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domingo, 19 de marzo de 2017

Oviedo, después de tanto tiempo

Oviedo es ciudad que me acogiera durante mi época de estudiante allá por mediados de los ochenta del pasado siglo. Qué fuerte, el pasado siglo. Y cómo transcurre el tiempo. Siempre el tiempo como obsesión. El tiempo como sangre que fluye por las arterias de esta vida, breve y por momentos absurda. 

La vida, lo único que tenemos, porque después de la vida no queda nada, nada para quien muere, clarín clarinete, lo presiento, lo intuyo, incluso osaría decir que lo sé (qué atrevido). Polvo eres y en cenizas te convertirás. No te dejes embaucar con cuentos porque la materia ni se crea ni se destruye sólo se transforma. Así que hay que vivir mientras nos quede una gota de sangre en las venas, nutrirnos de vida, con vida, respirar, sentir, sentirlo todo de todas las maneras posibles, sentirlo todo excesivamente, como también quisiera el bueno de Pessoa, el gran poeta portugués. 
La muy noble y leal ciudad, a la que he vuelto después de tanto tiempo (en realidad no tanto, porque no hace mucho estuve de paso, y así en este plan de planes), me ha hecho reflexionar, me sigue haciendo reflexionar (pues aún sigo por estos lares) acerca de la vida, del paso inexorable del tiempo. Y me ha devuelto, de un modo inevitable, a mi época moza, cuando era un jovencito, un mozalbete feliz, con todo el porvenir por delante, con tantas ilusiones, con el mundo por montera. 

Entonces, me comía el mundo, saboreaba cada trozo con entrega y pasión. No es que aquella fuera mejor época (o sí), sino que uno disponía de gran energía y de tiempo. Y encima estaba en forma, incluso flaquito, quién lo diría (lo recordaba con una amiga en el transcurso de una conversa en uno de los bares con solera de la ciudad clarinesca), hasta es probable que fuera guapito, apuesto (Joder, no tengo abuela, por eso lo digo nomás, no tengáis muy en cuenta mi egolatría, quizá hoy necesito elevar mi autoestima, sentirme más allá del bien y el mal, como Nietzsche). 

La heroica ciudad que dormía la siesta, donde pasara una temporada dulce y a la vez bizarra,  me ha hecho rememorar y me ha sumido en cierta melancolía. Recordaba que al principio, cuando llegué a esta ciudad con dieciocho años, me costó algo adaptarme, lo cual entra dentro de la normalidad, si es que existe la normalidad, y cuando ya le había cogido el tranquillo (no tardaría mucho en cogérselo), entonces ya soñaba con volar cual cigüeña hacia otros lugares, adonde "haiga más calor", que dijera más o menos Cortázar en su Rayuela. Tanto soñaba, aún y aun despierto, que acabaría volando.
Hoy mismo, en mi paseo matinal a lo largo de la Calle Uría, pensaba en cuando mis padres vinieron a visitarme (y ahí me dio un vuelco el corazón y se me vino el alma al suelo, porque mi padre, que tanto dio de sí, ya no está). 
Seguí caminando... como si caminara sobre la luna, despacio, recordando, observando la arquitectura, que en algunos tramos se aparece con edificios de hechuras grisáceas, de baratura desarrollista, que contrasta por lo demás con la belleza indiana y nobiliaria de otros. 
Antes de alcanzar la calle donde se encuentra la estatua de Woody Allen me topé, qué casualidad o causalidad, con un paisano de mi pueblo, que iba con su mujer astur (creo que es de la tierra). 
No es la primera vez que me encuentro con este hombre (el hijo del carpintero del barrio de Río) fuera del útero de Gistredo, esto es, en otros espacios, como me ocurriera también en Disneyland París, el reino de Mickey, donde trabajara durante otra temporada (en el infierno, quizá, como el poeta Rimbaud). 
Allí, en aquel reino postizo, mientras uno laboraba en Frontierland, me encontré con este hombre, tocayo mío, creo recordar. 

Sigo recordando, aunque a decir verdad este buen hombre me sacó de la ensoñación, y casi casi me entregó en brazos del genio del cine neoyorkino (quiero decir de su busto, el que los carbayones le han dedicado en su Vetusta). 
El clarinetista y cineasta Allen, a quien he llegado a ver en varias ocasiones (incluido en el barrio de Manhattan, en el Michael's pub, o bien en la capital astur) también me hizo recordar que Oviedo es como un cuento verde y húmedo de hadas, un bosque para perderse en días de orbayo, cuando soplan las gaitas en lo alto del Naranco y bailan las mozas a ritmo de música folk. O algo tal que de esta guisa. 
Después de hacerme la foto de rigor con la estatua-Allen (tengo otras de hace tiempo) proseguí ruta, en este caso, hacia la catedral, no sin antes hacer parada en el claustro de la antigua Facultad de Derecho (foto incluida). Aquí impartió una conferencia memorable el maestro Gustavo Bueno, que dejó al público, con su singular sentido del humor y su saber enciclopédico, literalmente flipado. Siempre que el gran filósofo se subía a la palestra era un espectáculo digno de ver y escuchar. Aquel ser humano, tan vivo, tan inteligente, irradiaba magia y luz por todos los poros de su alma. 
A decir verdad, Oviedo sin Bueno ya no es el mismo Oviedo. Esa pérdida es irreparable. Sus clases eran magistrales. Y me alegra que el amigo y filósofo Pablo Huerga (a quien saludara y viera hoy en Gijón, con motivo de la presentación de un libro suyo sobre la película La Misión, desde la teoría del cierre categorial y el materialismo gnoseológico) siga los pasos de Gustavo Bueno. 
Por cierto, Pablo Huerga estuvo soberbio, sembrado hoy en su charla, que resultó además instructiva y divertida. 
Después de visitar el claustro de la antigua Facultad de Derecho eché la vista al monumento al viajero, que se sitúa en plaza de Porlier, mirando hacia la Catedral. 
La maravillosa guía de Oviedo de María del Roxo (gracias, María, por obsequiarme tu libro e invitarme al café) y Alberto Álvarez ayuda a recorrer la ciudad. 
Una guía siempre es algo que le viene bien al foráneo y también al oriundo. Así que gran labor la vuestra. Os felicito.

La catedral, a unos pasos desde la estatua del viajero, me hizo evocar a La Regenta de Clarín (leí esta novela siendo un rapacín, y creo que ahora debería releerla), cuyo busto (el de Ana Ozores) también puede verse en esta plaza, donde se ubica la catedral. Aquí llegué a ver actuar a los míticos Ilegales y a los Stukas.
No tengo intenciones de daros la brasa con mi paseo matinal por las calles y plazas de Oviedo. Sólo quería ordenar mi mente a través del plano y mapa de la ciudad, que se me ha revelado hermosa aunque teñida de morriña. Es probable, casi seguro, que uno sea el morriñoso. Las ciudades, como las personas, mostramos un rostro u otro en función de nuestro estado ánimo. 

En este recorrido no podía faltar la plaza del paraguas (que siempre se me antojó el símbolo por excelencia de Oviedo, un refugio perfecto en días de lluvia, que son o eran muchos; la calle de Cimadevilla, con su atractivo arco; la plaza de Feijoo, donde estuviera la Facultad de Filología (hoy reconvertida en Facultad de Psicología, un sitio estupendo para que a uno le entren las letras, incluso sin grollos); el bulevar de la sidra (la calle Gascona, curiosamente, casi haciendo esquina, está la sidrería La Noceda), donde ver a los escanciadores de sidra resulta todo un espectáculo, un arte (la sidra se me antoja bebida excelsa), la calle Mon, donde se hallaban los chigres nocturnos de la marcha ochentera (entre ellos el Diario Roma, el Tigre Juan, el Tsaciana de Pío...), la plaza de Riego, donde sigue estando la librería Ojanguren (cuántos libros compré allí) y donde estuviera la discoteca Factory (un antro con mucha marcha, sonaba mucho el grupo Burning), donde llegué a coincidir con mi paisano Chente, y los danzarines de Noceda (este menda y otro amigo de Noceda, Ricardo) solíamos ir en fines de semana; el colorido Fontán, con sus aromas a sidra y a gastronomía de la tierra, que luce espléndido ahora (aunque en aquella época estuviera cuasi abandonado), la calle-cuesta del Rosal (en otros tiempos regada de bares), el edificio Valdés Salas (otrora Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación, ahora Escuela de Ingeniería Informática), donde asistiera a clases en una primera época (luego nos mandaron para el Cristo, vaya cristo, porque allí iba muy poco a clase, bueno, quizá más de lo que ahora creo, que en el fondo era formalito) y tantos otros espacios por los que paseara en su día. En mi paseo hacia el edificio Valdés Salas (mi prima facultad) hasta me encontré con el filósofo ponferradino José Antonio Méndez Sanz, que iba apurado con sus compras.
No quiero, insisto, mostrarme pesado (qué horroroso ser pesado) con mi recorrido. ¿A quién podría interesarle, salvo a uno mismo?
En todo caso, es que mientras paseaba o me detenía en algunos sitios se me agolpaban los recuerdos. Incluso llegué a recordar a Pablo Huerga en su época moza, con su barba y gafas de bohemio rebelde, vestido con un poncho colorido, hispano. Y hasta me allegué, cual peregrino, al Palacio de Exposiciones y congresos, diseñado por Calatrava, que tampoco lleva tanto tiempo construido. No sin antes hacer un alto en el Auditorio. 
Y como no podía ser de otro modo visité, por fuera, la bella casa que alberga la Fundación Gustavo Bueno, en la Avenida Galicia, que en tiempos fuera una clínica de partos. Ahí me detuve un rato y me dio gorrión porque el maestro ya no está. Y lo peor de todo es que me hubiera gustado visitarlo, saludarlo antes de morir. Pero no llegué. Confieso que hace años sí llegué a visitar la Fundación (en compañía de la amiga Elena). Y allí me recibieron, amables, Gustavo Bueno hijo y su padre, con quienes tuve la ocasión de conversar. 



Gijón me esperaba esta tarde, o por mejor decir me esperaban, en el histórico y literario café Dindurra, aledaño al teatro Jovellanos, los escritores y hermanos Mónica y Julio, astures del Bierzo, pues su padre, quien llegara a ser Rector de la Universidad de Oviedo, era originario de Ponferrada. 
Me gustó platicar con ellos y luego asistir a la charla-presentación de Huerga en el antiguo instituto Jovellanos. Se nota que este ilustre e ilustrado escritor tiene mucho peso en Xixón. 
Gijón, donde estuviera hace un año aproximadamente, se mostró con oleaje luminoso. 
Mañana (o sea, dentro de unas horas) toca más (no sé si mejor).

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