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jueves, 7 de junio de 2012

Ramón Carnicer



Foto de La Cabrera (Odollo): Ramón Carnicer

         En diciembre de este año 2012 Ramón Carnicer cumpliría el siglo, si no nos hubiera dicho adiós en el año de 2007. Qué pena que se muera alguien con  tanto talento, capaz de devolvernos el gusto por el viaje y por la literatura. Inseparable binomio, en su caso, viaje y narración. Algo que a uno le entusiasma. Viajar/sentir y a continuación disfrutar contando lo que uno vio, conoció, aprendió… porque en el viaje nos acabamos confrontando con la auténtica realidad. Y a través del viaje (sea éste al exterior, incluso al interior) se llega a entender mucho mejor el mundo entorno donde vivimos.
         Resulta fascinante descubrir a un escritor berciano, en realidad un hombre cosmopolita, tan viajado, que tuvo la valentía de vivir y escribir como quiso, sin ataduras a ningún sistema, que incluso llegó a renunciar a presentarse, a partir de mil novecientos sesenta y dos, a premios (ya sabemos cómo se otorgan éstos, al menos algunos), un escritor tan cercano, cuentan quienes tuvieron la fortuna de conocerlo, un escritor tan a su aire, al que le gustaba sobre todo viajar. Quizá por todo esto me siento próximo al autor de Donde las Hurdes se llaman Cabrera.
Pombriego-La Cabrera
         Libro que se me antoja esencial en la literatura de viajes, y que me acercó definitivamente a las letras de este filólogo y profesor en alguna universidad americana y aun otras españolas, cuyo manejo de la lengua castellana se me hace admirable. 

Ahora que se cumplen cincuenta años de aquel singular viaje a pie por la comarca de La Cabrera, estamos de enhorabuena porque se ha reeditado Donde Las Hurdes se llama Cabrera, cuyo prólogo corresponde al genial Julio Llamazares, que lo califica como «hito en la literatura de viaje española y, para quienes con más o menos fortuna insistimos en su perpetuación, una referencia de primer orden». 

Un referente en la literatura de viajes, sin duda, sobre todo para quienes sentimos devoción por este género. Un libro que retrata, con autenticidad y un sutil sentido del humor, paisajes y paisanajes como de otro espacio-tiempo. Pasajes inolvidables, grabados a fuego en la memoria olfativa, como el del ágape en compañía de Don Manuel, el cura de Odollo, conmovedores otros, como el de la maestra de Saceda o el encuentro con el médico y aun esos otros en los que a Carnicer le hacen pasar (a modo de broma) por Director General o Inspector de colegios, o bien esas historias que Ceferino le cuenta a Ramón Carnicer de los cabreireses (en concreto de los hombres de La Baña) que se iban todos los años a pie hasta Carmona (Sevilla) durante la campaña del aceite. 

Sólo por escribir Donde Las Hurdes se llaman Cabrera ya se merece un homenaje este grandísimo y por otro lado harto desconocido escritor, que en su día llegó a tener serios problemas con el poder establecido por atreverse a relatar lo que vio, eso sí con una mirada y sensibilidad auténticas, en su viaje a pie por La Cabrera, por atreverse a mostrarnos, en definitiva, una forma de vida, en verdad medieval, de una de las zonas, limítrofes con el Bierzo, aún hoy desconocida por propios y extraños. Un relato viajero de sublime calidad, que nos adentra en el paisanaje (y su habla-pensamiento, incluso en sus deficiencias y enfermedades, véase el padecimiento de bocio y el cretinismo a resultas de la consanguinidad) de una tierra abandonada a su desgracia.

La reciente edición de Donde Las Hurdes se llaman Cabrera aparece ilustrada además por cuarenta fotografías, hasta hace poco inéditas, seleccionadas por Alonso Carnicer, el hijo de Ramón, que evocan el neorrealismo o realismo hecho de miseria y estrechez. «Es un testimonio realista y veraz de La Cabrera, pero sobre todo una obra literaria con mucha poesía», apostilla Alonso. Sólo por este libro (que tanto me hace recordar a  Las Hurdes, Tierra sin pan, de Buñuel), Carnicer se merece todos los elogios. Aunque debo confesar que me queda mucho por leer de la obra de Carnicer. A propósito de esta llamada Tierra sin pan, hay un libro, Caminando  por Las Hurdes, escrito a dúo por Antonio Ferres y López Salinas. 

         Ramón Carnicer es uno de los grandes ensayistas y novelistas del siglo XX español, uno de los más importantes, según Llamazares, para quien es una referencia personal. No en vano, el autor de El río del olvido, entre otros magníficos libros de viajes, se confiesa heredero de todos los que han escrito antes que él sobre viajes, como por ejemplo Pla, Ortega y Gasset, Cela, Torbado, Aparicio, Merino, Mateo Díez. Entre este lúcido elenco de escritores de viajes me apetece incluir, cómo no, a mi admirado Juan Goytisolo (léanse, por ejemplo, Campos de Níjar y todas sus aproximaciones al mundo islámico). Y dicho sea de paso, en el Bierzo también contamos con dos libros imprescindibles en este sentido, Viaje del Vierzo (inspirado en Bosquejo de un viaje a una provincia del interior, de Gil y Carrasco) y Viaje interior por la provincia del Bierzo, cuyo autor es el todoterreno Valentín Carrera.
         En el fondo, los primeros libros siempre eran de viaje o viajes que alguien realizaba para dar fe de lo que había visto y conocido en un lugar o lugares, que los demás desconocían o ignoraban. El Quijote también podría considerarse como un extraordinario libro de viajes. El propio origen de la literatura no es más que contar lo que se ha visto a quien no lo ha visto. Entonces, viajar aún era más interesante que ahora, que disponemos de medios como la Televisión, el cine, el Internet, cuyas redes nos aproximan el mundo, sin tener que viajar de un modo físico. No obstante, el viaje es algo insustituible, esencial. Y a partir de un viaje se puede construir todo un mundo.

         
         Carnicer es un escritor mitológico, un heterónimo de Pessoa… tan humano, uno de los que mejor hablaba castellano y el castellano… uno de los que mejor lo ha escrito en nuestro tiempo en obras de una ejemplar modestia cervantina, escribe Andrés Trapiello -otro todoterreno de las letras-, a propósito del escritor villafranquino, quien siempre fuera un hombre libre (qué maravilla), ecuánime e independiente.
         Silenciado por el poder andante -para más inri castellano-leonés-, acaso por decir verdades como templos, Ramón Carnicer, que escribió mucho y bien de Castilla (léase Gracias y desgracias de Castilla La Vieja), fue un escritor comprometido con la realidad de su tiempo/espacio. “Un texto de personas, más que de historia y monumentos. De verdades, de sencillez, de caminos y campos, de bosques y pequeñas ciudades. De luz y memoria”, escribe César Gavela acerca de este libro de Carnicer”. “Lo paradójico es que Carnicer fue el escritor leonés más defensor de la autonomía castellano y leonesa”, remata Gavela. Ironías de la vida.
         Ya se sabe que no siempre los mejores son reconocidos como tales, sobre todo si éstos van contracorriente o denuncian lo que ven y sienten en sus entrañas. Y Ramón Carnicer fue un ejemplo de humanismo y libertad. 

Un maestro de la literatura de viajes.


        

2 comentarios:

  1. Gracias, Manuel, por facilitarme el conocimiento del escritor, humanista, y por lo que llevo leído, amante de su tierra Ramón Carnicer.
    Me satisface el Taller de Escritura de la UEXP de Ponferrada (2013-2014)

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  2. Agradezco, estimado Fernando, que te guste mi taller de escritura y que, a través de éste, hayas podido descubrir a Carnicer. Qué bueno.
    Seguiremos enganchados a la lectura y a la escritura, por supuesto.

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