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viernes, 20 de abril de 2012

Miña terra galega

Recupero este texto, ahora que estoy en A Coruña, momentos antes de presentar mi fragua en la Casa de León en esta ciudad hermosa. Me acompañará en la presentación el amigo Jesús Celemín, Chero. 


Confieso que Galicia, miña terra galega, es un paraíso, tierra amada, útero de excelentes músicos y escritores, lugar de buen yantar, abundante y delicioso, un sitio en el que uno se siente como en casa, tal vez porque un berciano, ya sea del Alto o del Bajo, entona y respira, siente y habla como un gallego. No en balde, alguien me dijo en una ocasión que yo hablaba como la gente de La Coruña, lo que me entusiasma, aunque resulte curioso. 

Bueno, a decir verdad, también hubo un tiempo en que me decían que hablaba como un mejicano/mexica, pero eso fue hace más de quince años. “Se me hace/hase que eres chilango, cabrón”, me dijo un tipo, Héctor, alias El Pollo, en Tepoztlán (Estado de Morelos). Qué buenos recuerdos.

Chilango se les dice, por lo demás, a quienes viven en México, Distrito Federal, acaso la ciudad más grande del mundo. Al final, resulta que uno acaba mimetizándose con el ambiente en el que vive, aunque conviene no perder el norte ni las raíces. “Si no sabes de dónde eres, tampoco sabes adonde vas”, reza un refrán. 

A lo que vamos: La Coruña o “A Cruña” es una ciudad encantadora, sobre todo desde que a alguien se le ocurrió la feliz idea de hacer una ruta para bicis a lo largo del paseo marítimo. Da la impresión de que uno estuviera en Holanda, y a la vez en Buenos Aires. 

La Coruña permanece en mi memoria como aquella ciudad a la que iban a veranear los ricos madrileños, que tenían criada, y de paso se la llevaban con ellos para que ésta (la mucama, pobriña) les siguiera sirviendo en esta ciudad marítima. La Coruña (ahora A Coruña), cuyo símbolo sigue siendo la Torre de Hércules, o el estadio de Riazor, si quien la visita es futbolero, me late una ciudad donde uno viviría la mar de a gusto, y nunca mejor dicho. 


En cuanto puedo, ya sea un fin de semana, largo y “antroideiro” o pachanguero, o lo que se tercie (como en este caso de presentación librera), enfilo viaje a Galicia como quien viajara a un país exótico y a la vez familiar. Además de visitar La Coruña, que ya es una ciudad más o menos conocida, a veces me da por allegarme, cual peregrino, a Santiago de Compostela, esa ciudad gris y lluviosa, que durante la noche se vuelve amarillenta. Y donde está enterrado el excelso Valle-Inclán. Hace unos días nomás visitaba su tumba en el cementerio de Boisaca. Qué pena, que la gente grande se muera.


En ocasiones aprovecho incluso la tirada para visitar o revisitar Iria Flavia, fermoso nombre para un pueblo que vio nacer al gran Cela, y en cuyo camposanto, bajo un olivo y una lápida de granito, reposa el premio Nobel y marqués de esta localidad gallega, que en su día hizo buenas migas con nuestro entrañable Antonio Pereira, tal y como recoge el amigo cacabelense Fermín López Costero en su Catálogo bibliográfico de Pereira: “No he conocido jamás a nadie con más vocación literaria que Antonio Pereira –escribió Cela-, el hombre que nos demostró a todos… que un cuento, por breve que fuere, puede tener la misma entidad… que la novela más compleja”. Pereira también era muy grande, Cela se me antoja un fenómeno (sobre todo el de Cristo Versus Arizona, Mazurca para dos muertos, San Camilo 1936... y Galicia es el lugar al que uno siempre vuelve.

Ahora me voy a dar una vueltina por A Coruña.

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