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martes, 13 de diciembre de 2022

Frankenstein, de Branagh

https://www.lanuevacronica.com/los-alumnos-del-programa-de-la-experiencia-inician-un-ciclo-de-cine

Frankenstein (Mary Shelley’s Frankenstein, Kenneth Branagh, 1994) es una película producida por Coppola, quien, tras su exitosa película Drácula (Bram Stoker’s Dracula, 1992), estuvo dispuesto a dirigirla él mismo, pero al final le cedió la dirección al irlandés Branagh, un director con una magnífica carrera teatral -conocido por sus adaptaciones de Shakespeare-, que en este caso nos propone un nuevo acercamiento a la legendaria figura literaria creada por Mary Shelley. 

El mito Frankenstein se gestó en 1816 en la Villa Diodati, a orillas del lago Leman (Suiza), durante una tormentosa noche de verano. Se reunieron, como si se tratara de un filandón, la propia Mary Shelley, su marido Percy B. Shelley, Lord Byron y Polidori, el medico asistente y amante de Byron.

A ver quién escribe la historia más terrorífica, se dijeron. Y la joven Mary fue quien, desafiando las leyes de la Naturaleza, compuso la historia más espeluznante de todas con su Frankenstein o el moderno Prometeo, considerada como la primera novela de ciencia ficción de la historia. 

Comienza como una novela epistolar -incluyendo asimismo páginas del diario de Robert Walton-, que es el líder de una expedición al Polo Norte, el cual le explica la experiencia a su hermana mediante cartas. 

El moderno Prometeo -que arrebata el fuego sagrado de la vida a la divinidad- hace por tanto referencia a esa capacidad de Víctor Frankenstein -interpretado por el actor y director Branagh- para dar vida a un ser que carece de vida, con lo cual supone una transgresión, un desafío a Dios. 

Por su parte, Polidori escribió El vampiro en aquella noche, aunque lo terminaría con posterioridad al desafío propuesto. Este relato de Polidori influiría en la literatura posterior como Carmilla, de Le Fanu -adaptada de un modo libre al cine por Dreyer- o Drácula de Bram Stoker, entre otros relatos. 

En la novela de Shelley Víctor Frankenstein cuenta cómo "una triste noche del mes de noviembre pude, por fin, ver realizados mis sueños. Con una ansiedad casi agónica dispuse a mi alrededor los instrumentos necesarios para infundir vida en el ser inerte que reposaba a mis pies". 

Branagh, con su versión gótico-romántica de Frankenstein, podría considerarse  como la mejor adaptación al cine de la novela de Mary Shelley -entre sus más de treinta versiones-, aunque también se valió de algunas licencias cinematográficas con respecto al texto original, algo que le procuró grandes críticas en su contra. 

En todo caso, Branagh se aleja de las versiones anteriores donde el monstruo aparece como un  zombi. Y ahora el monstruo, interpretado por el coloso Robert De Niro, consigue que nos pongamos de su lado a pesar de su maldad, porque también nos muestra su lado luminoso, incluso sensible. "Mi maldad es consecuencia de mi desgracia, de mi infelicidad. ¿No comprendes que mi perversidad es producto del constante desprecio que me hacen todos", escribe Shelley en su libro. "Quiero una criatura de sexo femenino tan horrible como yo. Creo que es lo menos que puedo pedir, y con ser tan poca cosa, bastará para satisfacerme", añade. 

Entre el elenco actoral, además del gran De Niro y el propio Branagh con su doble papel actor/director (como creador de la criatura), está una joven Helena Bonham Carter interpretando el personaje de Elizabeth.

Se dice que Branagh tenía tres cámaras grabando al actor de Niro desde distintos ángulos; el cual aportó muchas ideas a su personaje. 

Esta producción contó con un gran equipo de profesionales tanto en la dirección de fotografía como en el diseño de la criatura y los efectos especiales de maquillaje, cuya estética de la imagen nos remite, en lo referente a escenas alpinas o polares, a cuadros del pintor romántico alemán Caspar David Friedrich, como El caminante sobre un mar de nubes a El mar de hielo.

El mar de hielo- Friedrich

Asimismo, cabe reseñar la labor del compositor escocés Patrick Doyle.

https://cuenya.blogspot.com/2010/01/frankenstein.html

Esta película nos habla del amor y la muerte, pero también de la condición humana, del rechazo al Otro por ser diferente, lo que es un tema filosófico de envergadura. 


lunes, 12 de diciembre de 2022

Drácula de Coppola

 Drácula (Bram Stoker´s Dracula, 1992) es sin duda una de las mejores adaptaciones de la novela de Stoker, aunque no sea exactamente fiel a la misma, porque el lenguaje cinematográfico (con imágenes) es diferente al literario (con palabras). 

En todo caso, Coppola quiso que el elenco actoral hiciera una lectura previa de la obra de Stoker en voz alta, que los intérpretes estuvieran familiarizados con esta novela. 

Coppola, en su película, lo que hace es una reinterpretación del mito remitiéndonos a los orígenes mismos del cine, empleando recursos clásicos y efectos visuales como sobreimpresiones, exposiciones múltiples, maquetas, escenas filmadas marcha atrás, fotogramas con dibujos encima, sombras chinescas, entre otros.    

El prólogo, que es puramente cinematográfico (no está contenido en la novela), nos sumerge en el origen de Drácula y el amor loco de éste por Elisabeta.   

El príncipe Vlad el Empalador (Drácula) se convierte en feroz guerrero contra los turcos, enfurecido, porque la Iglesia rechaza el alma suicida de su amada Elisabeta. Vemos a un Drácula locamente enamorado, humano, demasiado humano, en una sangrienta batalla, que se nos muestra como un espectáculo visual de sombras chinescas extraordinario. 

En este sentido Drácula es como Frankenstein, el cual llega a decir - en la novela de Shelley-, "tienes que crear una hembra... con la que yo pueda vivir e intercambiar las muestras de afecto de las que no quiero prescindir... el amor de otro semejante bastaría para destruir la causa de mi desesperación...". El amor, siempre el amor. Y es que el Drácula de Coppola es una historia de amor loco, de amor y de sangre, donde ambos están fundidos, porque la sangre es pasión y amor, también dolor. 

La novela de Stoker nos introduce en universo donde lo anormal se cuela dentro de lo cotidiano. Está contada con una técnica cinematográfica a través del multiperspectivismo con el empleo de cartas y diarios de los principales personajes, incluso mediante telegramas, recortes de prensa, notas, alguna entrevista, algún informe, yuxtaponiéndose diversos puntos de vista sobre un mismo personaje. Como dando a entender que se trata de algo real.  

La película explora sobre todo el lado poético, emocional, sensual, pictórico (con referencias a Klimt, Munch, o a Caspar David Friedrich en paisajes solitarios y ruinosos), en una puesta en escena en la que sobresale el vestuario, la fotografía, con su plástica, su colorido intenso, simbólico, metafórico: Drácula vestido de color rojo, Mina de verde o azul..., así como la banda sonora, que resulta fascinante, trasladándonos a un universo donde se funden cine, teatro (con referencias al kabuki) y literatura (el malditismo).  

https://cuenya.blogspot.com/2012/05/dracula-de-soker.html

El ritmo trepidante de la película, con esos magníficos actores que son Gary Oldman o Anthony Hopkins (también Mina, interpretada por Winona Ryder), logra hipnotizarnos, metiéndonos de lleno en la película. 


jueves, 1 de diciembre de 2022

Más allá de la piel, de Manuela Rodríguez Gallego

 

Ya ha transcurrido algo más de un mes desde que la poeta y tocaya Manuela R. Gallego presentara su nuevo libro en León, al que tuve el placer de asistir como invitado para arropar el acto. 
Me alegra haber podido contribuir con las palabras del prólogo a este libro titulado Más allá de la piel, que sin duda es un título sugerente, que invita a leerlo, a adentrarse en sus páginas.

Enhorabuena amiga Manuela. Mucho éxito. 

La poeta ourensana Manuela Rodríguez Gallego, que publicara en 2019 su ópera prima Mujeres: Luces y sombras, nos obsequia ahora con este poemario tocado por el Eros como pulsión de vida y el Tánatos como pulsión de muerte, fuerzas o instintos contrapuestos, cara y cruz, en el fondo, de una misma moneda, los grandes temas universales, en definitiva. Si en su primera obra, Manuela, que vive en la ciudad de León desde hace años, se centraba a aquellas mujeres que sufren violencia machista, habida cuenta de que seguimos viviendo en una sociedad patriarcal, y además la maldad es intrínseca en el ser humano, o bien, como ella misma nos revela, los seres humanos tenemos una parte de luz y muchas sombras (léase por ejemplo Jekyll y Míster Hyde, de Stevenson, entre otras obras), en este libro la autora gallega, que es una ferviente devota de su paisana Rosalía de Castro (siempre presente la negra sombra), se adentra en el mundo del sexo, que sigue moviendo el mundo, en verdad en el universo del erotismo, que entronca a menudo con la muerte: “Absurdo andar por calles cadavéricas./ Al final de todas, siempre hay un cementerio/ donde enterrar miserias".

No en vano, en la cultura francesa se habla de la petite mort o pequeña muerte para referirse al orgasmo. Y en películas como Un perro andaluz, de Buñuel, asistimos a la fusión del orgasmo y la muerte: “Un orgasmo que me nuble la vida”, dice la poeta, cuyo decir lírico la emparenta con el surrealismo, en ocasiones con los cantos o aullidos del conde de Lautréamont. Y aun con cierto satanismo: “con la esperanza de que un día Satán me reciba con los brazos abiertos/… Satán sonríe, hace ya mucho tiempo que le vendí mi alma”.

Hay en su poesía una búsqueda de la felicidad, incluso una búsqueda de salvación, a través de la corporeidad, de la sensorialidad, de lo terrenal, como cuando nos dice: “A ratos fui feliz,/ cuando te alimentabas/ de la miel de mi cuerpo./ Cuando mi alma se empapaba/ esperando la caricia más íntima”. O bien en estos otros sus versos: “Rómpeme, cual ánfora Griega!,/ donde Eros escanciaba sus orgías./ Azul  embravecido que desmigaja rocas,/ deposítame en el descanso sereno de tu playa”. Esa playa escondida al norte, cuya arena es polvo de azúcar, al borde de un abismo de locura en un universo infinito. Como nos sugiere ella misma. Al borde de un abismo nos asoman los poemas de esta poeta, que, “como una humilde venus de carne y hueso”,  nos invita a fantasear con un oasis en medio del desierto, un Edén o jardín de las delicias repleto de manzanas y cerezas, un espacio de intimidad y de sueños, con un perfumado aliento, acaso con las dunas de unos pechos y una piel color canela que nos colman de placer, tanto como la propia lectura de estos poemas que saben y huelen a sensualidad.

El amor podría ser un bálsamo para curar las heridas, sin embargo, en ocasiones el amor (quizá no sea un amor genuino) no sólo no es un alivio sino algo que procura dolor e insomnio: “Muere el amor cuando se acaba el beso,/ cuando tus ojos reflejan otros ojos/ inventando otra piel y otras caricias/… Muere el amor como muere la tarde/ en el último rayo del ocaso".

Hay también en sus poemas un anhelo de libertad, que simboliza a través del vuelo: “Puedo volar, enhebrando las nubes/ si veo mis alas reflejadas/ en tus negras pupilas/… Vuela, hoy es el día de los pájaros./ Esta mañana renací de mis cenizas/ con alas nuevas, con sueños nuevos/… Ayer volaba libre por el orbe de la mano de Bragi./ Hoy se mueren los poemas antes de llegar a mi pluma/… Vuelo, no porque tenga alas, vuelo porque soy audaz como las águilas./ Surco las corrientes cálidas que me elevan”.

Foto de Marcelo Tettamanti

Después de leer y aun releer este poemario, al lector quizá le gustaría, como a la poeta, volar, desplegando las alas de los sueños, internándose en espacios siderales. Seguir volando como un pájaro libre. Pues eso, sigamos volando de la mano de esta poeta meiga llamada Manuela Rodríguez Gallego.