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jueves, 22 de octubre de 2020

Un canto a la vida, hey

Un canto a la vida, hey. Así recuerdo que puse fin a una serie de textos sobre el maldito virus. Del corona y de quien lo inventó. Si es que a alguien se le ocurrió inventarlo o fabricarlo. Que esa duda no acaba de despejarse. O sí. Porque la comunidad científica asegura que surgió de un modo natural. Y tendremos que creerlo. Más vale creerlo -decían antaño- que ir a averiguarlo. 

No obstante, uno prefiere quedarse con la duda metódica, acaso como punto de partida filosófico. La reflexión ante todo. Y siempre la filosofía como camino hacia el conocimiento y auto-conocimiento. Que la creencia como tal y la fe no conducen a nada, al menos con enjundia, si no hay un respaldo razonable, científico, objetivo. Y en esas andamos, mientras el virus sigue campando a sus anchas como Pedro por su casa. O como un Drácula todopoderoso, con los colmillos afilados, chupando la sangre de la Humanidad, metido hasta la cocina en la casa de todos. 

Un canto a la vida, por favor, que la muerte ya nos acecha y persigue en todo momento, tras las sebes de los sueños y las ilusiones, que se truncan de un momento para otro. Tantos sueños truncados. La Muerte, impertérrita, se impone como una apisonadora, aplastando a unos y otras como si fuéramos hormiguitas. Pobrecinas hormiguitas. 

Me gustaría quedarme con la vida, siempre. Con la esperanza de que, en algún momento, podremos volver a vivir al menos con cierta normalidad, si es que existe la normalidad. O mejor dicho, como vivíamos antes de que nos atacará por sorpresa este corona espinoso, que nos tiene en vilo desde hace meses. Desde el invierno pasado, para más señas, que ya pronto nos meteremos en otro invierno-túnel sin luz. Y sin esperanzas. Miedo nos da. Como ese túnel existencialista, que nos hace vomitar y a la vez nos fascina en términos literarios, ese Túnel-obra que escribiera el físico argentino Ernesto Sábato. 


Que ya el otoño ha llegado con sus grisuras, sus astenias y sus olas y brotes y rebrotes en todo el Planeta, con su onda... expansiva, que no es capaz a pararla ni Cristo bendito, que en los cielos de alguna ficción estará. Y con una España contagiada hasta las cejas a la par que enfangada en mociones de censura absurdas a través de un partido atroz, Vox, que en una democracia real no debería tener cabida. Ah, sí, que la democracia es el poder del pueblo, y el pueblo también decide. Aunque a veces el pueblo no sepa ni mugir. El pueblo somos todos, semos unas y otros. Pero ya sabemos que unos son más iguales que otros. ¿Os acordáis de Orwell y su Rebelión en la granja

En mi humilde opinión, Vox no debería tener ni Vox ni voto, porque es una Vox extrema, extremista, que nos revuelve las tripas. Y en los extremos está el peligro. Las dictaduras, tanto de derechas como de izquierdas, nos han dado buenos quebraderos de cabeza. Y continuarán chingándonos. Lo adecuado, lo más sabio quizá, sería encontrar el justo medio, el equilibrio, que es lo que nos da serenidad, lo que nos procura salud, por supuesto mental. Todos los desequilibrios nos llevan a la locura, al desastre. 

Vivimos y sufrimos en una España de extremos y radicalismos. Nuestra historia nos lo confirma, con una guerra fratricida y una posguerra cuasi interminable. Aún siguen supurando las heridas de esta cruenta guerra entre hermanos y vecinos, no nos olvidemos.

Vivimos en una piel de toro o de vaca que no logra frenar los contagios. Oficialmente, ya superamos el millón. Aunque en esencia sean muchos más millones. Y miles de fallecidos. Además, de otros miles que han logrado superar el virus, pero que les quedan secuelas de todo tipo. Con lo cual el panorama resulta desolador. Y eso nos tira por los suelos, aunque sigamos cantándole a la vida. 

El Bierzo -concretamente el área perimetral de Ponferrada- también está en el punto de mira. Y aunque estaba cantado que sería la siguiente zona de la provincia de León en ser confinada -León capital ya lleva días confinada, y lo que te rondaré, morena-, de momento aún no han dado el toque de queda definitivo. Que llegará, a buen seguro. Para nuestra tristeza.  

Sabíamos o intuíamos que no sería nada fácil salir de esta encrucijada, de este túnel, pero, a medida que transcurre el tiempo, nos damos cuenta, cada día más, que esto, si sigue así, no sólo acabará afectando a nuestra salud, sino que acabará dinamitando todo nuestro horizonte de esperanzas. De esperanza en la vida. Porque si no la espichamos de coronavirus, moriremos de coronahambre -la hostelería, por ejemplo, quedará para el arrastre, habida cuenta de que el nuestro es un país fundamentalmente de servicios-. O de otro tipo de enfermedades. Porque somatizaremos todo este sin dios en forma vírica. ¿Acaso no se muere más gente en el mundo por otro tipo de virus, de enfermedades coronarias, de cáncer, por guerras, por hambruna... por calamidades varias? Es probable que, si no acabamos directamente en un cementerio -se acerca el Día de Difuntos- terminemos en un frenopático. Si es que aún quedan psiquiátricos que nos acojan. Que esa es otra. Porque los hospitales, del tipo que sean, acabarán colapsados. Ya lo están. Lamento ser tan explícito y realista. 


Los cuadros ansioso-depresivos se están desatando, amén de otras psicopatologías. Hasta uno se siente en un cuadro similar, aunque intente sobreponerme. Y tirar para adelante. 

El virus existe, es un hecho, que está poniendo patas arriba nuestras formas de vida. No vamos a ser negacionistas ante tamaña evidencia. Pero los gobiernos no deben olvidar que, con sus medidas, cada vez más restrictivas (en breve nos darán toque de queda, como en las guerras, y eso que llegué a escribir que esta no era una guerra, salvo por los muertos y muertas que nos está dejando), están pulverizando a la sociedad, que está aterrada, muerta de miedo. O sea, muerta en vida. A parecer, eso también es real, una parte de la sociedad, entre ella alguna juventud, se salta a la torera todas las normas y restricciones montando fiestas y botellones por doquier. Con los consiguientes contagios. Y así esto no tiene ni tendrá fin. Porque las vacunas, hasta que estén en marcha y sean eficaces, tardarán tiempo. Y alguna gente no querrá ni ponerse la vacuna. Quizá tampoco haya vacunas para todos. Al menos en una primera fase. 

El duro confinamiento, sufrido en una primera fase o fases, sirvió para acorralar el virus, para frenarlo. Pero tuvo, ha tenido y sigue teniendo sus consecuencias, en lo económico, lo social, lo cultural. Y por supuesto en la mente de cada individuo, que se resiente de un modo escalofriante.  

Otro confinamiento de ese calibre nos haría polvo, acabaría con nosotros. De un modo literal. Si no caemos por el coronavirus, acabaremos sucumbiendo ante cualquier otra enfermedad, del cuerpo, de la mente, que todo es una misma materia. Así que preparémonos para la batalla. Que se nos espera un otoño jodido. Y aun invierno atroz. Ni turrón, ni uvas pasas, ni nada. Hasta Papá Noël se quedará morriñoso en el Polo, a la intemperie, con sus regalos de Navidad metidos en el saco de las ilusiones perdidas.

Después de mi ultima entrada en este blog, Verano vírico, decidí no escribir más sobre esta situación. Y lo hice de un modo consciente e intencionado. Por salud mental, sobre todo. De modo que hago una elipsis, desde junio hasta ahora, que no llega a ser la elipsis que vemos al inicio de la película 2001, Odisea en el espacio (una elipsis que salta desde la prehistoria a la modernidad del siglo XX) pero que deja un espacio considerable, al menos para tomar un relax, un respiro, que me permitió salir a estirar las piernas y oxigenar la mente en la Naturaleza. Y de paso pude viajar por el Noroeste español, tan bello y familiar, lo que me procuró luz y energía, ánimo y placer, el placer de sentirme vivo a pesar de los pesares. Con ganas de vivir. Con ganas de sentir. De sentirlo todo de un modo intenso. 

Una válvula de escape o un caramelito que nos permitió el gobierno  (habida cuenta de que el nuestro es un país turístico, que vive del turismo) para que nos creyéramos por un tiempo el camelo. Y de paso nuestros mandamases también pudieran tomarse ese periodo vacacional en playas, tumbados al sol, el sol embotellado de este corralón ahora nublado.  Con nubarrones en el cielo encapotado de esta plaza globalizada. Y Globalizadora. 

¿Para qué nos ha servido la Globalización? Después de la tempestad, esperemos que llegue la calma, si aún seguimos en la senda, en la mar, para dar fe del cuento. Con final feliz, por fa. 

Un canto a la vida, hey. 

martes, 20 de octubre de 2020

La crueldad, por Susana de Paz

Doy paso a la serie de relatos que La Nueva Crónica ha publicado durante este verano, que corresponden a mi alumnado de escritura creativa, tanto en León como en el campus de Ponferrada, porque se trata de cursos de escritura de extensión universitaria, con créditos incluidos. 

Cursos orientados a la escritura de relatos más o menos breves, como podéis apreciar en la lectura de los mismos. 

Continuamos con la publicación de un relato de una alumna de León, Susana de Paz, titulado La crueldad

https://www.lanuevacronica.com/la-crueldad-2

Con la mirada inocente y tierna de una niña, la autora de este relato, a través de un estilo sencillo y reflexivo a la vez, nos adentra en un mundo rural donde los instintos primarios, incluso la crueldad, forman parte del mismo

(Manuel Cuenya, curso de escritura de la ULE)  

jueves, 15 de octubre de 2020

La fragua literaria leonesa: Esther Bajo

 

LA FRAGUA LITERARIA LEONESA

Esther Bajo: “He hecho dos cosas con José Luis Estrada que eran pura utopía: crear un periódico y un partido político”

La periodista, poeta y profesora Esther Bajo, autora del poemario 'Duelo', está trabajando ahora en una novela basada en la vida de una mujer fusilada durante la Guerra Civil, así como en un libro de relatos que son, en realidad, anécdotas y experiencias personales.


Manuel Cuenya | 15/10/2020 - 10:24h.

"Así cuento el tiempo. Antes de ti. Después de ti./ Hubo un tiempo antes de que aparecieras, otro/ desde que desapareciste./ Como Cristo./ Pero lo único importante/ fue el tiempo contigo./ Tú y yo éramos dos y más./ Con mis afanes sudabas, con tus heridas sangraba/yo./ Ni dios quiso ser uno. Y era trino./ Sin ti/ soy sólo la unidad/ unidad sin arraigo./Tenía dos raíces/ y la que perdí hace tiempo./ Ahora tengo dos brotes que alimento con sal./ Después de ti. La magia/ acabó en tragedia./ Estoy desnuda en la nieve, plantada en el desierto./ Un río sin luna, un cielo vacío, la mar opaca./ Por qué. Por qué./Por qué..."

(Esther Bajo, 'Ocho meses después de ti', poema incluido en 'Duelo')

Nacida en un pueblo de la provincia de Valladolid, en concreto en Olmedo, donde su padre estaba destinado como jefe de silo (y el gran Lope de Vega inmortalizara en su conocida tragicomedia), la periodista, poeta y profesora Esther Bajo se vino a vivir, con cuatro o cinco años, a la capital de León.

En todo caso, su padre nació en Tierra de Campos (en Gordaliza del Pino) y su madre en Omaña (Trascastro de Luna). Aunque Esther no crea que el lugar de nacimiento influya directamente en nadie, sí reconoce en cambio que influyen los paisajes que pueblan la mirada, "los reales y los imaginarios"; así como influyen las vivencias, las propias y las ajenas.

"En mi forma de ver el mundo y de escribir me han influido las historias que me han contado mis padres y mis abuelos y las que he vivido en primera persona, no sólo en León, sino en todos los lugares en los que he estado como Oviedo, Valladolid, Burgos, Salamanca, Malta, Zenda o Macondo", recuerda Esther, que siente un cariño especial por León habida cuenta de que es el lugar en el que más tiempo ha vivido y además es el escenario en el que se han desarrollado algunos de los capítulos más importantes de su vida, según ella, con lo cual León ha ejercido una influencia muy importante también en su obra.

Como periodista, ha trabajado en diversos medios, comenzando su carrera profesional como corresponsal en León de Radio Nacional de España para posteriormente ejercer en medios escritos como 'Diario de León', 'La Crónica de León' (desde su primera etapa hasta la última), 'Diario 16', o 'Tribuna de Salamanca', entre algún otro.

"La etapa periodística más interesante la desarrollé en 'Diario 16 Burgos', bajo la dirección de mi compañero (de trabajo y de vida), José Luis Estrada", a quien le dedica íntegramente su reciente poemario 'Duelo', cuya lectura resulta sobrecogedora, desgarradora, ya que su autora nos habla desde las entrañas, nos transmite su propio dolor, el que sufriera por el fallecimiento de su compañero del alma, Estrada, quien también fuera periodista y llegara a dirigir 'La Crónica de León'.

"La poesía de Esther, en este libro, no es una bruma de sentimientos, sino una luz que hace visible lo que fue y es, a modo de un sueño que se hizo real, y perdura porque se agarra a él", escribe Ramiro Pinto a propósito de 'Duelo', que nos muestra el dolor por la ausencia de un ser amado, que permanece en el tiempo, porque es algo que nunca se llega a superar, aunque la mejor forma de hacerlo sea sin duda a través de las palabras, de las palabras impresas. Como hiciera asimismo el coloso Umbral con su 'Mortal y rosa' dedicado a la muerte de su pequeño hijo Pincho.

"... El camino eres tú./ Por ti transito./ Al final del trayecto/ estará en tu boca la palabra perdida, el/ verbo hecho carne, la carne herida, el aire/ del último aliento./ No daré un paso más./ En ti me quedo./ Prendida"

(Esther Bajo, 'La palabra perdida', poema incluido en 'Duelo')

(Puedes seguir leyendo esta fragua en ileon.com en este enlace: https://www.ileon.com/cultura/la_fragua_literaria_leonesa/112517/esther-bajo-he-hecho-dos-cosas-con-jose-luis-estrada-que-eran-pura-utopia-crear-un-periodico-y-un-partido-politico)