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miércoles, 13 de mayo de 2026

Hamnet

Escena IV 

HAMLET, OFELIA

Hamlet: Ser, o no ser, ésa es la cuestión. ¿Cuál es más digna acción del ánimo, sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta, u oponer los brazos a este torrente de calamidades, y darlas fin con atrevida resistencia? Morir es dormir. ¿No más? ¿Y por un sueño, diremos, las aflicciones se acabaron y los dolores sin número, patrimonio de nuestra débil naturaleza?... Morir es dormir... y tal vez soñar… el considerar que sueños podrán ocurrir en el silencio del sepulcro, cuando hayamos abandonado este despojo mortal, es razón harto poderosa para detenernos. Esta es la consideración que hace nuestra infelicidad tan larga. ¿Quién, si esto no fuese, aguantaría la lentitud de los tribunales, la insolencia de los empleados, las tropelías que recibe pacífico el mérito de los hombres más indignos, las angustias de un mal pagado amor, las injurias y quebrantos de la edad, la violencia de los tiranos, el desprecio de los soberbios?... ¿Quién podría tolerar tanta opresión, sudando, gimiendo bajo el peso de una vida molesta si no fuese que el temor de que existe alguna cosa más allá de la Muerte (aquel país desconocido de cuyos límites ningún caminante torna) nos embaraza en dudas y nos hace sufrir los males que nos cercan; antes que ir a buscar otros de que no tenemos seguro conocimiento? Esta previsión nos hace a todos cobardes, así la natural tintura del valor se debilita con los barnices pálidos de la prudencia, las empresas de mayor importancia por esta sola consideración mudan camino, no se ejecutan y se reducen a designios vanos... (Shakespeare, Hamlet)

El visionado de Hamnet, por segunda vez ayer mismo en Cines La Dehesa de Ponferrada, me ha permitido volver a leer Hamlet, de Shakespeare, que es uno de los mejores dramaturgos de todos los tiempos, aunque algunos críticos dicen que sus obras no fueron escritas por él, o fueron escritas por varios autores. 

Sea como fuere, el cine tiene la virtud, también, de adentrarnos en la literatura, y la literatura en el cine, en un camino de ida y vuelta donde todos los que amamos, tanto el cine como la literatura, salimos enriquecidos.

El propio personaje de Hamlet, en la obra de Shakespeare, nos habla de nuestra débil naturaleza. Y la película Hamnet, de la directora china Chloé Zhao, que ya nos obsequió en su día con la maravillosa Nomadland (acerca de una mujer interpretada por la gran actriz MacDormand, que, tras perder su trabajo y a su marido, decide viajar en furgoneta por el Oeste de Estados Unidos, con banda sonora original de Ludovico Einaudi), nos adentra en la fragilidad humana a través de la historia de Shakespeare y su familia, una historia inspirada en la novela de Maggie O'Farrell (con guion de esta escritora y la propia directora, nominado al Óscar), que se sitúa en una época donde la vida estaba expuesta a la enfermedad, la pérdida, la ausencia. Y esa vulnerabilidad se nos muestra a través de silencios prolongados, miradas perdidas, cuerpos que ocupan el mismo espacio, pero ya no comparten el mismo tiempo emocional. Una fragilidad corporal y afectiva que se nos enseña a través de lo efímero, de los vínculos familiares que se rompen ante el dolor, el que sufre Shakespeare y su mujer (también sus hijas) por el fallecimiento del hijo (Hamnet). 

Conmovedora resulta la escena en la que vemos cómo enferma Judith, la hermana gemela de Hamnet, entonces su hermano intenta ayudarla, permanece cerca de ella, la cuida, comparte el mismo espacio, el mismo aire, y acaba enfermando él y recuperándose ella. Algo que me hace recordar la película La milla verde, donde vemos cómo el personaje de John Coffey absorbe las enfermedades y el sufrimiento de otras personas tragando el mal y luego expulsando/vomitando unas partículas oscuras por la boca. Cada vez que cura a alguien, él se queda más debilitado y cargado con ese dolor. El aliento representa cercanía, amor y vulnerabilidad. En ambas historias se emplea la respiración y la proximidad como símbolo de vínculo profundo entre personas.

Tras la muerte del niño, Agnes (la mujer de Shakespeare, Anne en la vida real) siente un dolor inmenso (porque además su marido no está presente cuando fallece, algo que ella le reprocha), mientras que Shakespeare parece sublimar su dolor a través del teatro, del arte. No obstante, también lo vemos sufrir mucho. Ante el fallecimiento de un hijo (algo antinatural, porque lo natural es que los hijos asistan a la muerte de los padres, aunque también se sienta dolor), uno puede hacer como Shakespeare, convertir la tragedia personal en materia literaria a través de Hamlet, o bien como hace Umbral en Mortal y rosa, después de la muerte de su hijo Pincho por leucemia https://cuenya.blogspot.com/2009/07/mortal-y-rosa.html, aunque las palabras no sean suficientes para sublimar tanto dolor. 

En la película vemos a Agnes y su hermano que viajan a Londres (donde está Shakespeare) para asistir a la representación de Hamlet en The Globe. En el escenario Agnes ve a su hijo transformado en el príncipe Hamlet, de forma que el niño fallecido reaparece en palabras, gestos, en memoria encarnada. Entonces, Agnes comprende que esa obra es una forma de duelo de Shakespeare, su manera de nombrar lo innombrable. Un final estremecedor porque el dolor se transforma. El hijo ya no está, pero tampoco ha desaparecido del todo. El matrimonio, roto por el dolor, encuentra un modo de reconciliarse. El plano final del rostro de Agnes, lleno de tristeza, de lágrimas, resulta sobrecogedor. Nos emociona profundamente porque acaba esbozando una sonrisa, indicativo de que se reconcilia con su marido, con el gran amor que se tienen, que se había roto por la pérdida del hijo. 

The Globe-Londres. Foto: Cuenya

El teatro (The Globe Theatre de Londres, recreado en estudio con un montón de extras y un diseño visual cuidado) se convierte en un espacio donde vida y muerte coexisten. El final conecta de forma potente con el núcleo de Hamlet: “morir es dormir… tal vez soñar”, porque sugiere que el arte es, tal vez, ese sueño donde los muertos siguen hablándonos, como ocurre con los personajes de Rulfo. https://cuenya.blogspot.com/2018/03/rulfo-o-el-mexico-profundo.html

El final de Hamnet tiene una fuerza audiovisual extraordinaria a través de la reconciliación emocional con la pérdida. El tiempo se dilata, de modo que nos duele también a nosotros como espectadores (todos hemos perdido algo, a alguien, el dolor nunca se borra, podemos recordarlo, escribirlo). Vemos físicamente al actor que encarna a Hamlet, lo que hace más directa la identificación con Hamnet (en realidad, Hamnet y Hamlet es el mismo nombre, como se nos dice al inicio de la película), y además entra en escena la música minimalista de Max Richter (nominada al Óscar), con motivos simples que se repiten con variaciones, creando una tensión emocional continua. Como si la música se quedara en el umbral entre la vida, el sueño y la ausencia, como si el duelo nos atravesara físicamente. Cabe recordar que Max Richter interpretó durante años composiciones de músicos como Arvo Pärt, Philip Glass, Brian Eno o Steve Reich. https://cuenya.blogspot.com/2012/06/philip-glass.html

Al principio, la iluminación del teatro dentro del teatro es natural. Pero, a medida que Agnes fija la mirada en el escenario (todo transcurre en su portentosa mirada), la luz se vuelve más tenue, más focalizada en la figura de Hamlet, como si todo lo demás desapareciera, el actor que interpreta a Hamnet aparece también como Hamlet, en ocasiones hay un uso de movimiento casi coreográfico (influido por el teatro físico), donde los gestos se repiten o se ralentizan, como si el hijo y el personaje coexistieran en el mismo cuerpo. Estamos viendo presente y pasado superpuestos. El duelo continúa, pero ya no es sólo ausencia, sino presencia. Hamnet se convierte en un fantasma que habita la memoria emocional de sus padres. Da la impresión de que el arte pudiera sostener lo que la vida misma no puede hacer. Y eso lo logra Chloé Zhao con la dirección actoral de Paul Mescal, que encarna a Shakespeare de un físico, haciendo mucho con poco, incluida la ausencia de colores en su vestimenta, la ganadora del Óscar a la mejor actriz Jessie Buckley (Agnes), con su actuación desgarradora, además de la estupenda Emily Watson (Mary, la madre de Shakespeare), Jacobi Jupe (Hamnet), Noah Jupe (Hamlet), ambos hermanos en la vida real, las hijas de Shakespeare y Agnes, o Joe Alwyn (Bartholomew, hermano de Agnes), que aportan emotividad al reparto. No en vano, la película fue nominada a la mejor dirección de casting. 

Asimismo, fue nominada al Óscar al mejor diseño de producción, que es el departamento encargado de construir el aspecto visual, estético de la película (la dirección artística, iluminación, atrezzo, incluso el vestuario), que recrea la época de Shakespeare, de modo que cada espacio, desde las casas hasta los objetos cotidianos, incluso el bosque, reflejan el estado interior de los personajes. La mayor parte de esta película fue filmada en Gales para recrear el ambiente de Stratford-upon-Avon, la ciudad natal de Shakespeare. 


A través de la arquitectura, los objetos y la naturaleza sentimos, como espectadores, que también habitamos ese espacio y esa época.
La dirección artística dialoga con la fotografía a través de colores apagados, terrosos, naturales (ocres, marrones, grises, verdes), escenarios exteriores e interiores iluminados con luz natural. La dirección de fotografía, a cargo del polaco Łukasz Żal, apuesta por la iluminación orgánica, evitando la luz artificial. Muchas escenas de interior parecen iluminadas sólo por velas (con reminiscencias a la preciosista película Barry Lyndon, de Kubrick), ventanas o fuego, en busca de una luz que emerge de la propia escena, reforzando el realismo emocional. 

La iluminación con velas evoca asimismo la estética del Barroco, creando un contraste marcado entre luces y sombras, lo que remite al tenebrismo de pintores como Caravaggio o su discípulo Georges de La Tour. En sus obras, la fuente de luz suele ser visible dentro de la escena, generando una atmósfera íntima y dramática similar a la que transmite Hamnet. Además, esta iluminación es narrativa porque concentra la atención en los rostros y gestos de los personajes, y sugiere la sensación de fragilidad que mencionaba al inicio. Cada encuadre parece compuesto como si fuera una pintura. En ese sentido, usa la iluminación con velas para ambientar la época y  construir una experiencia visual cercana a la contemplación pictórica. La iluminación de exteriores mantiene la misma intención estética que los interiores, adaptada a la luz natural, con una luz suave y difusa. Muchas escenas exteriores parecen rodadas bajo cielos cubiertos o luz filtrada, lo crea una atmósfera melancólica. La luz envuelve a los personajes, integrándolos en el entorno, como ocurre en las atmósferas creadas por paisajistas ingleses, donde el paisaje tiene un gran fuerza emocional. 


Żal construye imágenes de interiores que recuerdan a cuadros de bodegones, caracterizados por el uso de luces laterales intensas y sombras profundas, con una estética táctil. Aunque se trata de un cine naturalista, también nos muestra una dimensión poética del duelo, con un ritmo pausado y énfasis en lo sensorial y lo íntimo.

Me atrevería a decir que hay una influencia evidente en la composición de planos del pintor Johannes Vermeer https://cuenya.blogspot.com/2017/08/vermeer-de-delft.html, sobre todo en los interiores, en cómo se organiza la luz y el espacio. Vermeer es famoso por iluminar desde ventanas laterales. Y eHamnet la luz entra casi siempre desde ventanas laterales. No baña todo el espacio, sino que crea gradaciones suaves. Hay una búsqueda similar de calidad táctil de la imagen en esos planos, de esos encuadres, que parecen detener el tiempo. En ocasiones se emplean encuadres simétricos y frontales que recuerdan a una puesta en escena teatral.

El diseño de vestuario, que también fue nominado al Óscar, refleja la evolución emocional de los personajes. Las vestimentas de Agnes y Shakespeare están diseñados para expresar sus estados emocionales y su conexión con el entorno. "Agnes es el corazón palpitante de la historia... como si bombeara sangre y vitalidad... un volcán de energía", según la diseñadora de vestuario, Turzanska. Agnes perece que emergiera del bosque como una aparición (se da a entender que podría ser una hechicera) vestida con una tela roja. "El rojo como sangre fresca y palpitante". El punto de inflexión es la muerte de su hijo Hamnet, entonces vemos a Agnes vestida con falda de color ciruela, "con la cicatriz que permanece". Al final de la película Agnes recupera su vestido rojo, cerrándose el círculo.  Por su parte, la vestimenta de Shakespeare es, según su diseñadora, monocromática, como en escala de grises, en blanco y negro. El aspecto más reseñable en cuanto a vestuario de Shakespeare aparece al final de la película, cuando lo vemos en el escenario con Hamlet (aparece dando un recital de interpretación extraordinaria, al estilo de Stanislavski o Actors Studio) con la arcilla agrietada del fantasma. 

Los genios cinematográficos Spielberg y Sam Mendes son los productores ejecutivos de Hamnet, los cuales apoyaron a la directora Zhao en la adaptación cinematográfica de la novela de O'Farrell, facilitaron recursos de producción y contribuyeron a la distribución y promoción de esta dolorosa y bella historia.

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