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martes, 19 de febrero de 2013

Ampuero y otros molinos



Molín de Ampuero
Recupero este texto, de aquella mi época en la que no sólo hacía fraguas sino molinos o molines. Hace unos días, en excelente y afectuosa compañía, me adentraba, con una nieve considerable, en la zona de los molinos del barrio de Vega, de Noceda del Bierzo, mi útero, y descubrí, con curiosidad, que el molín de Ampuero está arreglado, o mejor dicho, lo están restaurando. Un lugar estupendo para cantarle a la vida y al amor, y festejar, a ritmo de whisky Jack Daniel's, que el paisaje, en este caso nevado, es memoria afectiva, calor, reino para arrumacarse. Una maravilla, o sea. Y en primavera, cuando florezca la naturaleza, volveré para sentarme a contemplar el fluir del tiempo, el río, el agua que corre de una fontanina colocada a la entrada del molín.
                    

           
Desde la zona de Ampuero, Noceda del Bierzo
            Como hiciera con La Fragua de Furil  hace algún tiempo, hoy me apetece adentrarme en El Molín Ampuero, y aun en otros molinos que en el mundo hay,  tal vez con el fin de triturar algunas palabras cual si fueran granos de trigo. Espero, al menos, obtener fariña con que amasar mis “croissants” o cuernecillos  de desayuno lingüístico. Es un gustazo darse un desayuno con estos panecitos. Qué os aproveche,  también a vosotros .


            Por supuesto, El Molín Ampuero o de Ampuero no lo eligí al azar. La casualidad, en este caso, antes se hizo causalidad. Todo, o casi todo, tiene una explicación. Y este molín la tiene, porque es para mí como un emblema de recuerdos y añoranzas. Una vez más, molín -al igual que fragua- me parece un nombre muy hermoso, ciertamente proverbial, que hace referencia a todo aquello que trasforma materiales. Y el molino los convierte en alimentos. Lo cual es maravilloso. Pues en un molino se machacan granos de trigo y centeno, amén de otros granos, cereales de indudable valor nutritivo. La comida, y el pan en especial, es uno de mis placeres. A qué tontuelo le amarga un pan de dulce.


            La palabra molino es legendaria, lírica, muy literaria. Me hace recordar la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento que viviera Don Quijote. El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha, dicho sea de paso,  es como una gran biblieteca, donde uno acaba hallando lo que busca.   

Cuando visité por primera vez Campo de Criptana me quedé alucinado. Me parecía extraordinario ver a aquellos gigantes blancos moviendo los brazos en medio de un lugar, de cuyo nombre sí quiero acordarme. 


            Ampuero es en la actualidad un molino en estado calamitoso, destartalado, situado en La Veiga, en Noceda del Bierzo. Es una lástima que este molino, y aun otros más, no hayan sido restaurados. El Molín de Ampuero forma parte de un conjunto de tres molinos a orillas del río Noceda (en el barrio de Vega). Sólo uno de ellos sigue en funcionamiento. También en el barrio de Río hay otros tres molinos, alguno restaurado y utilizado por los vecinos. Espero que algún día se puedan recuperar todos estos molinos en bien del caudal artístico y/o artesanal berciano.  


            Confieso mi debilidad por los molinos, ya sean de agua o de viento. Me gustan los molinos y los países como Holanda,  Bélgica o Dinamarca, donde te puedes topar con estos monumentos en cualquier sitio, sobre todo en Holanda. A decir verdad, este es uno de mis países preferidos de Europa, quizá porque es tierra de molinos. Hay lugares como Zaanse Schans -cerca de Ámsterdam- donde al visitante podrían confundirlo con un molino o molen. Desde Ámsterdam se puede llegar a Zaanse Schans  dando un peseíto en bici.


            Al estilo de Alphonse Daudet, con sus fascinantes Lettres de mon Moulin, me encantaría transmitiros la pasión que tengo por los molinos. Daudet, que era un bohemio y acabó estirando la pata a resultas de una sífilis, llegó a comprar un molino, en Fontvieille, cerca de Arles, en 1864. Un molino de viento y de harina -tal y como consta en estas cartas de Daudet-, en pleno corazón de  Provenza, y  que en la actualidad está considerado como monumento histórico. Daudet era un enamorado de las costumbres y tradiciones populares. 


            En Francia, y en concreto en París, hay  molinos preciosos y archiconocidos como El Moulin Rouge, en Pigalle, o Le Moulin de La Galette, en Montmartre. Y aun otro -con la inscripción Halte Vieux Moulin- que recuerdo haber visitado en la periferia parisina.


            El Molín Rouge -lugar distinguido de Cancán y de Mistinguette-  es un símbolo de diversión y  voluptuosidad, y en tiempos sirvió de cuna y tumba pictórica a tipos como Toulouse-Lautrec, que vivió por y para este rojo antro de perversiones, cuando aún tenía algo de antro y los artistas eran auténticos bohemios. 

Hoy El Molino Rojo es un cabaret de lujo, al que uno debe ir vestido de frac y pajarita y con la visa en los dientes. El dinero en París es tu mejor carta de presentación. De lo contrario no te dejan asomarte a la puerta. 

Me quedo con otros molinos más humildes, como el de Ampuero, aunque ya sólo permanezcan unas paredes en pie.

           

           



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