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martes, 27 de octubre de 2026

Sorda, de Eva Libertad

Retomamos el Aula en el Cine en Cines La Dehesa de Ponferrada después del necesario parón del verano. Y lo hacemos con la introducción, proyección, comentario y coloquio de Sorda, una película de Eva Libertad que constituye su primer largometraje, nacido del embrión de un cortometraje de la propia directora que ya abordaba esta misma temática. 


Sorda (2025) es un drama emocionante y sensorial que se adentra en la maternidad, los miedos, las incertidumbres y la soledad. Al mismo tiempo, denuncia los prejuicios y estigmas que todavía rodean a la sordera. Es una película íntima, honesta y conmovedora que nos invita a escuchar más allá de las palabras y a mirar el mundo desde otra perspectiva.

Eva Libertad nos acerca a la vida cotidiana y deja que los conflictos surjan de pequeños gestos, malentendidos y decisiones aparentemente insignificantes. No necesita grandes dramatismos para mostrarnos cómo, a veces, las distancias más dolorosas se abren precisamente entre las personas que más se quieren.

La autenticidad de las interpretaciones

Uno de los grandes aciertos de la película es que nos permite experimentar la sordera desde dentro. Miriam Garlo, que interpreta a Ángela, es sorda en la vida real, pero la autenticidad de su trabajo va mucho más allá de esa circunstancia. Su interpretación es excepcional: construye un personaje de enorme complejidad sin recurrir a grandes discursos ni a una expresividad exagerada. Lo hace a través de la mirada, la tensión corporal, los gestos y las reacciones casi imperceptibles. Consigue transmitirnos emociones complejas y hacernos comprender a Ángela incluso cuando no compartimos sus reacciones.

Garlo nos muestra a una mujer que ama profundamente a su hija, pero que también siente miedo ante la incertidumbre de la maternidad, ante las dificultades para comunicarse con ella y ante la posibilidad de quedar desplazada de su propia familia. En su interpretación conviven el amor, la inseguridad, la frustración y la rabia. Ángela no es una víctima indefensa ni un personaje idealizado: es una mujer con carácter, contradicciones y fragilidades, alguien que intenta encontrar su lugar en una realidad que no siempre sabe cómo acogerla.

Su compañero en la película, Álvaro Cervantes, interpreta a Héctor, su pareja oyente. Su trabajo destaca por la naturalidad, la sensibilidad y la profundidad emocional. Compone un hombre paciente, afectuoso y bienintencionado que, poco a poco, empieza a distanciarse de Ángela, no necesariamente por falta de amor, sino porque no siempre comprende las consecuencias de sus decisiones. Cervantes transmite el cansancio, las dudas, la frustración y las limitaciones de alguien que quiere hacer las cosas bien, pero que también se equivoca. En las escenas de pareja, sus miradas y silencios expresan tanto como las palabras. Su interpretación está llena de humanidad y evita juzgar al personaje desde fuera.

Ángela y Héctor se quieren, pero el nacimiento de su hija, que es oyente, hace aflorar diferencias que antes parecían manejables. Lo que podría ser una experiencia compartida de felicidad se convierte también en un territorio de incertidumbre, en el que las dificultades de comunicación y las distintas maneras de entender el mundo van abriendo una distancia entre ambos.

Y la película acierta al no presentar este conflicto de una manera simplista. La exclusión no nace siempre de la mala voluntad; a veces se construye a partir de hábitos, decisiones y formas de relacionarse que dejan a alguien al margen sin que los demás sean plenamente conscientes de ello. Así, una historia que parece centrarse en la relación entre una mujer sorda y un hombre oyente termina planteando una cuestión mucho más amplia: cómo una sociedad organizada alrededor de la audición puede generar exclusión incluso en los espacios más íntimos, incluso dentro de una familia que se quiere.

Miriam Garlo y Álvaro Cervantes brillan con dos interpretaciones soberbias, llenas de sensibilidad y verdad, que convierten esta historia en una experiencia cinematográfica tan dolorosa como hermosa. Hay algo especialmente meritorio en el trabajo de ambos: consiguen que los conflictos de pareja no tengan necesariamente un responsable claro. Comprendemos las razones de los dos, percibimos sus errores y sentimos cómo el amor, por sí solo, no basta para garantizar la comprensión.

También Elena Irureta aporta un matiz interesante como madre de Ángela. Su personaje representa una forma de protección que nace del afecto, pero que puede terminar convirtiéndose en paternalismo: querer ayudar a alguien sin comprender del todo su experiencia ni reconocer plenamente su autonomía.

El conjunto del reparto funciona porque las relaciones resultan cotidianas y creíbles. Nadie parece estar actuando para demostrar una tesis; los personajes sencillamente viven, discuten, se equivocan y tratan de entenderse. De ahí que la película emocione sin necesidad de manipular al espectador y que sus conflictos nos interpelen sin recurrir a discursos moralizantes.

Puesta en escena

A todo ello contribuye decisivamente la puesta en escena de Eva Libertad. La directora utiliza los silencios, los encuadres y la desaparición del sonido en determinados momentos para acercarnos a la experiencia de Ángela. No se limita a contarnos lo que siente: nos invita a experimentarlo. El sonido deja de ser un elemento meramente ambiental y se convierte en una herramienta narrativa que modifica nuestra percepción de las situaciones y nos obliga a tomar conciencia de aquello que, desde nuestra propia experiencia, solemos dar por sentado.

Y quizá ahí resida una de las mayores virtudes de Sorda: en recordarnos que escuchar no es únicamente oír, del mismo modo que comunicarse no consiste solamente en hablar. Comprender al otro exige atención, empatía y disposición para cuestionar nuestras propias costumbres y certezas.

La discapacidad y la identidad

Sorda nos habla de la discapacidad, pero también de la identidad, de la maternidad, de los vínculos afectivos y de la necesidad de sentirse parte del mundo que nos rodea. Nos recuerda que la inclusión no consiste simplemente en permitir que alguien esté presente, sino en hacer posible que participe, decida y sea reconocido en toda su singularidad.

Y lo hace a través de una historia profundamente humana, sostenida por unas interpretaciones extraordinarias y por una mirada cinematográfica sensible, honesta y libre de sentimentalismos fáciles.

Porque, al terminar la película, quizá nos quede la impresión de haber asistido a algo más que una ficción: las interpretaciones de Miriam Garlo y Álvaro Cervantes no parecen interpretaciones, sino fragmentos de una vida real que hemos tenido el privilegio de observar.

Y esa es, en definitiva, la invitación que nos hace Sorda: aprender a mirar de otra manera, escuchar más allá de las palabras y comprender que, a veces, las barreras más difíciles de superar no son las que nos impiden oír, sino las que nos impiden entendernos.

Os invito, pues, a ver la película y, después, a compartir impresiones, preguntas y reflexiones en nuestro coloquio. Porque el cine, además de emocionarnos, nos ofrece la posibilidad de mirar al otro con más atención y de comprender un poco mejor el mundo que compartimos.

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