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domingo, 20 de septiembre de 2015

Gil y Carrasco, viajero gótico posmoderno

 Publicado en ileon.com y expuesto en la Uned de Ponferrada con motivo del Congreso Internacional dedicado al ilustre e ilustrado Gil y Carrasco en el mes de julio de este año 2015.

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AÑO ROMÁNTICO EN EL BIERZO

Gil y Carrasco, viajero gótico posmoderno

Manuel Cuenya | 20/09/2015

El escritor berciano y gran aficionado a los viajes Manuel Cuenya se imagina el que podría hacer el escritor romántico Enrique Gil y Carrasco, cuyo bicentenario de nacimiento se conmemora este 2015. Un viaje imaginario por una Europa de constrastes.

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Imagen de Holanda de un viaje de Manuel Cuenya.
 
Se imagina uno a Gil y Carrasco como un viajero intrépido, con espíritu aventurero y cosmopolita, estilo al alter ego de Kerouac 'En el camino', reencarnado eso sí en gótico pos-moderno, un joven guay y fresa o pera, a su aire, con el rostro empolvado y demacrado por la tisis (en la actualidad afectado por otro tipo de enfermedad), vestido de luto riguroso, acaso tatuado y con el cabello teñido de color naranja, portando piercings y pendientes;  un joven melancólico, morriñoso con posibles, que realizara su último viaje por Europa durante un mes con un billete Inter-Raíl (digo un mes por ser esa la duración máxima hasta ahora de esta modalidad de viaje). Aunque Gil, que era un señor diplomático, viajaría a buen seguro con todo lujo de detalles, provisto incluso con maletín en clase Business o en FirstClass (se lo podía permitir su familia y también su viaje en misión diplomática a la ciudad de Berlín, donde moriría con las ilusiones intactas y un gran porvenir literario).
En la época actual, Gil seguiría sorprendido, como en el siglo XIX, con la infraestructura ferroviaria de países como Francia, Bélgica y Alemania, incluso España, que ya es decir, con sus flamantes y velocísimos trenes, que le impedirían, como otrora, captar todo lo que deseara para anotarlo en su tableta, iPad, portátil y aun en su agenda electrónica. En este viaje llevaría asimismo un Kindle o libro electrónico y emplearía (no olvidemos su condición de diplomático) trenes muy confortables (quizá todos con suplemento añadido, si Gil decidiera finalmente viajar por Europa con un billete Inter-raíl), cuya velocidad promedio no bajaría de los 250 kilómetros por hora (en ocasiones superando los 300 Kilómetros, lo que le produciría impresiones fantasmagóricas, alucinaciones que acabarían traduciéndose en extraordinarias imágenes poéticas). Quizá pudiéramos imaginar que, como diplomático, cogiera vuelos (nunca, en cualquier caso, de bajo coste o Low Cost como Ryanair o Easyjet), aunque a decir verdad este medio de transporte le resultaría, a nuestro ilustre e ilustrado personaje villafranquino, aún menos literario que un tren. Y lo desecharía casi seguro.
Su punto de partida en dirección a la Europa desarrollada (en este viaje y en esta época), también sería desde la capital de nuestro Reino. En la Estación de Atocha cogería un AVE hasta Marsella, haciendo escala en Barcelona, donde Gil, dotado para las lenguas extranjeras, no tendría inconveniente en chapurrear catalán con el paisanaje, y por supuesto también pondría en práctica la lengua gala en Marsella, que se le antojaría luminosa, portuaria y cosmopolita ciudad del Mediodía francés, poblada por un buen número de inmigrantes de origen árabe y español, entre otros muchos, con quienes Gil, de espíritu abierto y tolerante, entablaría amenas charlas.

Manuel Cuenya en el Instituto Cervantes de Marrakech
El escritor nocedense Manuel Cuenya.
 
Luego se apearía en Avignon, "la ciudad de los papas", que haría coincidir sin duda con el célebre Festival de Teatro, a sabiendas de que el autor de 'Bosquejo de un viaje a una provincia del interior' era un gran aficionado a las artes escénicas y un estupendo crítico teatral.

Continuaría rumbo a Lyon, ahora en TGV, tren que sin duda le sorprendería a Gil por su velocidad y su puntualidad.
Emocionado con La Borgoña y la Côte d'Or por antojársele tierra hermana en viñedos y castillos, el autor de 'El señor de Bembibre' visitaría, antes de alcanzar París, la capital histórica del antiguo Ducado de la Borgoña y la bella ciudad de la moutarde (Dijon), donde Henry Miller, el autor de los Trópicos, impartiera clases de inglés en el Lycée Carnot y donde este servidor de ustedes  diera, como profesor/lector, clases de castellano/español.
Sobrecogido por la belleza monumental de capital francesa pero también por su multirracial y pluricultural aspecto, se dedicaría a pasear por los barrios de Belleville, Saint Denis o Barbès, donde acabaría encontrando ese París meteco, que respira violencia y agresividad por sus entrañas. Es probable que esta ciudad le despertara más su interés por el paisanaje que por su paisaje, aun a sabiendas de que Gil era un enamorado de la Naturaleza en estado puro, de los entornos campestres, de los paisajes montañosos, poblados de castillos y lagos, como su propia matria.
También es probable que se quedara deslumbrado con el Instituto del Mundo Árabe y por supuesto con las catacumbas y los cementerios de Montparnasse, Montmartre y Père Lachaise (adonde iría a visitar a buen seguro la tumba de Jim Morrison, el gurú de The Doors).
Una vez realizada su excursión a Rouen, en la Normandía, que sigue siendo un espacio impresionista por excelencia (a Gil le entusiasmaba el arte, y en general el arte pictórico), cogería un tren Thays, que lo llevaría a Lille, la frontera con Bélgica. Y desde ahí proseguiría rumbo a Bruselas, la ciudad del Europarlamento, situado en el espacio Léopold, donde visitaría al entonces eurodiputado nocedense Pepe Álvarez de Paz, al que le preguntaría por la crisis del carbón en el Bierzo, incluso por la ganadería: la leche, y la agricultura: el vino..., y se iría  encantado a almorzar con su paisano a la Rue des Bouchers, donde se tomarían (para suplir el caldo berciano, la empanada y aun el botillo) una paella o tal vez mejillones con patatas fritas (los famosos moules frites), y luego se irían a tomar una cerveza a un bar gótico, como no podía ser de otro modo. Elegirían un bar próximo a la Grand-Place, Le Cercueil (El ataúd), cuyas mesas son ataúdes, y pedirían unas cervezas (al menos un par cada uno, ya puestos a darle a trinque), eso sí Denominación de Origen, o sea belgas, unas Kriek, que a Gil le sabrían inevitablemente a cereza de Rimor o a cualquier otro punto de la geografía del Bierzo pródigo en cerezas, habida cuenta de su afán por encontrar analogías y similitudes entre su tierra de origen y las tierras que visitara en Centroeuropa. Incluso tendrían tiempo para visitar al Niño Meón (Maneken Pis) así como los aledaños de la Gare du Nord, donde reina el ajetreo y un ambiente propio de la picaresca andante mediterránea.
Una imagen de Berlín en una visita de Manuel Cuenya.
Una imagen de Berlín en una visita de Manuel Cuenya.
 
Como tiempo vacacional, Gil se tomaría unos días de descanso en la bucólicas ciudades de Brujas y Gante, donde disfrutaría de sus encantos, además de visitar el puerto de Amberes, antes de emprender rumbo, vía ferrocarril, hacia los Países Bajos, que le causarían una grata impresión, sobre todo su paisanaje, comenzando su visita por el puerto de Rotterdam, luego La Haya (Den Haag) para finalizar su aterrizaje (es un decir) en Ámsterdam, la ciudad más lírica de Europa, que cuenta con un Barrio Rojo (luces de neones incluidas en la movida noche de movida amsterdamesa), que acapararía su atención, como la de cualquier turista/viajero/a, aunque le resultara un espectáculo esperpéntico, de Luces de Bohemia. Y, como devoto de los museos y el arte, Gil visitaría los museos de Van Gogh y el emblemático Rijksmuseum, en el que continuaría deteniéndose, como en su viaje decimonónico, ante la famosa Ronda de Noche del maestro Rembrandt. Y quizá se adentraría en el exótico Museo de la Marihuana y del Hachís (por pura curiosidad, nomás), eso sí, después de tomarse una infusión de hierbas en algún coffee shop (pongamos por caso en el Alí Babá). Su visita a esta colorida ciudad la remataría dando un paseo en bici (como hacen los viajeros y turistas incluso los ejecutivos/as holandeses/as) hasta las poblaciones de Volendam y Marken, donde probaría algún bocadillo de arenque y el queso de Edam, que no le recordaría, esta vez no, al queso de Veigadarte y se compraría unos zuecos (Klompen) como souvenir, que sí le harían rememorar las madreñas o galochas que utilizaran sus antepasados en la pequeña Compostela a orillas del Burbia. Antes de abandonar Holanda (Nederland) se acercaría a la pintoresca Arnhem, donde vería unas casas con techo de paja que le traerían a la memoria las pallozas de Campo del Agua.

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https://www.intecca.uned.es/portalavip/grabacion.php?ID_Grabacion=168669&ID_Sala=3&hashData=e041ed5c2822ed1c47899dfacf0e9eb8&paramsToCheck=SURfR3JhYmFjaW9uLElEX1NhbGEs 
(Exposición en la Uned)

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