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martes, 13 de septiembre de 2011

Salamanca





Vistos/escuchados los conciertos de La Encina de Ponferrada, entre ellos Fangoria y Melendi (¡quién me lo hubiera dicho a mí hace años!... pero la música, incluso la comercial, sobre todo en vivo y en directo, despierta, ay, muchas pasiones y sentimientos encontrados), me fui a la ciudad charra a dar un voltión. Algo que llevo haciendo, salvo algún año (como el pasado, que me fui a Berlín) desde hace tiempo. Pues en Salamanca, por estas fechas, también hay ferias y fiestas de guardar. Y esta ciudad universitaria bien se merece una visita, al menos, una vez al año... que además de no hacer daño... al contrario, reanima el cuerpo y el espíritu. 


Olvidaba decir que Fangoria/Alaska (ciertamente es música enlatada) también actuó en esta Capital Europea de la Cultura, Patrimonio de la Humanidad y Ruta Camino de la Lengua Castellana. Conocida, asimismo, como ciudad sabia, Roma chica o "poso de cielo en la tierra", según Unamuno, Salamanca o Helmántica es un sitio que uno visita con agrado, una y otra vez, quizá para reencontrarme con el estudiante de Espronceda, con el estudiante que fui en su día, que sigo siendo, porque uno no deja de estudiar, de aprender, de sentir, de viajar...
Salamanca que enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado (Cervantes, El Licenciado Vidriera).

 La verdad sea dicha, cada vez que visito Salamanca me da como gorrión, que diría la escritora cubana Zoé Valdés... o mejor dicho, cada vez que visito la ciudad del Tormes siento una nostalgia increíble... tal vez por algo que perdí, o que dejé atrás, quizá por ese tiempo mágico que viviera allá por el año 91 como estudiante universitario, antes de irme a Francia como Erasmus, y luego los últimos meses del 92, antes de volver a salir de España con una beca Comett, ahora Leonardo Da Vinci. Qué tiempos aquellos en la Avenida de los Comuneros, espacio de tertulias y arranques líricos, en compañía de Agustín de Burgos; Juan, el Extremeño; Toni, el hermano de Juan; Abel "Ser" (que ahora debe andar por las Alemanias, después de su estancia inglesa, y entonces bajaba a darnos humor y palique); Alex, el Germano... y aun otros y otras (como la banyolense y divertida Teia), que se iban sumando a la tropa y al sarao. 


                                              Fachada de la universidad

Plaza Mayor
Cada vez que asomo el hocico por Salamanca es como si sintiera el síndrome de Stendhal. Ya sabéis del desvanecimiento ante tamaña belleza. Pues uno siente vértigo, excitación, alucinaciones incluso. Y todos esos recuerdos de una época que fue, que pudo ser, que ya nunca podrá volver a ser, porque uno ya no puede bañarse en el agua de un mismo río. Qué filosófico me quedó esto último. Y eso produce tristeza. Aquellos recuerdos de cuando estudiaban allí algunos de mis paisanos y amigos, como Fernando, Jose "Alejandro", o Mingo, al que fui a visitar en alguna ocasión, mientras uno estaba en otra universidad, a saber, la de Oviedo. 
                                  

                                                 Camelot
Aquellos tiempos de inconsciencia, cervezas, paseos por la Rúa Mayor y la Plaza Mayor (donde siguen dándose cita tanto unos como otras, al amor del sol que cura), conciertos de jazz en el Corrillo y trasnoches en el Piper (donde una noche llegué a ver a Arturo Pérez Reverte y Pedro Piqueras), cafés-bombón en el café Moderno (donde trabajaba de camarero y en ratos libres Agustín), meneítos en el Camelot, palomas en el Bambú, bocadillos de bacon y queso en el Leonardo, varios libros en la Víctor Jara, una conferencia de García Calvo, algunos seminarios y exposiciones de doctorado en la "Fac" (mis felicitaciones para el profesor Navarro Góngora y para aquel fenómeno de la Etología Humana, Giner Abati). Y mis mejores deseos para Marta Badía. ¿Qué será de ella?... 

                                           Martín Patino

                                       Café Novelty y esatua de Torrente Ballester
    

Aunque pesa la morriña, también resulta grato regresar de vez en cuando a esta ciudad que te permite ver la colección Basilio Martín Patino de artilugios precinematográficos, en concreto en la Filmoteca, que dirige el gran Pérez Millán, o bien al propio cineasta Martín Patino paseando, eso sí con dificultades, al lado de las catedrales, incluso puedes sentarte en el histórico café Novelty (en la Plaza Mayor) a conversar sobre la saga/fuga de JB con la estatua de Torrente Ballester, y hasta es probable que la ciudad te convide a vivir a la vez en la Edad Media (una vez más la melancolía por una época mitificada, con aromas a incienso, clerigalla, quema de bruxas y peste) y en la Edad Contemporánea, incluso Transmoderna. Esto es más o menos lo que podría ocurrírsele al maestro y filósofo Gustavo Bueno, quien viviera una época harto convulsa en la ciudad del huerto de Calixto y Melibea (que se inauguró en el 1981 con motivo del hermanamiento de las ciudades de Coimbra y Salamanca): un lugar, el huerto, que tiene la apacibilidad de un jardín de las delicias y el encanto de ser mirador, la única facultad verdadera y aérea, balcón hacia el Tormes, el río donde nacieran al Lazarillo, la novela picaresca por excelencia, acaso el relato fundacional del género, tan español, tan nuestro. 

                                         El Tormes

Ese río que da sabor y colorido a una tierra dorada, y que invita a refrescarse en sus aguas, o bien a cruzarlo en barca, como otrora, un lunes de aguas, o cualquier otro día, eso sí, provisto de un sabroso hornazo,  que es como nuestra empanada berciana, unos chochos (dulces anisados, ay) como postre, y por supuesto una buena compañía. Como alternativa, tal vez menos bucólica y amorosa, cabe la posibilidad de atravesarlo por el puente romano,  desde donde se disfruta de una estampa idílica de la ciudad salmantina. Pero, ojo, no nos dejemos "turriar" contra el toro rocoso, que sigue en pie, como le ocurriera al "infelice" Lazarillo. Por estos pagos, otrora se concentraba toda la chusma y picaresca de la ciudad, mientras que ahora se montan chringuitos y hasta jaimas en días de ferias y fiestas.


 
Ciego y Lazarillo
                                              
                                                  Puente romano

Toro
"Salimos de Salamanca, y llegando a la puente, está a la entrada della un animal de piedra que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme que llegase cerca del animal; y allí puesto me dijo: 
-Lázaro, llega el oído a este toro y oirás gran ruido dentro dél... (Lazarillo de Tormes).

                                         Celestina en Huerto de Calixto y Melibea

                                                  Palacio de Anaya

El huerto de Calixto y Melibea es el sitio perfecto, en días de calor, para tomar una foto a estatua de La Celestina, rememorar la historia... literaria de la ciudad y darse un descanso. Qué grande es Salamanca en historia, en monumentalidad... en su belleza de piedras rosadas, de la nobiliaria Villamayor, dicen, cuando el sol dora las fachadas de sus edificios: las catedrales (donde se puede ver, qué chistosito, a un astronauta de piedra, supongo que incluido por modernos canteros, amén de otros talismanes), la emblemática casa de las Conchas (en la que está la oficina de turismo), la llamativa Torre del Clavero, el palacio Anaya (hoy Facultad de Filología), el convento de San Esteban, donde se hospedaran, entre otros y otras,  Teresa de Jesús, Ignacio de Loyola o Bartolomé de las Casas, y en el cual Colón recibiera apoyo por parte de los Reyes Católicos para su viaje a las Indias o Américas, el colegio Fonseca (triste y sola... sola se queda... con su bello claustro y su restaurante chic, en el que se come muy rico), la casa de Unamuno, o bien la aledaña y fantasmagórica Casa de las muertes (vaya nombrecito)... ¿Y qué sería de esta ciudad sin su Universidad (y la rana que luce encima de una calavera), la más antigua de España  y tan conocida como Oxford, Bolonia o La Sorbona... sin sus estudiantes y profesores... sin su poso cultural y artístico? ¿Acaso hoy sería sólo un poblachón? 
                                                   San Esteban

                                           Claustro de Fonseca

                                                   Torre Clavero

Un recuerdo especial merece la casa Lis: Museo de Art Nouveau y Art Decó, que tanto entusiasmó al ya desaparecido artista Bergara Leumann, a quien tuve el privilegio de conocer en Buenos Aires, tal vez porque le hacía recordar a su Botica del Ángel.
                                                                Casa-museo Lis
                                                       

En realidad (dicho sea con respeto y a la buena del Señor y de la Señora), Salamanca es un pueblo más o menos grande, con su gente de a pie, que habla una suerte de español con deje caló, al que van a parar muchos estudiantes de toda la geografía española, y aun extranjeros y extranjeras -proliferan los gringos y japoneses- en busca de la lengua de Cervantes (vaya potencial turístico, qué gran descubrimiento) y mucha farra nocturna. Cualquier pretexto es bueno para darse al dance y a la priva... en los muchos y bien decorados bares, "pufes" y discos que hay en la ciudad del polifacético Torres Villarroel, quien por cierto requeriría de una amplia reseña él solito. 

"Yo nací entre las cortaduras del papel y los rollos del pergamino en una casa breve del barrio de los libreros de la ciudad de Salamanca" (Torres Villarroel, Vida).

Por el momento, sólo decir  que puede verse su busto a la entrada de La Cueva, un sitio donde, según el saber popular, el diablo impartía clases de nigromancia, adivinación y brujería, y que figura en un entremés, La cueva de Salamanca, de  Cervantes. Sobre esta cueva han escrito varios ilustres de las letras, tal como reza en una placa. Dicho sea de corrido, el significado de Salamanca, en Hispanoamérica, es antro donde bruxas y "demois" celebran sus aquelarres. Por asociación fonética, incluso semántica, podría hablarse de una Salamanca salamandra salamántica. Considerada como tierra de actividades nigrománticas. Si es que la ciudad charra da mucho de sí. No en vano, el profesor Gustavo Bueno relataba sus experiencias en esta ciudad cual si se tratara del Medioevo. Dicho lo cual, el pretexto de mi último viaje a esta tierra -siempre hay algún pretexto- fueron algunos conciertos de las fiestas: 

los intrépidos Folk On Crest (que tocaron a pelo durante unos minutos después de que se les fuera la electricidad); la curiosa, multicultural y entusiasta Banda del Soplo; los legendarios Milladoiro (que me erizaron los vellos del alma cuando tocaron Maruxa), etc. Me pide Sergio Grande, el gaitero de los Folk, que le envíe unas fotos. Así lo haré, Sergio. Lamento, por lo demás, haberme perdido a Mónica Naranjo (a quien escuché por primera vez en México, hace ahora unos 16 años). Pero no se puede estar al plato y  las tajadas. 
                                                Milladoiro

                                             Banda del Soplo

También en la ciudad en que impartieran docencia Fray Luis de León ("Decíamos ayer") y Unamuno he tenido la ocasión de presenciar conciertos de las maravillosas divas griegas, Elephteria Arvanitaki y Alkistis Protopsalti. Inolvidables.  

En el próximo texto daré cuenta de mi visita a Alba de Tormes:  ciudad que acogiera los restos de la Santa Teresa. Por cierto, en Salamanca también se halla su casa (Vivo sin vivir en mí), aunque da la impresión de que nunca estuviera abierta al público.

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