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jueves, 9 de abril de 2026

Rondallas de Sánchez Arévalo en Cines La Dehesa de Ponferrada

Recientemente he podido ver la película Rondallas (2025) y me ha parecido una preciosidad. Una obra, del director madrileño Sánchez Arévalo, que tuvo buena acogida en el pasado Festival de cine de San Sebastián. 

Una película que provoca risas y sonrisas continuas durante su visionado. Esa es la impresión, como espectador, y también como alguien que tuvo el placer de comentar esta cinta el pasado martes en Cines La Dehesa de Ponferrada. 


Risas, sonrisas y también lágrimas, porque Rondallas se mete dentro de uno con una fuerza descomunal, porque es una película filmada con veracidad, con emoción, y eso se transmite, lo transmiten sus personajes, que resultan creíbles, algunos entrañables, cada cual en su papel, pues se trata de una narración coral, donde todos tienen un peso más o menos similar en la trama o tramas (pues nos cuenta varias historias entrelazadas, aunque todas giran en torno a la pérdida de marineros en el naufragio de un barco pesquero en la costa gallega)

Vemos cómo cada uno representa una forma distinta de afrontar esta pérdida, lo que nos hace reflexionar acerca del duelo colectivo, cómo se vive el fallecimiento de unos vecinos -en concreto el marido de Carmen, el personaje interpretado por María Vázquez-, cómo se recompone de un modo emocional cada uno de estos personajes, cómo esta comunidad de vecinos puede gestionar la pérdida mediante el apoyo mutuo, a través del poder sanador de la música (tan importante en esta película, también en la vida), porque estamos ante una historia de pérdida, superación y solidaridad. En cierto modo, Rondallas, título que hace referencia a las agrupaciones musicales populares, me trasladó al festival de Ortigueira, donde la música lo es todo. Música tratada con una sensibilidad exquisita, que marca el ritmo interno de la película, porque en el fondo es una película musical, donde las canciones aparecen como parte de lo cotidiano, con ensayos desordenados, interpretaciones imperfectas, sonidos que a veces se superponen con discusiones triviales. La música como lenguaje narrativo, que sustituye en ocasiones a los diálogos, los cuales se me antojan reveladores, fascinantes, cargados de sentido del humor, ese humor que brota directamente de la cruda realidad (como ocurre en el cine del genio Chaplin). En este sentido, hay personajes realmente humorísticos, como los que interpretan Tamar Novas (Xoel) y Touriñán (hermanos y guardas rurales en la película), o bien el humor del personaje encarnado por el veterano actor Carlos Blanco (Yayo). 

Cabe recordar que Tamar Novas recibió el Goya al mejor actor revelación por Mar adentro y fue nominado al Goya como mejor actor de reparto por esta película. Asimismo, Carlos Blanco encarna a un personaje que representa la memoria colectiva del pueblo. 

El humor es un ingrediente esencial en este drama cómico, un humor sutil que ayuda a aliviar la tensión emocional, hacer creíbles a los personajes y meternos de lleno en la historia o historias de esta película. A veces el humor, en contraste con el duelo, aparece en medio de situaciones tristes o tensas. En ocasiones el humor está en lo que no se dice; en otras brota de conversaciones normales, o bien aparece en situaciones incómodas o absurdas de la vida diaria.  

A través de la música también se expresan emociones que en ocasiones los personajes no logran verbalizar, de modo que la música se convierte en una suerte de expresión, de unión emocional o catarsis, porque muchos personajes, que sienten más de lo que nos dicen (mostrando una incomunicación emocional), evitan expresar de un modo abierto el dolor, lo que nos hace reflexionar acerca de lo difícil que es comunicar lo que sentimos. Además de hacernos reflexionar, nos emociona con los gestos, silencios y miradas de los personajes, que lo hacen, a través de sus intérpretes, de un modo contenido, personajes con los que podemos identificarnos, que nos muestran distintas formas de vivir el duelo, cada cual a su modo.

Me entusiasma el tono melancólico, humorístico, humanista de Rondallas, que también nos hace saltar, en algunos momentos, las lágrimas. 

La relación de amistad y/o de amor entre Andrea (interpretada por la actriz Judith Fernández) y Elías (encarnado por el actor Fer Fraga) se me hace muy bella, a la vez que dolorosa. Están en estado de gloria, sobre todo Fer Fraga, que hace un papel estremecedor. 

Judith Fernández interpreta un personaje introvertido y observador, que vive la pérdida de su padre (ausente/omnipresente en la película, como hace Hitchcock con Rebeca) de un modo confuso; se debate incluso entre quedarse en el pueblo o irse al Colegio de música de Berklee, en Estados Unidos, donde ha estado su amigo/novio Elías (Fer Fraga). En todo caso, a Andrea le sirve la rondalla como vía para reconectarse con su identidad y con su padre. Por su parte, el actor Fer Fraga encarna un personaje emotivo (enamorado del personaje interpretado por Judith Fernández), que se ocupa de reactivar la rondalla y devolverle vida al pueblo. 

Además de los personajes mencionados, está Luis, el impulsor de la rondalla con el fin de recuperar el ánimo colectivo, encarnado por Javier Gutiérrez, que es un coloso de la interpretación (inolvidable en personajes como el que interpreta en Un franco, catorce pesetas, La isla mínima, o bien en Campeones, entre otros). Este gran actor, nacido en Asturias aunque criado en Ferrol, borda su personaje. Sólo con su mirada nos cautiva. Como compañera sentimental de Luis vemos a la estupenda actriz gallega María Vázquez, que interpreta con emoción contenida a la madre de Andrea y la pequeña Noa (Lola López), la madre que ha perdido a su marido en un naufragio que marca a todo el pueblo. 

La película sobresale por su guion, sobre todo por sus diálogos (con ese singular acento gallego, que procura verosimilitud a las interpretaciones), sus personajes/intérpretes (gallegos) y el empleo de la música como elemento estructural, simbólico, como eje técnico y narrativo, porque, a través de las rondallas (integradas en la acción de un modo diegético), se estructuran escenas y ritmo, generando un contraste, un choque emocional, entre lo festivo (música) y lo trágico (duelo). 

En Rondallas aparecen grupos musicales reales (con muchos intérpretes a la vez, donde los intérpretes actúan y participan en la ejecución musical), lo que requiere de sincronización entre sonido directo, figuración y cámara, gestión de ensayos previos y tiempos de rodaje largos. Todo ello filmado con un estilo naturalista, como si por momentos estuviéramos inmersos en un documental, rodado en localizaciones reales de Galicia (Tui, Baiona, Vigo y A Guarda, como epicentro, bien reconocible), donde el paisaje y la atmósfera acompañan el estado emocional de los personajes. 

La dirección de fotografía capta el paisaje como reflejo emocional del duelo colectivo. La cámara está al servicio de los personajes para captar los gestos mínimos, pero no resulta invasiva, lo que refuerza el tono humano y cotidiano de esta película, cuyo montaje y guion distribuyen el peso dramático entre varias historias, que nos resultan conmovedoras.


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