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lunes, 26 de marzo de 2012

¿Por qué Ibero-América y por qué cultura?



Recupero este texto acerca de la cultura, y aun el mito de la cultura, en homenaje, por supuesto, al maestro Gustavo Bueno, con algunos toques y retoques a propósito de la cultura Iberoamericana. Os recomiendo que leáis El mito de la cultura, en el que encontraréis savia en abundancia acerca de este concepto. 

¿Por qué Iberoamérica? ¿No sería mejor hablar de Indo-Afro-Ibero-América?, tal como nos sugiere Carlos Fuentes en su ensayo Valiente mundo Nuevo, porque es evidente que se trata de un continente multirracial y policultural: indígena, africano, ibérico... En cuanto a la denominación "América Latina", inventada por los franchutes en el siglo XIX para incluirse ellos mismos, se queda pobretona, es insuficiente. Por su parte, la terminología "Hispano-América" tampoco es acertada, ya que sólo se refiere a los países de lengua española. Por tanto, hablemos de Ibero-América, por razones de brevedad. 

¿Por qué cultura? Cultura es término latino emparentado con la palabra griega paideia, que significa educación, crianza, formación. Es decir, que cuando hablamos de que alguien es culto nos estamos refiriendo a que es una persona educada, instruida, estudiosa, frente a aquella gente que es primaria, zafia, sin modales, es decir, incultas. Toda la cultura es un ejercicio circense en el sentido de que se obtiene domesticando a una fiera, educando a una bestia, humanizando a un mono, escribe Umbral en ese maravilloso libro titulado Mortal y Rosa. Cultura es, en definitiva, palabra que empleamos con frecuencia, cual si fuera un comodín de la baraja. Barajemos cultura, que algo se nos pegará, podrían decir algunos aficionados a los naipes. Jugadores de cultura o de tute subastado. Pues jugar a la subasta es a buen seguro un acto que entraña mucha cultura. ¿Qué os parece?

En cualquier caso, esto de la cultura es tema delicado, que conviene tratar con esmero, y no deberíamos llegar a caer en sus garras, porque tiene trampas el asunto. Lo más acertado sería no reducir la cultura a una mera cuestión de aprendizaje. Pues a menudo lo cultural suele ser artificioso, y todo lo que es postizo acaba resultando superfluo, convencional y engañoso. Por tanto, no nos dejemos embarullar.

Los filósofos cínicos, desde Antístines a Diógenes de Sinope, decían que no son necesarios los aditamentos culturales para poder vivir. Pues para beber el agua de un arroyo sólo hay que emplear las manos. Por su parte, los ascetas cristianos, desencantados de la civilización helenística, y los personajes extravagantes del siglo IV, como San Pajón o San Simón el Estilita, también buscaban vivir en los desiertos de Nitria, apartados del mundanal ruido. Vivir en el desierto es ciertamente una experiencia mística, que lo eleva a uno a las dunas rojas de lo excitante.

Se podría decir que Epicuro es el precursor de la contracultura. Una corriente o raya contracultural de cinismo que continúa en el siglo XVI con la vida pastoril, con la teoría del buen salvaje en el XVIII, con el romanticismo y la bohemia en el XIX. Y luego en el siglo XX con la cultura underground: arte psicodélico y la Beat Generation, los movimientos punk, mod y grunge, el hip hop alternativo, festivales como el de Woodstock o las comunas de hippies asentadas en varios lugares del mundo, entre otros, en Christianía (Copenhague) o en el poblado de Matavenero, en el Alto Bierzo, por poner un ejemplo cercano.

La cultura es cosa despreciable (tal y como se aborda desde los medios), según nos cuenta José Luis Moreno-Ruiz -gracias por recordarme que Luz Elez tiene un blog- en su Chochito Periodista, un librín que os recomiendo, dicho sea de paso, en días en los que aún estamos enganchados a presentaciones de libros.

Ahora se habla mucho de la cosa/casa cultural. Y se construyen casas de cultura en casi todos los pueblos, tal vez para mostrar que también en los pueblos hay cultura, y ésta no es exclusiva de las grandes ciudades. Una casa que está hecha a imagen y semejanza de la antigua casa del pueblo, puesta de moda a finales del franquismo.

El arado oxidado, que estaba tirado en el corral de un paisano, se convierte ahora en pieza museística de la Casa de la Cultura del pueblo. El Ídolo de Noceda del Bierzo, que sirviera como piedrecilla de contrapeso en una cuadra durante algún tiempo, se ha convertido en una pieza de gran valor arqueológico. Así funciona la cultura. Aunque ésta se haya universalizado, a través del archiconocido Internet, lo que predomina en la actualidad es la filosofía débil y postmoderna frente a un pensamiento fuerte, libertino y librepensador, que ha caído en desuso, porque sin duda no interesa a nuestro sistema antropófago, que engulle lo que se le pone por delante cual tiburón cinematográfico. 

Algo parecido nos contaba hace unos días el escritor Javier Pérez en Tardes de Autor en la villa de Bembibre. El pensamiento plano, ramplón, nos somete y nos aniquila como seres críticos. Todos adocenados, manipulados, al servicio de un sistema castrador. El Gran Hermano orwellinao. 

La cultura global, que antes es universalización enciclopédica, al menos así nos la venden y empaquetan, sólo parece haber llegado al Primer Mundo, a veces ni llega, y además supone una degradación ramplona de la cultura. 

Cultura de raquitismos.

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