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miércoles, 1 de diciembre de 2010

La Zaranda

Por fin, La Zaranda logra el premio Nacional de teatro, lo cual no resulta extraño, habida cuenta de que ésta es quizá la mejor compañía teatral de este país. Acaso sea abusado decirlo así, tan contundente, con tanta rotundidad. En todo caso, es la "tropa" que más se aproxima, aparte del Teatro Corsario, a lo que uno entiende por teatro en su estado puro, el teatro en estado de gracia, o sea. No he visto muchos montajes de La Zaranda, pero los que he presenciado -en el Bergidum, de Ponferrada-, me resultan sobrecogedores, logrando acelerar mis vísceras hasta alcanzar como un estado de trance. Es tal su poderío en escena, que los actores se me hacen, insisto, estremecedores. Me alegra que hayan logrado este premio, aunque sus espectáculos son un verdadero premio para quienes asistimos a sus funciones. La primera vez que vi uno de sus espectáculos fue en el año de 2003. Se trataba de Ni sombra de lo que fuimos. Y me quedé impresionado. "Te gustará", me habían avisado Varela y Arcadio. Y como si la profecía se cumpliera, salí del teatro como fuera de mí, con ganas de repetir la experiencia. Este es el genuino teatro. Y lo demás son pamplinas, como decía uno de los persanajes de aquella singular y arriesgada obra. La puesta en escena, poética y delirante, me hizo recordar a las sugerentes puestas en escena del mago Fellini, y las pelis de Kusturica, que en el fondo es un discípulo aventajado del director de Amarcord.

Desde hace algún tiempo, este Teatro Inestable de Andalucía la Baja, se ha consolidado como compañía residente del Théâtre Sorano deToulouse. La Zaranda cuenta con una larga y exitosa trayectoria, incluso con gran proyección internacional. Ha representado en prestigiosos festivales teatrales como los de Buenos Aires, Nueva York o Sitges. Por citar sólo algunos. Por tanto, es un lujo que hayan venido, al menos en tres ocasiones, a Ponferrada. Uno, al menos, ha visto tres de sus obras, todas sublimes. ¡Qué haríamos los bercianos sin el Bérgidum!
Ni sombra de lo que fuimos me llegó al alma, con momentos desgarradores, como si de repente me diera un vuelco el corazón. Como si estuviera dando vueltas, con los actores, en el tiovivo, escenografía central de este espectáculo. Un carrusel que logra introducir al espectador en el mundo onírico y la infancia, y aun en el mundo de las pesadillas. Oímos una voz enferma, como de ultratumba, que nos habla de la soledad. Una voz, que es rostro, encajonada en un ataúd. Recuerdo que siendo un niñín, soñaba a menudo que me enrollaba en una espiral sin fin, y giraba sin parar, con el angustioso vaivén y vértigo de una caída infinita. Era éste una pesadilla que se repetía sin cesar, una y otra vez. Por lo demás, sentía gran pasión por el tiovivo, "los caballitos", a los que me llevaba mi padre cada año, llegadas las fiestas del Cristo de Bembibre.

La puesta en escena de esta obra, un tanto alucinógena, me hace pensar en el polaco Tadeusz Kantor,  para quien el teatro, su forma de concebirlo, era una verdadera barraca de feria, teatro de la emoción, de la realidad degradada, de la muerte, en definitiva, en el que los personajes tratan de reconstruir, con su memoria difuminada, aquello que fue su vida, su felicidad o sus miserias. Personajes a los que ya sólo les quedan palabras inútiles, letanías sin esperanza. "Vamos pa'lante. Siempre pa'lante, y cuando lleguemos alante, pues más pa'lante", grita a caracajas un personaje, singular en su papel de bufón. Una risa que sabe a final sombrío... Los que ríen los últimos (su siguiente obra). Otro de sus grandes espectáculos, en el que vemos a tres personajes, tres vagamundos y aun vagabundos, desamparados,  en un viaje a ninguna parte (como el título de la peli de Fernán Gómez). "¿Adónde vamos?", se interroga un personaje. Pues, "adonde se tenga que ir", responde otro, como si estuviéramos asistiendo a una puesta en escena de Esperando a Godot, con la herencia pictórica de Goya.

Futuros difuntos cierra, digamos esta especie de trilogía de personajes al límite en busca de un sentido en este absurdo universo, falto de valores, en crisis permanente. En este caso, se trata de unos personajes que permanecen recluidos en un manicomio, y que en sus delirios pretenden mostrarnos su voz, original y atrevida, poética y transparente, cargada de un gran significado. Una vez más, La Zaranda, a través de los poderosos diálogos concebidos por Eusebio Calonge y la puesta en escena de Paco, nos muestran un universo pictórico, deudor de los grandes maestros, como Velázquez, con un toque expresionista y un estilo que me hace recordar tanto al teatro del polaco Kantor, maniquíes incluidos.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

A Miguel Ángel García

Recupero este texto, reelaborado, ahora que nuestro paisano y amigo Miguel Ángel García Rodríguez, corresponsal de TVE en Berlín, será declarado hijo adoptivo de Noceda del Bierzo. Todos aquellos que tengan interés en acompañarlo en esta celebración, habrá una comida de homenaje en el Verdenal de Noceda. Será el 18 de diciembre de este año.
Miguel Ángel García en Berlín
Miguel Ángel, a quien le tocó nacer en plena siega del pan y a mediodía, según él, es un excelente periodista, un ilustre e ilustrado de Noceda del Bierzo (aunque lo nacieran en el pueblo de Quintana de Fuseros).
"Nacer cuando más trabajo hay en casa marca a uno de por vida", añade. Y él quedó marcado por el trabajo para bien, porque ha logrado, gracias a su esfuerzo y su inteligencia, estar donde está ahora, en Berlín, como Corresponsal de Televisión Española, lo que a uno le da una enorme alegría porque, además de paisano y amigo, es una persona que se lo merece de verdad, porque nadie le ha regalado nada.
Cuenta que siendo un niño, con once años, lo metieron en un tren, con una maleta que pesaba el doble que él, con destino a Madrid. En la estación lo esperaba su tía para llevarlo a un colegio de curas, uno de esos internados que explotan a los rapacines haciéndoles trabajar para ganarse el garbanzo. La realidad española de entonces, sobre todo para la clase humilde, que es siempre quien lleva los palos, no daba mucho de sí. A pesar de todo, tuvo la posibilidad de estudiar, aunque le confiscaran la adolescencia y lo exprimieran en aquel colegio medieval. Como él mismo confiesa. Otros, en cambio, se quedaron a verlas venir en un nebuloso y polvoriento espacio-tiempo. Aunque resulte irónico y hasta paradójico, Miguel Ángel ha tenido la suerte de vivir en la Edad Media y en la época actual, véase también el caso de Luis Buñuel, sin realizar viajes extraordinarios al pasado ni al futuro, como tantas veces hemos visto en películas de ciencia ficción, lo que debe resultar muy estimulante e instructivo.
Aunque nació y vivió en Quintana de Fuseros hasta los siete años, los más importantes en la vida de casi todo el mundo, asegura él, uno lo considera de Noceda del Bierzo, porque su familia materna y casi todos sus hermanos (salvo José Antonio, alias Chalton, que también nació en Quintana)nacieron en este pueblo de la serranía de Gistredo.
No obstante, cada cual es de donde siente su arraigo, que no es sólo una tierra, un paisaje, sino que puede ser un latido de tambor, un sonido de chifla o un calor de amistad. Siempre la amistad como valor preciado.
Miguel Ángel, en cualquier caso, es o debe ser de cualquier sitio donde se siente bien, porque ha vivido en varios lugares, como en Valladolid, donde comenzó inaugurando el Centro Territorial de Televisión Española, o en Madrid, donde ejerció, entre otras responsabilidades, la de Editor de la 2 Noticias y la de Director de Programas de Actualidad de los Servicios Informativos de TVE.
Nunca olvidaré, estimado Miguel Ángel, cuando me llevaste al aeropuerto de Barajas para tomar un vuelo a México. "Llévate esta botella de orujo, que te sentará bien", me dijiste con generosidad. Cuando uno se va fuera, a tantos miles de kilómetros de la matria/patria, cualquier recuerdo sienta bien, máxime de alguien que sabes te tiene afecto. O cuando me recibiste, hace unos meses en Berlín, me mostraste tu lugar de trabajo -desde el que gozas de vistas increíbles sobre la capital germana-, y esas huellas terribles del Muro. Y aun me ofreciste una bici para recorrer la ciudad, aunque al final no la utilizara. A lo mejor es que compartimos memoria, esa memoria que es paisaje (el útero de Gistredo), como nos recuerda nuestro paisano Llamazares.
Me alegrará volver a verte el 18 de diciembre en nuestro pueblo, que gracias a personas como tú, ya es universal. Un fuerte abrazo. Y hasta pronto.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Por tierras trasmontanas

Amancio Prada

 Gavela, Busmayor y Paco González

Lourdes, Mestre, Varela y Amancio Prada
Retomo este cuaderno de bitácora, después de asistir al homenaje que el pasado sábado se le rindiera en el Teatro Bergidum al entrañable Pereira, el mejor narrador oral de cuantos que he tenido el gusto de escuchar, maestro indiscutible del relato corto, uno de nuestros mejores cuentistas, sobre todo del Noroeste mágico, sensible y humorístico, amante de la belleza femenina, le encandilaba darle toques eróticos a sus cuentos, las peras de Dios, entre otros muchos y buenos, viajero al fin de todos los anocheceres líricos, devoto de los portugales (luego continuaré con el viaje por tierra trasmontana).

A Toñín, tal como le decían sus amigos y familiares, le encantaba viajar, y Portugal era uno de sus países preferidos, tal vez porque en éste encontraba una prolongación fantástica de su Bierzo uterino, de su Villafranca natal.

En el Bergidum nos dimos cita unos cuantos amigos y seguidores del maestro Pereira. Aún conservo su última imagen en pantalla, su rostro de bondad, sus ojos inteligentes, tras sus gafas socarronas, su pose serena, como un estoico que estuviera presto para decirnos, con rotundidad y transparencia, sin aspavientos y decidido, su adiós. A duras penas logré contener la emoción.

Gracias, queridos amigos y paisanos (Mestre, Varela, Robés, Paco González, Gavela, Busmayor, Amancio Prada, entre otros) por obsequiarnos este acto lleno de cariño por uno de nuestros más grandes escritores.
         Obrigado, muito obrigado.

Puente romano de Mirandela

Mirandela

“Hay que ver lo que no se ha visto, ver otra vez lo que ya se vio, ver en primavera lo que se había visto en verano, ver de día lo que se vio de noche, con el sol lo que antes se vio bajo la lluvia… Hay que volver a los pasos ya dados, para repetirlos y para trazar caminos nuevos”, dice otro maestro de las letras, Saramago, que a buen seguro estará conversando con Pereira en algún cielo de Portugal, ese país cercano, no sólo en el espacio, sino en el tiempo de los afectos.

El viajero deja Bragança con cierta nostalgia, bajo una niebla como de otra época, y emprende ruta hacia Mirandela. Nada más abandonar la ciudad bragantina, comienza a asomar el sol. Se espera un día radiante. La carretera es buena, pues es la que conduce a Oporto (Porto). En poco tiempo, el viajero alcanza Mirandela, ciudad que recuerda con simpatía, aunque estuviera nomás de pasada, hace ahora unos dos años, en un viaje que hiciera a Viana do Castelo y a Bragança.
Pequeña y coqueta, Mirandela es una villa que procura buenas vibraciones, con su puente romano, reflejado en el río, puente que atraviesa el río Túa, cuyos arcos son todos desiguales, según nos cuentan Saramago y Llamazares.
Café Negrilho en Sao Martinho de Anta

Luce un día hermoso. Y el viajero decide estirar las piernas y oxigenar el cerebro, antes de continuar rumbo a la tan ansiada matria de Miguel Torga, Sao Marthino de Anta (léase, en este mismo blog, el espacio dedicado a este pueblo). Cuenta Llamazares en su libro Tras-os-Montes (libro de cabecera para este viajero berciano) que Mirandela toma su nombre de la Miranda do Douro, y que el dialecto mirandés deriva directamente del antiguo leonés. Incluso en el norte de Extremadura se habla una suerte de viejo leonés, tal como dijo el pasado sábado mi amigo, el gran poeta Miguel Ángel Curiel.
                  
                           Vila Real

Al viajero le gustaría quedarse unas horas más en este sitio, pero también quiere llegar con sol a la tierra de Torga, y aún falta camino por recorrer. Llega hasta Vila Real, pregunta por Sao Marthino, y después de interrogar a varios lugareños y dar algunas vueltas, logra dar con la carretera.  Siempre en dirección a Sabrosa, le dice alguno. Pues vale. Así será. “Vila Real no es una ciudad afortunada”, asegura el Nobel Saramago. Es probable que sea como él dice, aunque el viajero no llega a percibir la hermosura o fealdad de la ciudad, porque sólo la bordea. El entorno, en cualquier caso, resulta de un verdor espléndido, con sus pinares y eucaliptos, como para perderse en su umbría, o mejor dicho par echarse una siesta bajo algún árbol cobijador. “Vila Real, al contrario que Bragança –escribe Llamazares-, es una ciudad moderna, una ciudad señorial” (término éste que también se decía de León, y que al viajero siempre le ha parecido como cursilón o “rebuznante”, porque toda ciudad será o no de señoras y señores, esto es de ciudadanas y ciudadanos, palabros éstos que gusta decir mucho el señor Presi, el paisano Zapatero). “Ciudad señorial, decía, con cierto aroma huertano, pero reconvertida hoy en el centro económico y político de la provincia de Tras-os-Montes”. “La ciudad portuguesa con mayor cantidad de familias nobles después de la capital”, añade Llamazares.
Algún día el viajero volverá, porque “hay que comenzar de nuevo el viaje. Siempre”, pero ahora sigue tras las huellas literarias de Torga, y luego espera hacerlo en busca de ese Portugal “telúrico y fluvial”, de esa “vieja y libre” ciudad de Oporto, decadente y a la vez esplendorosa, ribereña y marina (algo que al viajero lo acaba conmocionando, y que requiere de otro espacio en este diario).