Dalí, con su singular mostacho y controvertido por su ideología facha (lo que quería en realidad es vivir bien, al margen de ideologías, le interesaba sobre todo la guita, Avida Dollars, así le llamaba el surrealista Breton) me lleva hasta Cadaqués, donde aparece fotografiado, en una de sus playas, junto a sus amigos Buñuel y Lorca (eso me recuerda mi amigo Javi).
Cadaqués como el pueblo más bonito del mundo, llegó a decir el gran Salvador, desde su chovinismo. Al menos, el pueblo más bonito del Mediterráneo, como dijera el bueno de Pla, el gran viajero payés, ampurdanés, y buen conocedor de esta tierra, a la que dedicara varios textos.
Sea como fuere, sorprende la belleza de Cadaqués por su luz, bien pictórica, por su blancura inmaculada y su bahía, por ese exotismo paisajístico, sureño, poblado de olivos y nopalitos.
Por momentos, desde mi paranoia crítica (contagiado por Dalí) he creído viajar al Cabo de Gata almeriense.
En realidad, el Cap de Creus es árido, mineral y planetario, como dijera el propio genio de Figueras.
Si es que al final nos parecemos más de lo que creemos, incluso en nuestros paisajes, también humanos, por supuesto.
Cadaqués en su día debió de ser un paraje idílico, lo sigue siendo, aunque ahora atestado de turistas, a pesar de que la carretera, con curvas y más curvas, harto estrecha, algo tercermundista, no ponga fácil el acceso desde Roses hasta Cadaqués.
Si bien Roses o Rosas es otro bello pueblo, en Ampuriabrava (que si llegara a visitar hace casi treinta años, de la mano de mi amiga Teia) queda relativamente cerca de Cadaqués.
Desde Cadaqués está a tiro de piedra el escondido y mágico lugar de retiro de Dalí y su musa Gala, el mítico Port Lligat, donde sigue en pie la casa de esta pareja feliz y romántica, que viviera allí hasta la muerte de Gala, a partir de la cual Dalí se volvió, esta vez sí, completamente ido de la realidad. Y se murió ya en vida.
Bajo un sol justiciero, uno se trepa hasta Port Lligat como si caminara por el monte crístico de los olivos (otra paranoia crítica) para luego encarar la bajada hacia ese pueblo de fantasía, hacia esa cala crepuscular, que el mago convirtiera en universal, adonde viajaran artistas de todo el mundo, incluido el magnífico pintor Pitxot, quien fuera, aparte de amigo y colaborador de gran artista Dalí, vicepresidente de la Fundación Gala Dalí.
En Port Lligat Dalí conoció a su otra musa Lidia, la pescadora.
La casa de Dalí-Gala es santuario de peregrinaje de propios y extraños, lo que le acaba restando encanto.
Todo o casi todo acaba perdiendo su sacralidad en este mundo nuestro. Todo parece hecho para el consumo. Si ya lo decía el propio Dalí, la belleza será comestible o no será. Todo acaba siendo comestible. También el azul celeste fundido con el marino son comestibles.
Me gustó saberme en la tierra del genio catalán, a quien también le entusiasmaba la estética nazi (a un loco se le perdona casi todo, menos haberse portado mal con su colega Buñuel, eso no me hace ninguna gracia, porque siento reverencia asimismo por el realizador de El ángel exterminador). Y hasta hacerme una fotina con su estatua en Cadaqués, costa que incluso aparece en una secuencia de Un perro andaluz y creo recordar que también en La edad de oro de Buñuel. Esta segunda peli del cineasta de Calanda se rodó en los acantilados del Cap de Creus.
Seguiré tras las huellas del Salvador del arte moderno, el hombre que quiso ser Dios y parecerse a los artistas clásicos. A Velázquez y Vermeer, entre otros. Con influencias del Bosco (quien fuera precedente del surrealismo) y del esperpento de Valle Inclán, como me recuerda la poeta y narradora María José Prieto. Pero él era único e irrepetible.
La próxima vez visitaré Vilajuïga, el monasterio benedictino de San Pedro de Roda y Port de la Selva, lugares que me recomienda la pintora Ángela Merayo.
Volveré a releer su Diario de un genio y su vida secreta.
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miércoles, 14 de agosto de 2019
viernes, 9 de agosto de 2019
Figueras, la tierra de Dalí
Después de olisquear Barcelona me allegué a Figueras (por fortuna, luego de la visita de Figueras, Cadaqués, PortLligat y Girona, volví a la capital catalana).
Figueres/Figueras es la tierra natal del genio Dalí donde estuviera hace ahora cerca de treinta años (en el año de 1993, me hace recordar mi amiga catalana Teia, que ahora vive en Andorra), en una escapada que hiciera desde la France, donde residía en aquella época de juventud, en un viaje Inter-Raíl. Entonces, era joven y delgado. Y con mucha energía. Cómo pasa el tiempo, santo cielo. Si ya me han caído, por encima el llombo (este palabro también lo decimos en mi útero) 52 taquitos (taquitos al pastor, que dicen en México, bueno, en lo referente a la comida).
Todo gira en torno a este genio del siglo XX, cuya figura y obra me encantan.
Figueras es toda ella Dalí, al menos para mí, con su museo teatro, que es puro arte. Puro surrealismo. Porque el surrealismo era este tipo excéntrico, loco como una cabra. Y lúcido como un dios. Su figura es apasionante. Y su obra enorme. De una calidad excepcional. Una genuina factoría. Pues contaba con todo un elenco a su servicio, sin duda. Lo que no le resta genialidad. Una factoría como Disney (también uno llegó a ser cast member de este Reino).
Con Disney llegó a trabajar Dalí en un proyecto titulado Destino, un cortometraje inconcluso, de gran belleza, como todo lo que hacia este loco cuerdo. Porque en su caso la belleza es comestible.
Ahí están sus huevos, que no son sólo decorativos, sino simbólicos, y sus panes (sus panes y sus peces multiplicados, es un decir, acaso bíblico), y sus langostas, iconos gastronómico-artísticos, que representan su obra.
Un todoterreno del arte, gran pintor, buen escultor, ingenioso escritor, brillante escenógrafo, guionista delirante, un dibujante buenísimo, capaz de reproducir a su musa Gala cual si se tratara de una foto en alta definición, capaz de reproducir la realidad y la hiperrealidad, o mejor dicho, la surrealidad, el mundo onírico (sentía fascinación por Freud, por el mundo de los sueños, por el psicoanálisis). Por eso quiso inventar el método paranoico crítico.
Asimismo, se sentía atraído por el mundo de la física (por la mecánica cuántica y el principio de incertidumbre), por la matemática (en concreto la teoría de las catástrofes del francés René Thom).
Dalí estaba obsesionado con la antimateria y la relatividad de Einstein (con su homenaje de la persistencia de la memoria y ese queso Camembert derretido en forma de reloj, el queso es otro de sus iconos gastronómico artístico).
Decía que el centro del universo estaba en la estación de trenes de Perpignan/Perpiñán. Pero podría estar en Figueras. O en Cadaqués, que quedan cerca de Perpignan.
Cadaqués y PortLligat me esperan.
Dalí y su museo teatro es una hermosa obra de arte surrealista. Con su torre Galatea. Y ese cadillac a la entrada. Y esa cúpula geodésica. Y todas sus esculturas y sus joyas (fue también diseñador de joyas) y sus cuadros. Y ese sofá labios de la actriz Mae West (el rostro de Mae West convertido en apartamento) y ese dromedario jirafa. O esos elefantes jirafa (otra obsesión). O el rinoceronte, con su cornamenta, que parece tomado de un cuadro de Duero (uno de sus maestros espirituales). Al igual que lo fueron Velázquez.
Y Vermeer de Delft. Y Millet y su Angelus. La barra de pan (la baguette) sobre la cabeza de una mujer despechada (era un fetichista y voyeur) y sobre la baguette de pan una reproducción de los labradores del Angelus de Millet, que ya aparece también en Un perro andaluz, mediometraje con el que Dali colaborara.
Lástima que el genio de Figueras no se portara bien con Buñuel, que era un cineasta extraordinario. Otro genio. Esencialmente surrealista.
La relación entre Dalí, Lorca y Buñuel resulta fascinante. Se conocieron en la mítica Residencia de Estudiantes madrileña. Toda una institución.
El estudio que les dedica Agustín Sánchez Vidal es magnífico. Tres personalidades arrolladoras. Grandísimos artistas. Cada uno en su terreno. Al parecer, Lorca era el más iluminado del trío calavera. Pero por desgracia lo asesinaron muy joven. Pobre Lorca. Y a Buñuel no lo fusilaron de milagro, porque anduvo muy espabilado. Y tenía la mosca tras la oreja.
Si bien es cierto, Dalí le daba a todos los palos, desde el pictórico al literario o cinematográfico.
Su museo teatro en Figueras es una Capilla Sixtina del arte moderno, él que tanto influyera en el pop art, él que tan buen publicista fuera. Y tan estupendo diseñador. Y escenógrafo en películas como Spellbound (Recuerda, titulada así en español), dirigida por el mago del suspense Hitchcock.
El marqués de Púbol está enterrado en el museo teatro de Figueras (aunque él quería ser enterrado con su musa y mujer Gala en el castillo de Púbol).
Gala (que antes fuera la mujer del poeta francés Paul Eluard) era todo un personaje, sin la cual Dalí se hubiera vuelto rematadamente loco, tanto es así que, tras la muerte de su inspiratriz, el genio del mostacho se murió literalmente en vida. Entró en un túnel del cual ya nunca salió hasta su muerte.
Figueres/Figueras es la tierra natal del genio Dalí donde estuviera hace ahora cerca de treinta años (en el año de 1993, me hace recordar mi amiga catalana Teia, que ahora vive en Andorra), en una escapada que hiciera desde la France, donde residía en aquella época de juventud, en un viaje Inter-Raíl. Entonces, era joven y delgado. Y con mucha energía. Cómo pasa el tiempo, santo cielo. Si ya me han caído, por encima el llombo (este palabro también lo decimos en mi útero) 52 taquitos (taquitos al pastor, que dicen en México, bueno, en lo referente a la comida).
Todo gira en torno a este genio del siglo XX, cuya figura y obra me encantan.
Figueras es toda ella Dalí, al menos para mí, con su museo teatro, que es puro arte. Puro surrealismo. Porque el surrealismo era este tipo excéntrico, loco como una cabra. Y lúcido como un dios. Su figura es apasionante. Y su obra enorme. De una calidad excepcional. Una genuina factoría. Pues contaba con todo un elenco a su servicio, sin duda. Lo que no le resta genialidad. Una factoría como Disney (también uno llegó a ser cast member de este Reino).
Con Disney llegó a trabajar Dalí en un proyecto titulado Destino, un cortometraje inconcluso, de gran belleza, como todo lo que hacia este loco cuerdo. Porque en su caso la belleza es comestible.
Ahí están sus huevos, que no son sólo decorativos, sino simbólicos, y sus panes (sus panes y sus peces multiplicados, es un decir, acaso bíblico), y sus langostas, iconos gastronómico-artísticos, que representan su obra.
Un todoterreno del arte, gran pintor, buen escultor, ingenioso escritor, brillante escenógrafo, guionista delirante, un dibujante buenísimo, capaz de reproducir a su musa Gala cual si se tratara de una foto en alta definición, capaz de reproducir la realidad y la hiperrealidad, o mejor dicho, la surrealidad, el mundo onírico (sentía fascinación por Freud, por el mundo de los sueños, por el psicoanálisis). Por eso quiso inventar el método paranoico crítico.
Asimismo, se sentía atraído por el mundo de la física (por la mecánica cuántica y el principio de incertidumbre), por la matemática (en concreto la teoría de las catástrofes del francés René Thom).
Dalí estaba obsesionado con la antimateria y la relatividad de Einstein (con su homenaje de la persistencia de la memoria y ese queso Camembert derretido en forma de reloj, el queso es otro de sus iconos gastronómico artístico).
Decía que el centro del universo estaba en la estación de trenes de Perpignan/Perpiñán. Pero podría estar en Figueras. O en Cadaqués, que quedan cerca de Perpignan.
Cadaqués y PortLligat me esperan.
Dalí y su museo teatro es una hermosa obra de arte surrealista. Con su torre Galatea. Y ese cadillac a la entrada. Y esa cúpula geodésica. Y todas sus esculturas y sus joyas (fue también diseñador de joyas) y sus cuadros. Y ese sofá labios de la actriz Mae West (el rostro de Mae West convertido en apartamento) y ese dromedario jirafa. O esos elefantes jirafa (otra obsesión). O el rinoceronte, con su cornamenta, que parece tomado de un cuadro de Duero (uno de sus maestros espirituales). Al igual que lo fueron Velázquez.
Y Vermeer de Delft. Y Millet y su Angelus. La barra de pan (la baguette) sobre la cabeza de una mujer despechada (era un fetichista y voyeur) y sobre la baguette de pan una reproducción de los labradores del Angelus de Millet, que ya aparece también en Un perro andaluz, mediometraje con el que Dali colaborara.
Lástima que el genio de Figueras no se portara bien con Buñuel, que era un cineasta extraordinario. Otro genio. Esencialmente surrealista.
La relación entre Dalí, Lorca y Buñuel resulta fascinante. Se conocieron en la mítica Residencia de Estudiantes madrileña. Toda una institución.
El estudio que les dedica Agustín Sánchez Vidal es magnífico. Tres personalidades arrolladoras. Grandísimos artistas. Cada uno en su terreno. Al parecer, Lorca era el más iluminado del trío calavera. Pero por desgracia lo asesinaron muy joven. Pobre Lorca. Y a Buñuel no lo fusilaron de milagro, porque anduvo muy espabilado. Y tenía la mosca tras la oreja.
Si bien es cierto, Dalí le daba a todos los palos, desde el pictórico al literario o cinematográfico.
Su museo teatro en Figueras es una Capilla Sixtina del arte moderno, él que tanto influyera en el pop art, él que tan buen publicista fuera. Y tan estupendo diseñador. Y escenógrafo en películas como Spellbound (Recuerda, titulada así en español), dirigida por el mago del suspense Hitchcock.
El marqués de Púbol está enterrado en el museo teatro de Figueras (aunque él quería ser enterrado con su musa y mujer Gala en el castillo de Púbol).
Gala (que antes fuera la mujer del poeta francés Paul Eluard) era todo un personaje, sin la cual Dalí se hubiera vuelto rematadamente loco, tanto es así que, tras la muerte de su inspiratriz, el genio del mostacho se murió literalmente en vida. Entró en un túnel del cual ya nunca salió hasta su muerte.
miércoles, 7 de agosto de 2019
De la ciudad de León a la Barcelona de Gaudí
Cabe recordar que el Alvia, aun alcanzando una buena velocidad, se para en varios sitios: Palencia, Burgos, Miranda, Vitoria, Pamplona... Zaragoza, Lleida... hasta alcanzar Barna, donde me esperan, con los brazos abiertos, mis sobrinos Mery e Iván, con su niño Nil, que es mi sobrinín nieto, un amor de crío, inteligente y tierno. Me encantó verlo/verlos. Nil me contagió su vitalidad.
Desde Sants nos encaminamos, vía Diagonal, a Sant Joan Despi, que es como la periferia de la Gran Barna, aunque sea Ayuntamiento (cuántos ayuntamientos, santo dios).
Agradezco su generosidad.
Además, eso me permitió descansar bien en un día de mucho calor, que uno no está habituado a esas calorinas, con tanta humedad.
Ahora que lo pienso, el Bierzo entero, incluida la olla ponferradina, es una maravilla incluso en verano, porque se duerme a gustito.
Al día siguiente, bien descansado y repuesto, me dirijo otra vez a Sants, pues mi deseo es allegarme a Figueras, la tierra natal de Dalí (de esto espero dar cuenta en el siguiente post o entrada en este blog).
No obstante, encuentro tiempo para darme una vueltina por los alrededores. Y aun acercarme a Plaza España, con sus características torres venecianas, que sirvieran de entrada a la expo de 1929. De vez en cuando conviene echar la vista a la historia.
Torres venecianas, así se les dice, por su parecido con el campanile o campanario de San Marcos de Venecia, ciudad que me deslumbrara y aun me emocionara la primera vez que la visitara, paseo en góndola incluido, que es como navegar en un ataúd, eso sí con música, por los canales de un mar que huele algo putrefacto.
Recordaba estas torres, incluso en mi primera visita rápida a Barcelona, allá por el 88, en un viaje precisamente a Italia (con la ciudad de Venecia, entre otras, como destino).
Recordaba estas torres, incluso en mi primera visita rápida a Barcelona, allá por el 88, en un viaje precisamente a Italia (con la ciudad de Venecia, entre otras, como destino).
Lo que no recordaba es la plaza de toros o Las Arenas, de estilo neo-mudéjar, que ahora (desde hace unos años) se ha reconvertido en un complejo comercial y cultural, de ocio. Con buenas vistas, al parecer, desde sus azoteas. Pero no me subí y ni me adentré en este edificio. Otra vez será. En cambio, eché la vista hacia Montjuïc. Y asomé el pescuezo al Paral.lel o Paralelo, que otrora era arteria con mucha movida nocturna. Sirva todo este preámbulo para introducirnos en una ciudad que ha sido/es una potencia en nuestro país de paisitos. Y que a lo largo de los años ha acogido a multitud de personas llegadas desde diferentes puntos de la geografía española. Y aun de otros países. Como es el caso de Mónica.
En la actualidad, Barna es una mixtura de etnias y culturas. No hay más que darse un paseo por barrios como el Raval (con su gato gigante). Y aun otros barrios.
Una ciudad que tanto me hace recordar a París, al menos en sus espaciosas y arboladas avenidas (como la Diagonal, la Gran Vía, Meridiana o Aragón/Aragó).
Dicho sea de corrido, me alojé en la céntrica Avenida Aragó, 291, a unos pasitos del passeig de Gràcia y de la casa Batlló, que es uno de los iconos del genio catalán y universal Gaudí, con quien estamos o deberíamos estar familiarizados los leoneses, pues este singular arquitecto dejó su impronta asimismo en la ciudad de León con la casa Botines y en Astorga con el palacio episcopal. Incluso en la bella Comillas con El Capricho.
Barna es un poco París ("la pequeña París", le dicen), en la estética de sus edificios, que tanto le deben al modernismo de Gaudí.
Una ciudad apasionante para un arquitecto.
Barna es un poco París (con Arco de Triunfo incluido) y también un poco Ámsterdam (ha querido imitar el modelo de carril de bicis). Y todos esos clubes de cannabis, que serían equivalentes a los coffee shop de la lírica ciudad holandesa, por la que siento tanto cariño. Y que he visitado en muchas ocasiones.
También Barna cuenta con su archifamoso Bagdad (carrer Nou de la Rambla) y su museo erótico en las Ramblas (animadas día y noche, con mucho listo ojo avizor en busca de algún pardillo turista al que birlarle la billetera) y aun un museo del has y la marihuana, a imitación del de la ciudad holandesa.
Barna también cuenta con muchas y bellas fuentes, decorativas y para tomarse un trago, como Roma. Y en determinados lugares del barrio de Gracia tiene un aire con el madrileño barrio de Malasaña. O eso me pareció en un paseo en compañía de Ana y de Mónica. Y luego tomándonos una cerveza en una plaza de cuyo nombre no me acuerdo.
Una ciudad que, en otro tiempo, diera la espalda al mar (grave error). Y que ahora ha integrado el mar en su vida. La Barceloneta, toda la zona portuaria y marítima, playera, está divina. Divina de la vida, porque Barcelona es una mirada al mar. Y aun otra a la montaña, al Tibidabo (conocido por su parque de atracciones), desde donde se puede contemplar la ciudad Condal en todo su esplendor, incluso el aeropuerto del Prat (en el que estuve hace dos años con motivo de un viaje que hiciera a Sicilia, Madrid-Barna-Palermo).
Inolvidables las vistas desde las faldas del Tibidabo. Desde esas alturas da la impresión de que no fuera una ciudad tan grande en extensión, sobre todo a lo ancho. Pero la vista engaña. Y, cuando uno desciende a sus entrañas, se da cuenta de su magnitud, de su envergadura.
Barcelona es una olla. Eso me cuenta Toni (también el Bierzo es una gran olla, me apetece recordar). Una olla en la que se cuece uno en verano, a resultas del calor y la humedad. Una olla en la que se cuecen muchos y exquisitos platos, de diversas culturas. La gastronomía catalana tiene fama, es muy buena (visita de rigor el mercado de la Boquería).
Inolvidables son también las vistas desde Montjuïc. Lástima que no viera el espectáculo de luces.
Ni el cementerio, donde están enterrados por ejemplo los anarquistas leoneses Buenaventura Durruti y Ángel Pestaña (nacido en Santo Tomás de las Ollas, al lado de lo que hoy es el campus de Ponnferrada), o el poeta José Agustín Goytisolo, que me cautivó cuando leí por primera vez Palabras para Julia. Bellísimo y reflexivo poema que han musicalizado desde los Suaves hasta Paco Ibáñez.
Y estupendas son también las vistas panorámicas desde el parque Güell, que diseñara el genio Gaudí, por quien también siento devoción. Y es que Gaudí dejó su gran huella en Barna, con esas casas museo como la ya mencionada Batlló o bien la Pedrera. Amén de algún edificio más. Y por supuesto la fascinante Sagrada Familia, que es como una mezquita arborescente y católica, donde los ateos nos quedamos deslumbrados ante tamaña belleza.
Una Sagrada Familia que también me hace recordar las estalactitas y estagmitas de la cueva de Valporquero.
Y cómo no las rocas fungiformes, las chimeneas de hadas de la Capadocia. Aproximaciones a Gaudí en Capadocia, como nos recordara el gran Juan Goytisolo, quien por cierto era barcelonés y ramblero, sempiterno rompesuelas, incansable viajero al corazón de la cultura islámica.
Gaudí nunca estuvo en la Capadocia, que se sepa, pero sí en Marruecos, que pudo haber sido su gran inspiración. Y hasta da la impresión de que hubiera conocido el valle de Göreme (Patrimonio de la Humanidad).
No obstante, Gaudí, cuya inspiración encontró en la propia naturaleza, es probable que también se inspirara en sus paisajes familiares, en su Cataluña del alma (en Baix Camp, aseguran algunos estudiosos).
Me siento entusiasmado con la Barcelona de Gaudí. Y por supuesto con el pluricultural barrio del Raval, que vibra a ritmo hindú y magrebí.
Todos y nadie somos extranjeros en esta animada y ahora calurosa ciudad de ciudades.
En la actualidad, Barna es una mixtura de etnias y culturas. No hay más que darse un paseo por barrios como el Raval (con su gato gigante). Y aun otros barrios.
Una ciudad que tanto me hace recordar a París, al menos en sus espaciosas y arboladas avenidas (como la Diagonal, la Gran Vía, Meridiana o Aragón/Aragó).
Dicho sea de corrido, me alojé en la céntrica Avenida Aragó, 291, a unos pasitos del passeig de Gràcia y de la casa Batlló, que es uno de los iconos del genio catalán y universal Gaudí, con quien estamos o deberíamos estar familiarizados los leoneses, pues este singular arquitecto dejó su impronta asimismo en la ciudad de León con la casa Botines y en Astorga con el palacio episcopal. Incluso en la bella Comillas con El Capricho.
Barna es un poco París ("la pequeña París", le dicen), en la estética de sus edificios, que tanto le deben al modernismo de Gaudí.
Una ciudad apasionante para un arquitecto.
Barna es un poco París (con Arco de Triunfo incluido) y también un poco Ámsterdam (ha querido imitar el modelo de carril de bicis). Y todos esos clubes de cannabis, que serían equivalentes a los coffee shop de la lírica ciudad holandesa, por la que siento tanto cariño. Y que he visitado en muchas ocasiones.
También Barna cuenta con su archifamoso Bagdad (carrer Nou de la Rambla) y su museo erótico en las Ramblas (animadas día y noche, con mucho listo ojo avizor en busca de algún pardillo turista al que birlarle la billetera) y aun un museo del has y la marihuana, a imitación del de la ciudad holandesa.
Barna también cuenta con muchas y bellas fuentes, decorativas y para tomarse un trago, como Roma. Y en determinados lugares del barrio de Gracia tiene un aire con el madrileño barrio de Malasaña. O eso me pareció en un paseo en compañía de Ana y de Mónica. Y luego tomándonos una cerveza en una plaza de cuyo nombre no me acuerdo. Una ciudad que, en otro tiempo, diera la espalda al mar (grave error). Y que ahora ha integrado el mar en su vida. La Barceloneta, toda la zona portuaria y marítima, playera, está divina. Divina de la vida, porque Barcelona es una mirada al mar. Y aun otra a la montaña, al Tibidabo (conocido por su parque de atracciones), desde donde se puede contemplar la ciudad Condal en todo su esplendor, incluso el aeropuerto del Prat (en el que estuve hace dos años con motivo de un viaje que hiciera a Sicilia, Madrid-Barna-Palermo).
Inolvidables las vistas desde las faldas del Tibidabo. Desde esas alturas da la impresión de que no fuera una ciudad tan grande en extensión, sobre todo a lo ancho. Pero la vista engaña. Y, cuando uno desciende a sus entrañas, se da cuenta de su magnitud, de su envergadura.
Barcelona es una olla. Eso me cuenta Toni (también el Bierzo es una gran olla, me apetece recordar). Una olla en la que se cuece uno en verano, a resultas del calor y la humedad. Una olla en la que se cuecen muchos y exquisitos platos, de diversas culturas. La gastronomía catalana tiene fama, es muy buena (visita de rigor el mercado de la Boquería).
Inolvidables son también las vistas desde Montjuïc. Lástima que no viera el espectáculo de luces.
Ni el cementerio, donde están enterrados por ejemplo los anarquistas leoneses Buenaventura Durruti y Ángel Pestaña (nacido en Santo Tomás de las Ollas, al lado de lo que hoy es el campus de Ponnferrada), o el poeta José Agustín Goytisolo, que me cautivó cuando leí por primera vez Palabras para Julia. Bellísimo y reflexivo poema que han musicalizado desde los Suaves hasta Paco Ibáñez.
Una Sagrada Familia que también me hace recordar las estalactitas y estagmitas de la cueva de Valporquero.
Y cómo no las rocas fungiformes, las chimeneas de hadas de la Capadocia. Aproximaciones a Gaudí en Capadocia, como nos recordara el gran Juan Goytisolo, quien por cierto era barcelonés y ramblero, sempiterno rompesuelas, incansable viajero al corazón de la cultura islámica.
Gaudí nunca estuvo en la Capadocia, que se sepa, pero sí en Marruecos, que pudo haber sido su gran inspiración. Y hasta da la impresión de que hubiera conocido el valle de Göreme (Patrimonio de la Humanidad).
No obstante, Gaudí, cuya inspiración encontró en la propia naturaleza, es probable que también se inspirara en sus paisajes familiares, en su Cataluña del alma (en Baix Camp, aseguran algunos estudiosos).
Me siento entusiasmado con la Barcelona de Gaudí. Y por supuesto con el pluricultural barrio del Raval, que vibra a ritmo hindú y magrebí.
Todos y nadie somos extranjeros en esta animada y ahora calurosa ciudad de ciudades.
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