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sábado, 3 de septiembre de 2011

El Curueño: el río del olvido y de la memoria

               

El río del olvido y la memoria, cara y cruz de una misma moneda, la dialéctica en la que se mueve asimismo Hiroshima mon amour, la novela de Duras y la peli homónima de Resnais. 
"-Tú no has visto nada de Hiroshima. Nada. 
-Lo he visto todo. Todo.”  

"Para el hombre romántico, el paisaje es, además, la fuente originaria y principal de la melancolía" (El río del olvido, Llamazares)

Agosto. El cielo se muestra encapotado. Amenaza lluvia. Es probable que caiga una tromba. Ya está zumbando. Hoy toca día de burros en Noceda del Bierzo. 

Es probable que se agüe la fiesta de San Bartolo, y todo el vino se avinagre. Pero una llamada de teléfono me saca de mi ensimismamiento y me hace cambiar los planes previstos: ir a la carrera de pollinos en el barrio de Río de Noceda. 
-¿Te has enterado de que Julio Llamazares estará en un pueblo llamado Lugueros?", me dice mi amiga. 
-No, no me he enterado -respondo- porque vivo en la inopia uterina de Gistredo. 
-¿Y dónde queda ese pueblo?", me atrevo a preguntarle. 
Entonces me acuerdo de que he leído y aun releído El río del olvido, de Llamazares, donde figura este pueblo en la sexta (la última) jornada del libro. 
"Tú no has leído nada de Llamazares. Nada. -Lo he leído todo. Todo", suspiro como queriendo imitar el tono de Hiroshima mon amour


Vaya memoria la mía. ¿Cómo no recuerdo esto? Si es que los años no pasan en balde, mas no nos pongamos estupendos. Y, además, qué importa dónde se halle Lugueros. 
Río Curueño
Lo importante es que Julio Llamazares estará allí para hablar de un libro, eso creo recordar que me dijo mi amiga. -Será de su último libro de relatos, Tanta pasión para nada. -Pues será para eso. 
-O bien será para hablar sobre el Curueño... Qué más da. 
Lo que cuenta es que el autor de La lluvia amarilla (qué grande, ché) estará en Lugueros, y esto en sí mismo es ya motivo de fiesta... de farra literaria, claro está.


Ahora, que tengo el libro delante de mis narices, leo que Lugueros también aparece en El río del olvido: "Mediodía en Lugueros (con borrasca)...".

Vista de Lugueros
Después de dar algunas vueltas a la cabeza, decidimos que lo mejor es viajar a Lugueros, aunque quede bastante alejado del Bierzo, porque Llamazares bien lo merece.

Es una ocasión extraordinaria para saludarlo, conocer este pueblo, y saborear de nuevo el Curueño (no hace tanto sí había estado en La Vecilla), el legendario río de la infancia de este gran autor leonés, "el solitario y verde río que atraviesa en vertical el corazón de la montaña leonesa", esa montaña que tantos bercianos y bercianas desconocemos. Y con el que me apetece religarme ahora y para siempre. 

"El próximo año en verano -nos anunció Julio Llamazares- os invito a dar un paseo por estas tierras". Pues que así sea. 

Iglesia de Lugueros
Las adversidades climatológicas no fueron impedimento para tomar rumbo hacia ese paisaje que es memoria. Y allí que nos plantamos, puntuales, esto es un decir. Tan puntuales que ya estaban dando las ocho de la tarde cuando llegamos a Lugueros. Y el encuentro comenzaba a esa hora en la iglesia del pueblo, un escenario "perfecto", que a buen seguro diría/dijo Yuma (que por allí andaba), para Llamazares. 

-Hola, Yuma, ¿qué tal? 
-Hombre... por los pelos se me adelantó el autor... -ya me dijo Bolaño que habías estado en A Fonsagrada y le habías llevado el texto que publicaste sobre él. 
-Pues así fue. 
Ya te diré yo sitios y personajes interesantes que podrías visitar en A Fonsagrada -me aclara él. 

-Se agradece, Yuma... A ver si quedamos en otro momento y hablamos con calma... en el Bierzo, quizá. 

Con Yuma, la verdad, la conversación resultó ágil y amena. Y Julio Llamazares, al que presentaba el poeta Ángel Fierro, se mostró cercano y entrañable, y nos recordó el inexorable paso del tiempo por el río de la memoria y el olvido, así como la muerte de varias personas que él conociera hace ahora treinta años, durante su viaje a orillas del Curueño, en las diferentes poblaciones de la montaña leonesa. 


Finalizada su charla -que amenizaron unos tipos con música clásica-,  Llamazares se dispuso a firmar ejemplares de su último libro, y algunos de la reedición del El río del olvido. 
Esperamos, pacientes, y, cuando acabó de firmar, nos fuimos a saludarlo. 
-Hola, Julio... venimos desde Primout para verte. 
-Hola, Manuel. 
-Es broma lo de Primout... pero sí venimos desde el Bierzo Alto. 
-¿Y habéis venido desde tan lejos sólo para verme? 
-Así es... 
-Por cierto, no conozco Primout -aclaro él. 
"Anda, y yo no conocía Lugueros, pensé, pero no se lo dije". Entonces, hablamos del poeta Ángel González y su estancia en Primout así como el relato que Llamazares le dedica en Tanta pasión para nada. Y cuando ya nos disponíamos a irnos, Julio, amabilísimo, nos dice que nos quedemos al menos a tomar un vino con él y el resto del grupo, entre ellos su mujer Cecilia Urueta (a quien ya habíamos saludado), Ángel Fierro (que nos obsequió con una revista, Arbolio, sobre la Montaña Central leonesa) y gente del ayuntamiento como el joven alcalde Emilio. 
-Bueno, pues nos quedamos a tomar un vino -respondo. 
-Y ya que estáis aquí -dice Julio- podríais quedaros a pinchar algo con nostros, si no tenéis prisa.


Quedan más de 170 kilómetros por delante, pero si el anfitrión lo pide, y el alcalde da su beneplácito, que no se hable más. 

-Sabes, Julio, hace un tiempo estuvimos tras tus pasos y los de Torga -le dice mi amiga- recorriendo Trás-os-Montes. Es que Manuel -señala ella con cierta retranquina- está enamorado de ti. 
-Bueno, enamorado de tu literatura -aclaro yo. 

La conversación con Llamazares resulta en verdad interesante al amor de una copa de vino, unas tapas de pulpo y aun otras viandas.


Una velada inolvidable en la que también salió a relucir, cómo no, el polifacético Viggo Mortensen (ahora novio de Ariadna Gil), que desde su preparación para el papel del capitán Alatristre, la película de Díaz Yanes, se quedó enamorado de la montaña central leonesa y en concreto del Valle del Curueño, donde se cuenta que perfeccionó su modo de hablar en contacto con los lugareños. 
Hasta otra.

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