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martes, 12 de junio de 2012

Las Once mil vírgenes

Si escribir es reescribir, vaya aquí esta re-escritura.

                                      

         Érase una vez un paisano al que le chiflaba jurar en hebreo, y soltaba unas cagadas y blasfemias como para hacer temblar al misterio y todo cuanto hubiere bajo la capa del firmamento. Podéis imaginaros lo que hacía este coterráneo con las once mil vírgenes. Dicen que decía: “Me... en un tren cargado de vírgenes”. No sé si llegaría a las once mil. Él, en cualquier caso, ponía todo su empeño. El tipo en cuestión se dedicaba al noble oficio de herrar ganado. Y cuando se le torcía la herradura, se montaba un expolio, que pa' qué.

El juramento y la palabrota son corrientes en nuestro vocabulario castellano-galaico-berciano, en nuestra lengua española, claro. Y aun en otras lenguas. Si bien a nosotros, tal vez por la culpa judeo-cristiana, nos encanta bajar a hostiazos a santas, santos, vírgenes... aunque sean merito de palo. 


El maestro Cela gustaba de soltar tacos, blasfemias y otros porque el lenguaje -diría él- está para utilizarlo si ha menester. Y eso cree este menda lerenda. En este sentido (que se dice mucho ahora) cabe señalar que no se imagina uno a otras culturas-lenguas bajar santitos del altar, y de esta guisa. Ni siquiera los mexicas, aunque sean unos chingoncitos, nomás. Pinche viejo cabrón, no mames, pendejo, no la hagas, jijo de tu tiznada mamacita, que te rompo el hocico. Sale, güey, te voy a madrear. No te me engoriles, que te mando a chupar faros. Tampoco se imagina uno a los francesitos, tan relamidos ellos (y ellas), lanzar groserías en plan bestial. Como mucho dirían: Va te faire foutre; va te faire chier, y así, en  tono suavecito. Haberlos "haylos", a buen seguro, el caso es "encontrailos". Quizá a nuestros vecinos más allá de los Pirineos no se les oirá decir cosas en plan bárbaro, como al señor de La Parada, nocedense con boca de asno, que diría algún mocho de sacristía. "Me... en todos los santos, en la p... la virgen y en la recontraputa hostia bendita y en vinagre" (esto, quede clarín clarete, no lo dice mi o... sino la voz inconsciente del ferrón, que en arrebato acaso místico solía apear a garrotazos todas las hornacinas del cielo). Queda dicho. 


Los anglosajones, por su lado, dirían fucking good o algo tal que así. Como oímos pronunciar a Marlon Brando al inicio de El último tango en París. Y ya... Bueno, tampoco son tan santurrones en su hablar. Que si te dejas, te las meten dobladas, los muy penitentes. Me recuerda mi amiga que en todos los sitios cuecen habas, y en la mía a calderas, o sea. Que malhablados los hay por doquier. Y que las generalizaciones nunca conducen a nada bueno, siempre habrá excepciones que desconfirmen y descuajeringuen el reglamento. ¿No os parece?

En cualquier caso, lo que resulta harto simpático es que en Ponferrada haya una calle con este nombrecito: Las once mil vírgenes. ¿A quién se le ocurriría? Un título, por lo demás, que me hace recordar esa extraordinaria novela que es “Les onze mille verges” de Apollinaire.  Ya sé que “verges” no quiere decir  vírgenes, pero se asemeja  al sonoro francés “vierges”, o sea, vírgenes. ¡Qué todo sea por la fonética franco-española! Dicho lo cual, y sin ánimo de ofender al personal católico-apostólico, paso a la calle en cuestión. A ver si me doy un paseíto y oxigeno las entendederas.

         Antaño -ahora no tengo noticias al respecto- los vecinos y vecinitas de esta calle se quejaban porque había mucho ruido, y los pobrecitos no podían conciliar el sueño. ¡Qué mala potra! Alegaban que era fundamentalmente el Teatro Bergidum quien generaba el ruido, a resultas de la carga y descarga del material necesario para llevar a buen término las representaciones. 

No sé el ruido que habrá en esta calle, porque uno, que mora en fines de semana en medio de lo campestre, sólo le ladran los perros y le cantan los gallos del vecindario. Ay, a veces croan las ranas del Remerdeiro. Y en cuanto se asoman los primeros rayos de calor pían los pajaritos y vuelven las oscuras golondrinas sus nidos a colgar.  Lo cierto es que no está mal, habida cuenta de los ruidos que uno debe soportar en las medianas y grandes ciudades. En realidad, ni siquiera en Ponferrada se soportan grandes ruidos, bueno, depende de que "prójimos" le toquen... el pelotamen a uno. O si las bombas del agua andan a la virulé... “Mugientes rebaños de autobuses circulan a tu lado”, por decirlo al más puro estilo poético de Apollinaire, que fue un  "cubista", caligramático y surrealista o realista del sur, como alguien podría señalar de forma humorística. 

No obstante, y por aquello de que el teatro es el teatro, esto es, arte sublime, los avecindados ponferradinos de Las Once mil vírgenes no deberían alarmarse. Antes al contrario, deberían ir al teatro, y así no tendrían que andar renegando. Y luego de la función podrían quedarse a charlar acerca de lo visto. Además de no quemarse la sangre, disfrutarían viendo obras de teatro, que siempre vienen bien al cuerpo y al espíritu. 

¡Animaos, qué están actuando grupos muy interesantes!

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