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viernes, 14 de abril de 2017

Catania

Después de nomadear por Palermo, que es ciudad con mucha vida, que atrae al turisteo andante, cogí el tren en dirección a Catania, esa tierra que acogiera el rodaje de la magnífica peli de Visconti acerca de los pescadores, y en la que naciera, por ejemplo, el chamán Franco Battiato, por cuya música siento auténtica devoción, y al que he dedicado algún artículo, que figura en este mismo blog. 

El viaje discurre a lo largo del interior de Sicilia por paisajes verdosos (es primavera y eso ayuda con el color) de suaves colinas. A menudo uno tiene la idea de una Sicilia de color dorado (en verano, la cosa cambia, por supuesto, como en casi todos los sitios sureños y mediterráneos).
Al fondo el Etna
 


Kilómetros antes de arribar al destino, ya atisbo en lontananza el Etna, el hogar de Hefesto o Vulcano, ese volcán sagrado, vivo, en erupción, el más grande de Europa (eso se dice), en cuyo interior (si hacemos caso de la leyenda) existe una fragua -qué bueno, la fragua de Furil- donde se forjan las armas para Marte, el dios de la guerra. También se cuenta que en este volcán nacieran a Dionisos, el dios briago y orgiástico. Pues eso, brindemos, copa en alto, con un buen vino siciliano, por este volcán, que sigue fumando en pipa. 


No puedo dejar de mirar al Etna, hasta que la vista y el tren me lo permiten, un tren que marcha con velocidad y resulta confortable hasta alcanzar la ciudad de Catania, cuya primera impresión no es del todo buena (a lo mejor es que uno se ha vuelto algo remilgadín) como me ocurriera con Palermo. A decir verdad, en mi primer viaje a Sicilia (Semana Santa de 1993, tal y como confirmo a través de las fotos que hiciera y alguna nota al respecto) no recuerdo que parara en Catania, aunque sí pasé (o debí pasar) por la misma en dirección a Siracusa. Entonces, mi viaje en tren partía de la ciudad francesa de Dijon (donde estudiaba y trabajaba) hasta Roma. Y desde ahí bajaba hasta el sur de Italia, atravesando el estrecho de Messina. Aquel sí fue un genuino viaje. Lo recuerdo con afecto. En Sicilia me trataron a cuerpo de rey. Había comprado en Francia un billete Eurodominó (de corte parecido a un Inter-Raíl), que me permitía realizar diversos viajes por Italia durante unos quince días. Más o menos. No sé si existe en la actualidad este tipo de billete Eurodominó. 
Panorámica de Catania


El tren llega puntual a la Estación Central de Catania. Aunque sé donde quiero alojarme, no tengo del todo claro si el alojamiento queda lejos de la Estación Central, con lo cual (yo creo que es bueno preguntar al paisanaje) me dirijo a un tipo para que me indique. Y el individuo en cuestión (no precisamente risueño) me dice que esa zona queda a unos diez kilómetros de la Estación de trenes. Joder, vaya movida. O me está vacilando o este chaval no tiene ni pajolera idea de dónde se encuentra el que será, en principio, mi alojamiento, porque si queda tan alejado, me digo, entonces busco algo más próximo. Vuelvo a la carga, en esta ocasión con otra persona, que tampoco sabe decirme con certeza. Esta vez no estuve atinado.
Fontana dell' Elefante
Y eso que mi alojamiento está céntrico, al lado de la famosa plaza donde está erigida la fuente del Elefantito, la 
Fontana dell'Elefante, el obelisco egipcio del elefante, donde, una vez alojado, visito, como es preceptivo. Y hasta me topo con unos sicilianos (ellos están a su aire) que hablan
 por los codos, con las manos, como es su estilo, en un siciliano cuasi ininteligible, aunque sí entiendo que hablan de matar. Qué fuerte. Después de un ratito a su lado, sentaditos que estamos, decido poner tierra de por medio. Dicho sea de paso, ellos, en su rollo, no se dirigen a mí en ningún momento, ni para bien ni para mal. Una anécdota curiosa. 

Para llegar a mi alojamiento, como debe ser, pregunto en un hotel próximo a la Estación Central, que me proporciona -amable su recepcionista-, un plano en forma de la ciudad. 

Mi alojamiento se encuentra al lado del mercado 'La Pescheria', con intensos olores a pescado mezclados con las voces gritonas de los vendedores. A los sicilianos les encanta gritar. 


Alojado, al fin, salgo a tomarle el pulso a Catania. Y me encamino hacia la Vía Etnea, tal vez en busca del volcán, que acabo viendo, a lo lejos, claro está, desde un parque, el jardín Bellini, un oasis en medio de la jungla de asfalto. 

Anfiteatro romano
Visto lo visto, la Vía Etnea, harto larga, con unos tres kilómetros (como la largura aproximada de mi pueblo, Noceda), es la más animada de la ciudad, por la que pasean propios y turistas. Aquí se encuentra la vida social y festiva de la ciudad, aparte de varios monumentos de interés. La Vía Etnea parte de la Plaza del Duomo, otro sitio con encanto, y se prolonga en dirección norte hacia el Etna. 
Plaza del Duomo


La catedral, ubicada en la Plaza del Duomo, es otro sitio emblemático, que merece la pena visitar, sobre todo por treparse a su mirador, desde donde se puede contemplar toda la ciudad. Ver desde las alturas es algo que me entusiasma. "Ser mirador es la única facultad verdadera y aérea", como diría Gómez de la Serna. 
Desde el jardín Bellini


Casi sin querer, queriendo, en el fondo, me encuentro con el anfiteatro romano, que no despierta del todo mi interés, quizá porque el clima no acompaña con su lluvia. 

En realidad, Catania, aún siendo una ciudad Patrimonio de la Humanidad, no ha sido lo mejor de mi viaje a Sicilia. 
Las ciudades, como las personas, te dan o no te dan buenas vibraciones. Y eso es independiente (o no) de su supuesto atractivo. 





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