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miércoles, 11 de febrero de 2015

Tierra de Invierno





11/02/2015AA
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Tierra de invierno

El escritor leonés Elías Gorostiaga acaba de obsequiarnos con un nuevo libro, en este caso un poemario cuyo título es ‘Tierra de invierno’, cuyo prólogo lo firma el poeta y narrador Artigue: «Un homenaje a un mundo en desaparición» con «personajes tan viejos que son eternos: maestros rurales de Josefina Aldecoa… esa madre que bien parece un poco la madre de Juan Rulfo… el frío de Gamoneda…». Un libro que su autor escribiera hace veinte años y que ahora ve la luz de la mano de la editorial Playa Ákaba, que también ha publicado ‘Nómadas’ o ‘Nueva carta sobre el comercio de libros’, que el propio Elías ha coordinado y en los que intervine asimismo como coautor. 

Elías Prieto Sáenz de Miera (Gorostiaga), que es uno de tantos autores exiliados, en su caso en Cataluña, nos ofrece este desfile de paisajes, «un trabajo de arqueología para poetas», paisajes que son memoria, introducidos, como no podía ser de otro modo, por una cita de ‘La lluvia amarilla’ de Julio Llamazares, uno de los grandes referentes para Elías. No en vano, esa novela es una de las más grandes obras de la literatura de las últimas décadas en lengua castellana. Una prosa poética o una sustanciosa poesía en prosa de alto voltaje. La tristeza y el silencio como claves para entender el universo-Ainielle poblado de fantasmas. Como para erizársele a uno todos los vellos del alma. Pues en esta línea de pensamiento e imágenes poéticas se mueve Elías, que nos adentra en los páramos, en el vacío del invierno, con lágrimas en los chupiteles de hielo, esas tierra sin río que nos escarchan el alma, esa memoria del frío, que es en verdad una enfermedad y nos acaba helando la sangre. 


Escalofríos siente uno cuando lo lee y hasta lo relee porque en estos paisajes se reconoce el tiempo arrugado, roído, carcomido, ese tiempo de flores muertas, incluso el musgo sin tiempo que marcan los relojes del hielo y la fatiga, esa sequedad y amarillez de una tierra abandonada a su desgracia, el silencio invernal que se cuela en las noches cubiertas por una niebla espesa y escarpada, ese olor a humedad quemada y a alcanfor que impregna las mantas de unas camas frías, casi muertas, los colores azulados que brotan de los braseros, esos nidos vacíos de cigüeñas y mastines que ladran al eco con voz oscura, la tristeza escrita en la frente de hombres enjutos y solitarios y mujeres viejas atormentadas de recuerdos, esas miradas que esperan pacientes la hora del sueño y la muerte. «Vi entonces que la muerte era dolorosa/ como los antiguos caminos de arrieros», poetiza el autor de Valencia de Don Juan emparentado con el Bierzo.

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