El viajero tiene la impresión de llegar por primera vez a Soria, aunque ya hubiera estado en la ciudad hace unos veinte años, con motivo de un curso de cine al que asistió. No es que tenga poca memoria —eso cree, al menos por ahora—, sino que aquella primera visita transcurrió como un relámpago. O como una aparición flotante, semejante a la que protagoniza El rayo de luna, de Bécquer. Como en esta leyenda, al viajero también se le aparece la mujer de sus sueños. A veces suceden cosas inexplicables.
Lo cierto es que, más allá de las orillas del Duero y del propio río, apenas conserva imágenes de aquella primera incursión en la capital soriana. Como si la ciudad se hubiera desvanecido después de aquel fugaz encuentro.
En cambio, durante esta
segunda visita siente que ha vivido momentos inolvidables. Ha disfrutado
recorriendo, sin un plan prefijado —porque el viajero cree que hay que dejarse
llevar, incluso fluir como un río—, lugares que le han resultado inspiradores o
que, en cualquier caso, le han causado emoción.
Ha visto y vivido Soria de un modo literario, siguiendo, como el personaje de alguna historia o leyenda, las huellas de los escritores que dejaron su impronta en esta ciudad de los poetas. Por aquí pasaron Bécquer, Antonio Machado y Gerardo Diego, tres nombres unidos para siempre a este paisaje, a sus calles, a los cerros del Castillo y del Mirón y, sobre todo, al Duero. Los tres cuentan con esculturas, placas y rincones que recuerdan su paso por la ciudad.
El viajero llega a Soria
a finales de agosto, aunque el clima se le antoja sorprendentemente agradable.
Tiene la impresión de haber arribado ya a comienzos del otoño, con los aromas
de la ribera del Duero y ese fresco que empieza a descender por las noches
sobre la meseta.
A finales de agosto —y
se supone que también durante el resto del año—, Soria sabe a torrezno crujiente,
una delicia para el paladar que traslada al viajero a la infancia, a aquellos
tiempos de la matanza del gocho.
Durante sus días en la
ciudad, alojado en las proximidades de la iglesia de Santo Domingo, cuya
portada románica sobresale por su belleza y es conocida como la Biblia en
piedra por su función de ilustrar a los fieles medievales, no puede resistirse
a los torreznos, que terminan convirtiéndose en un nutriente esencial de su
estancia.
El propio Gerardo Diego le dedica unos versos a la bella iglesia de Santo Domingo: «Tú, vida siempre y nunca arqueología. Eres color y música en relieve».
Pero Soria también le
sabe a desayuno de costrada, ese dulce exquisito semejante a un milhojas, y a
tostada con mantequillas artesanas. York, cafetería y pastelería, resulta un
lugar estupendo para comenzar el día.
Muy cerca se encuentran el Museo Numantino, que reúne piezas desde la Edad del
Bronce y la Edad del Hierro hasta las épocas celtibérica, romana y medieval, y
la Alameda de Cervantes, antigua dehesa y corazón verde del casco urbano. Es un
vergel de aromas, un jardín botánico salpicado de curiosidades como el llamado
árbol de la música, la fuente del niño o un palomar con forma de hórreo. Y,
sobre todo, un lugar lleno de vida y animación.
La leyenda urbana cuenta
incluso que unos columpios de la zona de juegos infantiles fueron un regalo de
la productora Metro-Goldwyn-Mayer después de rodar en Soria algunas secuencias
de la mítica película Doctor Zhivago, cuyos paisajes sorianos se
transformaron en las vastas estepas rusas. Una de esas historias que,
verdaderas o no, terminan formando parte de la memoria sentimental de los
lugares.
El viajero repara también en el sonido de las campanas de Soria. Es un sonido que lleva metido en el cuerpo y que, inevitablemente, le evoca muchos recuerdos de infancia.
Ay, la infancia. La
única matria —o patria— verdadera.
A finales de agosto, el cielo soriano parece inmenso y contrasta con el verdor de las riberas y con el dorado de la piedra de sus edificios, un color que por momentos recuerda a la monumentalidad salmantina.
El viajero, que es un
entusiasta de los ríos, siente la llamada del Duero, como si el río le
susurrara algún poema de Antonio Machado, de Gerardo Diego o alguna leyenda de
Bécquer. Y se dispone a recorrer sus orillas, como lo hiciera el propio
Machado.
De esos paseos y de todo
lo que el Duero guarda entre sus aguas, sus álamos y sus silencios, hablará en
una próxima entrega. Porque algunos ríos, además de atravesar los paisajes,
también atraviesan la memoria emocional. El paisaje es memoria, según el escritor-viajero
Julio Llamazares.
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