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martes, 7 de agosto de 2012

A Chavelacita Vargas

La dama del poncho rojo no era originaria de México lindo y jodido pero en realidad era más mexicana que nadie/naide. Una artista muy grande, que vivió sus últimos años en un lugar de una singular belleza, en Tepoztlán, en el regazo del cerro del Tepozteco. Lugares que tuve la ocasión de visitar durante mi estancia en este país azteca rayado con la savia de la vida/muerte.  

Qué pena que no la pudiera ver/escuchar en directo. Su última actuación fue en Madrid, a principios de julio de este año. Me la anunció mi amiga Maite en la capi del Reino: me voy a un concierto de Chavela en la Residencia de Estudiantes (legendario lugar donde estuvieran, entre otros, los genios Dalí, Lorca y Buñuel). Pues yo me voy a Priego a un encuentro poético, le respondí. Ahora ya no caben lamentaciones. La verdad es que nunca sirven de nada. Lo pasado, pasado está. Y ya. Los pretextos, que diría un mexica, los inventaron los pendejos y para los güeyes. Nomás. 

Lo que sí da pena es que se muera alguien con tal fuerza escénica, capaz de sobrecoger con su voz desgarradora a propios y extraños. Ahí queda esa llorona, que me eriza hasta los vellos del alma, cada vez que la escucho, y tantas otras canciones. Una rancherita más, manita. 

Te lloraremos, Chavelita, te seguirán llorando tus cuates y cuatachas en la mítica y chingoncita plaza de Garibaldi del Distrito defequense, el D.F, o sea, porque fuiste enorme. Pero también permíteme tantito que ahora me ría de la calaca. 

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