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martes, 4 de mayo de 2010

A propósito de Amenábar

El perfume me trajo a la memoria la visita de Amenábar al Bierzo y en concreto a la Escuela de cine de la capital pimentera, ahora ciudad de la energía. Entonces escribí algo, que ahora rescato para este blog, con algunos retoques y modificaciones.

Si la literatura es una de las bellas artes, y la música un arte sublime, sublime sin interrupción tal vez, como hubiera dicho Baudelaire, el cine puede llegar a ser una aventura excitante, o un tango argentino con mucha marcha. No hay más que echarse en los brazos de “El hijo de la novia” y abrazar guiños de ternura capaces de hacernos saltar las lágrimas. ¡Qué peliculón se largó Campanella! Y el paso del tiempo, nos ha dado la razón en cuanto a la genialidad de este director argentino, con El secreto de sus ojos.
 
El tiempo tiene una cuarta dimensión, que es el cine, según el Umbral de “La forja de un ladrón”. Pues glorifiquemos el culto de las imágenes. Eso sí, no nos olvidemos de los aromas y las palabras.

El cine, además de una tecnología y una industria cultural, puede llegar a convertirse en un arte. Y cuando esto ocurre se nos estremece el cuerpo de pura emoción y nuestras vísceras bailan un o una samba entretenido/a, sensual y definitivo/a. El cine debe ser ante todo entretenimiento, como quisiera el maestro Billy Wilder. O el propio Hitchcock. No nos dejemos engañar por las apariencias. Y volvamos al mito de la caverna platónico.


El concepto fetiche de industria cultural, en palabras de Umberto Eco, nos remite directamente a la circulación extensa y comercial de objetos convertidos en mercancía. “Nada tan dispar a la idea de cultura (que implica un sutil y especial contacto de almas) como la de industria (que evoca montajes, reproducción en serie...)”, escribe el señor Eco en ese libro-biblia de la comunicación que es “Apocalípticos e Integrados”. No cabe duda que la noción de “cultura” también exige una reelaboración y una reformulación -como apunta el filósofo Bueno en su libro El mito de la cultura- en la que no voy a entrar ahora, porque además ya lo he hecho en otro momento y espacio.


Dicho lo cual, y en espera de nuevas sugerencias, uno se alegra enormemente de que el joven y ya afamado director de cine Alejandro Amenábar nos visitara en el 2002. Fue un lujo contar con su presencia. Y disfrutar de su compañía. No resulta fácil ser joven y célebre a la vez, sobre todo en nuestro país.


Amenábar, acompañado por Ayanta y Gonzalo Suárez, llegó al Bierzo un lunes 13 de mayo a eso de las dos de la tarde. Comimos y conversamos acerca del cine y la vida en general. Amenábar se mostró amable y ameno conversador en todo momento. Hablamos de “Los otros” y de Nicole Kidman, musa y arcángel cinematográfico. Uno siente una devoción especial por Nicole desde que la viera en Eyes Wide Shut, de Kubrick. Una buena interpretacion en una película quese me antoja extraordinaria, y Amenábar acertó con la Kidman en su película.


En ese momento, Amenábar me habló de la posibilidad de adaptar El Perfume, la novela de Süskind, pero al final acabó haciendo Mar adentro, quizá su película más lograda, con la inspiración/transpiración de El hijo de la novia. Qué curioso.

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