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martes, 27 de marzo de 2012

Ciudad de los ombligos

Ciudad de los ombligos en referencia a sus antiguos lagos: Texcoco o Tetzcoco, Chalco y Xochimilco. O bien El lugar del ombligo de la luna en referencia a Mēxihco, voz náhuatl acaso formada por Metl (luna); xictli (ombligo) y co (lugar). Me entusiasman, en todo caso, estas definiciones harto líricas de México, cuyo nombre oficial sería Estados Unidos Mexicanos, cual si fueran Estados Unidos Norteamericanos (con sobresalientes diferencias entre unos y otros, clarín clarete). 

Lo curioso es que, al igual que USA, también México es un rebaño de Estados Unidos de Norteamérica. Tanto es así que, en su día, México se extendía por Texas, Arizona, Nuevo México, California, incluso Utah, Nevada o partes de Colorado y Wyoming, que en la actualidad conforman los States. Ese era antaño Mexiquito: grande y lindo. Qué maravilla. Aun así, reducido en extensión y belleza a resultas de pésimas gestiones gubernamentales, este país conserva, al menos, más de una treintena de lugares de interés cultural y natural considerados como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco: Teotihuacán, Chichén Itzá, Palenque, el centro histórico de Oaxaca y Monte Albán, Puebla, Guanajuato (donde se celebra el Festival Cervantino), el centro histórico de la Ciudad de México y Xochimilco, Zacatecas...

Espectacular el cañón o la Barranca del Cobre, en la Sierra Tarahumara. Nunca olvidaré aquel viaje en tren desde Chihuahua hasta Los Mochis, haciendo parada en este Colorado mexicano. Y a aquel viejecito sombrerudo que, luego de chuparse medio frasco de alcohol de 90º, se sacó la chorra para orinar en el suelo del tren. Delirium tremens al canto. Ahí es nada. 

México cuenta asimismo con una biodiversidad impresionante en cuanto a flora, fauna, reservas, ecosistemas, parques y monumentos naturales... Abundante en oro (Iguala), plata (Taxco), petróleo y gas natural, entre otros. Rico en maíz y chocolate (productos originarios de esta tierra). Con una gastronomía deliciosa, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad desde 2010. Todo un privilegio. Comida exquisita, sabrosísima, aunque se me antoje una bomba para quienes no estén habituados a la manduca condimentada, con muchas especias. Se trata el suyo de un magnífico maridaje entre la cocina española y la indígena, que hace las delicias de cualquier paladar que soporte el picante y los sabores fuertes. No hay más que untarse con chile chilpotle (exquisito con huevos fritos como desayuno para comenzar la jornada) o bien degustar un mole poblano, que es un guiso consistente, hecho con múltiples ingredientes. Una auténtica delicia. Aparte de un amplio surtido de botanas y antojitos mexicanos (enchiladas, quesadillas, tacos, burritos...), que pueden zamparse a cualquier hora del día o de la noche (abundan los puestos callejeros en el DF, aunque conviene echar ojito u oclayo, por aquello del smog), merece la pena tomarse unos tamalitos de dulce o bien un pozole. Y como postre entrarle a la cajeta, que es como un dulce de leche. Todo ello acompañado con un atole (qué rico, el último que tomé fue curiosamente en Tapia de Casariego, Asturias) o un champurrao. Y para hacer la digestión puedes servirte un mezcalito oaxaqueño, o en su defecto un Tequila Hornitos Reposado con sangrita. Buen apetito. Y seguir lidiando o montando toritos bravos. Sigo recordando aquel jaripeo o rodeo en el Estado de México, acaso en Ixtapaluca/Indiapaluca o sus aledaños. Vaya espectáculo. Y qué guamazo (en mi pueblo decimos hostión) se llevó el jinete o charro. Déjenlo... no se metan, pendejos, que le falta el "aigre". Como para quedarse sin respiración. Así es México, un país que se mueve entre la fiesta y el velorio, entre el grito: ¡Viva México, cabrones! y el silencio. La vida como “nostalgia de la muerte”, porque muerte y vida se confunden. Dos caras de una misma realidad. “Qué más me puede ocurrir, qué me peguen un tiro”, me soltó a bocajarro un cuate al poco de aterrizar en México. Hostias, Pedrín, que se me han quedado parados hasta los vellos del pubis. Como para mear y no echar ni gota. En México se le rinde culto a la pelona, a la llorona. Acaso porque la vida no vale nada. La vida no vale un carajo ni en León Guanajuato ni en Silao y mucho menos en Ciudad Juárez, donde te pueden acribillar en un quítame allá esas pistolas. 

El mexicano –según Octavio Paz- adula la muerte, y aun la festeja, la cultiva, se abraza a ella. Como ocurre en el Día de Difuntos. Entonces, el paisanaje come panes cual si fueran huesos, elaboran calaveras de azúcar, cada cual con su propio nombre (este menda aún conserva una, qué atrevido). En realidad, en México no es necesario celebrar el Día de muertitos para “arrumacarse” con la muerte. Impresionante Mixquic. Cada farra a todo dar puede ser un pretexto (los pretextos los inventaron los pendejos) para acabar saltando por los aires/aigres de un balazo en la sesera. No me chingues, güey, porque te voy a madrear bien padre hasta que se te salga el pulque por la entrepierna. No resulta difícil que una noche de fiesta acabe en una noche de duelo. 

En las fiestas los mexicanos se abren al exterior –según Octavio Paz- estallan, descargan su pistola, que es como descargar su alma, saltan el muro de soledad (os convido a que os deis un paseo por El laberinto de la soledad), se desnudan, se lanzan al vacío briagos o motorolos perdidos, enmariguanados tal vez, después de atizarle un lingotazo a la botella de tequila, que dejan temblando. Lo importante es salir, abrirse paso, a ritmo de quebradita, en la cantina de al lado, embriagarse de ruido,  de gente, de colorido. "No mames, cabrón, ese pinche güey se la buscó", porque cada quien tiene la muerte que se busca, que se hace. "A estas alturas ya estará tocando el arpa con el arcángel San Gabriel". Así se las gastan los léperos, que andan todo el santo día de relajo, lanzando albures a sus carnalitos y carnalitas, of course. 

Si es que México daría para componer muchas odas, principiando por su lengua, rayada de castellano antiguo, castellano modulado, con palabras y expresiones propias. Y toda la castellanización de terminología náhuatl, aparte del english, que deviene en una suerte o desgracia de spanglish (escuchad por ejemplo al grupo Molotov). Y si entramos en las muchas y variadas lenguas indígenas, entonces flipamos: mixteco, zapoteco, totonaca, purépecha o michoacano, entre otras. 

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