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domingo, 18 de septiembre de 2011

Algunos recuerdos salmantinos

Prosigo rescatando recuerdos de aquella época en la ciudad charra. Pertenecen a un Diario escrito hace un montón de años. Vayan aquí unos pocos:

De la Facultad de Psicología de Salamanca recuerdo al profesor José Navarro Góngora, mi coordinador de doctorado en Salud mental. Pepe, que así le gustaba que le dijéramos, era un tipo muy irónico y "bacilón". Había realizado una tesis doctoral en psicoterapia sistémica, y era buen conocedor de las terapias que ingeniara Milton Erickson. Pepe, al menos, sabía por donde andaba, cosa que la mayoría de apoltronados en los escaños universitarios no saben. Salamanca tiene buena fama en lo que a enseñanza universitaria se refiere, pero la realidad me desveló que no es oro todo lo que allí reluce, ni está el campus adornado con mandrágoras.

En la célebre Universidad de Salamanca se encuentran botarates como en cualquier otro sitio. Es normal. De todos los profesores y profesoras que conocí durante el doctorado se salvan muy pocos, si exceptuamos a Navarro Góngora (a quien le deseo lo mejor), al parecer casado con una francesa, aunque esto no sea significativo. Al que no soportaba era a un tal J.A.H, un trepa, jovenzuelo y con los humos subidos al quinto pino. Era Vice de algo, ahí es nada. Estaba enchufado, como es obvio, por alguna entelequia. 

El ínclito de marras era un atrevido, y lo dejó clarín clarete durante la exposición que hiciera delante de un grupo de doctorandos de un trabajo sobre psicología sistémica, un curso de doctorado que dirigía y coordinaba el profesor Navarro Góngora. Aquel J.A.H. no parecería entender nada. Y por supuesto se sentía perdido y arrebujado en su propia verborrea mental. En verdad, no sabía adonde meterse, no acertaba a dar pie con bola, le salían los coloretes en las mejillas y le resbalaban las palabras en la garganta, o sea, estaba hecho un lío.

Navarro Góngora, por su parte, no podía contener la risa... y aquello estaba derivando en una situación cómica de primer orden. El profesor Navarro Góngora hacía muecas como queriendo decirle: “Déjalo ya, J.A., no empeores las cosas”. Pero el botarate de turno estaba erre que erre,  insistía en  exponer su entrecortada y estúpida palabrería, quizá creyendo que estaba ante un auditorio de descerebrados, como él mismo. Ya se sabe, el tuerto en el país de los ciegos se cree el rey. “No, amigo J.A., hasta aquí has llegado, te acabas de encontrar con la horma de tu zapato, no más”. Lo cierto es que para pararle los pies a un tipejo así no hace falta tener muchas luces, se le ve venir a leguas, ¡hasta ahí podíamos llegar!, no, nordá, muletilla que utilizara nuestro paisano, el señor Teresín, como queriendo reafirmar sus convicciones: “¿Es cierto que las ovejas entraron al trigo?”, le pregunta el padre a su hija, ante unos tipos que  acusaban a la muchacha de que sus ovejas hubieran hecho escabechina en en tierra ajena.  “No, padre”, responde su hija Consuelo. “La pastora es fiel y dice la verdad, nordá, así pues lárguense de mi casa o los corro a patadas”, les suelta al parecer Santiago Teresín a quienes pretendían denunciar a su hija. Así se las gastaba el señor Teresín, que Dios lo tenga en el cielo, y nosotros que lo veamos. Hecho este inciso, retomo:

Salamanca tiene una luz y un color que siempre me han gustado. La Plaza Mayor, La Rúa Mayor y la Plaza de Anaya son sitios extraordinariamente encantadores, qué cursi me quedó esto último. Salamanca sin estudiantes universitarios sería un pueblo, con sus charros y su casticismo, una población tumbada en la hierba, a orillas del Tormes. Pero los estudiantes le dan un aire colorido y cosmopolita. En el fondo, no deja de ser una capital de provincia. “En Salamanca yo tenía la impresión de vivir en la Edad Media y en el siglo XX a un mismo tiempo”, se reía Gustavo Bueno, cuando nos hacía soñar con sus clases de Antropología en la Universidad de Oviedo.

Si lo que deseas es conocer a extranjeros y extranjeras en tu propio país, inscríbete a un curso de idiomas en Salamanca, y verás cómo te espabilas dándole a la lengua, en todas sus variantes lingüísticas: los franceses y francesas te esperarán en el Moderno, los teutones y germanas lo harán idem de lienzo en El Camelot... y así ininterrumpidamente, hasta festejar las lenguas europeas en todo su esplendor, divirtiéndote con alguna modulación hispana, y aun con la vecina o vecino de tu piso, que es de Alba de Tormes, y tal vez con la cuñada de tu primo, esto es un decir, que estudia Medicina y es de Vitigudino.

En Salamanca tuve el gusto de codearme con la Rana de la fachada de la Universidad, incluso con una tal María Jesús. Aparte recuerdo a Anita, una alemana delgada y con gafitas, a Lenka, una checa grandullona, a Olivia, una  medio belga, medio yanqui, medio-medio, a quien le gustaba la O’Connor. Olivia vivía con otras guiris encima de los soportales de la Plaza Mayor.

María Jesús era una rapaza salada, a quien conociera en el Centro de Idiomas en clases de francés, clases que recibíamos los que habíamos solicitado una beca Erasmus y en general los universitarios. Un día quedamos para tomar café en el Bécquer y luego paseamos, con bucólico sentir, hasta el campus universitario, a orillas del Tormes.

Por su parte, Lenka, la chica checa, me escribió algunas cartas cuando uno ya estaba en la ciudad francesa de Dijon practicando expresiones en La Chartreuse (La Cartuja), y ella había abandonado la ciudad Helmántica para regresar a su ciudad, Praga.

Y sobre todo guardo un especial recuerdo para Agustín de Burgos, a quien he vuelto a ver y coincidir con él y con su chica Amina, en Ponferrada, Abel "Ser", quien me acogiera hace unos años, durante unos días, en su casa de Aberystwyth (Gales), y con la catalano-castellana Teia, con quien compartí ratos muy agradables, y a quien no veo desde hace muchos años. 

En Salamanca también conocí a Frank, un alemán que se tomó seis meses sabáticos para aprender castellano en España. Frank era amigo de Alex, otro medio alemán, medio español. Ambos compartían cocina y comida con nosotros, en la avenida de los Comuneros. La verdad es que en aquel piso de Comuneros lo compartíamos todo, éramos como una comuna de hippies dispuestos a comernos el mundo de un solo bocado.

Frank prefería nuestras tertulias, y luego quedarse flipado a base de porros delante de la televisión, que soportar rollos mañaneros de castellano en la Academia en que estaba matriculado. Frank le pegaba al hachís y a la marihuana, quizá esperando aprender con más celeridad el castellano. A veces surte efecto. Frank era electricista en su país y muy simpático con nosotros. Como la cocina no se le daba nada bien, prefería fregar platos y barrer la casa. Allí todo el mundo tenía tarea encomendada.

Alex tenía un buen dominio del español, incluso daba el pego, pues con su entonación podía pasar por vasco o catalán. Qué curioso. Alex, cuyo padre era de origen español, tenía un gran oído y una espléndida novia extremeña, cuyo mirar era dulce y alegre, ilusionado y a la buena fe. 

Alex comenzó estudiando Filología Inglesa -un alemán dándole al inglés en España, qué divertido-, se aburrió y acabó abandonando la carrera; lo que quería en verdad es ser músico, incluso llegó a formar una banda musical, en la que tocaba la batería. Nunca supe si era habilidoso para tal asunto.

Alex tenía un hermano muy pintoresco -no recuerdo cómo se llama-  que  hablaba castellano con acento sureño o andaluz de Cádiz. Un fin de semana se acercó a Salamanca. Y se quedó todo el fin de semana, con su fogosa novia,  en el cuarto de Alex. De no ser por sus jadeos, a fe que los hubiera dado por muertos. Cuando llamé a su puerta, para saber si aún seguían con vida, me invitaron amables a que me adentrara en la caverna. Allí estaban aquellos dos seres, en cueros, como la madre que los parió, exhibiendo sus cuerpos serranos. “Perdón”, les dije, creía que os había pasado algo.  “No te preocupes -me respondieron-,  estábamos muy cansados. Nos gusta el reposo y la tranquilidad"... 

Con Sara y con Abel "Ser" (un astur renegado de su tierra, qué raro), tuve la ocasión de compartir clases de alemán en el Centro de Idiomas de la universidad. Sara necesitaba practicarlo para cuando se fuera a Alemania con su novio Alex. Mientras que el amigo Abel "Ser" y uno mismo queríamos familiarizarnos con el pueblo teutón, y para ello nada mejor que aprender su lengua. Kaja (Kaya), que se cambió la jota por una y griega para que no le dijéramos Kaja, era nuestra profesora de alemán, una chavalona con aspecto de baloncestista, melena  de caballo y dentadura algo estropeada a resultas de los muchos ducados que se metiera en la boca. Kaja estaba casada con un hombre lobo de Salamanca, lo de lobo lo digo por la barba que se gastaba el cuate. Esto no es importante, sólo anecdótico.
                    
Yo, a la sazón, duré sólo unos meses en las divertidas clases de alemán, porque en enero de  1993 regresaría de nuevo a la France, entonces como becario Comett (Leonardo Da Vinci). Una beca que me concediera la Universidad-Empresa de Salamanca, que a la postre me permitiría familiarizarme con el arte-terapia durante un tiempo en el centro hospitalario de La Chartreuse, a saber, la Cartuja de los desamparados... Una beca que me dio buenos quebraderos de cabeza, pues parecía imposible conseguirla. Es más, decidí largarme a Francia aunque aún no estaban los papeles en regla, y ya desde este país pude solucionar el asunto a través de fax, llamadas telefónicas, correspondencia (entonces no había Internet), pijadas varias y cuentos de nunca acabar.  

Entonces, en la Universidad-Empresa salmantina había una directora de cuyo nombre prefiero no acordarme, que me lo puso realmente difícil, haciéndome repetir una y otra vez documentos administrativos, burocracia de pesadilla: que si falta el sello de la empresa, que si no especifican el período de tiempo que te van a acoger en su empresa -ella siempre decía empresa en vez de hospital-,  que si no aparece en tal o cual carta que te admiten como becario Comett, y que aparezca esta palabra es fundamental... y así, en este plan delirante... Me tenía harto con sus detallitos y neurastenias. Y encima no tenía (o no tenían quienes estaban en la administración charra) ni pajolera idea de hablar francés, o sea, un desastre, con lo que la comunicación con el país galo era harto complicada.  Si bien es cierto, debo reconocer que una de las secretarias se portó muy bien conmigo, preocupándose por mi situación, incluso llamándome a mi apartamento de Dijon. Muy amable la chica, que resultó ser curiosamente ponferradina, o sea, paisana. Se llamaba Mari Angeles Delgado.

Para entonces ya había abandonado la Residencia Universitaria en que me alojara tiempos atrás y vivía en el piso de Agnès, la novia de mi amigo François Dillenseger.
           

            
            

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