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martes, 5 de junio de 2012

Eurovisión

Ya en su día, la Operación Triunfo Española, que por lo demás no es ninguna armada invencible de nuestra época pos y post, acaso moderna, fracasó estrepitosamente en el festival de Eurovisión. Y este año -hacía "siglos" que no asomaba el hocico a este show televisivo- ocurrió algo parecido con Pastora Soler (bueno, tampoco quedó tan mal posicionada la rapaza). La verdad es que no lo hizo mal. Cantó aplomada, con voz, con fuerza escénica. Quizá fue una de las mejores. Pero lo que cuenta, en estos y otros tiempos de miseria moral, miserias humanas, no es el arte, sino el enchufismo, el arrimarse a buen cobijo... y así en este plan de planes. La Eurovisión perdió su credibilidad hace tiempo. Tal vez nunca la llegó a tener. Desconfía uno por naturaleza de lo postizo, lo amañado, lo que intentan vendernos a como dé lugar. Lo que me sigue sorprendiendo es que por la Eurovisión hayan pasado artistas de la talla de la portuguesa Dulce Pontes, que es muy grande. El gentío a menudo se ilusiona con algo, en este caso con Pastora Soler, para luego sufrir el batacazo, la hostia monumental. Como también le ocurriera a la Rosa triunfal y triunfita. En realidad, tampoco salió tan mal parada como el tipito que hiciera su circo con el Chiki Chiki -para descojonarse y no echar gota-. Puro frikismo. 
Es probable que la Eurovisión sea nomás una "paletada" perversa e insolente, que se dedica a jugar un juego (valga la "rebuznancia") diabólico con sus conejillos de indias. Algo así como el provincianismo llevado a sus extremos más europeístas. Si esta es la Europa que nos venden (con los consiguientes eurobonos, primas de riesgo...) vaya mierda de Europa. 


Se me ocurre (vaya ocurrencias) que lo único que podríamos rescatar de la Eurovisión, si me lo permitís, es esa música tan linda, que retumba en nuestros corazones ávidos de felicidad y bienestar, y nos hace recordar a Marc-Antoine Charpentier, excepcional compositor de oratorios, y gran músico francés del siglo XVII, quien compusiera entre otras obras el Te Deum. Lo cierto es que ya nadie se acuerda de Charpentier. Pero esto no importa. Lo que cuenta es su música genial y triunfadora, que da himno y vida musicales a la cantada Eurovisión. Esto es acaso el verdadero triunfo, y lo demás son cuentos chinos (con respeto), ganas de confundir al paisanaje, deseos de engañar a la población, ya de por sí dopada, ansiosa por que le marquen el rumbo a seguir. Os sugiero que volvamos a la música de Mozart, Purcell, Bach (Juan Sebastian), Salvador Bacarisse. Por citar sólo algunos ejemplos. Y dejémonos impregnar por lo sublime. 


La estética de la basura prefabricada, suponiendo que ésta tenga que ver con los cánones de belleza actual, se impuso una vez más, porque la culpa (vaya palabro, no me gusta), la ideación (tampoco me convence) de este sarao y mamoneo (vecinitos que votan a los suyos, por intereses, claro) no la tiene Pastora Soler ni Rosa de España ni le Chiki Chiki (los cuales van al matadero musical convencidos de su valía o de su "bacile"). Rajada Europa. Y chingados güeyes que "entaman" todo este tinglado eurovisivo. 
La crueldad del sistema se alza hasta límites inverosímiles. 
A todo esto, qué le importa a uno la Eurovisión. 

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