de la verja que da a la calle Alcalá, inspirado en la Fábula de Polifemo y Galatea. Por cierto, en esa esquina de la calle Quevedo hay un restaurante con ese nombre donde se come un plato del día muy aceptable y barato", apunta la buena de Margarita Álvarez.

Como ya había adelantado, en en la calle de Cervantes, en pleno Barrio de las Letras, se halla la casa museo de Lope de Vega, uno de los grandes escritores del Siglo de Oro español, donde vivió en la misma hasta su fallecimiento. Una casa con un huerto trasero, que es un remanso de paz que invita a la reflexión y a la escritura. Este monstruo de la naturaleza, como lo llamó Cervantes, dejó una obra colosal. Este Fénix de los ingenios llamado Lope de Vega es conocido por su devoción por la literatura y también por las mujeres.
"Si el Barrio de la Letras estuviera en Londres o París, podría ser uno de los centros culturales al aire libre más importantes del mundo", llegó a decir el escritor Pérez-Reverte. 
Otro de los grandes autores del Siglo de Oro es Calderón, el creador de La vida es sueño, El alcalde de Zalamea y El gran teatro del mundo, entre otros, que llegó a ser soldado, escritor exitoso y sacerdote al final de su vida.

Calderón de la Barca falleció en 1681, siendo enterrado en la Iglesia de San Salvador, una de las más antiguas de Madrid, ubicada frente a su casa. Fue el primer sepulcro del poeta y dramaturgo, situado en la calle Mayor, en el número 70. Y, en esta misma calle, en el número 61, está su peculiar inmueble, una de las casas más estrechas de Madrid, donde vivió uno de los mejores dramaturgos del siglo de Oro, aparte de Lope de Vega. Asimismo, puede visitarse el monumento en mármol de Calderón en la céntrica plaza de Santa Ana. El teatro barroco de Calderón se caracteriza por su vena filosófica, su técnica y su lenguaje poético. Y su obra ha ejercido gran influencia en movimientos como el romanticismo, el simbolismo, el modernismo literario, incluso el expresionismo, entre otros.


Situada asimismo en la calle Mayor, en concreto en el número 88, se halla Casa Ciriaco, un restaurante típico de la cocina madrileña, con sus callos, su cocido o gallina en pepitoria, además de su tapa de langostinos. Entre sus parroquianos cabe señalar a ilustrados como el periodista Julio Camba, Mingote, el cual diseñó el sello de la casa, o bien el pintor Ignacio Zuloaga y el torero Juan Belmonte. Llama la atención, sobre todo para quienes somos devotos de Valle-Inclán, una placa en la fachada dedicada a Luces de bohemia:

"Aquí comienza Max Estrella su trágico peregrinaje nocturno"...
Un peregrinaje que podemos seguir por aquel Madrid absurdo, brillante y hambriento: la Puerta del Sol, la calle de la Montera, la chocolatería San Ginés (atestada en la actualidad de clientes en busca de chocolates con churros), entre otros sitios, hasta llegar al emblemático callejón del Gato, en pleno centro de la capital, cerca de la Puerta del Sol, que inspiró al genio de la lámpara maravillosa para componer esta obra que narra las últimas horas de vida de Max Estrella (que llegó a interpretar el gran actor Carlos Álvarez-Nóvoa https://cuenya.blogspot.com/2011/03/carlos-alvarez-novoa.html).

Cabe recordar que el callejón del Gato, un pasaje peatonal donde se hallan restaurantes y tabernas, debe su nombre al poeta madrileño Álvarez Gato. También es sabido que a los madrileños/as de pura cepa se les conoce como gatos/as.
El asunto es que el extraordinario Valle incluyó los famosos espejos cóncavos y convexos en su obra teatral Luces de Bohemia, que parece que estuviera escrita en este siglo, hoy mismo. Es lo que tienen las grandes obras, que no sólo resisten el paso del tiempo, sino que resultan reveladoras.

Y este esperpento, a través de este mago de las palabras, las divinas, es esencial para entender nuestra España. https://cuenya.blogspot.com/2017/06/luces-de-bohemia-en-ponferrada.html
"Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada", dice Max Estrella, el alter ego de Valle. https://cuenya.blogspot.com/2024/12/luces-de-bohemia-pelicula-de-miguel.html


Y, en el propio Barrio de las Letras, en la calle de Las Huertas (en el suelo), podemos leer algunos versos de la gran Rosalía (
Sólo cantos de independencia y libertad han balbucido mis labios), la autora del poema Negra sombra, que me resulta estremecedor (también cantado por Luz Casal con música de Carlos Núñez, por el paisano Amancio Prada y por Las fillas de Cassandra), la poeta gallega que llegó a Madrid siendo una joven para vivir con una pariente de su madre, como reza en una placa, que vivió desde 1856 a 1858 en la calle Ballesta, entre la calle del Desengaño y la Corredera Baja de San Pablo, a un costado de la Gran Vía. Y en 1857 publicó en Madrid su primera obra, escrita en castellano, titulada La flor.


Larra

En este recorrido exprés por Madrid no puede faltar el acercamiento al periodista satírico y literato romántico llamado Larra, por quien siento devoción, el cual me voló la cabeza cuando leí sus artículos de costumbres siendo un rapacín de once años. Artículos como Vuelva usted mañana, El casarse pronto y mal y por supuesto La nochebuena de 1836. "Llegará ese "mañana" fatídico", escribe en La Nochebuena de 1836: "el corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer; sin duda por esa razón creen los amantes, los casados y los pueblos a sus ídolos, a sus consortes y a sus Gobiernos". Me parece revelador.

Muy crítico con el poder establecido del momento y también con la sociedad española, que consideraba atrasada, con falta de educación y cultura, Larra nació en Madrid y murió en la calle de Santa Clara, próxima al Palacio de Oriente. https://cuenya.blogspot.com/2024/05/de-madrid-al-azul-celeste-de-la.html
También existe una estatua suya en la calle Bailén de la capital, que cruza la de Segovia gracias al Viaducto que comunicaba el antiguo cerro del Palacio Real ("Hoy es lo más europeo de Madrid. Parece que esté uno en París, en Berlín, en Estocolmo", dice Andrés Trapiello), con el de las Vistillas, donde se hallaba el barrio moro.  

Larra, aunque vivió pocos años, murió con 27, tuvo la inquietud de viajar a Lisboa, Londres, Bruselas y París, donde estuvo varios meses, lo que le permitió conocer a Víctor Hugo y a Alejandro Dumas, padre. Se dice que el desamor lo llevó a un desenlace trágico. En su texto La Nochebuena de 1836 da algunas claves, creo, de lo que sería su muerte. Está enterrado en el cementerio de San Justo, que pude visitar hace algún tiempo.
"En España la dedicación a las letras significa obligadamente hacer un voto de pobreza eterna", escribió Larra. Y en La noche de difuntos de 1836 escribe: "Madrid es el cementerio... La calle de Postas, la calle de la Montera. Éstos no son sepulcros. Son osarios, donde, mezclados y revueltos, duermen el comercio, la industria, la buena fe, el negocio... La Puerta del Sol: ésta no es sepulcro sino de mentiras".


En este Madrid exprés, a sabiendas de que que fue eso, rápido, aunque se diera a través de días (que nunca son suficientes), no faltó la visita al monumento de la madrileña Clara Campoamor, que fue una escritora que defendió los derechos de las mujeres, cuya escultura en bronce sobre un pedestal se encuentra en la Plaza de las Guardias de Corps, al lado del Centro Cultural Conde Duque.
La autora de El derecho de la mujer en España fue, durante la Segunda República, una de las principales impulsoras del sufragio femenino en España, que se incluyó en la Constitución de 1931 y fue ejercido por primera vez en las elecciones de 1933. A causa de la guerra incivil, tuvo que exiliarse en Suiza, donde falleció. https://cuenya.blogspot.com/2022/02/madrid-con-aroma-mar-ensonado-dehesa-y.html


Y tampoco faltó la visita al barrio de Lavapiés, que además de un barrio castizo (me gusta comer en un restaurante de toda la vida, casero, llamado el Jamón), da la impresión de adentrarse en un pueblo, también resulta multicultural, con sus inmigrantes de diversas procedencias, con sus restaurantes indios y sus kebabs.
Aquí también se hallan las famosas corralas, que son viviendas castizas comunicadas por unos balcones que dan a un patio interior central, donde los vecinos se reunían en otros tiempos.
Corrala del Tribulete

En Lavapiés está la corrala de Tribulete, l
a corrala más célebre de las viviendas de corredor, declarada monumento nacional en 1977, en la cual se inspiró la zarzuela La Revoltosa, así como El centro cultural La Corrala, que es sede del museo de artes y tradiciones populares, o La corrala de Lavapiés, que es una sede vecinal.
Galdós habla de las corralas en Fortunata y Jacinta, y Pío Baroja lo hace en La busca.
Al lado de la corrala de Tribulete, se encuentra -en la aledaña Plaza de Sombrerete-, una estatua de Agustín Lara, el célebre compositor mexicano de boleros. Lara, que vivió en Ciudad de México, compuso famosas canciones sobre España, como el chotis Madrid, incluso antes de haber visitado nuestro país. Un fenómeno.

El cantautor Sabina, otro fenómeno, reconoce que su álbum 19 días y 500 noches es un homenaje al Madrid de Agustín Lara.
"Madrid, Madrid, Madrid/ Cuando llegues a Madrid, chulona mía/ Voy a hacerte emperatriz de Lavapiés/ Y alfombrarte con claveles la Gran Vía/ Y bañarte con vinillo de Jerez....". 
Madrid, Madrid, Madrid exprés...

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