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martes, 11 de mayo de 2010

Eremita en sociedad


Eremita es quien logra vivir alejado de toda tentación, y por ende se siente satisfecho, y quizá feliz, en su estado de gracia, en su morada de enajenación, solo y libre en su soledad filosófica, contemplativa, aristotélica. 

A uno lo que en verdad le gustaría es hacerse eremita, como aquel “cuate” mallorquín que conociera en Buenavista, hace ya varios años, en las faldas del Popocatépetl, el volcán sagrado y “fumarolo” del Estado de México. Época de algún volcán fumarolo, la nuestra. 

A buen seguro no es necesario largarse tan lejos del Bierzo para ejercer de ermitaño. La Sierra de Gistredo y el Valle del Silencio siguen invitándonos al retiro espiritual. Basta con que uno se retire, aunque sea en un espacio-tiempo quimérico, y te sientas anacoreta, mientras lees La República de Platón bajo la sombra de un castaño en flor, que es sin duda una buena forma de convertirte en un eremita en sociedad, un asceta dialéctico, en diálogo permanente consigo mismo. 

En el fondo, y bien mirado, no resulta fácil obviar la sociedad, esta sociedad basura agarrada por el huevamen, mediatizada y manipulada hasta límites insospechados. La perversión no tiene límites, y la mierda enfanga nuestras visiones espirituales. No, no resulta fácil pasar por alto al personal, que se dice congénere de todas tus ilusiones y sanas esperanzas, a ese Gran Hermano que se encarga de observarnos con lupa si ha menester, ese Ente que nos vigila en todo momento y nos procura hachazos en el corvejón del alma. Toda precaución es poca.

Siempre he sentido como una inclinación especial hacia esos seres capaces de retirarse espiritualmente del mundo-entorno, véase mundo podrido, en el que anidan las inquinas y miserias humanas más repugnantes cual cigüeñas envenenadas de tanto tragarse sapos, sapines y “culuebras”, que así es como se les dice a los reptiles punto y medio ponzoñosos en mi pueblo.

Vivir en sociedad significa vivir entre fieras salvajes, capaces de divertirse descuartizando tus vísceras y orinando luego sobre tu cadáver. Como si estuviéramos en una Lección de Anatomía, y aun en el hospital psiquiátrico de las perturbaciones más absurdas y atrevidas. Aunque para ser sinceros, el infierno no sólo son los otros, como diría Sartre, pueblo chico, infierno grande, sino uno mismo. 
No olvidemos que el hombre es un lobo para el hombre, y que la sociedad pervierte y trastoca al individuo, que ya de por sí no es un buen salvaje, sino sólo un salvaje buenísimo. Excuso decir que a salvajes no hay animal que nos gane. Las tres consignas del Partido, como en la novela 1984 de Orwell, siguen siendo:

LA GUERRA ES LA PAZ. LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD. LA IGNORANCIA ES LA FUERZA.

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