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martes, 3 de abril de 2012

La misa como teatro (y viceversa): tamborreando



           
            En tiempos de tamborreo y procesionamiento, a golpe de saeta, dan ganas de colarse por la gatera, acaso de la surrealidad. ¿Te acuerdas, Miguel, de la gatera conquense? Qué curioso. Oigo los tambores del Apocalipsis en mi letargo vespertino. Tanta procesión tragicómica acaba empachando nuestras ilusiones de adultos rebeldes. ¿O no? Tanto misamen pa' que. Pues para que nos pongan la chola como un bombo o zambombo. A darle al paso.

Si es que uno va a misa (incluidas las procesiones), como quien fuera al teatro a ver una obra de Ionesco. O algo tal que así. Puro absurdo de lección (in)aprendida. Uno va a misa (incluidos los desfiles religiosos) como quien fuera a un melodrama a soplar el saxofón y tocar la pandereta en momentos de arrebato. Ay, diosito de mis entretelas, ayúdanos, que nos tienes a las tres menos cuartillo. Y el que más chifle capador. Como se decía antaño. Capar, vaya palabro más espeluznante. Qué todo sea por la interpretación. Eso sí, a actores no hay quien nos meta mano. O sí. Apuestas, please. 

Hoy te toca a ti que te lean el silabario (el viejo), no creas que te vas a ir de balde, que también tú eres mono de coliseo y hace tiempo que teníamos ganas de clavarte el diente,  o lo que se tercie, ya puestos, y mañana, si no te importa y nos entra la corajina religiosa, rezaremos una novena por las ánimas benditas, que a buen seguro están chamuscando sus pasiones en el brasero de Botero, ya sabes, el archicofrade ese del cuento.
            El próximo domingo le toca a una familia entera que la vistan y la desnuden en un quítame allá esos trapos,  y al siguiente, Dios mediante, le recortarán el traje o el papel a un despistado que hace algún tiempo olvidó acudir a la función de doce. En qué estaría pensando ese pinche güey. Ay, acá se dice mocho de sacristía, beato nomás, pendejo. 

¡No me digas que este rapacín no está en las nubes! ¡Mira que olvidarse que la misa de los domingos es la verdadera función, la que cuenta, o sea! Esto es imperdonable. Tiene delito la cosa.  ¡Fíjate, fulanita de tal, no me digas que aquélla, la del pellejo de zorra,  no tiene pinta de incrédula y de tocar las pelotas al vecino! ¡Fíjate, hasta se come las obleas como si estuviera muerta de hambre! Manda “güevos”, que en este teatro misal no se salva ni Cristo bendito resucitado. Te montan el cirio y te hacen mover el esqueleto cual si fueras un actor, maniquí o pelele del teatro de la muerte de Kantor. ¡Qué grande el director de Cracovia!

            Creo recordar, si la memoria no me traiciona, que  Mallarmé dijo que el teatro es una misa. No importa en verdad quien lo dijera. A lo mejor me salió de adentro. Qué cosas digo. 

Valle-Inclán, cuyos esperpentos tenían mucho de Santa Compaña, también debió decir algo similar. O que la misa es un teatro. En los pueblos del Bierzo (y aun en el resto del orbe cristiano) el paisanaje es muy dado a acudir a misa con la noble intención de interpretar su papelín o papelón/papón. Todos bien ataviados. El vestuario cuenta mucho a la hora de salir a escena. El ropaje es la carne que reviste el alma y la hace parecer aún más decorosa de lo que realmente es. A unos les gusta disfrazar sus sentimientos, y a otros les encanta tragar sus penas en forma de hostia consagrada. Pero el asunto es figurar, estar ahí, mirar, observar, moverse en el espacio escénico, exhibirse en el escaparate de las máscaras, levantar la voz y el corazón al tiempo que el director, espiritual casi siempre,  invita a los feligreses, comediantes todos ellos, a que se den la mano en gesto de amor fraternal.  Qué prosiga la farsa, la farándula y las procesiones semanasantinas (joder, parece que hubiera dicho sietemesinas).

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