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jueves, 15 de julio de 2010

Alejandra Burgos


Es la segunda vez que escucho a Alejandra Burgos en directo en la sala Tararí, por donde han pasado muchos buenos músicos, entre otros Raimundo Amador o el ya fallecido Antonio Vega.


La primera vez que tuve el gusto de asistir a un concierto de Alejandra Burgos -hace ahora menos de un año- me encantó. Y ayer noche, en la sala Tararí de Ponferrada, volví a ver a esta argentina enérgica y divertida, con la fuerza suficiente para hacernos vibrar.



Alejandra, ya lo tengo escrito, es la Janis Joplin de nuestra época. Una rapazona o chavalina -si nos fijamos en su aspecto físico- con una energía envidiable en el escenario, acompañada por músicos de gran envergadura, como lo es por ejemplo el baterista (el batería, que se dice por estos lares).
Alejandra Burgos nos deslumbró, una vez más, y nos hizo amar la música con su directo potente y atrevido. Aunque menudita de cuerpo y con carita de angelina, resulta "matona" sobre un escenario. Muy buena esta piba.


Y gran acierto por parte de la sala Tararí de hacernos disfrutar con estos ritmos. Jorge, el propietario de la sala Tararí, se ha convertido en alguien casi imprescindible, un punto de referencia, a la hora de insuflarle vida musical a la ciudad de Ponferrada y a la noche berciana en general.


Hasta la próxima. Nos seguiremos viendo en Tararí.

miércoles, 14 de julio de 2010

Escenas de cine mudo, de Llamazares


Julio Llamazares es quizá uno de nuestros mejores escritores, uno de los más grandes... de este país. ¿De qué país?, diría Julio. Del llionés o lleunés... del astur... del galaico... Así es este leonés, que vive en Madrid, y al que le gusta viajar por el mundo alante, al igual que le entusiasman los libros de viajes, incluso los malos, asegura él, antes que esos productos-novela, tan propios de nuestra época.

La relectura de Estambul, de Pamuk, quien ve esta ciudad, la suya, en blanco y negro, me ha devuelto al pueblo de infancia de Llamazares, Olleros de Sabero, que aparece retratado en blanco y negro en esa obra titulada Escenas de cine mudo. Confieso mi devoción por este libro de Llamazares, sobre el que hablaré el próximo miércoles en Radio Bierzo, Cadena Ser.

Tras la dedicatoria, que resulta conmovedora (A mi madre, que ya es nieve), nuestro paisano nos deja bien clarín clarete, desde el inicio, que toda novela es autobiográfica y toda autobiografía ficción. Y sin darnos tregua, como si nos asestara un golpe en el cerebro (Mientras pasan los títulos de crédito), nos somete de nuevo a otro hachazo lírico, reflexivo: "la pregunta no es si hay vida después de la muerte; la pregunta es si hay vida antes de la muerte". 
A partir de aquí entramos, bajo hipnosis, en el mundo de los recuerdos, sus recuerdos de infancia en Olleros de Sabero: "un sitio en el que la vida transcurría solamente en blanco y negro". 
"Un poblado minero perdido entre montañas y olvidado de todos en un confín del mundo, donde su padre ejercía de maestro y donde el autor aprendió, entre otras cosas, que la vida y la muerte a veces son lo mismo". 
Un pueblo duro y violento (por más que lo rodeara un bucólico y bellísimo paisaje) -recuerda Llamazares-, en el que se hacinaban y vivían más de ochocientas familias. Un pueblo, en definitiva, que también podríamos situar en los confines del Bierzo Alto o en Laciana.

Estructurada en 28 capítulos, hilvanados todos ellos por la memoria, el paso inexorable del tiempo y la mirada poética y cinema-fotográfica del autor, esta obra puede leerse como un todo o bien por capítulos, sin tener que atenerse al orden que figura en el índice, porque cada fragmento es una pequeña obra de arte en sí misma, aunque algunos merecen una especial atención y re-lectura.

Con tu permiso, estimado Justo, retomo las Escenas de cine mudo, de nuestro paisano Llamazares, cuya literatura también te entusiasmaba. 
Cada capítulo de esta obra evoca el título de alguna canción o de alguna película. Todos me gustan, aunque hay algunos por los que siento predilección, como el segundo: Retrato de un fantasma (que me devuelve a mi propia infancia de escuela rural), o el quinto: Se vive solamente una vez -Hay que aprender a querer y a vivir./ Hay que saber que la vida se aleja y nos deja llorando quimeras...- (que nos traslada a esa Lisboa portuaria, donde existe un bar, el British Bar, en cuya pared hay un viejo reloj que preside la barra, en el que, milagrosamente, las agujas y el tiempo discurren al revés). Doy fe de ello. O el séptimo capítulo: El frío (sobre los recuerdos y el frío feroz, afilado y terrible, a veces blanco de nieve y otras negro por el polvo de la mina. El blanco de la nieve y el negro del carbón como colores que definen esta novela en blanco y negro); el capítulo doce: Pulmones de piedra (dedicado a la minería y a un minero silicótico, que tan de lleno nos toca a los bercianos y que tantos estragos ha causado -la silicosis- en nuestra comarca); el capítulo trece: La memoria enterrada (en el que nos relata su entrada en una mina o chamizo del Bierzo. La memoria -escribe Llamazares- es una mina oculta en nuestro cerebro. Una mina... llena de sombras y galerías... tan profunda como los hundimientos de nuestros sueños); el capítulo quince: La vida en blanco y negro (es quizá uno de los más logrados, como una síntesis de toda esta novela); el capítulo veinticuatro: Huérfano en la catedral (en el que Julio nos relata su descubrimiento de la ciudad, León, y su mirada lírica hacia la catedral: "era un sueño, una fotografía, un decorado de cine alzado en medio de la ciudad").
Escenas de cine mudo es como un Amarcord escrito sobre la pantalla blanca y negra de la realidad, de una realidad cruda, cercana, familiar, que sentimos como propia: "con los hijos de esos mineros para los que la vida no valía más que una partida de cartas (acostumbrados como estaban a jugársela allá abajo), fue con los que yo aprendí todo lo realmente importante que he aprendido con los años", lo que se me antoja definitivo.
Extraordinario libro. 

A Justo Fernández Oblanca

Mi estimado amigo José Luis Carretero, en tiempos gerente del Campus de Ponferrada, me acaba de comunicar la muerte de Justo Fernández Oblanca, quien fuera hasta hace poco Decano de la Facultad de Educación de la Universidad de León, y responsable máximo de la titulación de cine, adscrita a esta facultad, y desde hace algún tiempo tristemente desaparecida, como tristeza enorme me provoca la desaparición del amigo Justo, con quien compartí muchos momentos, incluso tuvo la amabilidad de invitarme también a impartir algún curso en su facultad.
Recuerdo con gran alegría aquellos filandones que organizaba en el mes de noviembre, con la presencia del maestro Pereira, que nos dejaba a todos boquiabiertos cuando se ponía a relatar sus historias, de José María Merino, de Paco Flecha (en tiempos también Vicerrector de la ULE), de Pedrín Trapiello, de Martín Garzo, de Eduardo Keudell, de tantos escritores.
Justo era una persona entrañable, amigo de sus amigos, que un día pudo llegar a ser Vicerrector de Relaciones Internacionales. Qué pena, querido Justo, que aquello no hubiera prosperado, como tampoco prosperó nuestro curso de Lengua española a través del cine, a pesar de que estaba todo en marcha y en el buen camino. Tampoco se hizo realidad tu ilusión de que Manuel Rivas diera una charla sobre literatura en la Facultad de Educación de la Universidad de León, porque la realidad se truncó, como ahora tu vida, y ahí no hay quien a darle la vuelta, porque la muerte es una cabrona que a menudo se ensaña con los buenos, con la gente que realmente merece la pena. Ya sé que todos, tarde o temprano, caminaremos hacia la nada en un viaje sin regreso, pero tú, gran Justo, eras aún joven.
En los últimos tiempos, la verdad, se te veía alicaído, pero no parecía que fuera grave. Incluso Chema, tu amigo del alma, nuestro amigo común, te daba ánimos y te alentaba porque creía que tu "mal", tu malestar era más psicológico que físico, pero no, la procesión, tu procesión estaba por dentro. Qué jodido.
Hoy es 14 de julio, o sea, fiesta Nacional en la France. En cambio, en León será día tristeza porque te nos has ido, tan pronto, tan en silencio. El 14 de julio era fecha que me hacía sentir libre y hasta libérrimo, y me daba por recordar la figura controvertida del marqués de Sade. Hoy no puedo evitar acordarme de ti, amigo Justo, y para ti son estas palabras de cariño, de recuerdo.
Descansa en paz, que desde este útero del Bierzo te seguiremos recordando con muchísimo afecto.