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viernes, 31 de mayo de 2019

María de Miguel, luz y sonrisa

María es luz y sonrisa; ojalá en la vida siempre estuviéramos impregnados de luz y sonrisa, entonces el mundo sería otro.
María es salmantina y berciana. En realidad, ya casi es del Bierzo, una tierra que ama y siente como propia. Y eso se nota en sus entrevistas. Con su sonrisa grande y su verbo fácil. Con su habilidad comunicativa. 
María es corazón y alma. Con su rostro de chica buena y su mirada transparente tras la que se esconde una sensibilidad para la belleza-verdad-bondad. 
María es una periodista que podría llegar muy lejos en su carrera profesional, que llegará, a buen seguro, eso le deseo, a la que le gusta la palabra, también la palabra escrita, esa que no se la lleva el viento. 
Y disfruta mucho haciendo su trabajo. Y eso se le nota en lo que hace. 
María de Miguel es una chavala a la que conozco desde hace ya un tiempo (el tiempo vuela, asusta su vertiginosidad).
El pasado miércoles en el plató de la 8Bierzo, con María de Miguel
Y con quien me siento muy a gusto cada vez que me invita a la televisión de Ponferrada, la  8Bierzo, a su magazine, que es un programa magnífico, una plataforma extraordinaria para que podamos conocer al paisanaje del Bierzo, con su gastronomía, su cultura, su ámbito universitario, su forma de vida actual, en definitiva. Y eso merece mucho la pena. Gracias a María de Miguel, que siempre está pendiente de los aconteceres diarios. Y por supuesto siempre está atenta a lo que uno hace, tanto en la Universidad de la Experiencia como en el apartado más personal, en lo tocante claro está a asuntos profesionales, como podría ser la difusión de un libro (en la foto aparecemos en el plató televisivo con
Del agua y del tiempo, que, como ya sabéis, presentaré en Ponferrada el jueves 6 y en León el miércoles 19 de junio). Por cierto, mi agradecimiento también a Miguel, el cámara, que es un gran profesional y un buen tipo. 
Me encanta la buena gente, lo confieso (hace mil años que no me confieso ante el cura, pero ahora lo hago en este espacio). Y cada día intento alejarme, en la medida de lo posible, de la gente contaminante, de la gente que hace montañas de un simple grano-granero. De esa gente que, en vez de sumar, resta. 
Al final, de lo que se trata es de vivir en paz, lo primero con uno mismo, con la serenidad o ataraxia que predicaban (estos, la verdad, no predicaban, sino filosofaban) los pensadores estoicos. 
El estoicismo como camino hacia la felicidad. O al menos la tranquilidad. 
Pues eso, María, busquemos la serenidad. Y la belleza. Y la verdad. Y la bondad. Con tu luz y tu sonrisa angelical. 

miércoles, 29 de mayo de 2019

La fragua literaria leonesa: Jesús Álvarez Courel

LA FRAGUA LITERARIA LEONESA

Jesús Álvarez Courel: "La cultura es la que mueve el mundo, la que nos singulariza"

El polifacético Jesús Álvarez Courel, coautor de 'El tiempo de la Minero' (Piélago del Moro ediciones, 2018), entre otros libros acerca del patrimonio cultural del Bierzo, gestiona en la actualidad la Biblioteca Municipal de Ponferrada. Que está modernizando, con la incorporación de nuevos proyectos culturales.

Jesús Álvarez Courel
Manuel Cuenya | 29/05/2019 - 11:33h.
Especialista en Historia del Arte, con un Máster en Museología, Jesús Álvarez Courel es uno de los dinamizadores culturales del Bierzo. Una persona ilustrada, que ha ejercido diversos cargos, entre ellos el de Director de museos de Ponferrada, que en la actualidad ocupa el historiador del arte y profesor Javier García Bueso.
O bien el de Jefe de Servicio de Cultura, Turismo y Deporte de la Junta en León, del que guarda buenos recuerdos, "en especial de algunos compañeros, por su honestidad, eficacia y afecto, ya que las dificultades y presiones diarias en ese puesto son a veces excesivas".
Como conocedor de la Junta, está convencido de que la centralización, cada vez mayor de dineros y servicios en Valladolid, es negativa para las provincias y genera desconfianza hacia la administración autonómica. "Aunque nosotros seamos de la tierra y luchemos por ella, la Junta se ve como algo negativo. Y en algunos casos, muy a pesar nuestro, lo es. El mejor ejemplo son Las Medulas, donde se proyectan actuaciones desde los servicios centrales en Valladolid sin conocer el mundo rural, ni contar con los que viven en el territorio.
Como Gerente del Espacio Cultural siento que mi proyecto de Gestión Unificada no se llevará a cabo y que el director general de Patrimonio lo tirará a la papelera, sin ofrecer otra alternativa. Por el patrimonio industrial tampoco se ha hecho nada... En la administración (para la que llevo trabajando 25 años) siempre me tocan obras faraónicas".
En la actualidad, gestiona, como Archivero-Bibliotecario, la Biblioteca Municipal de Ponferrada, cuyo trabajo –en el que dice sentirse feliz, porque además está con buenos compañeros, "competentes y con gran vocación de servicio público"- se centra en modernizar sus instalaciones y servicios.
Cuenta que ya han empezado con mejoras en el edificio y a desarrollar proyectos culturales, cine en versión original y exposiciones. Y han incorporado a los importantes fondos, de los que disponía esta biblioteca, los 9.000 volúmenes de la biblioteca de Valentín García Yebra. Asimismo, él y su equipo están preparando una Comicteca y un bar de Libros; han abierto una nueva sala de exposiciones: un proyecto general de modernización de la Biblioteca Municipal que, en sus propias palabras, espera terminarlo para ofrecérselo a la nueva corporación, "con la misma ilusión que hace 35 años cuando rodé mi primer cortometraje en Súper 8", señala Jesús A. Courel, quien, después de acabar su carrera, le dijo a su padre que quería estudiar cine en Madrid. Y con su consentimiento se fue al T.A.I (Taller de Artes Imaginarias), hoy desaparecido, donde se formó como guionista y realizador. Y donde trabajó en distintos proyectos hasta que, en 1988, RTVE  le aprobó, a él y a su colega José Luis M. Carneiro, un proyecto de una serie documental sobre la frontera entre España y Portugal, cuyo título era 'La Raya/a Raia'.
"Entre localización, rodaje y montaje, estuvimos trabajando desde 1987 a 1990. Al final sus 12 capítulos se emitieron por La 2 en el verano de 1992 y se han pasado en distintas épocas por el Canal de Historia y el Canal Internacional de Televisión Española. Después trabajé como realizador en Canal 9, la televisión autonómica valenciana. He escrito guiones y dirigido muchos vídeos publicitarios y documentales sobre arte e historia del Bierzo para la empresa ponferradina Video Master y, en 1986, organicé la Videoteca Municipal de Ponferrada, con más de 20 horas editadas y sonorizadas sobre el patrimonio artístico del Bierzo, desde las pallozas de Ancares al castillo de Sarracín, del monasterio de Carracedo a la arquitectura palaciega de Villar de los Barrios. Una obra monumental que solo se puede hacer cuando eres joven y que aún se conserva en la Casa de la Cultura donde ahora trabajo".
Recuerda, siendo él un niño de cinco años, que su padre lo llevaba al cine Sil a ver películas del Oeste. "El cine de la conquista le transportaba de la claustrofóbica oficina donde trabajaba a la libertad de las grandes praderas norteamericanas", apostilla.
(Puedes seguir leyendo esta fragua en ileon.com: https://www.ileon.com/cultura/098042/jesus-alvarez-courel-la-cultura-es-la-que-mueve-el-mundo-la-que-nos-singulariza)

miércoles, 22 de mayo de 2019

La fragua literaria leonesa: Demetrio Fernández González


LA FRAGUA LITERARIA LEONESA


Demetrio Fernández González: "Un escritor es lo que lee, porque desde ahí crea y reproduce, reproduce y crea”

El Catedrático de Lengua y Literatura y narrador Demetrio Fernández González, autor de 'Sinfonía de Praga', está en estos momentos con un proyecto extraordinariamente ambicioso acerca del filósofo alemán Walter Benjamin. 

Manuel Cuenya | 22/05/2019 - 11:45h.
"1944. Alusión, elusión y elisión: Dificultad para escribir, para encontrar la palabra precisa, cabal y adecuada. Cuando las realidades son nuevas, desconocidas, sorprendentes y nunca vistas ni oídas –aunque se palpen, se huelan y se malsaboreen-, es difícil describirlas, enumerarlas o contarlas (topos de lo inefable).
El lenguaje –la palabra- como vehículo de transmisión, como sustituto o suplente de la realidad -¿acaso como suplantador de la realidad?-, como intermediario entre una realidad ajena y un ser humano que ve, oye, describe o narra, pero que intenta sentir y no comprende..."
(Demetrio Fernández González, 'Sinfonía de Praga')
Autor de la monumental 'Sinfonía de Praga' (monumental por sus muchas páginas y también por la cantidad de referencias literarias, musicales... culturales que existen en la misma), Demetrio Fernández González es Catedrático de Lengua y Literatura.  Y eso se nota en su academicismo, a la hora de componer con las palabras, pero también en su faceta creadora, en sus múltiples lecturas, entre las que están desde Cervantes hasta Flaubert o Tolstói pasando por Proust, Joyce, Faulkner, Kafka (por supuesto) y tantos otros que, a su juicio,  han asentado el canon de la novela moderna, "sin olvidar a Juan y a Luis Goytisolo, a Javier Marías, a Paul Auster, a Enrique Vila-Matas o a Javier Cercas... Un escritor es lo que lee, porque desde ahí crea y reproduce, reproduce y crea; no hay otro sistema posible ('ex nihilo nihil fit', que dijo el filósofo)".
En cualquier caso, reconoce que la literatura siempre ha estado dentro de él, siempre le ha acompañado, en el desempeño de su actividad en España como docente y aun como Inspector de Educación durante más de tres décadas, y también cuando le ha tocado trabajar en diversos lugares del mundo, entre otros en Praga, de ahí que conozca bien su geografía, incluso la sentimental, de la ciudad en la que viviera el genial y atormentado Kafka. Pues tanto Praga, la milenaria, mágica y judía "ciudad de las mil torres" (escenario de la novela, por eso el título de la misma) como Kafka están muy presentes en la misma. Kafka (casquivano y esquivo) y su amigo Max Brod (narrador, compositor y crítico judío), que salvó de la quema y/o destrucción los manuscritos del autor de 'El proceso' y 'La metamorfosis', por fortuna, para nuestra gloria.
Con respecto a Kafka, Demetrio Fernández cita incluso al corresponsal de 'Público' en Israel, Eugenio García Gascón, quien llegara  a publicar un artículo titulado 'Más sombras sobre el legado de Kafka'.
Me resulta curiosa esta referencia a García Gascón, porque uno tuvo la ocasión de conocerlo en un viaje a Jerusalén. "Entrar en Israel impresiona, adentrarse en esas tierras milenarias no deja frío a nadie", escribe Demetrio Fernández al inicio del capítulo 10 de su 'Sinfonía de Praga'.
"La literatura estaba en mí ya desde aquel niño desarrapado de Villahibiera que se pasaba las horas leyendo todo lo que encontraba -en aquel sistema de vida eran muy pocos los libros que había en nuestra casa de pueblo-, aunque fui afortunado porque mi tía Celerina, que 'servía' en León en una casa bien, nos traía los libros que sobraban en la casa donde trabajaba", recuerda Demetrio.
Resulta curioso lo de su tía Celerina. El propio Rulfo decía que su tío Celerino le platicaba las historias que, transcurrido el tiempo, el publicaría bajo los nombres de 'El llano en llamas' y 'Pedro Páramo'.
"Recuerdo cómo, cuando contaba con diez años, tras operarme de apendicitis en el Hospital Nuestra Señora de Regla, mis padres, generosos ellos, que se quitaban el pan de la boca para dárselo a sus hijos, me compraron mi primer libro, y les pedí 'Viaje a la Alcarria', de Cela, de la colección Austral. Y luego me compraron 'Industrias y andanzas de Alfanhui', del recientemente fallecido Sánchez Ferlosio", agrega Demetrio, quien, en su etapa de madurez, sin abandonar sus actividades profesionales, puede dedicarse a la creación literaria y a la literatura casi en cuerpo entero, lo que le ha llevado asimismo a mostrarse crítico (constructivo, por supuesto) con todo eso que se ha dado en llamar poesía, "que en este momento difunden tantos jóvenes y no tan jóvenes en las redes sociales: Poesía es algo más que contar que iba yo por un camino y me encontré con un espino; es mucho más que los efluvios líricos y sentimentales al uso".
En todo caso, está convencido de que la poesía puede escribirse en la juventud (Rimbaud es un buen ejemplo), "pero para escribir novela, entendida esta como obra literaria, es imprescindible la madurez que da la vida".
"Recuerdo cómo, cuando contaba con diez años, tras operarme de apendicitis, mis padres, generosos ellos, que se quitaban el pan de la boca para dárselo a sus hijos, me compraron mi primer libro, y les pedí 'Viaje a la Alcarria', de Cela, de la colección Austral"
En esta misma línea, cabría diferenciar, como apunta él, lo que sería la literatura con mayúsculas, o simplemente literatura, de aquello que no es literatura y se vende como tal. Algo que ocurre, por desgracia, como demasiada frecuencia en este mundo.
"En la literatura, como en cualquier ámbito de la vida, también es legítimo y necesario incorporar el criterio de 'valor', que no todo lo que se vende -y se vende, a veces mucho, y muy bien- como literatura lo es", reflexiona este villahibierense, que no deja de ser ni quiere dejar de ser el que fue y el que es, "nature más que nurture, sin renunciar a sus ancestros y a la tierra que le vio nacer y en la que dio sus primeros pasos", si bien confiesa que es y quiere ser ciudadano "de este mundo redondo y transitable, de un mundo sin fronteras, de un mundo integrado y solidario".

(Puedes seguir leyendo esta fragua en ileon.com: https://www.ileon.com/cultura/097804/demetrio-fernandez-gonzalez-un-escritor-es-lo-que-lee-porque-desde-ahi-crea-y-reproduce-reproduce-y-crea)

sábado, 18 de mayo de 2019

A Úrsula Rodríguez Hesles, compañera del alma de Antonio Pereira

Úrsula era una mujer inteligente, afectuosa. Buena conversadora. Siempre amable y sonriente. Siempre elegante. 
Úrsula era la compañera del alma de Antonio Pereira. Y Antonio era también un escritor inteligente, con una gran retranca berciano-galaica. Con un sentido del humor extraordinario. Y una prosa insuperable. Toda ella impregnada de un suave erotismo. 
Convertía cualquier anécdota en oro narrativo. También en oro poético. Y hablaba igual que escribía. Como un ángel. 
Ambos, Úrsula y Antonio, eran magníficos. 
Y siempre guardaré su recuerdo, su afecto, en mi corazón. Y en mi alma. 
Ahora, a estas alturas, Úrsula ya estará conversando con su compañero del alma. 
Así, de repente, como suele ocurrir con la dama de la guadaña, Úrsula se nos ha ido a otra dimensión. Y ya no tendremos, ya no tendré la ocasión de reencontrarme con ella, al menos en esta dimensión, y saludarla. Y charlar con ella. Ahora sólo me quedará su recuerdo, su bella imagen. Y todas esas palabras que me dijera. Algunas de las cuales conservo en algunos correos, que ella, con su generosidad, me enviara. 
Qué pena, que así, tan de repente (no sabía que estuviera enferma), se nos fuera, se nos haya ido. 
Te agradezco, Pilar, amiga y poeta, que me haya enterado por ti. Y luego Miguel Varela haya publicado un post en el facebook. 
Conservo al menos esta foto suya, en compañía de su querido amigo poeta Mestre, que llegara/llegué a enviarle porque se enteró de que yo la había publicado en alguna ocasión. Y ella, al enterarse, me escribió lo siguiente: 

"Querido Manuel Cuenya: Aparece en facebook una foto tuya en la que aparezco con Mestre, deliciosa foto. A saber qué barbaridad estaría diciendo Mestre para reir yo con tantas ganas. No la tengo. Por favor, envíamela que te lo agradeceré mucho.
   Gracias anticipadas, artista. Un beso,

                                                                    Úrsula"
.................................................................................................

"Muchas gracias, querido Manuel. La guardaré con verdadero cariño".

O este otro correo: 

"Hoy me reenvía José Mª Hidalgo, un artículo tuyo publicado en diciembre 2016, dedicado a Antonio Pereira.
   ¡Qué delicia de artículo y que satisfacción volverlo a leer! ¿Cómo no voy a quererte, Manolillo? Vas en la línea de lo que yo entiendo es amor puro y duro por la magia de la literatura.
   Que el 2017 te sea propicio y escribas mucho. Y yo que lo lea.
   Besos, Ursula"

Precisamente, este pasado jueves, en una clase de escritura en León con mi alumnado (un grupo excelente, la verdad), hablábamos, a propósito de la literatura leonesa (con El Filandón como telón de fondo) del maestro Pereira. De sus cuentos tocados por el humor y el erotismo (diocesano). Y por ende salió a relucir, como no podía ser de otro modo, la gran Úrsula, la patrona de la Fundación Antonio Pereira. Y ahora me topo con esta triste noticia. 
Me enternecen estas palabras tuyas, querida Úrsula, al releerlas: 

"Querido Manuel Cuenya:
Gracias por tu libro que me ha encantado. Yo tengo también el gusanillo de querer verlo todo, enterarme de todo y disfrutar de todo.
Me asombra pensar lo mucho que he viajado y conocido. Qué dinero más bien gastado. Sigo viajando, pero ya no tengo el mismo fuelle que antes y sobre todo, me falta el compañero de viaje tan extraordinario que ha sido Antonio. Tu libro me hace recordar tantos paisajes y sensaciones vividos que no sabes la alegría que me da el volver a recordar cosas casi olvidadas.
Te agradezco también el recuerdo de Antonio en tus andanzas.
Gracias de nuevo. Te deseo una  FELIZ NAVIDAD y lo mejor para el Año 2017 y que sigas por ese camino que yo te seguiré con entusiasmo.
   Besos 
                     Ursula R.H. de Pereira"

Hasta siempre, Úrsula. Descansa en paz. 

viernes, 17 de mayo de 2019

Ilusión, vivencia y recuerdo de Túnez

(Recupero estos textos sobre Túnez, escritos en el face, y retocados ahora). 

Ahora, que esta a punto de acabar mi viaje por tierras tunecinas (me refiero al 23 de abril, día del libro en España. Y fiesta de la Comunidad de Castilla y León), siento cierta nostalgia (uno es de natural nostálgico, como me dijera una alumna de la Universidad de la Experiencia después de leer mi reciente obra, Del agua y del tiempo), porque es cuando tengo la impresión de empezar a conocer algo. Y esa impresión es buena en líneas generales. Esto de las líneas generales me ha quedado harto militar. Qué cosas me salen.

 
Sido Bou
Ahora, que el viaje está a punto de finiquitar, me entero de la muerte de Quico Porrón, nocedense que vivía en Bilbao, un hombre bueno, siempre con buen humor, quinto de mi madre, padre de Elena y Pili,
 tío de grandes amigos como Javi y Jose y Nina. 


Siento pena por no poder asistir a su entierro en Noceda. Y arropar a sus familiares. Y a vez siento nostalgia por dejar Túnez, donde me he sentido muy a gusto durante estos días de cirio pascual y nazarenismo, que se me han pasado volando.
Paz y amor en Sidi Bou


El tiempo vuela. Y eso me da vértigo. Como si me asomara a un acantilado, el acantilado del lago salado de El Jerid o Djerid. O a algún cañón sagrado como el de Midès. 

El vértigo de la belleza, como la que atesora el pueblo de Sidi Bou Saïd, con todo ese exotismo palmeral y marino, con sus casas blancas y el azul de sus puertas y ventanas. Una belleza comestible, una vez más, como un gran pastel tunecino.

Deliciosos los pasteles tunecinos, con su miel. Y la textura de su pasta. Me encanta su comida. Sus tayines, que no son como los guisos marroquíes, sino como tortillas de patata a la española. Tortillas rellenas de verduras, trozos de carne, patatas y queso. Exquisitas. Y los brik, que es como una empanadilla frita en aceite de oliva, hecha con masa hojaldrada. O la kamounia, que es como un gulash a la tunecina. Incluso las ensaladas, la meshuiya se me hace sabrosísima, hecha con tomates, pimientos, cebollas y ajo fritos, mezclado todo con atún, alcaparras, aceite de oliva. Y rociado con limón. Picantita. Exquisita. Para rechuparse los dedos.

Ahora, que se esta acabando el viaje, me siento como desinflado (hoy 17 de mayo, que vuelvo a retomar estos escritos, publicados inicialmente en el face, y retocados ahora para la ocasión, me entero de otro fallecimiento, el de Tino, el padre de Jorge y Olivia, y tío de mis amigos Javi, Jose y Nina. Joder, la muerte se ensaña de lo lindo). 

Tino era aún un hombre joven. Lo recordaré siempre con cariño. 

Hoy (pego un salto a atrás, es 23 de abril) he vuelto a la medina de la capital tunecina. Y también al M'rabet, que es un bar restaurante con varias terrazas, en el que uno encuentra paz al amor de un té a la menta. Por ejemplo. Se cuenta que la planta baja es una antigua zaouia o cofradía sufí del siglo XVI. 

Y me he trepado, como diría la mexicana Alejandra [con quien coincidiera en el viaje en tren de Túnez capital a Sidi Bou Saïd] a una terraza-restaurante, Panorama Medina café, enclavado en la Medina tunecina, desde donde la ciudad se despliega en un horizonte de blancura, con sus llamativos minaretes.
Desde terraza del Panorama Medina Cafè de Túnez Capital

Nostalgia, tristeza y también felicidad he sentido en el día de hoy. Con lo cual estoy como metido en una bomba emocional, que espero no estalle. Y mejor 
no hablemos de bombas, aunque sea en sentido metafórico, que estamos en un país situado a su vez entre dos países de armas tomar como Argelia (al oeste) y Libia (al sudeste). Ya parezco todo un lindero (quien marca las lindes, no me refería a lo guapo, a lo chido). 

Túnez, hoy he podido comprobarlo, es tal vez el país más liberal de todos los que pueblan el mundo árabe. Gracias Nermin por enseñarme tantas cosas de tu tierra, a la que espero regresar algún día, en algún momento. Aún no me he ido, pero ya casi me estoy yendo. 
Mañana todavía tendré tiempo de darme un garbeo y despedirme de la ciudad. Como se merece. O me merezco. Aunque las despedidas me enternecen. No llevo nada bien las despedidas. 

Ya de vuelta, en casa, después de varios días de danzarín, noto ese contraste de clima, de temperatura ambiental, entre Túnez y el Bierzo. En realidad, no nos separa tanta distancia, o sí, pero la diferencia en lo referente a lo meteorológico es notable. A uno le entusiasma el buen clima. Pero por fortuna en el Bierzo, en el útero, uno encuentra el calor humano, la temperatura afectiva adecuada. Y eso vale millones. Millones de dinares, pongamos por caso. 
En todo caso, tarda uno en volver a la realidad, la realidad cotidiana, aunque no debería quejarme, habida cuenta de que estos días aún serán de relax. 
Si es que uno es, en el fondo, un suertudo. Como me dijeran en los años noventa en México lindo y querido, durante mi estancia en el país azteca. Así que ahora rememoraré, con gusto, mis 'vacas' (arreando el ganado, es broma) por Túnez. Y eso me seguirá estimulando, nutriendo. Nutriendo espiritualmente. Por supuesto. 



Antes del viaje (con la ilusión del descubrimiento), durante el viaje (con la vivencia del momento presente) y después del viaje (con el recuerdo de los momentos vividos). Tres en uno. 

Pasado y presente hilvanados por la sonrisa de la memoria, de la memoria afectiva, que despierta y pone en funcionamiento todos los sentidos. Y el futuro, qué es del futuro. Ni los pitonisos ni adivinas son capaces de vislumbrar el futuro (aunque a algunos se les dé bien jugar con los futuribles como si fueran naipes trucados). 



Un viaje que me ha entusiasmado, la verdad. Y me ha dejado un regusto dulce y hermoso. Con el re-descubrimiento (no se cansa uno de descubrir y de sorprenderse) de un país generoso y tranquilo (aunque el turisteo andante y sonante tenga miedo a posibles atentados después de la revolución tunecina), con gentes amables, aunque siempre cabe la posibilidad, como en cualquier país del mundo, de toparte con algún capullo. Y cuando eso ocurre, no hay nada como largarse el farol de que uno vive desde hace un tiempo en Túnez (Tunis), como ya apuntara en otro post, dependiendo de la situación, del contexto, para que resulte creíble, lo que espanta, de un modo extraordinario, a posibles moscones. 


Cuando uno viaja, hay que andarse al quite, con mil ojos (sobre todo si uno es miope y astigmático, como es mi caso). 



Viajar, una vez más, te ayuda a confrontarte con realidades a priori diversas a tu propia realidad. 
Viajar te espabila y te orea el alma. 
Viajar, sobre todo cuando uno no se ampara en ninguna tropa ni rebaño, te hace salir de tu zona de confort. 


En realidad, salir al exterior, como Don Quijote en su recorrido por la España de la picaresca, los molinos, las posadas, las cuevas, praderas, montañas e ínsulas baratarias, te hace adentrarte asimismo en tu interior (en un proceso dialéctico de regressus y progressus, que diría el filósofo Gustavo Bueno, a quien siempre recordaré como un maestro, un profe extraordinario). 


Y de este modo, el viaje acaba siendo un viaje hacia uno mismo, hacia el interior, que siempre será exterior para quien sepa y pueda observarlo, microscopio en ristre, con la consiguiente transformación que uno experimenta. 
Una transformación en la que, casi de un modo inevitable, uno aprende y/o desaprende múltiples cosas. 
Sólo hay que abrirse al mundo. Poner en marcha todo el aparataje sensorial. Sentir, percibir. 
Y, como cualquier viaje, daría para escribir largo y tendido. 

De momento, me queda el azul marino de Sidi Bou Saïd, Sidi Bou, que paladeo con re-gusto. Y ese paseo por sus calles, por sus casas de blanco inmaculado (símbolo de pureza) y las ventanas y puertas de estas casas de color azul (símbolo marino), por sus cafés con vistas, como el archifamoso des Nattes. O bien el café Sidi Chabaane (café des délices), ambos con vistas hacia el azul comestible del mar, como sus bambalouni, que son como nuestras porras, bueno, las porras madrileñas.   



Sidi Bou, aunque está repleto de turistas y viandantes, me late un lugar realmente bello, con su vegetación exuberante de palmeras y buganvillas, que ha atraído a diversos artistas. Y sigue atrayendo a propios y extraños.
Sidi Bou tiene un algo del Chaouen o Essaouira marroquíes. O de las islas griegas. O de los pueblos blancos andaluces. 
Antiguo puerto de Cartago (del que sólo se conservan sus ruinas) por su proximidad. Y cercano de Túnez capital, a unos 20 Kilómetros. 
Se llega en nada y menos desde la estación de tren TGM, y cuesta una miseria. 
Un privilegio al alcance de cualquiera, que viva en la capital tunecina. 
Un auténtico paraíso, con un clima maravilloso. 
Hasta el siguiente... destino. 

jueves, 16 de mayo de 2019

La fragua literaria leonesa: Juanjo González


LA FRAGUA LITERARIA LEONESA

Juanjo González: "El tiempo nos trasciende a todos, a los mediocres y a los sabios"

El narrador Juanjo González Martínez, autor de 'Y vos, ¿qué pensás?', entre otros, está en estos momentos viviendo un periodo confuso, aunque de gran actividad mental.




Manuel Cuenya | 15/05/2019 - 12:01h.
Conocí Juan José (Juanjo) González Martínez hace años, con motivo de un libro de José Luis Presa Calzado, en el que nos dábamos cita en sus páginas un buen puñado de autores y autoras de la provincia leonesa, entre ellos el propio Juanjo González, además de Juan Carlos Mestre, César Gavela o Fermín López Costero (siempre en nuestro recuerdo), poniendo palabras, textos a las bellísimas fotografías nocturnas de Presa. Aquel libro se titula 'La luz de mi noche'. Y está editado por Lobo Sapiens, bajo la batuta del también escritor José Antonio Martínez Reñones.
A partir de ahí, hemos coincidido en algunos actos, sobre todo en la población berciana de Magaz de Abajo, donde Juanjo González vive desde hace tiempo. Un lugar por el que siente apego porque le ha permitido, según él, un acercamiento a la huerta, "a la madre tierra, al contacto con los animales, con el aire puro del monte", rebelándose en contra del asfalto de las grandes ciudades (él que nació en Madrid).
Juanjo se muestra como un gran defensor de las aldeas del Bierzo, "lugares muy lindos y mágicos" intentando, como puede, combatir la despoblación rural que sufrimos desde hace ya mucho tiempo en esta España vacía y vaciada. Algo de lo que nos hablara, ya en los ochenta del siglo pasado, el escritor Julio Llamazares en su emocionante y reflexiva obra 'La Lluvia amarilla'. Y que ahora Sergio del Molino rescata con su ensayo 'La España vacía'.
El Bierzo, donde lleva viviendo más de veinte años Juanjo, le ha abierto, en su opinión, al paisaje del Norte, a su música, "al devenir de un lugar fronterizo muy peculiar y con mucha vivencia personal. Quizás haya sido mi puerta de entrada al bosque, a las hadas y a la magia. La constatación de que me aceptaban y me daban su cobijo".
En realidad, la comarca berciana es donde más tiempo ha pasado viviendo porque en su Madrid natal sólo estuvo hasta los veintiún años. Y el resto, antes de venirse a vivir al Bierzo, residió en Extremadura.  Con lo cual se siente un autor leonés, "de la fragua leonesa" porque, "a pesar de que la semilla de la creatividad ha estado en mí desde muy pequeño, nunca podré olvidar que mi lado de darme a conocer a los lectores, de publicar, lo realicé sólo cuando estaba aquí en el Bierzo, en la comunidad, y eso te hace sentirte un poco en el conjunto de todos y todas las que estamos luchando por ello. Cada paso adelante de un autor leonés nos debe congratular a todos, porque es una puerta que se abre para la visibilidad", precisa el autor de libros como 'El Grial de los Siete Cristales', convencido de que la literatura en la provincia de León, con nombres como Gamoneda,  Pereira, Llamazares, Raúl Guerra o Mestre, nos ponen en primera línea del panorama cultural y creativo, "no sólo a nivel español, sino europeo, por los temas que abarcan".
"A pesar de que la semilla de la creatividad ha estado en mí desde muy pequeño, nunca podré olvidar que mi lado de darme a conocer a los lectores, de publicar, lo realicé sólo cuando estaba aquí en el Bierzo"
Y ahora tenemos una generación joven y prometedora, entre la que cabe mencionar –señala él– a la reconocida poeta Raquel Lanseros o bien a la narradora Elisa Vázquez, "con la magnitud que están tomando por ejemplo sus publicaciones", lo cual nos hace concebir esperanzas. "Y encima, tanto Raquel como Elisa, son creativas, es decir mujeres, pues mejor que mejor. Seguir esa estela tiene un componente de responsabilidad enorme".
Cuenta que, siendo muy pequeño, cuando tenía que pasar largas horas en cama por su condición de niño enfermizo y reumático, con más frecuencia de la normal, le hizo asomarse al ventanal de la lectura. Y a partir de ahí surgieron la composición de sus primeros poemas, sus primeras canciones y sus cuentos.
"De la lectura a la escritura hay sólo un pasito de distancia", afirma Juanjo, que se lamenta en cierto modo de que, a lo largo de su vida, no haya apostado por ser un  escritor constante, porque, si hubiera seguido este camino, su obra sería mucho más extensa de lo que es, "pero uno es, como decía el recordado Humet, lo que es en sí, y no puede cambiar; y ello se refleja en que actualmente hay un 90% en la cabeza y un 10% escrito aproximadamente. Es triste, pero es así, y hay que ser sinceros, lo primero,  con uno mismo".
(Puedes seguir leyendo esta fragua en ileon.com: https://www.ileon.com/cultura/097547/juanjo-gonzalez-el-tiempo-nos-trasciende-a-todos-a-los-mediocres-y-a-los-sabios)

domingo, 12 de mayo de 2019

La niebla del desierto

(Recupero mis posts escritos en facebook para este blog, con algunos retoques y añadidos acerca de mi reciente viaje a Túnez)

Esta Santísima Semana he preferido vestir al Nazareno de coránico deambular, o algo tal que así. Un nomadeo por tierras tunecinas. 

Me da pena no poder rendirle culto al santo Genarín, como hiciera el pasado año. Pero es que no se puede estar al plato y a las tajadas, que uno no es ningún dios, ni siquiera glotón, sino tan sólo un pobre mortal, mortal y rosa, que intenta saborear la eternidad y un día en esta breve, brevísima vida (hoy mismo me he enterado del fallecimiento de Isabelita, una buena mujer de Losada. lamento su pérdida. Y le envío mis condolencias a su marido Jesús, que es también un buen hombre. Qué vida tan cabrona). 
Estación de trenes de Tunis


Agradable sorpresa, Túnez, país que visitara hace años en un viaje organizado. Y que, como todo viaje organizado, te deja con el deseo de viajar de un modo más sosegado, a tu aire, con el fin de enterarte mejor dónde estas parado. Ampararse en la tropa, que te marquen la hoja de ruta [ahora se dice mucho en política esto de la hoja de ruta], que te digan dónde ir, siempre a la carrera, no es la mejor forma de viajar. Eso creo. Uno, en todo caso, prefiere otro modo de viaje. 

Y viajar es sentir. Sentirlo todo de todas las maneras posibles, como nos dijera el gran poeta portugués Pessoa.
Viajar no es ver por ver. Y uno puede ver mucho y no enterarse de nada. 

Quizá en mi anterior viaje vi mucho y casi no recuerdo nada. Algo sí, pero fue todo muy apresurado. 
A quien sí recuerdo es a un tipo bohemio, lleno de barba, con el que compartiera algunos buenos momentos. Era del País Vasco. ¿Qué será de él? Ya ni recuerdo su nombre. Era físico, creo. Y llegó a coincidir en alguna ocasión (en algún autobús) con el poeta Leopoldo María Panero, cuando este estaba en el psiquiátrico de Mondragón. 

Hoy, en mi recorrido por la medina, me he sentido realmente bien. Y he disfrutado. Una medina bien conservada. Con unos monumentos magníficos. Me chiflan sus puertas. Las puertas de la percepción hacia el interior del exotismo arábigo.  

M'rabet es una tetería, un restaurante, que te deja maravillado. Un ambiente cool, como dicen los anglosajones, donde un simple té a la menta te sabe a gloria bendita, que Dios o Alá-Allah sabrá a qué sabe, valga la redundancia o rebuznancia. Y puedes entablar conversa con los nativos, con las nativas. Como las hermanas Nermin y Alya, que se mostraron hospitalarias y simpáticas.
Agradable sorpresa también la de encontrarme con el amigo Enrique, Henry, que lleva ya una semana o algo más por estos lares (en el momento en que escribiera estas notas en abril de este año para publicar en el Facebook).
Me gusta la luz de este país, su clima, su comida: baratísima, buena y abundante. 

Sus gentes, como ya había adelantado, son generosas, hospitalarias por lo general. Aunque siempre puedes toparte, como en cualquier sitio del orbe, con algún desarrapado que pretende llevarte a su huerto. Si te muestras firme, y le dices que vives en Túnez desde hace una temporadita, lo espantarás a la primera de cambio. O al menos eso tuve la ocasión de comprobar. 
Estas son al menos mis primeras impresiones en este viaje, que acaba de empezar (escrito a principios de este recorrido por Túnez en abril de este año, coincidiendo con el lunes previo a la Semana Santa oficial). Y espero que dé mucho de sí, pues mañana toca un largo viaje, aunque tampoco sean tantos kilómetros, hasta la ciudad de Tozeur, lugar de inspiración para el fenómeno Battiato, Los trenes de Tozeur (I treni di Tozeur). Pero de momento sigamos soñando con algún oasis de fantasía. 

Aunque hay despliegue militar o policial por la ciudad, Túnez (Tunis), ante el temor de un posible atentado, se respira cierta tranquilidad en el ambiente. Y la verdad no se ven casi turistas, lo cual se agradece, que no haya masificación. De momento seguiremos descubriendo el país.

Me levanto temprano (en Túnez no resulta complicado madrugar, como que lo pide el cuerpo, pues amanece temprano). El sol ya está llamando a tu ventana del hotel, el Tej, bien céntrico, al ladito mismo del archiconocido hotel África, que tal vez es un lujo que uno no puede permitirse. Lo dejamos para la gente guay y adinerada. 
El desayuno en el Tej tampoco es para tirar cohetes, pero la habitación está bien. Y así, con un desayuno rápido, resulta más fácil salir del hotel en busca de la gare de Tunis, que al parecer (después de ojear los horarios internet) hay un tren a las ocho y media de la mañana hasta Tozeur. 
La estación de tren no queda lejos del hotel Tej. Y se puede caminar. Aunque un taxi resulta bien barato. Queda en la Plaza Barcelona. Qué curioso. 
Barcelona en el mundo árabe. Será porque a los tunecinos les flipa el fútbol. Seguramente. O porque Barcelona ha puesto una pica en este país. Esto podría indagarse. Lamento no haberlo hecho. Aún hay tiempo para hacerlo. 

La mujer que atiende la billetería trenera, después de pedirle billete para Tozeur, pone un gesto raro. Y acaba diciendo que el tren no llega hasta Tozeur (el signore Battiato me hizo fantasear, pero los trenes, al menos hoy, no llegan a Tozeur). ¿Y hasta dónde podría ir?, le pregunto. Al menos que me acerque a Tozeur. Pues mismamente hasta Sfax, responde la señora. Sfax, qué bonito término. Y qué bien suena. (Parece el nombre de una cobra). Entonces, no se hable más, y deme un billete hasta Sfax. La buena mujer me expende (¿se puede decir así?) billete en primera clase, acaso creyendo que uno es rico. 

Bueno, que es de primera clase el billete me lo comunica luego en el tren el revisor. ¡Ah, pues no me había ni enterado, monsieur! Pero en segunda clase tampoco se va nada mal. Y encima estoy acomodado. Y medio adormilado, todo hay que decirlo, a resultas del madrugón que me he metido, aunque en Túnez no cueste madrugar. 
El viaje transcurre tranquilo. Unas cuatro horas reales no me las quitará nadie de recorrido, con lo cual mejor será entretenerse echando una cabezadina. O bien comiendo algo, para matar el tiempo (qué mal queda esto de matar el tiempo, matar lo que sea, qué feo). 
Comer por comer. Comer unas almendras naturales (riquísimas), que te ofrece un rapaz, que hace de camarero de tren. Y mirar por las ventanillas empañadas y sucias del tren al paisaje. A punto de llegar al Djem. Al fondo, se adivina o se divisa el majestuoso anfiteatro romano, que en mi primer viaje, en tour organizado, tuviera la ocasión de visitar. El Djem es otro extraordinario decorado, que aparece en la película Gladiador, que también fue rodada en Aït Ben Haddou (Marruecos). 
Sfax me está esperando, quizá con los brazos abiertos. Es un decir. 

Sfax, parada antes de alcanzar Tozeur 

Llego a Sfax como si llegara al final del universo, con la sensación de haber arribado a un sitio tranquilo, aseado, una ciudad como de primer mundo. Pues sí que da buenas vibraciones este lugar. 

Después de dar algún rodeo en busca de hotel -una buena mujer me recomienda el hotel Thyna-, me tomo un respiro. Con hotel y el ánimo elevado uno se siente rey por un instante. "Es bueno ser rey", decía en alguna peli (La loca historia del mundo) el cómico Mel Brooks. 
La portuaria ciudad de Sfax, adonde no parece llegar el turisteo andante, qué cosas, cuenta con una espléndida medina. Una medina amurallada en su totalidad en la que uno puede pasearse con absoluta tranquilidad, sin que a uno lo mareen diciéndole que compre y todo ese mareo. Un lugar en el que se percibe buen rollito, con el exotismo que procuran los zocos árabes. 

En algún momento quizá se ponga de moda esta bella y reposada ciudad. Pero de momento parece que la primavera árabe, la revolución tunecina, ha ahuyentado el turismo, al menos al turismo enlatado. 
Después de unos días por este país, me siento tranquilo. Y la gente resulta amable. Aunque algunas personas, más de las que imaginaba, no hablan con fluidez la lengua francesa, o ni siquiera la hablan.
Medina de Sfax

No obstante, uno se puede comunicar. Y no resulta complicado moverse por el país, aunque los medios de comunicación no funcionen como en la llamada Europa desarrollada (me refiero a países como Holanda, Suecia, Dinamarca, Francia o Alemania, por ejemplo).
La experiencia se me está antojando buena, en cualquier caso. Y lo mejor es intentar adaptarse al funcionamiento del país. No hay que tener prisa. 

"La prisa mata y hasta remata", como dicen los marroquíes. Y razón no les falta. 

Tozeur, punto de partida a los bellos oasis y cañones


Por fin, después de un largo trayecto en bus desde Sfax (aunque no haya tantísimos kilómetros), he llegado a Tozeur. El viaje en bus resultó en verdad algo largo, que no pesado, pues la gente, una vez más, resultó hospitalaria. 

Después de hacer una cola, en la que la gente se metía hasta codazos sin respetar en absoluto la fila (pura supervivencia, suponemos), logré un pasaje. Nunca llega uno a  saber muy bien a qué hora saldrá el autobús. "Este es un país árabe", me suelta un joven educado, que parece conocer bien el sistema de su país. 
Aunque unos digan a las once, otros a las doce. Y alguno más asegure que saldrá a las doce y media del mediodía. Pues sí que estamos apañados. Espero que me dé tiempo, en todo caso, a comprar un bocadillo y bebida para el trayecto. Y prepararme en toda regla para afrontar el viaje. Haremos tiempo. Paciencia y a barajar (aunque no tenga naipes, me hace gracia que en los programas de la tele, cuando alguien sale con naipes, habla de mezclarlos, lo cual está bien, pero no oigo pronunciar la palabra barajar, de baraja, o "embarajar", dándole glamur al término, como dirían en mi pueblo). 

Como aún hay tiempo de sobra, eso creo, podré acercarme a ver, si por un casual, habría algún 'louage', que queda cercano a la estación de buses de Sfax. No pasa ni media hora. Y cuando regreso a la estación (ni siquiera son las doce en punto) el bus está presto para largarse. 

¡Eh, señor conductor, qué tengo billete! Ya me voy, me espeta. Pero no me va a dejar plantado aquí con el billete. A quien madruga, Allah le ayuda. Y Allah parece que no está dispuesto a echarme un cablecito. Joder, cómo está el patio arábigo. Como en Túnez funciona el sistema tribal, un hombre, que está al quite, le aclara al autobusero que tengo billete. Y me indica con señales que me suba al guajolotero. Así que me trepo, mochila al hombro, a la guagua de marras. Por fin. ¡Pero, ay, no hay ni un asiento libre! Pues habrá que ir de pie, parado, como mandan los cánones. Aquí se permite ir parado, o sea de pie, en el bus. Quizá podría sentarme encima de la mochila en medio del pasillo. Sí, es buena opción. Una rapaza, amabilísima, me ofrece su asiento. Ni hablar. Espero que no me vea castigado. Mayor. Fatigado. Y un hombre, que tiene aspecto viejuno, con rostro de buena persona, sentado al final del bus, me ofrece, pasado un rato, su asiento. Ni hablar. Por nada del mundo. Quédese en su asiento. Si es que me bajo en pocos kilómetros, me dice. No importa. Quédese en su plaza. Qué buena gente. El hombre en cuestión tiene sesenta años, eso me cuenta, aunque la vida sí parece haberlo castigado. Está enfermo. Y se vino a Sfax por unas medicinas. El buen señor se apea al fin. Buena suerte, señor. Le deseo lo mejor. Qué Allah lo proteja. 
El viaje continúa con placidez en medio de la aridez del paisaje. Otra mujer, con pinta de europea tras sus gafas negras de sol, me ofrece su bocadillo para comer. Mil gracias. 
En el trayecto el bus hace una parada para airearse, tomar un refresco y comer algo, lo cual se agradece. En todo caso, conviene ir provisto de una gran botella de agua para hidratarse. 
Después de unas siete horas de viaje, al fin llega al destino. Y justo enfrente de la estación, se aparece como un milagro un hotel. Seguro que estará bien. Sólo es cuestión de probar. 
Tozeur

Me instalo en este bello lugar, Hotel Le Ruisseau, el arroyo, que me refresca la mirada y el entendimiento. Su terraza, del color de la carne bronceada, que se camufla como un camaleón con el paisaje, invita a quedarse haciendo meditación trascendental, aunque sople el viento, con la arena del desierto como aguinaldo. 

Mañana visitaré algunos parajes como Chébika o el oasis Midès. Procuraré descansar y reponer fuerzas para continuar el nomadeo.

Terraza del hotel Le Ruisseau

Al parecer los trenes ya no llegan a Tozeur, como dice el título de la canción del músico siciliano Battiato. Por problemas de huelga. O eso dicen. Pero sí llega por fortuna otro tipo de transporte. 
La población de Tozeur, con su viento característico, también siembra arena del desierto en sus calles. Y uno debe habituarse a convivir con la arena, que deja cielos terrosos, grisáceos, y con ese viento que sopla con fuerza. Ese viento que bien podría ser el mismo o parecido al que se refiere el escritor mexicano Rulfo en su magnífico cuento Luvina
Cascada en Chébika

El nombre de Tozeur invita a soñar con algo exótico, bellísimo, pero realmente no muestra gran belleza, salvo unos tres minaretes, una arquitectura que en España podríamos reconocer como mozárabe [espero no incurrir en herejía] y un palmeral a las afueras de la ciudad. 

El encanto de Tozeur también reside en su gastronomía. Con sus dátiles, bien sabrosos y nutritivos. Y su cuscús con carne de dromedario. Una carne también sabrosa, que te hace paladear algún paraíso real y tangible. 
Chott el Ghersa

No obstante, a unos cincuenta kilómetros de Tozeur pueden visitarse algunos oasis de interés como Chebika, Tamaghza, con sus cascadas [un buen amigo, Javi, me dice que una foto le recuerda la cascada de la Gualta del útero de Gistredo]. Las rosas del desierto como símbolos. Y 
los oasis como nuestros paraísos. Nuestros huertos de la amistad y el amor. Como ese en el que Adán yaciera con Eva. Por ejemplo. 
Conviene no olvidarse del cañón de Midès, escenario de rodaje de películas como El paciente inglés o En busca del arca perdida (no queda del todo claro si Spielberg llegó a rodar en este escenario natural), entre otras.
Tamaghza
Un cañón que merece una visita, en compañía de un guía [hay que ayudar en algo a la economía de los lugareños], porque de otro modo podría resultar peligroso adentrarse en este impresionante desfiladero, que nos hace fabular con el Cañón del Colorado. En el cañón de Midès abunda el mármol blanco y rosa.

Se necesita conocer bien el entorno para poder recorrerlo con la seguridad de que en algún momento podría aparecer un diluvio, una corriente de agua que, en un momento dado, podría llegar a alcanzar más de dos metros de altura, lo cual acabaría con la vida de uno.

El rodaje de El paciente inglés (tendría que volver a visionar esta cinta) también tuvo lugar en localizaciones como el oasis de Chebika y las calles de la ciudad de Nefta.
La vuelta a Tozeur, atravesando el lago salado conocido como Chott el Gharsa en día de tormenta de arena, es una experiencia única, toda una aventura. Chott significa lago. 

Lástima que, desde el mirador de Nefta, la ciudad aparezca perdida entre la niebla del desierto. Inevitable, sobre todo para los devotos del cine, una breve parada en uno de los lugares de rodaje de La guerra de las galaxias, con el viento soplando a toda mecha. Y la arena en los ojos.
Mos Espa
Con la cámara inundada literalmente de polvo desértico (más polvo enamorado), que la deja casi sin resuello. Y uno sin objetivo por el que mirar la realidad. El escenario se conoce como Mos Espa. Y en un día de tormenta de arena, todo se difumina como en un sueño. El sueño cinematográfico de la ficción. 

Eso no impide, a los vendedores, ávidos de visitantes, de mostrar su mercancía en forma de pañuelos. 
Chott el Djerid, bahía de la sal y los sueños en blanco y gris.
O bien invitarte a que te fotografíes con un zorrín, tan lindo, el zorro del desierto, imagino. Pequeñín y astuto como el hambre. Por eso es un zorro. 
Cañón de Midès





El contraste entre el sur y el norte tunecinos es más que notable, en todos los sentidos. Y uno se da cuenta sobre todo al viajar sin estar enrolado en un tour organizado. Eso creo. Pero también creo que ahí reside el encanto. 

También me doy cuenta, una vez más, de que se necesita tiempo, bastante tiempo, bastantes días, para conocer un poco el país. 
Me sorprenden esos tours que en siete días pretenden llevarte a montones de sitios. Y luego no recuerdas nada. Te saturan visualmente y, después de algún tiempo, se te hacen chiribitas en los ojos.

Pena en esta ocasión de no disponer de más tiempo. El tiempo es todo, es la vida. 
Aunque el viaje está resultando francamente bien. Y el sur desértico -la mitad del país es un desierto-, tiene por supuesto su encanto. Aunque, como ya había anunciado al inicio de este post, el norte y sobre todo la costa este es donde se puede palpar el desarrollo y esos aires europeos como de primer mundo. 


Douz, la puerta del Sáhara

Chott el Djerid

Hoy he llegado a Douz, población enclavada en el desierto, después de un viaje en 'louage' desde Tozeur hasta Kebili atravesando el fascinante Chott el Djerid, el enorme lago de sal, que, con sus espejismos o mirages, procura visiones fantasmagóricas. Siempre en compañía de una tormenta de arena, que incrementa aún más la sensación fantasmagórica.

Chott el Djerid
Peligrosas las tormentas de arena para la conducción. De repente, es como si la niebla del desierto lo invadiera todo... 

Y a continuación, en otro 'louage' [a precios muy baratos], el viaje discurrió desde esta localidad de Kebili a Douz.


Continúo con la rememoración de mi reciente periplo por Túnez, y en concreto por el sur (me entusiasma el sur, será por el exotismo que eso le produce a un norteño). 


El sur (no puedo dejar de pensar en la novela de Adelaida García Morales y la peli de Erice) me hace sonreír, hamacado por olas de arena, trepado a un dromedario, como si estuviera viviendo un sueño de infancia. 
La infancia, esa época de felicidad (acaso porque uno es ignorante de la crueldad y la finitud de la vida, uno desconoce el dolor de existir, el mal) siempre presente. 

Es probable que uno no quiera dejar de ser niño, aunque los años no perdonen. Y el tiempo se escurra, líquido, entre los dedos de las manos.
Tal vez por esa conciencia del paso inexorable del tiempo se ha despertado en mí ese afán por explorar, por viajar, por querer volver a alguna edad dorara, a algún edén, como podría ser el desierto, el Sáhara.
Y Douz como puerta de entrada, la puerta de la percepción a este reino o mar fascinante de arena, de dunas, de vientos y soledad, donde un eremita podría encontrar su divinidad. Y los nómadas hallan una forma de vida. Un modo de ser y estar en este Planeta.


Sumido bajo la arena del desierto, con su palmeral descuidado, incluso invadido por basuramen (el plástico acabará devorando nuestra Tierra), Douz se me aparece como un poblado del Oeste americano, como un decorado natural de cine, cual si estuviéramos en la almeriense Tabernas, aunque este sea un lugar tranquilo, poblado por gentes apacibles, que procura sanas vibraciones. Bueno, Tabernas también me procura buenas sensaciones.
Un sitio perfecto para relajarse, Douz, para practicar la meditación trascendental.
Al parecer, esta población se anima llegado su festival de música, en el mes de diciembre. Pero para ello, si lo que uno desea es animación, pues nada mejor que viajar allí en esa época.
Aunque pudiera creerse que se trata de un lugar muy turístico, atestado de extranjeros, nada de eso (al menos en la época en la que he estado, esto es, recientemente, en periodo semanasantino). Y sorprende que uno pueda encontrar alojamiento con facilidad y a precios realmente baratísimos. Todo o casi todo resulta barato o asequible para un español.


La comida se me antoja excelente. Y los zumos de naranja una delicia.
Aparte de los dromedarios o los quads, que te alquilan para darte un garbeo por el desierto, a los jóvenes de Douz les encanta pasearse con sus motos.
Una rotonda con un dromedario, con un paisano trepado en su joroba, nos indica que estamos en el desierto.
Douz es un espacio estupendo para quedarse durante unos días, si lo que deseas es encontrar esa ataraxia de la que nos hablaran los filósofos estoicos.


Seguiremos buscando la serenidad, la paz, la armonía, el equilibrio, porque ahí reside acaso una suerte de felicidad.


Gabes

La arena del desierto deja el cielo de color grisáceo, blanquecino incluso, como si fuera invierno. Y eso le resta belleza a la realidad, aunque atice bastante el calor, al menos durante el día. 
Una vez más, la luz embellece. La fotografía es una cuestión de luz. La vida es o debería ser luz. 


Escribo este post desde la gare de Gabes, ciudad portuaria que, al parecer, da la espalda al mar. Todo apunta a que los oriundos no sienten fascinación por el mar. O esa es al menos mi impresión. El mar como algo hipnótico.
Descuidada se ve la orilla de sus playas. Y poca gente disfrutando del espectáculo marino.
Gabes podría tener mucho encanto. Pero no resulta del todo atractiva esta ciudad. "En otros tiempos -me comenta un taxista- la ciudad gozaba de un esplendor, que ha perdido". Si bien esta es solo una sensación, la sensación de cierta decadencia. No obstante, se pueden saborear ricas doradas a la plancha.

La comida es muy rica. Y muy barata para un español. Un placer que uno puede permitirse en este país.
Se requiere de tiempo, siempre el tiempo, para medio conocer algo. Y un viaje por Túnez llevaría al menos un mes. Del cual no dispongo en estos momentos. 

Me espera un viaje algo largo hasta Túnez capital, que me dejará algún tiempo para descansar y aun para leer a través de los paisajes. Como si de un travelling cinematográfico se tratara. Así podré rememorar mi reciente paseo por Gabes. 
La gente por lo general es simpática, educada, agradable. Como Azza, que canta con sentimiento una canción italiana, Bella ciao, también interpretada por Goran Bregovic. O Nadim, que es una joven, con mirada inocente, acaso pura, que disfruta de la compañía de su amiga Azza, mientras su novio parece perseguirla trepado a su moto por las calles céntricas de Gabes (en la foto vemos a Azza, en el centro, Nadim, a la derecha, y un amigo de ambas, a la izquierda, cabe señalar que este rapacín, con rostro sonriente, no es el novio de Nadim).  
Lástima que aquí y allá mucha gente sea tan posesiva, tan desquiciada en sus modales. Como en toda la Tierra, uno se encuentra con gente buena y gente jodida, porque el mal y la maldad es lo que impera en un mundo lleno de guerras, hambrunas, esclavitud...
Hasta la próxima... Parada.