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lunes, 25 de octubre de 2010

São Martinho de Anta, la tierra de Torga

Cafetería Central
Pronunciar São Martinho de Anta es hablar, cómo no, de la matria, del útero de Miguel Torga, uno de los más grandes escritores que ha parido Portugal, país querido y añorado, por el que siento verdadera devoción.

Plaza de Sao Martinho de Anta

Miguel Torga, seudónimo de Adolfo Rocha, es un Oliver Twist que viajó siendo niño al Brasil, y rodó por el mundo "alante": Mozambique, Angola, entre otros lugares, tal como él mismo nos cuenta en sus memorias,  véase o mejor dicho léase La creación del mundo. Nuestro vagamundo tuvo la fortuna de ser apadrinado por un tío suyo para que cursara estudios de medicina en la Universidad de Coimbra, ciudad en la que ejerció como médico.

No en vano,  mi último y reciente viaje por Trás-os-Montes (nombre que me invita a soñar despierto y me traslada a un más allá fantástico) lo concebí, fundamentalmente, para sentir las huellas literarias de Torga en su tierra natal, São Martinho, localidad perteneciente al Concello de Sabrosa, y próxima a Vila Real.


Negrillo y busto de Torga
Casa natal de Torga
Con el Trás-os-Montes (de nuestro querido paisano Julio Llamazares), bajo el brazo, y los sentidos abiertos a nuevos horizontes, me encaminé por las veredas del mito, convertido en logos literario, en busca del espíritu de Torga, que encontré en todo el pueblo. Un espíritu de calma, de sosiego y buenas vibraciones me envolvieron y me hicieron creer de lleno en las palabras sanadoras, en la memoria literaria, en su escritura autobiográfica y esencial.


Iglesia de Sao Martinho
Llegué a sentir su presencia bajo el negrillo o negrilho y su aroma en una taza de café y aun en un cigarrillo de liar, sentado en un banco de la plaza del pueblo, amorosado y en compañía de una sensual, sensible y perceptiva dama en la cafetería Central. Un café, 0,50 céntimos. Qué gusto. Y qué felicidad. Es como si su lugar de nacimiento me estuviera pidiendo que me quedara, que sintiera, con gusto, la verdadera talla humana y literaria de su figura, un tanto alejada de saraos y bullicios altaneros. Instantes de placer, que luego se traducirían en una especie de quietud estoica, mientras contemplaba, bajo un pino y a la entrada del cementerio (en el centro- izquierda), su humilde tumba, sobre la que reza su inscripción de Nacimiento y Fallecimiento, aparte de unas flores y un libro, y en la que también se encuentra su mujer, Andree, de origen belga, como me dijera un paisano, vecino del pueblo, al preguntarle por su casa.

Incluso el cementerio, con una luz como irreal y anubarrada, acaso repleta de arcángeles terrenales, me sedujo. Al igual que su iglesia, que por momentos me hizo viajar al Méjico colonial. Tras la iglesia, se halla el camposanto. Eran las tres pasadas -harto tarde para comer en Portugal-, y de repente, a pesar de tanta espiritualidad, me dejé caer en la tentación de llevarme alguna vianda a la boca, encontrando, por fortuna, un sitio apropiado, que en forma de cocido a la portuguesa, me hizo sentir, una vez más, feliz.

Nunca podré olvidar aquel día, aquella tarde, rebosante de vides, con el cielo teñido por el alma de Torga y nubes sugerentes, y un aire saludable y transparente. "Sí, esta es la casa de Torga", me respondió el vecino de la localidad, "permanece cerrada desde que falleciera el escritor y su mujer, que era belga, aunque de vez en cuando vine su hija, que vive en Coimbra".

Hoy, al recordar mi viaje al pueblo de Torga, me siento como un niño que aún tuviera todo el pasado por delante, incluso un futuro lleno de ilusiones.

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