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martes, 25 de septiembre de 2012

American Beauty




American Beauty es de esas películas que uno lo dejan trastocado, con la cabeza vuelta del revés, porque es tal su fuerza audiovisual, tal su garra escénica, que te invita a reflexionar en profundidad sobre tu propia existencia. Es como si de repente nos pudiéramos  ver reflejados (me refiero a los seres humanos) en esta obra, por lo demás ganadora de varios premios Óscar (entre ellos al mejor director Sam Mendes, al mejor guión original, de Ball, y al mejor actor, Kevin Spacey), aunque uno no sea ni lleve la vida del prota, un tipo de cuarenta y picos años llamado Lester Burnham, cuyo mayor estímulo es una masturbación mañanera en el baño, ay, la crisis de los cuarenta, porque después de ese instante feliz todo va a menos, según el mismo nos relata.

Podría decir, sin ánimo a confundirme ni a confundiros, que su estructura narrativa es perfecta, en todo caso, me hace recordar a esas novelas, cuya estructura redonda, circular, nos enganchan desde el arranque hasta el final, y nos dejan casi casi al borde, sin respiración, aunque también haya (sabiamente administrados y dosificados) momentos de "relajo" y aun de risa/sonrisa. Me refiero, naturalmente, a esas obras que nos están anunciando, ya desde el inicio, el final, como El túnel, de Sábato (colosal), o Crónica de una muerte anunciada, de García Márquez (magnífica). 

La voz en off de un chico, que está grabando con una cámara de vídeo a una adolescente, nos anuncia la muerte, un asesinato: ¿Quieres que lo mate?... Sí, responde ella.

A continuación (a modo de segundo comienzo), y también en voz en off, mientras sobrevolamos una urbanización, el prota, Lester, nos muestra su barrio, su casa, a sus vecinos, a su mujer, a su hija, a la vez que se nos presenta, de un modo salvaje, definitivo: "Aún no lo sé, pero dentro de un año habré muerto... en cierto modo ya estoy muerto". Como para infartarse. Asistimos, por tanto, a la narración de un muerto (al menos en vida) como ocurre en los relatos de Juan Rulfo, y aun en su novela, Pedro Páramo. Véase, asimismo, la película de Billy Wilder, Sunset Boulevard, cuyo narrador es también un muerto. A partir de ahí, el espectador (al menos uno) se queda pillado, sin pestañear, durante las dos horas que dura la peli. 

Por enésima vez veo esta película, el pasado sábado en la tele, y siempre encuentro algo que me entusiasma. Es lo que tienen las obras maestras, por más veces que las veas, nunca te cansan, antes al contrario. Tiene todos los ingredientes para que uno se quede boquiabierto: situaciones y diálogos verdaderamente chistosos, al borde de un ataque de risa, cierto suspense, unos personajes que se salen, todos ellos, sobre todo Lester, perfilado con la textura del existencialismo y el descreimiento, todo ello aderezado con buen humor y la aceptación de su vida insignificante de perdedor en una sociedad, la gringa, en la que sólo parece contar lo apariencial y el materialismo sacado de madre; su esposa Carolyn, que es una histriónica insoportable (valga la redundancia); su hija Jane, que es una rebelde sin causa, insegura, confusa (como su propio padre dice de ella); Ángela, la amiguita "ado" de Jane,  que es una niñita fresa, la cual parece vivir en la nubes rosas (motivo y símbolo de la cinta) de una irrealidad perversa (a Lester, no obstante, lo enciende, hasta que se da cuenta de que es sólo una niña "inocente", harto vulgar, virgen y encima con muchas ínfulas); Ricky, el voyeur y excéntrico traficante de droga, que acaba enrollándose con Jane, la madre de Ricky, que es una mujer ausente, anulada por el castrador padre de Ricky, el coronel Frank, un homosexual encubierto y reprimido, para más recochineo homófobo, con una fiereza pusilánime y grimosa, quien acaba poniéndole gatillazo (ay, se me fue) a Lester. Ah, olvidaba mencionar a los simpáticos vecinos de Lester, a quienes acompaña a correr por la barriada.

Creo que no importa desvelar o desentrañar la trama porque se trata de una crónica de una muerte anunciada. 

El final, al igual que el comienzo, resulta portentoso: en una sucesión de imágenes (prodigio de montaje, también a lo largo de toda la obra) vemos desfilar algunas de las vivencias de Lester, alternadas con acciones presentes, contadas en planos breves e intensos. 

Qué lástima, cuando el prota parecía haber alcanzado ciertas dosis de felicidad, mientras contempla una foto familiar, su vida se esfuma. "Podría estar bastante enfadado con lo que me pasó -se confiesa Lester- pero cuesta seguir enfadado cuando hay tanta belleza en el mundo... (uno de los temas que se abordan en esta peli, como el título indica)... No tienen ni idea de lo que les estoy hablando seguro, pero no se preocupen... algún día la tendrán". Sí, algún día la tendremos, seguro, señor Lester, porque todo el mundo desfila de este mundo efímero y provisional, el cual merece la pena ser vivido por amor y con amor, que engendra belleza (la contenida, por ejemplo, en una bolsa de plástico volando con ritmo por el aire, como nos muestra, en alguna de sus secuencias, American Beauty). 

Si aún no la habéis visto, no os la perdáis.

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