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sábado, 12 de septiembre de 2015

Víctor Manuel y Ana Belén

Artículo publicado en La Nueva Crónica el pasado miércoles día 9 de septiembre. 
Desde que escuchara por primera vez a Víctor Manuel, siendo un rapacín, me quedé enganchado a sus canciones, esas melodías que penetran en los poros de tus entrañas y te dejan sacudido. Es probable que influyera que Víctor Manuel le cantara/canta a los mineros, al abuelo que fue picador allá en la cuenca astur, tan cercana y emparentada con la región minera del Bierzo, sobre todo del Bierzo Alto, de esa tierra ‘leonesastur’, incluso en su manera de hablar. No en vano, cuando era un guaje/guajín (en el sentido que se utiliza en nuestra comarca y en la vecina Asturias, no en el que se emplea en México), incluso sin haber puesto los pies en la matria de Víctor Manuel, vislumbraba esa Asturias verde de monte y negra de minerales como una prolongación natural del Bierzo (en concreto la añorada zona de Las Torcas), a lo cual también debió de contribuir el hecho de que en el pueblo de Noceda del Bierzo, al que me gusta llamar el útero de Gistredo, vivieran algunos astures como el señor Murias, que procedía de Luarca y hacía unas galochas con mucho arte. Un personaje pintoresco, al que sigo recordando con afecto, después de tantos años. El asunto es que la música de Víctor Manuel (no sólo sus letras románticas y comprometidas) caló hondo en mis entrañas.
Y desde entonces sigo enamorado de su buen hacer musical, de su coherencia, de su entereza. Tiene, encima, cara de buena persona, y eso se agradece mucho en un mundo cainita en el que abundan los rostros agriados y retorcidos. Víctor Manuel es sin duda uno de los más grandes compositores y cantautores que ha dado este país de paisitos. No en vano, el creador de ‘Nada sabe tan dulce como su boca’ sigue emocionándome, sobre todo en concierto, como el que nos ofrecieran, él y su compañera Ana Belén (quien, aparte de gran actriz en escena, canta muy bien) en el Auditorio de Ponferrada, con motivo de las Fiestas de la Encina. Acompañados por una banda de músicos extraordinaria, incluido su hijo David San José al teclado, nos obsequiaron con una actuación memorable ante un público numeroso y entregado. Hubo quien lloró de emoción cuando Víctor Manuel interpretó ‘La planta 14’: “En la planta catorce del pozo minero/ de la tarde amarilla tres hombres no volvieron…Sentados en el suelo, los mineros/ se hacen cruces y reniegan de Dios…y con voces los mineros/ mientras se abrazan todos y uno de ellos/ el más fiero por no irse al patrón/ llora en el suelo”.
Resulta curioso que la primera vez que tuve la ocasión de ver/escuchar a Víctor y a Ana fuera en el Auditorio de Polanco, en México Distrito Federal, allá por principios de los años noventa, época en la que viviera durante algún tiempo, un privilegio, en el país de los cuates y las cuatas. Me encantó porque, cuando uno vive fuera del terruño, le asalta la morriña, esa nostalgia tan berciana, tan humana, que llevamos dentro quienes en algún momento (en muchos, me atrevería a decir) hemos vivido fuera de la comarca, incluso fuera de España, como también le ocurriera a esta magnífica pareja artística, que tan buenas vibraciones nos han procurado. La segunda vez, que pude verlos en directo, ya fue en León, en la explanada de la Junta, no hace muchos años. Y ahora he vuelto a sentirlos en la capital del Bierzo, la ciudad, “el pueblo” (como gusta decir a Luis del Olmo, al que también vimos asomado al balcón de La Fonda para pregonar y replicar a Beatriz Escudero, la pregonera de este año) donde vivo desde hace ya quince años. Espero que ahora no transcurra mucho tiempo antes de asistir a otro de sus conciertos, siempre emocionantes, y pueda seguir escuchando esa canción prodigiosa que es “Asturias verde de montey negra de minerales…”

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