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martes, 27 de marzo de 2012

Qué linda, Celeste


Qué linda, Celeste. Me has hecho feliz con tus palabras. Mil gracias. ¡Viva México! y ¡Viva el Bierzo! hermanados ya de por vida. Me apetece darle vuelo en este espacio sobre todo ahora que estoy con México. 



Cuenya y la eliminación de las fronteras

Malas compañías

Celeste Ramírez


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  • 2012-02-17•Cultura
De Manuel Cuenya (Noceda del Bierzo, España 1967) puedo escribir más de tres cosas: que es un periodista contundente, un viajero contundente y un amigo contundente. Además que gusta de la cátedra, la literatura y el cine.
Puedo escribir también que es una de las tantas personas europeas que quiere y se interesa profundamente en nuestro país. Fue quizá esa razón -la solidaridad a nuestro México- por la que en un invierno madrileño lo conocí.
Ahora que me llegan noticias suyas desde el extranjero no puedo más que celebrar su entrega y su cariño literario hacia con nosotros. Y es que, siempre, en sus libros perfectamente editados allá en España, siempre, hay unas hojas dedicadas a la cultura, a los terruños, a la gente mexicana.
Tal es el caso del recién editado “La fragua de Furil”, un libro que reúne alguna de las mejores columnas periodísticas de Manuel Cuenya que han sido publicadas en el Diario de León. Son artículos dedicados a asuntos diversos y a viajes que el autor ha realizado por todo el mundo.
Lo que mueve a Manuel es sin duda la eliminación de las fronteras. No entender de aduanas y concentrarse en el paisanaje, en las emociones, en la posibilidad de los encuentros y en el paisaje.
“La fragua del Furil” tiene dos partes: “Del lado de acá”, donde aborda la situación de su tierra, la comarca del Bierzo y en general de la provincia leonesa, a través de los cuales busca recuperar la cultura local.
La segunda parte refiere a los viajes, va desde Irlanda, Cuba, Argentina, Francia, Polonia, Roma, Egipto, Marruecos, entre otros. Periplos que al autor enseñaron la valía de las aduanas derribadas. “De hecho, mantengo que, al viajar, uno se hace mejor persona”, confiesa a su colega E. Gancedo, en una entrevista en el Diario de León.
Y en referencia a México, el autor ofrece una reflexión sobre la Ciudad de México (el ombligo de la luna), “sobre ese país fascinante, con una cultura extraordinaria y tan excelentes literatos, tan hermanado con el nuestro (España), pero a la vez tan desvalijado por sus gobernantes”.
El estilo literario que cultiva el autor, es precisamente la redondez del relato y el lenguaje en prosa poética, no en vano Manuel Cuenya ha sido un devoto lector de Umbral y de Rulfo.
celesteramirez70@yahoo.com.mx

Ciudad de los ombligos

Ciudad de los ombligos en referencia a sus antiguos lagos: Texcoco o Tetzcoco, Chalco y Xochimilco. O bien El lugar del ombligo de la luna en referencia a Mēxihco, voz náhuatl acaso formada por Metl (luna); xictli (ombligo) y co (lugar). Me entusiasman, en todo caso, estas definiciones harto líricas de México, cuyo nombre oficial sería Estados Unidos Mexicanos, cual si fueran Estados Unidos Norteamericanos (con sobresalientes diferencias entre unos y otros, clarín clarete). 


Lo curioso es que, al igual que USA, también México es un rebaño de Estados Unidos de Norteamérica. Tanto es así que, en su día, México se extendía por Texas, Arizona, Nuevo México, California, incluso Utah, Nevada o partes de Colorado y Wyoming, que en la actualidad conforman los States. Ese era antaño Mexiquito: grande y lindo. Qué maravilla. Aun así, reducido en extensión y belleza a resultas de pésimas gestiones gubernamentales, este país conserva, al menos, más de una treintena de lugares de interés cultural y natural considerados como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco: Teotihuacán, Chichén Itzá, Palenque, el centro histórico de Oaxaca y Monte Albán, Puebla, Guanajuato (donde se celebra el Festival Cervantino), el centro histórico de la Ciudad de México y Xochimilco, Zacatecas...

Espectacular el cañón o la Barranca del Cobre, en la Sierra Tarahumara. Nunca olvidaré aquel viaje en tren desde Chihuahua hasta Los Mochis, haciendo parada en este Colorado mexicano. Y a aquel viejecito sombrerudo que, luego de chuparse medio frasco de alcohol de 90º, se sacó la chorra para orinar en el suelo del tren. Delirium tremens al canto. Ahí es nada. 

México cuenta asimismo con una biodiversidad impresionante en cuanto a flora, fauna, reservas, ecosistemas, parques y monumentos naturales... Abundante en oro (Iguala), plata (Taxco), petróleo y gas natural, entre otros. Rico en maíz y chocolate (productos originarios de esta tierra). Con una gastronomía deliciosa, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad desde 2010. Todo un privilegio. Comida exquisita, sabrosísima, aunque se me antoje una bomba para quienes no estén habituados a la manduca condimentada, con muchas especias. Se trata el suyo de un magnífico maridaje entre la cocina española y la indígena, que hace las delicias de cualquier paladar que soporte el picante y los sabores fuertes. No hay más que untarse con chile chilpotle (exquisito con huevos fritos como desayuno para comenzar la jornada) o bien degustar un mole poblano, que es un guiso consistente, hecho con múltiples ingredientes. Una auténtica delicia. Aparte de un amplio surtido de botanas y antojitos mexicanos (enchiladas, quesadillas, tacos, burritos...), que pueden zamparse a cualquier hora del día o de la noche (abundan los puestos callejeros en el DF, aunque conviene echar ojito u oclayo, por aquello del smog), merece la pena tomarse unos tamalitos de dulce o bien un pozole. Y como postre entrarle a la cajeta, que es como un dulce de leche. Todo ello acompañado con un atole (qué rico, el último que tomé fue curiosamente en Tapia de Casariego, Asturias) o un champurrao. Y para hacer la digestión puedes servirte un mezcalito oaxaqueño, o en su defecto un Tequila Hornitos Reposado con sangrita. Buen apetito. Y seguir lidiando o montando toritos bravos. Sigo recordando aquel jaripeo o rodeo en el Estado de México, acaso en Ixtapaluca/Indiapaluca o sus aledaños. Vaya espectáculo. Y qué guamazo (en mi pueblo decimos hostión) se llevó el jinete o charro. Déjenlo... no se metan, pendejos, que le falta el "aigre". Como para quedarse sin respiración. Así es México, un país que se mueve entre la fiesta y el velorio, entre el grito: ¡Viva México, cabrones! y el silencio. La vida como “nostalgia de la muerte”, porque muerte y vida se confunden. Dos caras de una misma realidad. “Qué más me puede ocurrir, qué me peguen un tiro”, me soltó a bocajarro un cuate al poco de aterrizar en México. Hostias, Pedrín, que se me han quedado parados hasta los vellos del pubis. Como para mear y no echar ni gota. En México se le rinde culto a la pelona, a la llorona. Acaso porque la vida no vale nada. La vida no vale un carajo ni en León Guanajuato ni en Silao y mucho menos en Ciudad Juárez, donde te pueden acribillar en un quítame allá esas pistolas. 

El mexicano –según Octavio Paz- adula la muerte, y aun la festeja, la cultiva, se abraza a ella. Como ocurre en el Día de Difuntos. Entonces, el paisanaje come panes cual si fueran huesos, elaboran calaveras de azúcar, cada cual con su propio nombre (este menda aún conserva una, qué atrevido). En realidad, en México no es necesario celebrar el Día de muertitos para “arrumacarse” con la muerte. Impresionante Mixquic. Cada farra a todo dar puede ser un pretexto (los pretextos los inventaron los pendejos) para acabar saltando por los aires/aigres de un balazo en la sesera. No me chingues, güey, porque te voy a madrear bien padre hasta que se te salga el pulque por la entrepierna. No resulta difícil que una noche de fiesta acabe en una noche de duelo. 

En las fiestas los mexicanos se abren al exterior –según Octavio Paz- estallan, descargan su pistola, que es como descargar su alma, saltan el muro de soledad (os convido a que os deis un paseo por El laberinto de la soledad), se desnudan, se lanzan al vacío briagos o motorolos perdidos, enmariguanados tal vez, después de atizarle un lingotazo a la botella de tequila, que dejan temblando. Lo importante es salir, abrirse paso, a ritmo de quebradita, en la cantina de al lado, embriagarse de ruido,  de gente, de colorido. "No mames, cabrón, ese pinche güey se la buscó", porque cada quien tiene la muerte que se busca, que se hace. "A estas alturas ya estará tocando el arpa con el arcángel San Gabriel". Así se las gastan los léperos, que andan todo el santo día de relajo, lanzando albures a sus carnalitos y carnalitas, of course. 

Si es que México daría para componer muchas odas, principiando por su lengua, rayada de castellano antiguo, castellano modulado, con palabras y expresiones propias. Y toda la castellanización de terminología náhuatl, aparte del english, que deviene en una suerte o desgracia de spanglish (escuchad por ejemplo al grupo Molotov). Y si entramos en las muchas y variadas lenguas indígenas, entonces flipamos: mixteco, zapoteco, totonaca, purépecha o michoacano, entre otras. 

lunes, 26 de marzo de 2012

¿Por qué Ibero-América y por qué cultura?



Recupero este texto acerca de la cultura, y aun el mito de la cultura, en homenaje, por supuesto, al maestro Gustavo Bueno, con algunos toques y retoques a propósito de la cultura Iberoamericana. Os recomiendo que leáis El mito de la cultura, en el que encontraréis savia en abundancia acerca de este concepto.

¿Por qué Iberoamérica? ¿No sería mejor hablar de Indo-Afro-Ibero-América?, tal como nos sugiere Carlos Fuentes en su ensayo Valiente mundo Nuevo, porque es evidente que se trata de un continente multirracial y policultural: indígena, africano, ibérico... En cuanto a la denominación "América Latina", inventada por los franchutes en el siglo XIX para incluirse ellos mismos, se queda pobretona, es insuficiente. Por su parte, la terminología "Hispano-América" tampoco es acertada, ya que sólo se refiere a los países de lengua española. Por tanto, hablemos de Ibero-América, por razones de brevedad. 

¿Por qué cultura? Cultura es término latino emparentado con la palabra griega paideia, que significa educación, crianza, formación. Es decir, que cuando hablamos de que alguien es culto nos estamos refiriendo a que es una persona educada, instruida, estudiosa, frente a aquella gente que es primaria, zafia, sin modales, es decir, incultas. Toda la cultura es un ejercicio circense en el sentido de que se obtiene domesticando a una fiera, educando a una bestia, humanizando a un mono, escribe Umbral en ese maravilloso libro titulado Mortal y Rosa. Cultura es, en definitiva, palabra que empleamos con frecuencia, cual si fuera un comodín de la baraja. Barajemos cultura, que algo se nos pegará, podrían decir algunos aficionados a los naipes. Jugadores de cultura o de tute subastado. Pues jugar a la subasta es a buen seguro un acto que entraña mucha cultura. ¿Qué os parece?


En cualquier caso, esto de la cultura es tema delicado, que conviene tratar con esmero, y no deberíamos llegar a caer en sus garras, porque tiene trampas el asunto. Lo más acertado sería no reducir la cultura a una mera cuestión de aprendizaje. Pues a menudo lo cultural suele ser artificioso, y todo lo que es postizo acaba resultando superfluo, convencional y engañoso. Por tanto, no nos dejemos embarullar.


Los filósofos cínicos, desde Antístines a Diógenes de Sinope, decían que no son necesarios los aditamentos culturales para poder vivir. Pues para beber el agua de un arroyo sólo hay que emplear las manos. Por su parte, los ascetas cristianos, desencantados de la civilización helenística, y los personajes extravagantes del siglo IV, como San Pajón o San Simón el Estilita, también buscaban vivir en los desiertos de Nitria, apartados del mundanal ruido. Vivir en el desierto es ciertamente una experiencia mística, que lo eleva a uno a las dunas rojas de lo excitante.


Se podría decir que Epicuro es el precursor de la contracultura. Una corriente o raya contracultural de cinismo que continúa en el siglo XVI con la vida pastoril, con la teoría del buen salvaje en el XVIII, con el romanticismo y la bohemia en el XIX. Y luego en el siglo XX con la cultura underground: arte psicodélico y la Beat Generation, los movimientos punk, mod y grunge, el hip hop alternativo, festivales como el de Woodstock o las comunas de hippies asentadas en varios lugares del mundo, entre otros, en Christianía (Copenhague) o en el poblado de Matavenero, en el Alto Bierzo, por poner un ejemplo cercano.


La cultura es cosa despreciable (tal y como se aborda desde los medios), según nos cuenta José Luis Moreno-Ruiz -gracias por recordarme que Luz Elez tiene un blog- en su Chochito Periodista, un librín que os recomiendo, dicho sea de paso, en días en los que aún estamos enganchados a presentaciones de libros.


Ahora se habla mucho de la cosa/casa cultural. Y se construyen casas de cultura en casi todos los pueblos, tal vez para mostrar que también en los pueblos hay cultura, y ésta no es exclusiva de las grandes ciudades. Una casa que está hecha a imagen y semejanza de la antigua casa del pueblo, puesta de moda a finales del franquismo.


El arado oxidado, que estaba tirado en el corral de un paisano, se convierte ahora en pieza museística de la Casa de la Cultura del pueblo. El Ídolo de Noceda del Bierzo, que sirviera como piedrecilla de contrapeso en una cuadra durante algún tiempo, se ha convertido en una pieza de gran valor arqueológico. Así funciona la cultura. Aunque ésta se haya universalizado, a través del archiconocido Internet, lo que predomina en la actualidad es la filosofía débil y postmoderna frente a un pensamiento fuerte, libertino y librepensador, que ha caído en desuso, porque sin duda no interesa a nuestro sistema antropófago, que engulle lo que se le pone por delante cual tiburón cinematográfico. 

Algo parecido nos contaba hace unos días el escritor Javier Pérez en Tardes de Autor en la villa de Bembibre. El pensamiento plano, ramplón, nos somete y nos aniquila como seres críticos. Todos adocenados, manipulados, al servicio de un sistema castrador. El Gran Hermano orwellinao. 

La cultura global, que antes es universalización enciclopédica, al menos así nos la venden y empaquetan, sólo parece haber llegado al Primer Mundo, a veces ni llega, y además supone una degradación ramplona de la cultura. 

Cultura de raquitismos.