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sábado, 14 de septiembre de 2013

En la ciudad charra

Vuelvo a la ciudad charra, ya como un ritual, como una ceremonia, eso sí sin solemnidad, pero con mucha voluntad, algo que hago desde hace años, salvo cuando viviera fuera del país, ¿de cuál? Pues de este mismo, la España de la coña y el olé torero. Así, torera y charra ("qué charro o charra estás", te solían decir antaño, cuando te salías de madre), se muestra la Salamanca de río de cauce ancho y hechuras de ciudad juerguista, universitaria, estudiantil, donde nacieran,  entre otros muchos ilustres e ilustrados, al polifacético Torres Villarroel, catedrático de la universidad y discípulo que fuera de Quevedo.
Torres Villarroel

Tiene la ciudad, a orillas del Tormes, algo que me cautiva y me hace regresar a ella, al menos una vez al año, que no hace daño, antes al contrario. Pero me encuentro con una ciudad que ya no es aquella de mi época universitaria, qué tiempos aquellos, cuánta añoranza y cuánta belleza sentida y saboreada. 


No creo que ningún tiempo pasado fuera mejor, salvo porque uno tiende, a través de la fabulación, a idealizarlo. Cada época tiene su aquel (que se dice ahora). Cada tiempo tiene su encanto. Y Salamanca lo sigue teniendo, aunque no sea, nunca más, la que conociera a finales de los ochenta y principios de los noventa. Una ciudad que lo es todo gracias a su universidad, en torno a la cual gira la movida festiva, académica, mundana. La movida de estudiantes, llegados, muchos, de todos los puntos de la geografía nacional y aun internacional. Gringos, chinos, japoneses, europeos con posibles (entre ellos los erasmitos)..., amén de otros muchos y muchas, nutren la fauna salmantina, en sus noches de blanco satén en bares-museo (al menos algunos, como el Moderno, el Camelot, La posada de las ánimas...). ¿Pero qué sería de esta ciudad, con aires de poblachón, sin su universidad? Pues un bonito pueblo grande en su centro histórico, monumental y luminoso, tocado por una luz especial, reflejada en su piedra carnosa. 


La Celestina en Huerto de Calixto y Melibea
Cada vez, que vuelvo a Salamanca, tengo el sentimiento de estar desbordado por tanta belleza y tanta nostalgia, una emoción que me sumerge de lleno en el síndrome de Stendhal o algo tal que así. Me gusta caminar por los lugares de siempre, por sus sitios emblemáticos, como el huerto de Calixto y Melibea o su cueva nigromántica, por la calle La Latina, por tantos sitios, que me devuelven a una época pasada, que ya no es. Y me encanta contemplar el mundo, el tiempo, desde la atalaya del campus, donde está ubicada la Facultad de Químicas, mirar al horizonte en busca de la caída de la tarde, con su puesta de sol, con la mirada puesta en el discurrir del Tormes, que me hace fantasear con La Celestina y el Lazarillo. Siento, entonces, un espasmo, un sobrecogimiento, una sensación entre dulce y agria porque aquella Salamanca, que conociera en mis tiempos mozos (qué cosas) ya no es, porque uno ya es otro, con su mirada, acaso menos inocente, nada virginal, colonizada por tantas imágenes, por tantas vivencias, por tantos mundos y ciudades recorridos (bueno, no tantos, tampoco hay que exagerar). 


El toro como símbolo de la ciudad charra, en la Calle Azafranal
El mi última y reciente visita a la ciudad del Tormes re-descubro la ciudad, una vez más, saboreando un bocata de jamón ibérico (¿se puede decir de pata negra?) y un mini-hornazo (que es como nuestra empanada berciana), disfrutando del concierto de los Corizonas en la Plaza Mayor, donde los turistas se tuestan al sol, como lagartos, bajo sus terrazas, mientras le guiño un ojo a la rana de la fachada de la universidad, y le saco una foto al astronauta que figura en la fachada de la catedral, enhechizado por el conejito de la suerte (creo), en esta misma fachada, en la que nunca antes había reparado (cuánta fachada me ha salido por la entrevena, santo cielo). 
San Juan de la Cruz

Plaza Mayor 
Cada visita a la ciudad torera, con aroma a pata negra, es una nueva ocasión para religarse, siempre desde el afecto y la añoranza, con esta matria inolvidable. Volveré.  

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