Dejo aquí esta reseña de El hilo infinito del autor italiano Paolo Rumiz, que tradujo mi amiga Álida Ares, publicado inicialmente en La Nueva Crónica hace unos días. https://www.lanuevacronica.com/el-bierzo/paolo-rumiz-hilo-invisible-todavia-une-europa_204332_102.html
Enhorabuena, querida Álida, por esta traducción de un libro que se me antoja excelente.
En El hilo infinito, Paolo Rumiz emprende un viaje físico y espiritual por las raíces de Europa siguiendo un hilo tan invisible como poderoso: el que une los antiguos monasterios benedictinos. Un hilo que sobrevive a las distancias y a los muros y que, como sugiere el propio autor, puede contener un infinito incluso en una simple brizna de hierba.
Escritor y viajero nacido en Trieste,
Rumiz recorre Europa en busca de sus raíces cristianas y culturales. El viaje
lo lleva desde Italia hasta Francia, Bélgica, Suiza, Alemania, Austria, Hungría,
Polonia, Irlanda, España —con especial atención a Cataluña y Montserrat— y «el
Portugal oceánico, un lugar perfecto para los escritores». Pero el itinerario
no es únicamente geográfico. Es también una navegación interior que transforma
la mirada del viajero. El laico que partió, reconoce Rumiz, se siente a su
regreso «un poco más cristiano y, sobre todo, más europeo que antes».
Su propósito es comprender Europa desde
sus márgenes. Para ello hay que alejarse de los centros de poder, de las
grandes capitales y de los caminos trillados. «Es mejor olvidar las guías
turísticas al caminar por estas tierras. Salir de los caminos trillados, seguir
a las golondrinas que viven en las periferias», escribe. Algo parecido ocurre
con el cristianismo: para comprender su mensaje, sostiene, es necesario
alejarse de Roma y mirar hacia sus fronteras.
El libro,
traducido por la filóloga berciana Álida Ares y publicado por Anagrama en 2026,
se articula en dos partes, precedidas por un prólogo cuyo título, Un hilo
verdaderamente infinito, anticipa ya una de las ideas centrales de la obra:
la continuidad de una Europa unida por sus raíces culturales y espirituales.
No es la primera
vez que Álida Ares se adentra en la obra de Paolo Rumiz. La traductora ha
vertido también al castellano El membrillo de Estambul, publicado por
Sexto Piso en 2019, y Canto por Europa, editado por Lapislàtzuli en
2024. Dos trabajos que consolidan su vínculo con la obra de este escritor y
periodista italiano, cuya mirada viajera recorre las fronteras, la memoria y
las raíces de una Europa en permanente búsqueda de sí misma.
En El hilo infinito, Rumiz
imagina «un ovillo que nunca acabaría de devanarse» y deja abierta una nueva
vía de investigación: la de las abadías femeninas. «¿Qué es la vida sino un
largo hilo de lana que atraviesa mares, ríos, mares y fronteras?», se pregunta
el autor, para quien el cristianismo contribuyó también a conquistar Europa a
través de elementos tan cotidianos como el vino y la cerveza.
Los monasterios benedictinos ocupan el
centro simbólico del viaje. Para Rumiz son mucho más que vestigios de un pasado
remoto: constituyen algunos de los grandes refugios de la civilización europea.
En medio de las sucesivas oleadas de barbarie que siguieron a la caída del
Imperio romano, entre sus muros se conservaron el conocimiento, la cultura, la
palabra escrita y una determinada concepción del ser humano. Allí sobrevivió
una memoria común que permitió a Europa reconstruirse una y otra vez.
Los monasterios aparecen, de este modo,
como espacios de silencio, conocimiento y encuentro. En ellos permanece la
memoria de un continente que, mucho antes de levantar sus actuales fronteras
políticas, ya estaba unido por caminos, lenguas, libros, ideas, tradiciones y
formas de espiritualidad compartidas.
Rumiz sigue ese hilo para reconstruir
una Europa que, a su juicio, parece haberse olvidado de sí misma; una Europa
que ha perdido buena parte de su dimensión trascendente y corre el riesgo de
olvidar aquello que durante siglos contribuyó a darle sentido. Pero el viaje
hacia el pasado pronto se convierte en una mirada crítica sobre el presente.
Rumiz contempla una Europa amenazada por
nuevas formas de barbarie: «la barbarie galopa a través de la web», advierte,
mientras las historias de personas honestas pueden ser ridiculizadas u
oscurecidas por los medios y las nuevas ideas quedar aplastadas por la mediocridad.
La ignorancia convive con el rencor y la impaciencia, y la sociedad aparece
cada vez más atomizada. En este contexto, resulta inevitable evocar la
«rebelión de las masas» de Ortega y Gasset.
El miedo ocupa también un lugar central
en esta reflexión. El antropólogo Marvin Harris lo entendía como uno de los
grandes instrumentos de la antropología para someter a las poblaciones; Rumiz,
por su parte, observa cómo ese miedo se infiltra lentamente en la vida
colectiva, alimenta la desconfianza, levanta muros y transforma al otro en una
amenaza.
Europa parece así atravesada por una
nueva «selva primigenia», una imagen que devuelve al lector a los orígenes del
mundo benedictino: aquellos siglos oscuros en los que, tras el derrumbe del
Imperio, hubo que enfrentarse a la barbarie y reconstruir, casi desde las
ruinas, una idea de civilización.
Italia se convierte en uno de los
escenarios más inquietantes de esta metamorfosis. «Se está convirtiendo en
Sudamérica», afirma Rumiz al contemplar, con una mirada crítica y desencantada,
el deterioro del Estado de derecho y la degradación de la política. Pero lo que
está en juego va mucho más allá de las instituciones. Es una crisis más honda:
una pérdida de referencias, de valores y de horizonte.
También la economía parece haber
olvidado su razón de ser: servir a la vida, procurar el bienestar y, en último
término, hacer posible una existencia más digna y feliz. Por eso, el viaje de
Rumiz hacia el pasado es, en realidad, una interrogación sobre nuestro
presente.
La globalización perversa, los
populismos, las alambradas, las migraciones, los nacionalismos étnicos, las
guerras, la balcanización, la xenofobia, los aranceles de Trump, las heridas
del Brexit y del conflicto catalán, así como el regreso de viejos fantasmas como
el nazismo, forman parte de un paisaje europeo cada vez más fragmentado. Frente
a estos fenómenos, el autor contrapone la historia de una Europa que, durante
siglos, fue capaz de crear vínculos entre pueblos diferentes.
Sin embargo, Rumiz no se limita a
denunciar la decadencia. Busca una respuesta, y la encuentra precisamente en
los monasterios: en sus bibliotecas, sus jardines, sus comunidades y en la
memoria de quienes dedicaron su existencia a conservar y transmitir un legado.
En esos lugares descubre una posible respuesta a la pregunta fundamental que
recorre el libro: ¿qué puede mantener unido a un continente que parece haber
olvidado por qué decidió caminar unido?
En este sentido, El hilo
infinito es mucho más que un libro de viajes. Es una búsqueda de la
identidad europea y de aquello que puede unir a pueblos diferentes sin borrar
sus particularidades. Rumiz recorre los monasterios para escuchar el eco de un
continente antiguo y preguntarse qué queda de aquella Europa capaz de construir
puentes entre culturas, proteger el conocimiento y convertir la cultura en una
forma de resistencia frente a la barbarie.
El hilo que atraviesa sus páginas se
convierte así en una metáfora de una Europa frágil, pero resistente, «nuestra
diosa madre fenicia»: una Europa compuesta por innumerables hebras que solo
adquieren verdadero sentido cuando permanecen unidas. Quizá ese sea el mensaje
último del viaje de Rumiz: Europa no se salva levantando nuevas fronteras, sino
recuperando los hilos invisibles que durante siglos tejieron su memoria.
«¿Qué han hecho los monjes de Benito
sino crear reductos de oración y trabajo en los espacios más baldíos de Europa
para tejer luego entre ellos una sólida red de hilos?», se pregunta el autor
de El hilo infinito. La imagen resume buena parte de su
propuesta: frente a una Europa que se repliega sobre sí misma, los monasterios
representan una tradición de apertura, intercambio y transmisión. No son
únicamente lugares de recogimiento, sino también nodos de una red que durante siglos
conectó territorios, conocimientos y comunidades.
De ahí nace también su crítica al
turismo contemporáneo, que, a su juicio, ha terminado por banalizar los lugares
y las experiencias. Frente al turista que consume destinos, reivindica al
viajero para quien lo esencial no es la meta, sino el camino. Viajar significa
mirar con asombro, escuchar, dejarse transformar y recuperar la capacidad de
sentir. En esta actitud resuena la aspiración de Pessoa a «sentirlo todo de
todas las maneras». Según Rumiz, el mundo moderno ha hecho cada vez más difícil
escuchar la Palabra.
Dentro de este itinerario por España,
adquieren un significado especial Montserrat, como inspiración para la obra de
Gaudí, y el Valle del Silencio, en el Bierzo, junto con la iglesia mozárabe de
Santiago de Peñalba. Son lugares periféricos, cargados de memoria, precisamente
el tipo de espacios en los que Rumiz encuentra esa Europa profunda que no
aparece en los grandes discursos, pero que continúa viva en sus paisajes, sus
piedras y sus comunidades.
Así, el viaje termina convirtiéndose en
una invitación a recuperar una Europa menos ruidosa y más consciente de su
memoria. Una Europa capaz de reconocer que su riqueza no reside en la
uniformidad, sino en la convivencia de innumerables hebras culturales,
espirituales e históricas.
El hilo infinito es, en definitiva, la metáfora de
una civilización que solo podrá sobrevivir si vuelve a recordar que, por encima
de las fronteras, siempre ha existido algo que une a quienes la habitan. Y ese
vínculo, como el hilo que Rumiz persigue de monasterio en monasterio, quizá no
sea visible a primera vista, pero sigue ahí: entre las piedras, los libros, los
caminos, las comunidades y la memoria compartida de Europa.

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