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sábado, 18 de octubre de 2025

Después del agua, de la dana y de la nada, por Asunción Merayo

 

(Manuel Cuenya. Composición de relatos y microficciones. Nivel Intermedio. UNED de Ponferrada)

https://www.lanuevacronica.com/lnc-culturas/despues-agua-dana-nada_179347_102.html

Cuando Lorena llegó al pueblo, no reconocía la calle donde creció. El barro había cubierto las aceras, los coches estaban volcados y las paredes de las casas dibujaban zócalos de barro marrón a más de un metro del suelo, la altura que alcanzaron las aguas y los lodos. Su madre se refugiaba en casa de una vecina, sana, pero asustada. 


—No ha venido nadie del Gobierno —le dijo—. Nos ha dejado solos, como siempre.

La dana arrasó media comarca. Las noticias hablaban de promesas, de fondos, de ayudas que ya estaban en camino. Pero los únicos que llegaron a tiempo fueron los vecinos, los voluntarios con sus botas de goma, sus furgonetas viejas, los termos de café caliente y sinceras palabras de consuelo.

Víctor apareció al segundo día. Lorena no lo conocía. Víctor era uno de los que llegaron y no se fueron. Se quedó achicando agua, rescatando a gente mayor atrapada en sus casas, prestando sus dos manos donde hacían falta cuatro.

—He visto que necesitas ayuda con esa viga —le dijo—. Y allí comenzó todo.

No hablaban demasiado, no les hacía falta. Cada cubo de barro, cada caja de libros arruinados, que sacaban juntos, pesaban menos cuando estaban uno al lado del otro. Víctor dormía poco, apenas comía y trabajaba sin descanso a cambio de nada, o tal vez de mucho, de gracias sinceras, de lágrimas agradecidas de madres o abuelas llorando frente al televisor sufriendo una tras otra rueda de prensa, queriendo creerse las promesas de esas ayudas inminentes que nunca llegan, mientras el frigorífico seguía roto, la luz se iba y algunas veces, las menos, volvía.

Lorena le preguntó por qué lo hacía, y él respondió con otra pregunta:

—Si no lo hacemos nosotros, ¿quién lo hará?

Ella lo miró a los ojos, como se mira a alguien que dice la verdad más simple y a la vez más dura.

Se besaron mientras barrían lodo y cristales rotos en la trastienda del pequeño supermercado, que tal vez no era mejor escenario, pero si un rayo de luz en medio de la desolación y el miedo.

Fueron pasando los días. Los gobiernos, las instituciones, llegaron tarde y mal, más preocupados en hacer daño al adversario político que en prestar ayuda a los damnificados. Las indemnizaciones se retrasaron, las ayudas fueron escasas, puede que esperando que como casi siempre las promesas se las lleve el viento y la gente olvide las palabras incumplidas.

Lorena y Víctor siguieron. Los vecinos siguieron. Los voluntarios siguieron. Porque el pueblo, cuando los gobernantes fallan, se salva a sí mismo. A veces, de entre los escombros, de la desolación, de la soledad y el olvido, surgen nuevas esperanzas, nacientes ilusiones y motivos para quedarse.

viernes, 17 de octubre de 2025

La estrategia del caracol, por Antonia Martín Arganda

 

(Manuel Cuenya. Composición de relatos y microficciones. Nivel Intermedio. UNED de Ponferrada)

El 4 de abril los periódicos y las noticias radiotelevisivas nos informaron del desalojo del gaztetxe Etxarri, un centro social ocupado en un barrio de Bilbao desde el 2014. 


Durante los incidentes de la noche anterior, pudimos ver a los jóvenes lanzando botellas y otros objetos a la policía y prendiendo fuego a contenedores. A las nueve de la mañana, después de derribar varios muros que habían levantado los ocupantes, la Ertzaintza consiguió entrar en el interior del inmueble y procedió al desalojo. Parece ser que el incidente se saldó con cuatro detenidos y 15 ertzainas heridos.

Ayer por la noche, revisando películas de culto, volví a visionar La estrategia del caracol del colombiano Sergio Cabrera, estrenada hace más de treinta años. La temática totalmente actual: un desalojo en la Bogotá de 1976, esta vez de una casa de vecinos que llevaban viviendo allí más de cincuenta años. El motivo, el mismo: el “pelotazo urbanístico”.

Desde el gaztetxe defienden que era un lugar de encuentro para numerosos colectivos del barrio y denuncian además que, a pesar de que la nueva edificación no comenzará hasta dentro de unos años, los promotores prefieren tener el solar vacío. En el caso colombiano viene a ser el mismo: de un lado el burgués que heredó la propiedad y la ve como un medio más para aumentar su riqueza y, de otro, el grupo de personas conformado por gente trabajadora y marginada que ha construido sus vidas en torno a este lugar, con el que tiene un vínculo afectivo.

El procedimiento de desalojo se puede decir que es similar, aunque la proporción entre policías y desahuciados sea exponencial en el caso de Bilbao: un centenar de ertzaintzas, numerosas furgonetas antidisturbios rodeando el gaztetxe y repartidos por las manzanas de alrededor, un helicóptero de la Policía autonómica y dos drones.

Lo que contrasta totalmente es el planteamiento de los desalojados: del enfrentamiento cuerpo a cuerpo de los bilbaínos, a un ejercicio de imaginación que cuestiona la lucha armada e invita a pensar en procesos de acción colectiva defendiendo los valores de la justicia y la dignidad. El método que se utiliza es una quimera narrada, al mejor estilo del realismo mágico, pero sin perder por ello su potencia política. Esa empresa irrealizable en la que se trabaja con convicción es metáfora del carácter utópico de las ideas revolucionarias. “Lo único que vale es lo que hagamos de ahora en adelante”, dice Jacinto, el paradójico líder anarquista de la estrategia.

Me pregunto qué hubiera pasado si estos chavales del gaztetxe hubieran visto la película colombiana. Quizás hubieran construido un artificio similar y habríamos podido observar el espectáculo magnífico de ver pasar por el aire todas sus pertenencias, puertas, baldosas, muros incluidos, al otro lado de la ría, para comenzar de nuevo con su proyecto. Los colombianos lo hicieron porque no sabían que era imposible. Tendría que haber más Jacintos para que esto cambiara.

jueves, 16 de octubre de 2025

El desafío de las huellas, por Ana Rosa Gutiérrez

 

                  (Manuel Cuenya. Composición de relatos y microficciones. Nivel Intermedio. UNED de Ponferrada)

El sol irrumpió al amanecer. El verano hacía su aparición, y la luz se colaba por las rendijas de la persiana. Una brisa matutina flotaba en el ambiente.

Al abrir la ventana, se percibía el sonido del mar, las olas acariciando bruscamente las rocas. Siempre busqué la libertad y la había encontrado en un pueblecito costero. 


Me gustaba pasear por la playa al atardecer. Valoraba enormemente el contacto de mis pies desnudos caminando por la arena, dejando huellas, que solo durarían hasta que la marea las quisiese borrar. Los largos paseos nocturnos me hacían reflexionar.

La vida nos da reveses, y la única solución es aceptarlos. Si los negamos, la frustración nos invade. El pasado es un viaje sin retorno, y el futuro es algo incierto y difícil de programar, por lo tanto, lo único de lo que disponemos es el presente, y yo estaba decidida a vivirlo intensamente.

No sé si es por casualidad o por “causalidad,” en uno de mis paseos nocturnos mis huellas se cruzaron con otras huellas, unas de persona y otras de animal, presentí que eran de un perrito.

Fue un juego absurdo el que nos llevó a cruzar nuestras vidas.

Cuando puse cara a esos pasos, fue una sensación increíble, porque aquel hombre de tez morena y ojos castaños, labios prominentes y dulzura extrema, me había removido sentimientos agradables.

De aspecto corpulento, con excesivo vello, demasiado para mi gusto y, a la vez con esa esbeltez de cuerpo, digno de una figura tallada en mármol, que evocaba la época de los romanos. Sentí hacia él una pasión irresistible, intensos sentimientos, y una atracción física muy fuerte. El proceso de seducción estaba servido. Y como consecuencia el placer.

Nuestro primer encuentro programado fue una cena romántica a la luz de las velas. Una excusa para intentar conocernos más a fondo. Hablamos de nuestras respectivas vidas, experiencias, desengaños, problemas, e ilusiones concebidas para poner en práctica un futuro mejor.

Nuestra segunda cita fue en su apartamento, él vivía allí desde hace años, yo acababa de instalarme en una pequeña casa alquilada.

Cuando llamé a su puerta la emoción me desbordaba, me sentía como una adolescente cuando da sus primeros pasos hacia esa vida adulta tan deseada.

La primera forma de relajarnos surgió realizando un programa de higiene personal, consistente en lavarse los dientes, perfumar el aliento, bañarnos, y añadir al agua del baño aceite de romero y perfume a una temperatura similar a la de la sauna. Un masaje en los pies consiguió que sensaciones placenteras se transmitieran por todo el cuerpo. Reconocer nuestros cuerpos bajo la espuma y unas cuantas gotas de esencia contribuyó al relax. No hubo palabras, sólo una búsqueda del deseo entre el agua.

Después del baño, unos albornoces de rizo nos envolvieron, anhelando un merecido descanso. En el lecho, sábanas de seda resplandecían ante mi mirada que apreciaba el buen gusto. Un espejo enorme ubicado en un lateral de la habitación reflejaba nuestros cuerpos, ahora desnudos, intentando de una vez por todas admirarse.

No sentí pudor, me sentía realmente cómoda al ver que la vergüenza no me reconocía. Él sonrió y sin mediar palabra nos acostamos. Un escalofrío recorrió mi piel al rozar la suya, una suavidad como la de un bebé con perfume a Nenuco. Retazos de la infancia vinieron a mi mente.

Entrelazamos nuestros cuerpos como si de una espiga se tratase. Practicamos el abrazo de los muslos, presionar con uno o los dos muslos de uno contra los del otro Mis pechos menudos se erizaban al contacto con sus pezones. Los intensos besos sortearon mi cuerpo hasta aterrizar en la boca, allí un beso más profundo consiguió que su lengua rozara mi garganta, las endorfinas consiguieron salir a pasear. Mis nalgas fueron objeto de suaves palmadas, besos y pequeños mordiscos.

El sudor comenzó a deslizarse por ambos cuerpos, y decidimos tomarnos un refrigerio, el frigorífico sería la meta. Él se sirvió un whisky escocés cargado de hielo, y yo me tomé un ron. Advertí la presencia de un envase de nata en el frigorífico, y como prueba de un juego decidí adornar mis pezones con ella, para que él pudiese de alguna manera volver al acto de succionar, como si de un alimento de lactante se tratase. Fue divertido experimentar con la citada crema.

Su lengua acarició con profundidad mis pabellones auditivos hasta sentir un cosquilleo difícil de describir, y surgió la consabida carcajada por mi parte. Yo estaba extendida boca abajo, y unos cubitos de hielo se deslizaban por mi espalda cual tobogán digno del mejor parque de atracciones, al unísono, mi piel se erizaba como la de un gato cuando lo acaricias.

Literalmente me devoró a besos, yo le había pedido que se pusiese carmín en los labios para dejar huellas visibles en mi piel, tantas como pudiese. El mapa físico del cuerpo humano había sido examinado, de norte a sur y de este a oeste. Kilómetros de buenas intenciones habían sido recorridos en minutos.

El olor a jazmín inundaba la estancia. Vinieron a mi memoria los recuerdos de un patio, donde el jazmín blanco se encaramaba por una escalera de caracol que le servía de soporte, y era una delicia el perfume que desprendía durante las noches de verano.

Ese día fue el principio de una intensa aventura que, desde mi punto de vista, se convirtió en terapia. Una relación entre terapeuta y paciente un tanto peligrosa.

El siguiente encuentro se forjó en el mismo escenario. Un capricho del “terapeuta” fue que me disfrazara de asistenta, y allí en una silla se encontraban una serie de accesorios. Una cofia blanca de blonda, un delantal de encaje apto para las transparencias y unas excitantes y optativas bragas negras. Eso era todo. El delantal cubría parcialmente las zonas erógenas del cuerpo. Mi papel era el de una criada, él era el señorito.

La siguiente experiencia fue, por acuerdo de ambos, acariciar nuestros cuerpos con los ojos vendados, cuando este sentido falta, se intensifican los demás. Es una sensación indescriptible, es complicado explicarlo con palabras, hay que vivirlo. Él acarició mi cuerpo y, al llegar a las nalgas, un azote cariñoso en ellas me reconfortó. Leves mordiscos en los pezones hicieron que estos se estimularan y cambiaran su forma y aspecto, lucían distintos. El monte de Venus vibraba cual cuerda de una guitarra a cada caricia, y mi boca jadeaba al ritmo de la música improvisada. En esta ocasión, el olor a sándalo nos produjo una intensa relajación y calma. El ambiente estaba impregnado de este aroma dulce con un toque sensual y ligeramente animal. Una sensación de tranquilidad inundó la habitación. En breves momentos el sueño se apoderó de nosotros.

El otoño hizo su presencia, cambiamos de escenario, y los encuentros habituales se distanciaron y se produjeron en mi casa. Un amanecer, cuando estaba profundamente dormida después de un excéntrico encuentro, una nota estaba en mi mesilla de noche.

“Me he enamorado, no sé si tu sientes lo mismo. He decidido abrir un paréntesis y creo que te corresponde a ti cerrarlo. Te deseo”.