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miércoles, 25 de julio de 2012

Temperatura afectiva

Ahora que el calor nos envuelve y las llamas achicharran nuestros horizontes, con tramontanas soplando con fuerza en Cataluña y aun en otros lugares, me apetece darme un revolcón en la temperatura afectiva adecuada. Bucear en los procelosos mares de lo afectivo. Qué emocionante. 

Lo importante no es, como muchos y muchas creen o pudieran creer, la temperatura ambiental. Soportar 50º o -30º. Al sol o a la sombra. "Vete por la sombra", suelen decir algunos paisanines. De lo contrario, obvio es, habría gente que jamás viviría en Islandia, Groenlandia, ni en la Siberia rusa... ni siquiera en los desiertos, en ningún clima extremo, en definitiva. 

Me lo dijo hace tiempo una berciana, que ahora debe andar por La Mancha. "La verdad es que no logro adaptarme a ese clima", me dijo. "`Pues, qué quieres que te diga, chiquilla -le respondí categórico- lo que importa es que encuentres la temperatura afectiva adecuada, tu clima afectivo, porque lo demás son pamplinas". Creo que la maté, o algo tal que así. Y tampoco sé si le parecí un loco de la vida. Pero se lo dije convencido y a la buena fe, claro está. 

A medida que uno crece, comienza a darse cuenta de que lo único verdaderamente importante, esencial para vivir, es encontrar tu lugar en el mundo, esa temperatura afectiva que nos permite disfrutar. Necesito vivir de afectos y lo más despierto posible. Sólo así, creo, se puede andar compuesto por la vida. Uno puede vivir en La Mancha o en la sierra Tarahumara, en el útero de Gistredo o en Vancouver, en la Patagonia o en Tokio, pero lo único que merece la pena es encontrar ese espacio o envoltorio afectivo. 

Incluso los psicópatas y descerebrados, recluidos en un centro penitenciario, necesitan tantito de amor (bueno, no estoy del todo convencido) para sobrellevar la pesada carga existencial. Y ahora que estoy metido en harina, lo mejor que a uno le puede ocurrir es amar y ser correspondido. Es el tope. Lo sublime. "A tope", que diría José Luis Prada. 

Por eso entiendo ahora, mejor que nunca, a aquellos emigrantes que se iban a las Américas (incluso a las Europas entonces desarrolladas) en busca de pan, y cada vez que podían regresar a su espacio afectivo, a su matria, a su terruño impregnado de familiaridad, se sentían como levitando, en éxtasis permanente, porque encontraban sin duda su temperatura afectiva adecuada.  

No hay más que ver a esos españolitos y españolitas que salen por el mundo "alante", algunos de los cuales acaban encontrando sus espacios afectivos porque dan con sus parejas y a partir de ahí nacen sus retoños. Arraigo cuasi definitivo a la tierra que sea. 

Ni que decir tiene que el espacio afectivo adecuado, el clima que a uno le viene bien, no siempre coincide con su lugar de nacimiento, ni con aquellos sitios de infancia (aunque suelen ser los lugares más comunes y tópicos) sino con el lugar en el mundo donde está la temperatura afectiva que uno desea o siente con toda su alma. Un amor de verdad, una familia, de verdad, unos amigos y amigas, de verdad. Eso mismo: la temperatura afectiva "perfecta". 

1 comentario:

  1. Cuanta razón. La búsqueda de la temperatura afectiva adecuada...al final somos nosotros los que creamos el clima propicio.

    Un abrazo, Eduardo

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