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lunes, 27 de septiembre de 2010

Páramo del Sil, espacio poético

Antes de entrarle a Berlín, como prometí hace ya unos días, le daré vida a este texto, escrito a raíz de un reciente viaje a Páramo del Sil.

Páramo del Sil 
        

Páramo, cuya sonoridad me devuelve a algún sitio legendario, es término con una gran variedad de significantes, entre ellos, Pedro Páramo, el título de la novela de Rulfo. Me gusta esta palabra y me entusiasma este pueblo del Alto Bierzo, en el valle del Sil, sobre todo desde que descubriera que el poeta Ángel González pasó una larga temporada de su vida –unos tres años– en esta tierra. Que el insigne poeta astur eligiera este lugar me resulta, cuando menos, sorprendente, aunque al parecer a su hermana la habían destinado, por sus ideas republicanas,  a ejercer como maestra en Páramo del Sil, aunque mejor sería decir “condenada a pena de destierro”, mientras, él andaba aquejado de tuberculosis pulmonar, “con el miedo todavía pegado a los talones”. Hablamos del año de 1943, en plena posguerra incivil.
Algún médico de la época debió recomendarle, al aún joven González, este bello pueblo del Sil para curarse de su enfermedad. Un sitio, Páramo, apropiado para espantar la tisis y aun otras dolencias, ya que se trata de un lugar tranquilo, de aguas cristalinas y clima sano, aunque frío en invierno, donde se respira o debía respirar aire puro. Pues aquí que vino a parar, el que luego sería maestro -en el año de 1946, después de su restablecimiento, y al menos durante un curso-, en la aldea de Primout (perteneciente al municipio de Páramo del Sil), “donde cuenta la leyenda que nunca se viou el sol”, un pueblo perdido y casi abandonado en las estribaciones de la sierra de Gistredo, que en alguna ocasión tuve el gusto de visitar -antes de que decidieran asentarse como comuna algunos “ecoaldeistas” (algo que no prosperó).

Ángel González cuenta que este espacio -impregnado de soledad, bosques de abedules y gobernado por una forma comunal conocida como Consejo abierto, en la que prevalecía una democracia directa a toque de campana-, le sirvió como inspiración. La soledad –traducida en días muy cortos, noches muy largas, tiempo para meditar y observar toda una vida nueva-, como fuente de emociones intensas, en la que el excelso poeta debió beber a gusto, porque cuando se fue, lo hizo con pena, y aun con la idea de volver, aunque sabía que era una idea irrealizable, utópica. Abandonó Primout a primeros de mayo de 1947.
Por cierto, el nombre de Primout, aparte de resonancias galas, me invita a fantasear con algún lugar de cuento de hadas y de gnomos.   
Páramo del Sil, “pueblo minero, un poco ganadero y un poco agrícola”, que diría el poeta, es también uno de los puntos de partida hacia el Catoute, símbolo de la alta montaña, considerado hasta hace bien poco como el techo del Bierzo, aunque en los últimos tiempos el pico Valdeiglesias (con 2136 metros, en el municipio de Palacios del Sil), sea reconocido como el más elevado de la comarca berciana.
Catoute
                         
Para los amantes de la alta montaña conviene señalar que, en ruta hacia el pico Catoute, el excursionista se encontrará con la aldea de Salentinos, en otros tiempos casi deshabitada, y que en estos últimos años ha recuperado, por fortuna, el pulso vital. Merece una visita antes de emprender y empinar camino en busca del mirador del Bierzo: el Catoute, con sus 2117 metros, como el pico de tus sueños.

Ruta Catoute
      
Echa uno en falta, todo hay que decirlo, que el poeta Ángel González no hiciera referencia –o al menos no me consta- ni a Salentinos ni al Catoute, tal vez porque no los visitara. No debemos olvidar que llegó a Páramo del Sil para curarse de una tuberculosis pulmonar, que requería de todo el reposo del mundo.
Salentinos
         
Lo que sí recuerda, con extrañeza –asegura el poeta-, es su estancia en Páramo del Sil, porque más que ver el mundo lo oía: “por mi ventana entraba el rumor del campo: retazos de conversaciones, las campanas de la iglesia cuyo sentido no tardé en adivinar, las esquilas de los rebaños que iban y venían del establo al monte, el fondo sonoro más adecuado para leer con pasión a Juan Ramón Jiménez. Fueron tres años excepcionales, raros”, que pasó leyendo y escribiendo, estudiando música, dibujando, a la vez que había comenzado la carrera de Derecho con desgana en la Universidad de Oviedo, su ciudad natal.

                 
El balance final de su estancia en Páramo del Sil fue muy positivo, allí respiró el aire que le devolvió la salud y en este pueblo hizo su aprendizaje de poeta. Casi nada.
Creo que algún día, en esta localidad del Bierzo Alto,  tendrían que rendirle homenaje, como se merece, a este sublime poeta.



jueves, 16 de septiembre de 2010

Al tajo

Me dice mi amiga Ester que tengo abandonado el blog, una vez más. Si es que no se puede estar al plato y a las tajadas, o bailando y rezando en la Basílica de la Encina, donde por cierto y por fortuna ha actuado el Teatro Corsario, con Luismi al frente, un fenómeno, o sea. Un prodigio de la naturaleza el gran actor del Teatro Corsario, que lo mismo actúa que pone faroles o recoge cables. 
Pasión, de Teatro Corsario. En el centro, detrás de Cristo, Luismi




















Los bercianos, amantes de las artes escénicas, estamos de enhorabuena, porque Corsario nos ha deleitado con pasión y Pasión, una obra que resulta extraordinaria en escena. Por su parte, Javier Semprún, ese que habéis visto como colgado en Celda 211, está que se sale, como un Frankenstein dispuesto a flagelar con sus latinajos a Cristo en la cruz. 

No os la perdáis, si en alguno momento vuelven a representarla, aquí o allá. Confieso mi devoción por este grupo o compañía teatral, tal vez uno/una de las mejores de nuestra España teatrera y teatral, dramática y chirriante, paponera y cañí (no olvidemos tampoco a La Zaranda), si es que como en España en ningún sitio, dicen algunos, y algunas, convencidos todos y todas ellas de nuestra superioridad, que a buen seguro no es intelectual, a tenor de lo visto y vivido, sobre todo en los últimos tiempos, con movidinas hechas nomás para borreguines y por carneros apoltronados en la inopia. Volvamos a Nietzsche, please. 
Javier Semprún. Foto: Cuenya

Sí, el nuestro parece un país de subnormales profundos, que diría el gran Llamazares, bueno, alguno/a se salvará de hacer el gamba y la gambada. A propósito, me encantó reencontrarme, de nuevo, con Julio Llamazares en el Festival de Cine de Astorga. Y volver a ver su Elogio de la distancia, ambientado en A Fonsagrada (Lugo). Qué belleza. Y cuántas imagenes realmente líricas, con una fotografía muy hermosa, debida por supuesto al genial Alfonso Parra, y la buena realización del entrañable Felipe Vega.
Después de varios días de dance... que te friega... pajarito volando, por sitios varios, regreso al tajo, pues por instantes se me amontona el curre, que si correcciones de libros, que si publirreportajes, y así, en este plan de planes. Si es que no se puede estar todo el día dándole a la rosca y roscón, aunque sí me alegra haber viajado a la ciudad berlinesa, que sin duda da mucho de sí.  Es como si aún estuviera paseando a lo largo y ancho de la Unter den Linden y el Tiergarten.

Nicolai-Berlín

Me ilusiona haber podido ver a mi amigo Miguel Ángel García, corresponsal de Televisión Española en esta ciudad grande y grandiosa, sobre todo después de la caída de su insoportable y aberrante Muro, el muro de la desvergüenza y el terror, aunque aún quedan restos en algunas partes de la ciudad.

Continuaré el paseo Bajo los tilos y sobre el cielo berlinés. Necesitaré alas de deseo para sobrevolar la urbe. Mañana, tal vez.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Matavenero, un cruce de culturas y contraculturas


Ecoaldea cosmopolita

Setenta personas, en su mayoría extranjeras, han resucitado un Matavenero que vive con otras reglas

  (Diario de León, 19/09/2010)

http://www.diariodeleon.es/noticias/revista/ecoaldea-cosmopolita_554226.html 

http://www.nocedadelbierzo.com/archivos/Matavenero_revista.pdf

No recuerdo con exactitud la primera vez que visité Matavenero. Hace tiempo, en todo caso. Lo que sí recuerdo es que en el verano de 2000 escribí algo a propósito de este pueblo, en tiempos abandonado, y desde hace algo más de dos décadas recuperado para bien y gloria de los berciano-leoneses. Y sobre todo para quienes decidieron, en su día, asentarse, como eremitas, en este lugar retirado, construido en lo alto de la montaña, a más de mil metros de altitud, algo que por lo demás me hace recordar A Fonsagrada, en Lugo. Mirador estupendo, desde el cual se tienen vistas muy bellas.

Es probable que Matavenero (Mataveneiro, curioso nombre) sea más conocido fuera que dentro de la provincia leonesa, tal vez porque a los medios de comunicación, vendidos cómo no al poder, no les interesa en absoluto lo que se guisa en un poblado en el que viven unos seres, en su mayoría extranjeros, que aun resultando exóticos y hasta extravagantes, viven en su universo de fantasía, alejados del sistema castrador y del aparato burocrático de hipotecas y puterías miles.

Una vez más, no interesa tener al personal descarriado, a su libre albedrío, sino bien atado, bajo control. Por eso, el tan cantado turismo rural y el desarrollo y potenciación de la ruralidad resulta un engañatolos, porque lo mejor, siempre de cara al sistema caníbal, es tener adormecida en el zoo urbano-animal a la población. Todos hacinados en la posmoderna colmena de los rascacielos expuestos al vaivén de las marejadas.

¿A quién le interesan unos tipos/as que van a su aire, que se dedican a cosas tan así como la música, las artesanías, a cuidar de sus animalitos, a los mercadillos, a vivir de un modo digamos contracultural? Por otro lado, los chicos y chicas, que viven en esta ecoaldea, prefieren pasar desapercibidos, que nadie los moleste ni los joda (fotos no, please), que no son monos de feria ni frikis sobre el trampolín de algún circo ambulante.


La ruta hasta Matavenero -tomando como punto de partida la localidad de San Facundo- se me antoja realmente de una gran belleza. Por un sendero zigzagueante, siguiendo la vereda del río y en medio de una naturaleza espléndida, se llega a este poblado "hippie" (me permito la licencia de emplear este término sin ninguna connotación peyorativa, antes al contrario). Cabe la posibilidad, siempre atravesando algún pintoresco puente de madera, de alcanzar Matavenero directamente por la ladera derecha, o bien desviarse, hacia la izquierda, para llegar a Poibueno (algo ruinoso, aunque con alguna casita restaurada), y desde ahí trepar hacia Matavenero.


Próximo a San Facundo, en la ruta, se halla el Pozo de Las Hoyas, donde merece la pena darse un chapuzón, al menos visual. En unas dos horas, sin prisa y recreándose en el paisaje, se llega a Matavenero. La vuelta, ya en descenso, se puede hacer en poco más de una hora.


Matavenero, en la actualidad, cuenta con un total de setenta personas, casi todos y todas provenientes de diferentes países de Europa, entre ellos, Alemania, Suiza, Italia, Francia o Escandinavia, aunque también hay algunos españoles, incluso alguna chica ponferradina, como Marimar (creo recordar, quien curiosamente sí se presta para el retrato). En un principio, año de 1989, sus nuevos pobladores se instalaron en tiendas indias, poro poco a poco han ido construyendo y reconstruyendo sus propias casitas, algunas de cuento, con sus placas solares y todo lo necesario para sobrevivir a las duras condiciones climáticas del invierno, que de seguro lo son. Puro bucolismo rayado por las heladas y las nieves invernales. Pues no todo es orgasmo en el monte de los oréganos.


Alejados, pues, de aquello que huele a urbanidad, en medio del corazón sagrado de la montaña, los muchachos y muchachas "matavenerinos", ecologistas y naturistas, están en la llamada vena contracultural, en contacto directo con la naturaleza y lo natural, aunque de vez en cuando se rocen -es inevitable- con el malestar de la cultura (por decirlo al más puro estilo freudiano). Pues los niñitos también van a la escuela, y cuentan con una biblioteca. Sin embargo, y en la actualidad, no tienen ningún profesional de la medicina, lo que les vendría muy bien de cara a alguna urgencia sanitaria. La comunidad, en cambio, dispone de un Chiringuito, un bar que regenta Karl, y en el que se pueden degustar unas suculentas Okara-burguer, hechas con soja y revestidas con queso fundido.


Confieso mi admiración y simpatía por esta gente y su capacidad para vivir así, en estas condiciones, que sin duda no deben ser del color rosa de las pijerías andantes y fresita. "Jo, tía, qué fuerte, no". Capaces como han sido y son algunos/as de éstos de romper con su anterior vida, quizá más reglada y mil veces más consumista.

El alemán Karl, uno de los primeros en llegar a Matavenero, cuenta que tienen contacto con varios países, entre otros con Méjico, donde se están creando iniciativas similares. Los primeros "repobladores" de Matavenero, influidos por el Movimiento Arco Iris de Europa llegaron, aparte de Alemania como Karl, del interesante barrio de Christianía en Copenhague (cuya visita me late casi imprescindible para quien se de un voltio por esta bella ciudad danesa). Una forma contra-cultural de entender la vida que entronca directamente con el filósofo Epicuro (y su jardín o huerto donde se practicaba la amistad y quizá el amor libre), el precursor de este estilo. Una corriente o raya contracultural que continúa en el siglo XVI con la vida pastoril, con la teoría del buen salvaje en el XVIII, con el romanticismo y la bohemia en el XIX. Y luego en el siglo XX con la cultura underground: arte psicodélico y la Beat Generation, los movimientos punk, mod y grunge, el hip hop alternativo, festivales como el de Woodstock o las comunas de hippies asentadas en varios lugares del mundo, entre otros, en la ya citada Christianía (Copenhague) y por supuesto en el poblado de Matavenero, en el Alto Bierzo.