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sábado, 15 de abril de 2017

Taormina

De Catania me dirijo a Taormina, una ciudad que ya visitara en el 1993. Y que me pareció y me sigue pareciendo una belleza, puro exotismo, un lugar paradisíaco, si es que alguna vez hubo paraíso. 


Taormina queda a tiro de piedra de Catania en tren. La estación de trenes, como bien recordara, queda alejada del centro, tampoco tanto, pero la subida es considerable hasta el centro histórico. 

Nada más llegar hay un bus a la entrada de la estación, al que se encamina una tropa de turistas. Y es que esta ciudad atrae mucho al turisteo andante, entre el que se encuentra un buen puñado de franceses y francesas. O eso me pareció. En cambio, no me da la impresión de que haya casi españolitos y españolitas. Quizá porque no es aún la época semanasantina. Eso me da igual, porque no tengo intenciones de entablar contacto con la españolidad (siento mostrarme asocial, pero me apetece andar a mi aire, acaso ensimismado en mis reflexiones y mis sentires, centrado en la realidad que estoy viviendo). 


Subo al bus de marras, como el resto de la manada (que para eso vivimos en un mundo globalizado, y apijotado, tal vez, algo rancio me estoy volviendo). Le pregunto, no obstante, al busero (hay que asegurarse) si me dejará en el centro. 

Ya en Catania, desde el ordenador de mi alojamiento (qué lujo, con ordenador) he reservado alojamiento en el Bed and Breakfast Cohen, que queda al ladito mismo de la Isola Bella. Pero cuando lo reservo no sé, la verdad, que este sito, tan cuco, está cerca de esta maravillosa islita. 
La recepcionista, una tal Joanna, me manda un correo para explicarme cómo llegar al alojamiento. Me da indicaciones precisas. Qué amable. "Coge tal autobús desde la estación de trenes, sigue esta ruta, etc.). 



En todo caso, cuando llego al parking o parqueo (que diría algún hispano) situado antes de encarar la histórica ciudad de Taormina, me siento como perdido, como un chivo en una cacharrería. O tal que así. Quizá a resultas de la empalagosa lluvia que comienza a caer sobre Taormina. 

Por fortuna, llevo (me gusta decirlo en presente) un chubasquero, que me ayuda a soportar el orbayo, aunque resulta incómodo ponerse a buscar el alojamiento mientras me cae del cielo agua encima. 
Isola Bella


La lluvia, ay, es hermosa cuando uno está a cobijo y la contempla como si fuera un espectáculo, que lo es, pero no cuando te pilla a la trampa, mientras intentas encontrar un sitio en el que ampararte. 

Será la edad, que no perdona. Pues con veinte años y aun con treinta uno corría como un gamo. Y todo era vida y dulzura, esperanza nuestra. A decir verdad, da la impresión de que me estuviera confesando, abriendo en canal, de par en par en el diván de algún psicoanalista. Pero creo que a veces es bueno y saludable soltar lastre, mostrarse al desnudo, teniendo en cuenta, eso sí, que vivimos en un mundo selvático, caníbal, y tus semejantes podrían descuartizarte. A mi edad es probable que pueda permitirme algunas licencias. Así que haré uso de las mismas. 


Al final, luego de preguntarle al recepcionista de un hotel cercano (una buena idea, creo, si es que encuentras a alguien que te informe adecuadamente) me encamino hacia mi alojamiento por unas escaleras cuasi interminables (hostia puta, cómo haré para subirlas luego) hasta casi el borde del mar. 

El paseo, incluso bajo la lluvia, resulta hermoso, de una hermosura cinematográfica, pictórica. Por delante de mí desfilan cuadros paisajísticos, que dan ganas de acariciar. Y los efluvios de la exuberante naturaleza me abren el apetito. Me quedo hipnotizado contemplando el paisaje mientras desciendo, con precaución, por unas empinadas escaleras. No vaya a ser que me resbale o me tropiece y baje rodando hasta el mar. Y mi viaje se quede truncado.

Las indicaciones que me proporciona el recepcionista del hotel en cuestión son buenas. Sin embargo, llega un momento en que parece que se acabaran las escaleras. Y ahora por dónde sigo descendiendo, me planteo. Es un espejismo, nomás, a resultas de la lluvia y cierto cansancio acumulado por estos días de viaje, desde que saliera de Ponferrada en dirección a Madrid Barajas. Algunos miles de kilómetros llevo ya a las espaldas. 

Respiro, miro al fondo y continúo bajando hasta que por fin encuentro la morada Cohen. Llamo al timbre y allí no abre ni Cristo. 


Joanna, a quien aún no conozco, debió salir de paseo. En el fondo, ella me esperaba sobre las tres y media p.m (que dicen los anglosajones) y yo llego con dos horas de adelanto sobre el horario previsto, o sea, que es cosa mía y no suya. En todo caso, se me hace raro que nadie conteste al timbre.  No tengo a mano su teléfono. Y tampoco me apetece llamar desde mi móvil. Entonces, decido seguir bajando aún más hasta llegar a una cafetería en la que me atrevo a preguntar (como si estuviera en mi pueblo) si conocen el alojamiento Cohen. "Sí, conozco este sitio", me dice una mujer, que sin duda es la responsable de la cafetería. Qué bueno, pues entonces no será difícil encontrarla. En ese momento, un hombre, su colega, o su marido (no importa esto), como sacado (o salido, esto no queda muy adecuado) de una chistera, tira de móvil y hace una llamada. El tipo, resuelto y hospitalario, acaba de localizar a la tal Joanna. Qué alivio. Entonces, me dirijo derechito, una vez más, a Cohen House. 
Joanna, pendiente, me abre la puerta. Y me dice que no había escuchado mis timbrazos. Es una chica jovencita. La casa es mona. Me recibe con amabilidad y me recuerda que no me esperaba a esa hora, lo cual que tiene toda la razón. Pero no percibo que me lo diga como reproche sino como constatación. Resulta ser rusa y la encargada, no la propietaria, de la casa. Me alojo o me aloja en un cuarto con terracita y con vistas a la Isola Bella. Vaya lujo. Si uno no buscaba un sitio tan guapo, pienso, aunque lo agradezco. "Aquí me quedaría una temporada", me digo. Ahora sólo hace falta que salga el sol y deje de llover. Entonces, ya sería lo máximo, el edén de Adán y Eva. De repente, me acuerdo de que, cuando salga, tendré que treparme por las escaleritas durante un buen rato. Bueno, tampoco es para tanto. Y este sitio es estupendo. 
Joanna me explica que puedo utilizar la cocina para cocinarme algo, me da indicaciones sobre la zona, me cuenta que cerca hay un teleférico, que me conduce al centro histórico. Una maravilla, la rapaza, claro. 
Sigue lloviendo mientras contemplo, extasiado, la Isola Bella, la isla bonita (esa que cantara Madonna, que también es de origen siciliano, ¿no? Creo que esa isla bonita era otra, pero me gustaría imaginar que fuera esta). 

En algún momento dejará de llover, sigo rumiando. Y será el momento de subirme a los cielos de Taormina. Pues sí, en algún momento deja de llover, al menos a raudales, y decido salir de la guarida en busca de esa ciudad que visitara hace tantos años. Y que me cuesta reconocer. 

En todo caso, en aquella época sé que no visité esta zona, en la que me alojo ahora. La subida por la escalinata no me parece tan dura (me estoy poniendo en forma, qué bueno) y mis deseos por descubrir o redescubrir la ciudad vecchia me dan alas. Y me ponen en el centro histórico en un santiamén. 



Recuerdo, con cariño, el teatro greco-romano (que ahora veo en alguna foto de antaño) y me encamino hacia el mismo. Tengo la fortuna, además, de que la entrada ese día es gratuita. No obstante, merece la pena pagar entrada para ver ese monumento, desde el que las vistas hacia el mar son ensoñadoras. Lástima que la lluvia, aún en ciernes, no me deje ver el Etna, porque en días despejados se aparece en todo su esplendor. 
Teatro griego



Me regodeo haciendo fotos al teatro, situado en una colina estratégica, haciendo panorámicas de la bahía y de una parte de la ciudad. Me siento feliz con esta visita. Es como si no quisiera abandonar este recinto sagrado, en el que Woody Allen rodara alguna secuencia de 'Poderosa Afrodita'. Eso creo recordar.

Sólo por su teatro y por sus parajes, Taormina merece una visita. Una ciudad que ha inspirado a escritores como a Truman Capote o Tenessee Williams y en el que han encontrado retiro espiritual artistas como Dalí, Greta Garbo, Orson Welles, o bien Richard Burton y Liz Taylor, a quienes les gustaba tomar cócteles en el legendario Wunderbar, situado en la piazza IX Aprile, en el que un café en terraza te puede costar unos seis euritos. 
Una ciudad que, ya desde otros tiempos, fuera residencia de aristócratas y banqueros. Un lugar donde todo es el doble de caro que en el resto de Sicilia, incluso los arancine o arancini, que es un aperitivo sabroso, que te puede sacar de un aprieto hambruno en un momento dado. Los arancine son croquetas de arroz hechas con ragú de carne, o bien con espinacas (les encantan a los sicilianos) o con queso.

Desde la Porta Messina a la Porta Catania, a lo largo de su arteria principal, Corso Umberto I, Taormina se muestra medieval, tranquila, aromática, con rincones y callejones con mucho glamur. 
Plaza IX  Aprile


Contrariamente a lo que ocurre con ciudades como Palermo o Catania, que muestran ese aire decadente, descuidado, incluso sucio, Taormina luce espléndida en lo alto de un acantilado, en medio de una vegetación subtropical. Como si se tratara de una urbe de la Europa central desarrollada. Por momentos, uno tiene la impresión de estar en Austria, eso sí, con la calidez del mundo mediterráneo. 





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