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miércoles, 7 de julio de 2010

Un verano o "vrano" con Mónica

En otros tiempos el personal veraneaba, eso sí, quien podía, porque eso se lo permitían las señoritas y señoritos llegados a más... directos a las costas de Benidorm o así. 
Ahora el paisanaje, incluso aquel que está agarrado por la pechera hipotecaria, turistea o vacaciona en cuanto luce el sol de verano. Qué tiempos aquellos, cuando el verano parecía una estación interminable, y los chavalines nos divertíamos jugando al escondite en pajares dorados de amores casi imposibles, o bien disfrutábamos eschuchando a ACDC, Led Zeppelin o Deep Purple bajo un firmamento tachonado de estrellas en las Eras de Llamamillas. Qué placer, la infancia, y qué difícil la adolescencia. Pero volvamos a nuestro presente hecho de/con amor y sueño, fiesta y música, porque entre fiestas, festivales y músicas varias y variadas andamos en este Bierzo juliano que atiza el rostro y calienta las bielas, verano que invita a viajar y atrae como poderoso imán a aquellas personas que viven en otros lugares (aunque una gran parte de procedencia berciana). El Bierzo cambia su semblante en cuanto asoman unas rayadinas de sol. La verdad es que le está pegando. Entonces, las paisanas y paisanos se vuelven alegres, sensuales y atrevidos, y no hay pueblo sin romería, ni fiesta en la que no haya una buena comida campestre, a ritmo de jota, o lo que se tercie, que puestos al dance no hay quien se resista a brincar y aun rebrincar. Siempre me ha sorprendido el rostro de fiesta que se le pone al Bierzo en verano. Incluso diría que el “vrano” berciano es como esos veranos breves pero intensos y amorosos que hemos visto y sentido incluso en los Países Bajos (qué vaya calorcito que hacía, no ha mucho, en Amsterdam y en Volendam). Veranos breves pero sustanciosos como los que nos enseñó Bergman en Un verano con Mónica o en Fresas salvajes
El verano en el Bierzo, como en el norte de Europa, es la vida en todo su esplendor. Como lo es en Suecia, sobre todo en este país, donde la luminosidad, salvo en verano, brilla por su ausencia. Lástima que una gran parte del año también nosotros vivamos en letargo, como los osos que hibernan en sus guaridas, para luego en verano bajar en busca de colmenas en la Sierra de Gistredo (que algún día debería convertirse en reserva o parque natural).
De repente comienzan las fiestas y festivales acá y allá, y uno casi no sabe con qué quedarse, porque a partir de ahora la fiesta está asegurada en todos los pueblos del Bierzo, incluso en los que ya no vive ni un alma, que son varios, cada vez más, a resultas del envejecimiento y la despoblación. Noches templarias, festival de jazz, Fiestizaje, Festival del Mirador de la Reina, fiestas en Cubillos, fiestas por doquier.
Con tanto sarao y verbena uno acaba enfiestado y engolfado, y así no hay quien a agachar el “llombo” y meterle mano a la faena diaria. Si a ello sumamos el próximo Festival de Ortigueira, que aunque gallego me toca el alma, el panorama se me hace/hase músico-balsámico. “Mejor de boda, que de entierro”, dicen los paisanos, y qué razón tienen, porque mientras haya fiesta que nos quiten lo bailao. A seguir dándole, que diría mi amigo Abel (a quien no veo desde hace años, cuando aún vivía en el País de Gales).

martes, 6 de julio de 2010

Viva la Pepa


(Diario de León,13/09/2004)

http://www.diariodeleon.es/noticias/bierzo/que-viva-pepa_156030.html 

 En cuanto llega el buen tiempo, aquí nos la den todas. A tirarse a la bartola. España es una fiesta. El verano es una fiesta. Y el Bierzo se convierte en una gran romería. Incluso en las aldeas fantasma del Bierzo Alto, donde no habitan ni los gatos, se celebran romerías llegado el tiempo. Como ocurre en Urdiales de Colinas. Por ejemplo. Aquel lugar rulfiano al que íbamos unos cuantos cuates cuando éramos unos guajines. 
Cualquier pretexto es bueno para montar un chiringuito y echarse un cántaro al gorgüelo. O lo que se tercie. Que puestos a trasegar, en acto social, no hay quien nos gane.
En el fondo, la fiesta es un medio de socialización y comunicación, que permite al personal reunirse en torno a un acto público. Aunque se nos da bien el chupe, los ingleses y los alemanes también le pegan duro. Sus fiestas están bañadas en alcohol. Y los mejicanos, qué güeyes, cuando celebran alguna ceremonia, se ponen hasta las chanclas, como arañas panteoneras. Y acaban la farra a guamazo limpio o sucio. Como en una ocasión que jamás olvidaré. 
En otro momento quizá cuente cómo fue una de aquellas veladas, un día en el que me dio por irme a la cama, a sabiendas de que se estaba preparando una pachanga a toda madre en la urbanización en la que viviera allá por el año de 1995 en Méjico lindo y chingado. Arriba Méjico, pendejos. 
A los bercianos nos ponen un vinín y unos chorizos escaldaos, o bien unas sardinas y unas patatas con jabalí, cordero o xata, como en la localidad de Losada, siempre a ritmo de flautina y tamboril, y ya tenemos la fiesta preparada. Somos de buena conformidad. 
Ahora todos los días son fiesta, aseguran algunos vecinos. “Antes teníamos que trabajar de sol a sol para salir adelante”. Entonces la fiesta tenía un sentido claro. Ahora, en cambio, la juerga está asegurada un día tras otro. Y alguna gente acaba empachada de festividad. 
Nuestra sociedad, aunque esté hipotecada hasta las cejas, no deja por ello de consumir en fiestas y aun en otros asuntos. Me perdí la Templarina de Ponsferrata. En qué estaría pensando. "Onde andaría", que dicen ahora. “Mientras haya o haiga salud o salú–dicen otros- que no falte la fiestina”. 
Se cuenta que ningún país del mundo tiene tantas fiestas como el nuestro. Y debe ser verdad, a tenor de lo visto y vivido. Entre fiestas comarcales, véase encinas, cristos y aun otros santos, carnavales fuera y dentro de temporada, verbenas de aldea, corridas de cabestros, carrozas de cuento chino, sardinadas, chorizadas y saraos para no dormir, el nuestro es un mundo bien jaranero. Es probable que utilice el disfraz de la fiesta para ocultar su sentimiento trágico de la vida. Pero esto no se dice. Bueno, Lorca sí lo llegó a sentir y decir aunque de un modo poético, que queda como transfigurado.
Fiesta de la poesía también la tuvimos el pasado viernes en Veguellina de Órbigo, con la presencia de nuestros estimados Miguel Ángel Curiel, poeta capaz de sumergirse en las aguas históricas e historiadas del Tíber y salir a flote por la gatera de la surrealidad, y Tomás Néstor como maestro de ceremonias. Felicidades, Tomás, por tu Cum laude (y esa tesis dedicada al maestro Diego Jesús Jiménez). 

Tras esta pausa, prosigo con la verbena "cultural" española, porque lo importante, en nuestro sacrosanto país de países, es dar imagen de alegría. Aquí todo o casi todo se resuelve por la vía del viva la Pepa. Es por esto que muchos turistas se acercan a nuestro país esperando encontrar la nata montada del despiporre. Los extranjeros que nos visitan se creen que todo el monte es orgasmo en esta piel de vaca tendida al sol y bocabajo. Mas la realidad cotidiana, aunque fiestera, requiere de un análisis más y mejor entamado. Mucha fiesta y despelote pero la procesión va por dentro.

viernes, 2 de julio de 2010

Estambul, de Pamuk


Acabo de recibir una llamada de Sara Ramón, que vive en Estambul, aunque ahora está dando una vuelta por el Bierzo porque está casada con un berciano de Fabero. Amable y generosa me invita a redescubrir Estambul. Muchas gracias, Sara. Algún día volveré a Estambul para conocer más y mejor sus esencias.
Estambul. Foto. Cuenya


También me llama Beatriz, de Radio Bierzo, Cadena Ser, para que el próximo lunes hable de un libro, y he elegido, cómo no, Estambul (Ciudad y recuerdos), de Pamuk, cuya mirada se me antoja "morriñosa", llena de nostalgia por una ciudad que fue gran imperio, y que ahora no es ni su sombra a pesar de su belleza y encantos, porque los estambulíes parecen vivir de espaldas a esto. El Estambul que nos muestra Pamuk es como una fotografía en blanco y negro, oscuro y plomizo.


Un Estambul que no es exótico, ni mágico ni raro. Sólo amargo, intensamente melancólico, impregnado de "saudade", como una Lisboa de fado. "La amargura de las ruinas". No en vano la música turca y la portuguesa tienen como un punto de conexión en su sentimiento de añoranza. Así ve la ciudad de su infancia el Nobel de Literatura. 
Algo parecido a lo que nos cuenta Julio Llamazares en Escenas de cine mudo, cuya infancia en León, en concreto en el pueblo minero de Olleros, también se revela en blanco y negro, como en las mejores películas neorrealistas de Vittorio de Sica. Por ejemplo. "Olleros: un sitio en el que la vida transcurría solamente en blanco y negro".
La sensación de un Estambul derrotado, perdido, viejo, descolorido, pobre, en blanco y negro, aunque con aire de sueño y de cuento, que ejerció un poderoso magnetismo en los viajeros occidentales como Nerval, Gautier o Flaubert, entre otros, en busca de una ciudad exótica, oriental, que despierta fantasías sexuales. Y que hoy aparece occidentalizado. Muy europeo, sobre todo cuando uno se deja caer por al Istiklal Caddesi.
La calle Istiklal, con sus pasajes de estilo francés-parisino, como el Çiçek Pasaji o Cité de Pera (repleta de bares-restaurantes, y justo al lado de un pintoresco mercado de pescado) me hacen recordar la histórica calle de Saint Denis (bastante más sucia, hedionda y de dudosa reputación esta rue de París, dicha sea la verdad), o a alguna calle vienesa, con sus cafeterías y tiendas sofisticadas... y ese viejo tranvía circulando por entre en medio del gentío como si fuera uno más de la comparsa. En esta calle, además de circular un curioso y antiguo tranvía, que siempre va hasta los topes en medio de una riada de gente entre foráneos y nativos, hay multitud de bares y cafeterías (como Madrid y Barcelona, contiguas, para que nadie se ofenda), restaurantes, puestos de kebab o kebap, cines, tiendas de libros y discos (véase la estupenda Mephısto, que encima sirve café y té).
El Bósforo como verdadero espíritu y fuerza de una ciudad sin centro ni fin, como un cuento de hadas, cuyos niños de los suburbios ni quiera han visto. Un infinito placer: observar el Bósforo, darse una vuelta en barco por este mar en movimiento.
Pamuk, en este libro de memorias, se nos muestra como un ser descreído (ateo incluso), ansioso por ser feliz, dedicándose a pintar, dormir, practicar sexo, etc., que tal vez sólo cree en una ciudad caótica, pobre, decadente, abarrotada de gente. 
A Pamuk no parece entusiasmarle el Estambul turístico de Eyüp, "Tan perfecto como una ilusión", "una fantasía oriental... una especie de Disneylandia turco-oriental-musulmana".