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lunes, 20 de mayo de 2013

Julio Llamazares, sublime



PRESENCIAS DE JULIO LLAMAZARES

«Mi generación pasó de la Edad Media a la posmodernidad»


Cuando uno es capaz de escribir una obra como La Lluvia amarilla, ya está consagrado. Lo que logra Julio Llamazares con esta novela es algo sublime, incluso un ejercicio arriesgado, como es el adentrarse en la soledad, la tristeza, el silencio, el vacío, la muerte, incluso la locura, por qué no decirlo, y salir indemne de ella.

27/02/2011


Desde el principio hasta el final el autor nos sacude las entrañas y nos invita a reflexionar acerca del tiempo y la muerte, la propia, la de quienes nos rodean y por quienes sentimos afecto. «Llega siempre un momento -”el mío coincidió con la muerte de mi madre-” en el que, de repente, la juventud se acaba y el tiempo se deshiela como un montón de nieve atravesado por un rayo», escribe Llamazares.
La belleza de La Lluvia amarilla nos deja trastocados, tal vez porque el saber nos produce dolor, y esta novela, escrita en prosa, digamos lírica, está llena de sabiduría. Me atrevería a decir que La lluvia amarilla está emparentada con Pedro Páramo en su ambiente fantasmagórico. Ambos escenarios, tanto Ainielle como Comala tienen un singular parecido.
Altas cotas poéticas las que alcanza el autor leonés. No en balde, Llamazares es un magnífico poeta, léanse La lentitud de los bueyes y Memoria de la nieve , incluso el ensayo poético acerca de un pintoresco personaje de la historia leonesa, devoto del buen vivir y el mejor beber, aficionado al orujo y al tute, a quien el autor leonés rinde culto en El entierro de Genarín (existe incluso una adaptación al cine de esta obra): «¿Por qué León se confiesa / sin ir al confesionario / con una copa de orujo / y romances en los labios?» ( El entierro de Genarín ).
En todo caso, si nuestro paisano leonés y maestro, afincado en Madrid, sólo hubiera escrito esta novela, tendríamos ante nosotros, de igual modo, a uno de los más lúcidos narradores de los últimos tiempos en lengua castellana. En realidad, no hace falta escribir muchas páginas para llegar a ser un escritor reconocido, como le ocurriera al mejicano/mexicano Juan Rulfo, quien por lo demás ha ejercido una influencia definitiva en muchos escritores, y que, como ya he señalado, resulta evidente en La Lluvia amarilla , obra cumbre de Llamazares, traducida a varios idiomas, y representada en teatro. Ahora sólo nos queda verla en cine.
Además de la novela mencionada, Julio Llamazares nos ha obsequiado obras como Luna de lobos, sobre la mítica figura del maquis, cuya adaptación al cine hizo otro leonés, «el camarada» Julio Sánchez Valdés (otro paisano a tener en cuenta), o bien extraordinarios libros de viaje como El río del olvido y Trás-os-Montes .
El río del olvido es un viaje que el autor hace a pie, siguiendo el curso del Curueño, el río de su infancia, desde su muerte hasta su origen. Y recuerda la mejor literatura de viajes del maestro Carnicer, Donde Las Hurdes se llaman Cabrera . Respecto a Trás-os-Montes , se trata de un recorrido por esta tierra portuguesa, que he seguido con devoción.
Además de su pasión viajera y su particular mirada del paisaje («el paisaje es memoria... y fuente originaria y principal de la melancolía»), Llamazares ha trabajado como guionista y/o coguionista en películas del director leonés Felipe Vega, como El techo del mundo o en el espléndido documental Elogio de la distancia (rodado en la entrañable A Fonsagrada, Lugo), y aun en otras interesantes películas como Flores de otro mundo , cuya directora es Icíar Bollaín.
La primera vez que supe de la existencia de Llamazares debió de ser cuando lo vi en la película El Filandón , del director berciano Chema Sarmiento. Recuerdo aquel relato suyo, que transcurre en el pantano del Porma, entre la alucinación y la noche azulada de un pueblo en ruinas, impregnado de aromas rulfianos, y un poema, Fresas , leído en off por el propio Llamazares, que dejó una profunda huella en la retina de mi memoria: «Entre las truchas muertas y la herrumbre, fresas. Junto a las fábricas abandonadas, fresas. Bajo la bóveda del cielo, muñecas mutiladas y lágrimas románicas y fresas. Por todas partes, un sol de nata negra y fresas, fresas, fresas. Consumación de la leyenda: en los glaciares, la venganza. Y, en los espacios asimétricos del tiempo, un relato de amor que la distancia niega y ocas decapitadas sobrevolando mi corazón. Por todas partes, un sol de nata negra y fresas, fresas, fresas...».
Es probable que su pasión por el cine le llevara a escribir Escenas de cine mudo , constituido por varios capítulos, en los que la realidad se impone como una fotografía en blanco y negro, entre los que destacaría Retrato de un fantasma, La colina del diablo, Pulmones de piedra, La memoria enterrada, La vida en blanco y negro, Huérfano en la catedral o Se vive solamente una vez , que dedica al British Bar de Lisboa, en Cais do Sodré, donde hay un reloj cuyas agujas y el tiempo discurren al revés.
En el penúltimo capítulo de Escenas de cine mudo, Uvas de perro , Llamazares menciona las fotos de Juan Rulfo, que el escritor hizo cuando recorría como viajante los pueblos de todo México/Méjico. «Rulfo-¦ sabía que las fotos tienen que ver con la muerte». «En sus fotografías -“escribe Carlos Fuentes-, Juan Rulfo resucita al pueblo entero de Pedro Páramo y El Llano en llamas para darle su actualidad más precisa y más preciosa».
A Llamazares he tenido el placer de verlo en contadas ocasiones. La primera vez que me acerqué a saludarlo fue en León, hace ya un montón de años. Él estaba sentado en la terraza de un bar, el Universal, creo recordar, situado bajo los soportales de la Plaza Mayor. Luego pude charlar con él cuando vino a la capital leonesa a presentar su Elogio de la distancia , y más recientemente charlé con él en el pasado Festival de cine de Astorga.
Un lujo que nuestro maestro literario haya estado en las Tardes de Autor de la capital del Bierzo Alto. Hasta la próxima.

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