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jueves, 4 de marzo de 2010

Saturnino García


Saturnino García, este veterano actor leonés, nacido y criado en un pueblo de esta provincia, será nuestro invitado de honor, el miércoles 10 de marzo, en la próxima Tarde de cine que tendrá lugar, como siempre, en la Casa de las Culturas (curioso nombre, por qué culturas, me preguntaba mi gran amiga) de la villa del Benevívere.

"Para ser actor, aparte de una formación, se requiere de cierto talento y vocación", dice más o menos Saturnino, quien se hizo actor por amor a los escritores, porque casi no sabía leer, en un ámbito rural y en una época, digamos poco propicia para la lectura. Y como para sacarse la espina y por esa su admiración hacia los escritores, suponemos, llegó a escribir sus propias memorias.

Actor por vocación, incluso tardía, con alma de poeta, de rostro singular y con "nariz de tribuno romano", como le ha dicho alguien, es alguien que llena la pantalla.

Aunque a menudo lo hemos visto como actor secundario en muchas películas, quizá mal llamado secundario, se convirtió en el mejor Actor Revelación, con casi sesenta años, en la película Justino, un asesino de la tercera edad (1994), por la que recibió un Goya.

Este todoterreno de la interpretación, que ha recibido varios premios, y al que le apasiona tanto el cine y el teatro como la televisión, cada cual con sus virtudes e inconvenientes para el actor, comenzó su andadura como payaso en el mundo artístico. Y desde entonces no ha dejado de trabajar, entre otros, con directores de la talla de Alex de la Iglesia (El día de la bestia), Carlos Saura (Goya en Burdeos), Viente Aranda (Amantes) o Fernando Fernán Gómez (El viaje a ninguna parte).

Como curiosidad o anécdota, cabe recordar que estuvo, hace algunos años, en el Festival de Cine de Ponferrada.

A Saturnino también le gusta hablar del vino, recitar y dar charlas acerca de sus experiencias como actor, luego estamos de enhorabuena.

lunes, 1 de marzo de 2010

Los secretos del Sil

Acabo de leer Los secretos del Sil, del joven escritor Arturo Suárez Bárcena, y me ha removido las entrañas, como un cuchillo carnívoro que se me hubiera clavado en el fondo del alma (en mi alma-Sil), sobre todo porque se trata de una novela, digamos negra, aunque tocada por una prosa poética de altísimo nivel, en ocasiones comestible y umbraliana, donde la adjetivación resulta precisa y certera, lírica y también valleinclanesca.
Heredero de la literatura de Quevedo, Valle o el propio Umbral (muy presente, sin duda aquí), el extremeño Arturo Suárez Bárcena, con raíces bercianas, no oculta, a lo largo de esta novela, sus gustos literarios y/o filosóficos, entre los que están, Voltaire, Baudelaire, Valèry (siempre los franceses, claro), Nietzsche, Truman Capote, Espronceda, Manuel Machado, Miguel Hernández, Lorca, Cernuda o Bécquer.
Estamos, por tanto, ante una narración que engancha por sus ingredientes de transgresión, incluso malditismo, y cuyo final nos procura un golpe emocional en las vísceras, digno de un marqués de Sade o un conde lautréamoniano, que profanara las sagradas tumbas templarias. Después de su lectura, y aun relectura, seguimos escuchando los aullidos de los perros, y los gatos merodeando por los alrededores, en busca tal vez de algún cuerpo sepultado.
Ambientada en una Ponferrada subterránea, gótica y friki, azulada, por momentos, por el humo de la fantasía, la Viagra y algunos rótulos, rojiza bajo los neones luminosos, "ciudad sumergida en el horizonte, las montañas entre tinieblas, la luna breve y pálida", plagada de seres picados, abogados corruptos, borrachos y macarras, lesbianas o bolleras (Melania y Violeta), putas, bujarras, gitanos y todo un etcétera de personajes y pesonajillos del mundo del hampa, el autor nos lleva de la mano de su prota, Fran -que en cierto modo me late que es como su alter ego, aunque tenga su parte de ficción (faltaría más, pues no se imagina uno al propio Arturo como un desalmado, sin escrúpulos, cometiendo las mayores aberraciones, a sangre fría)- por los vericuetos de esta pervertida y perversa sociedad ponferradina (esto no lo digo con moralina, quede claro), al final de la noche, aderezada por el alcohol, sobre todo whisky y/o perdiz con hielo y el gintonic, la cocaína, el hash y la marihuna, y así en este plan, en un recorrido por los bajos fondos, como si rememoráramos Luces de bohemia, pero en este caso en una Ponferrada canalla, retorcida y chutada, con tugurios como la Casa del Turco, un bar clandestino, al que va a parar lo más "selecto" y bohemio de la ciudad.
Fran o Francisco es el personaje principal de esta historia. Se trata de un abogado joven y escritor (como el autor) o aspirante a escritor maldito, al que le encanta la noche y el alcohol, incluso un escritor ya acabado ("todos dicen que estoy acabado"), un descreído y existencialista asqueado de todo, incluso de la noche y de las discos ("cloacas infectas"), cuyo único Dios es su libertad, su ley la fuerza del viento y su patria la mar (como nos dijera Espronceda en la Canción del pirata), un cínico, que se ríe de todo, incluso de sí mismo, lo que es muy sano (uno fue, curiosamente, un niño devoto y casi monaguillo, mas me salvé de todo aquello con el whisky y Voltaire), un voyeur al que pareciera gustarle más mirar que tocar pelo, que se excita, sobre todo, mirando a sus "musas" Melania (también llamada Celeste) y Violeta, un dandi como Wilde, pero sin ser bujarra, un señorito bien, con una asistenta gallega, desgraciada y viuda, que acaba embarrado hasta el cuello por asuntos de pleitos harto oscuros, aunque el azar o su propia astucia (o una mezcla de ambas cosas) lo acaban redimiendo de un final dramático. Al menos en esta novela. Acaso los secretos debamos encontrarlos en el fondo del río Sil. "Hoy, por fin, mi pasado quedará en pasado, sin posibilidades de resurrección... En presente no quedan más que ... unos cuadrados imperfectos que bajan por el río empapándose... flotando... hasta terminar... ahogados y deaparecidos en el fondo del río Sil, fondo del que jamás conseguirán escapar".
El Sil y el pantano de Bárcena como escenarios cargados de simbolismo. "El pantano de Bárcena, se rumorea en la zona, es el lugar apropiado para los enterramientos irregulares".
Tras su sana apariencia, se oculta un individuo en verdad peligroso, un cabrón capaz de cualquier cosa, que termina, ay, con... (no lo desvelaré). Algo que me hace recordar, como no, al prota de Macht point de Woody Allen.
Existen, por lo demás, varias referencias cinematográficas, amén de las poéticas, en esta novela, pues Francisco es un amante empedernido del cine y un joven con ínfulas poéticas, que cree, como Valle Inclán, que el periodismo avillana el estilo. Aunque mejor dicho: "Yo creo -escribe el autor- que el accionariado del periódico avillana al periodista, que es algo parecido".

Almodóvar y Volver

https://www.diariodeleon.es/articulo/bierzo/volver/20060403000000831541.html

He vuelto a ver la película Volver, de Almodóvar, que ha sido/es sin duda uno de nuestros cineastas más singulares de las últimas décadas, y uno de los de más proyección universal (gusta mucho, sobre todo, en Francia y en Gringolandia), tal vez porque, como buen manchego, es capaz de elevar lo cotidiano a la categoría de trascendente, de tocar el Eros y la muerte, y por supuesto es capaz de mostrarnos su pueblo y convertirlo en un universo. 
No me confieso fan/fanático de este cineasta, pero sus primeras películas me resultaban divertidas, grotescas, cutre lux, con esos personajes al borde..., de un ataque de nervios, al límite de sus posibilidades, un universo plagado de seres supuestamente anormales, llamativos, pintorescos, rocambolescos. 
De todas ellas, y de esta primera época, me quedo con ¿Qué he hecho yo para merecer esto? sobre una ama de casa sufridora, interpretada por la Maura, que se toma anfetas para soportar los sinsabores de una vida terrible, que comparte con un marido machito, al que acaba cargándose, con hijos macarras, una suegra extravagante y un bichejo.
Alguien del mundo cinematográfico llegó a decirme, al preguntarle por este director manchego, que es alguien que tiene un gran cacao mental entre Parla y Nueva York... Trabajar con él resulta bastante insoportable, añadió. 
Cada cual habla de la feria según le va en ella. 
En cualquier caso, Almodóvar ha sabido crear un estilo bien reconocible, con una estética de colores chillones y floreada, que se asemeja a la fassbinderiana. De ahí, la pasión de Almodóvar por este todoterreno del cine alemán de los setenta. También a Almodóvar, como a Fassbinder, le gustan los melodramas estilo Douglas Sirk, los culebrones latinochés, musicados por Chavelita Vargas o Carlos Gardel. 
Volver es como una versión moderna o postmoderna de La casa de Bernarda Alba de Lorca en el contexto de La Mancha, con toques neorrealistas y surrealistas, donde los vivos conviven con los muertos, como en los relatos rulfianos, y que en cierto modo nos hace recordar ¿Qué he hecho yo para merecer esto? 
Fijaos en la Maura de esta película y la Pe de Volver. Parecen primas hermanas. 
Por lo demás, se nota que el manchego es un entusiasta del duende granadino. La Mancha rural, cuyos molinos han dejado de ser los gigantes que alucinara Don Quijote para convertirse en monstruos eólicos, el viento solano, la omnipresencia de la muerte y de un matriarcado enlutado, encerrado en un velatorio y en los muros bestiales del machismo, el incesto, todos esos olores, incluso hedores, que se desprenden del ambiente. 
Resulta sorprendente lo escatológico: ver a Pe, tan fina ella, sentada en el váter, y oliendo un pe... 
Si bien Almodóvar logra, con ese toque lorquiano, adentrarnos en un mundo que reconocemos e identificamos como bien suyo, la historia que nos cuenta no acaba de convencernos ni emocionarnos de verdad, incluso es una historia que se rompe en la última parte de la peli, porque el cineasta manchego se empeña en decirnos y/o contarnos algo enrevesado, como si tuviera prisa por terminar, cuando en realidad debería mostrárnoslo con imágenes, que para eso vamos a ver cine, como hiciera de un modo magistral el mago Hitchcock, capaz de sugerirnos y mostrarnos los complejos procesos mentales de los personajes a través de miradas, guiños, gestos, entre otros. Ahí es donde radica el poder de la imagen, y lo demás sobra. Sobran todas las explicaciones finales acerca del incesto entre Pe y su padre, y otras muchas explicaciones. Uno acaba perdiéndose en este retorcido melodramón, con trama, digamos policiaca, en el que los hombres salen muy mal parados. 
En cuanto al reparto, las actrices están soberbias: Maura, Blanca Portillo, Lampreave, que está impresionante, aunque confieso mi devoción por Lola Dueñas. Incluso Penélope, aunque no sea buena actriz, logra con este papel conmovernos cuando “simula” cantar el tango que da título a la película, que está repleta de referencias cinematográficas al cine italiano de Visconti (en concreto Bellissima, con una Anna Magnani espléndida en su interpretación madre coraje, cargada de histerismo) o Fellini, grandes maestros no sólo del cine italiano, sino del cine universal. 
En el fondo, Almodóvar sabe tomar préstamos de los grandes, y ha sabido vender nuestra España de la movida, así como nuestra España profunda, matriarcal, con el machito castigador y ausente, "aislado", y que bien mirado, que nadie se ofenda, este país nuestro, manchego, castellano..., nos recuerda, por momentos, al mundo islámico. 
Al final, resulta que tanto Almodóvar como Fassbinder, como buenos homo-bi-sexuales, sienten gran admiración, consciente o inconscientemente, por lo islámico.