Vistas de página en total

miércoles, 24 de noviembre de 2010

A Miguel Ángel García

Recupero este texto, reelaborado, ahora que nuestro paisano y amigo Miguel Ángel García Rodríguez, corresponsal de TVE en Berlín, será declarado hijo adoptivo de Noceda del Bierzo. Todos aquellos que tengan interés en acompañarlo en esta celebración, habrá una comida de homenaje en el Verdenal de Noceda. Será el 18 de diciembre de este año.
Miguel Ángel García en Berlín
Miguel Ángel, a quien le tocó nacer en plena siega del pan y a mediodía, según él, es un excelente periodista, un ilustre e ilustrado de Noceda del Bierzo (aunque lo nacieran en el pueblo de Quintana de Fuseros).
"Nacer cuando más trabajo hay en casa marca a uno de por vida", añade. Y él quedó marcado por el trabajo para bien, porque ha logrado, gracias a su esfuerzo y su inteligencia, estar donde está ahora, en Berlín, como Corresponsal de Televisión Española, lo que a uno le da una enorme alegría porque, además de paisano y amigo, es una persona que se lo merece de verdad, porque nadie le ha regalado nada.
Cuenta que siendo un niño, con once años, lo metieron en un tren, con una maleta que pesaba el doble que él, con destino a Madrid. En la estación lo esperaba su tía para llevarlo a un colegio de curas, uno de esos internados que explotan a los rapacines haciéndoles trabajar para ganarse el garbanzo. La realidad española de entonces, sobre todo para la clase humilde, que es siempre quien lleva los palos, no daba mucho de sí. A pesar de todo, tuvo la posibilidad de estudiar, aunque le confiscaran la adolescencia y lo exprimieran en aquel colegio medieval. Como él mismo confiesa. Otros, en cambio, se quedaron a verlas venir en un nebuloso y polvoriento espacio-tiempo. Aunque resulte irónico y hasta paradójico, Miguel Ángel ha tenido la suerte de vivir en la Edad Media y en la época actual, véase también el caso de Luis Buñuel, sin realizar viajes extraordinarios al pasado ni al futuro, como tantas veces hemos visto en películas de ciencia ficción, lo que debe resultar muy estimulante e instructivo.
Aunque nació y vivió en Quintana de Fuseros hasta los siete años, los más importantes en la vida de casi todo el mundo, asegura él, uno lo considera de Noceda del Bierzo, porque su familia materna y casi todos sus hermanos (salvo José Antonio, alias Chalton, que también nació en Quintana)nacieron en este pueblo de la serranía de Gistredo.
No obstante, cada cual es de donde siente su arraigo, que no es sólo una tierra, un paisaje, sino que puede ser un latido de tambor, un sonido de chifla o un calor de amistad. Siempre la amistad como valor preciado.
Miguel Ángel, en cualquier caso, es o debe ser de cualquier sitio donde se siente bien, porque ha vivido en varios lugares, como en Valladolid, donde comenzó inaugurando el Centro Territorial de Televisión Española, o en Madrid, donde ejerció, entre otras responsabilidades, la de Editor de la 2 Noticias y la de Director de Programas de Actualidad de los Servicios Informativos de TVE.
Nunca olvidaré, estimado Miguel Ángel, cuando me llevaste al aeropuerto de Barajas para tomar un vuelo a México. "Llévate esta botella de orujo, que te sentará bien", me dijiste con generosidad. Cuando uno se va fuera, a tantos miles de kilómetros de la matria/patria, cualquier recuerdo sienta bien, máxime de alguien que sabes te tiene afecto. O cuando me recibiste, hace unos meses en Berlín, me mostraste tu lugar de trabajo -desde el que gozas de vistas increíbles sobre la capital germana-, y esas huellas terribles del Muro. Y aun me ofreciste una bici para recorrer la ciudad, aunque al final no la utilizara. A lo mejor es que compartimos memoria, esa memoria que es paisaje (el útero de Gistredo), como nos recuerda nuestro paisano Llamazares.
Me alegrará volver a verte el 18 de diciembre en nuestro pueblo, que gracias a personas como tú, ya es universal. Un fuerte abrazo. Y hasta pronto.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Por tierras trasmontanas

Amancio Prada

 Gavela, Busmayor y Paco González

Lourdes, Mestre, Varela y Amancio Prada
Retomo este cuaderno de bitácora, después de asistir al homenaje que el pasado sábado se le rindiera en el Teatro Bergidum al entrañable Pereira, el mejor narrador oral de cuantos que he tenido el gusto de escuchar, maestro indiscutible del relato corto, uno de nuestros mejores cuentistas, sobre todo del Noroeste mágico, sensible y humorístico, amante de la belleza femenina, le encandilaba darle toques eróticos a sus cuentos, las peras de Dios, entre otros muchos y buenos, viajero al fin de todos los anocheceres líricos, devoto de los portugales (luego continuaré con el viaje por tierra trasmontana).

A Toñín, tal como le decían sus amigos y familiares, le encantaba viajar, y Portugal era uno de sus países preferidos, tal vez porque en éste encontraba una prolongación fantástica de su Bierzo uterino, de su Villafranca natal.

En el Bergidum nos dimos cita unos cuantos amigos y seguidores del maestro Pereira. Aún conservo su última imagen en pantalla, su rostro de bondad, sus ojos inteligentes, tras sus gafas socarronas, su pose serena, como un estoico que estuviera presto para decirnos, con rotundidad y transparencia, sin aspavientos y decidido, su adiós. A duras penas logré contener la emoción.

Gracias, queridos amigos y paisanos (Mestre, Varela, Robés, Paco González, Gavela, Busmayor, Amancio Prada, entre otros) por obsequiarnos este acto lleno de cariño por uno de nuestros más grandes escritores.
         Obrigado, muito obrigado.

Puente romano de Mirandela

Mirandela

“Hay que ver lo que no se ha visto, ver otra vez lo que ya se vio, ver en primavera lo que se había visto en verano, ver de día lo que se vio de noche, con el sol lo que antes se vio bajo la lluvia… Hay que volver a los pasos ya dados, para repetirlos y para trazar caminos nuevos”, dice otro maestro de las letras, Saramago, que a buen seguro estará conversando con Pereira en algún cielo de Portugal, ese país cercano, no sólo en el espacio, sino en el tiempo de los afectos.

El viajero deja Bragança con cierta nostalgia, bajo una niebla como de otra época, y emprende ruta hacia Mirandela. Nada más abandonar la ciudad bragantina, comienza a asomar el sol. Se espera un día radiante. La carretera es buena, pues es la que conduce a Oporto (Porto). En poco tiempo, el viajero alcanza Mirandela, ciudad que recuerda con simpatía, aunque estuviera nomás de pasada, hace ahora unos dos años, en un viaje que hiciera a Viana do Castelo y a Bragança.
Pequeña y coqueta, Mirandela es una villa que procura buenas vibraciones, con su puente romano, reflejado en el río, puente que atraviesa el río Túa, cuyos arcos son todos desiguales, según nos cuentan Saramago y Llamazares.
Café Negrilho en Sao Martinho de Anta

Luce un día hermoso. Y el viajero decide estirar las piernas y oxigenar el cerebro, antes de continuar rumbo a la tan ansiada matria de Miguel Torga, Sao Marthino de Anta (léase, en este mismo blog, el espacio dedicado a este pueblo). Cuenta Llamazares en su libro Tras-os-Montes (libro de cabecera para este viajero berciano) que Mirandela toma su nombre de la Miranda do Douro, y que el dialecto mirandés deriva directamente del antiguo leonés. Incluso en el norte de Extremadura se habla una suerte de viejo leonés, tal como dijo el pasado sábado mi amigo, el gran poeta Miguel Ángel Curiel.
                  
                           Vila Real

Al viajero le gustaría quedarse unas horas más en este sitio, pero también quiere llegar con sol a la tierra de Torga, y aún falta camino por recorrer. Llega hasta Vila Real, pregunta por Sao Marthino, y después de interrogar a varios lugareños y dar algunas vueltas, logra dar con la carretera.  Siempre en dirección a Sabrosa, le dice alguno. Pues vale. Así será. “Vila Real no es una ciudad afortunada”, asegura el Nobel Saramago. Es probable que sea como él dice, aunque el viajero no llega a percibir la hermosura o fealdad de la ciudad, porque sólo la bordea. El entorno, en cualquier caso, resulta de un verdor espléndido, con sus pinares y eucaliptos, como para perderse en su umbría, o mejor dicho par echarse una siesta bajo algún árbol cobijador. “Vila Real, al contrario que Bragança –escribe Llamazares-, es una ciudad moderna, una ciudad señorial” (término éste que también se decía de León, y que al viajero siempre le ha parecido como cursilón o “rebuznante”, porque toda ciudad será o no de señoras y señores, esto es de ciudadanas y ciudadanos, palabros éstos que gusta decir mucho el señor Presi, el paisano Zapatero). “Ciudad señorial, decía, con cierto aroma huertano, pero reconvertida hoy en el centro económico y político de la provincia de Tras-os-Montes”. “La ciudad portuguesa con mayor cantidad de familias nobles después de la capital”, añade Llamazares.
Algún día el viajero volverá, porque “hay que comenzar de nuevo el viaje. Siempre”, pero ahora sigue tras las huellas literarias de Torga, y luego espera hacerlo en busca de ese Portugal “telúrico y fluvial”, de esa “vieja y libre” ciudad de Oporto, decadente y a la vez esplendorosa, ribereña y marina (algo que al viajero lo acaba conmocionando, y que requiere de otro espacio en este diario).

lunes, 15 de noviembre de 2010

Al maestro Berlanga

Interrumpo algunos quehaceres para dedicarle unas palabras de afecto al maestro Berlanga.

A estas alturas, no será necesario recordar que el cineasta Berlanga nos ha dicho hasta siempre (para aquellos que aún crean en otro mundo y todos cuantos creemos en el poder hipnótico del cine).
En realidad, hace ya años que este valenciano, con apariencia de patricio iluminado por la luz del mediterráneo y hechuras transgresoras (a sus musas-ninfas y a Azcona, su amigo del alma, gracias), nos dejó. 

Si bien sus últimos trabajos resultan reseñables, incluso París-Tombuctú (título ensoñador, que nos invita a volar, para una película desigual, en la que intervino la berciana Mapi Galán), son sus primeros trabajos fílmicos los más estimulantes e inolvidables, los más atrevidos y logrados, véanse, cómo no, la mítica Bienvenido Mister Marshall (coguionizada por Juan Antonio Bardem, con la ayuda de Mihura en los diálogos, e inspirada en La Kermesse heróica, de Feyder) o la antológica El verdugo (cuyo ayudante de dirección fue Muñoz Suay), por las que siento reverencia, tanto por una como por la otra, cada cual en su salsa y en su punto.

Mister Marshall porque arremete, siempre de un modo sutil, contra el imperio yanqui. Y El verdugo (apodo con el que se conocía a Franco en Italia), tanto por su puesta en escena, simbólica y grotesca, sus personajes tragicómicos, como la historia que nos cuenta: un pobre tipito (interpretado por el italiano Manfredi) que decide aceptar este horrible oficio (el de verdugo) para poder sobrevivir y conseguir un piso, el pisito.


Aunque conviene rememorar, asimismo, Plácido (y su motocarro..., nominada al Óscar como mejor peli extranjera, pero al final fue Bergman quien se llevó la gata al catre) y sobre todo Los jueves, milagro (o la aparición del santo Dimas en un balneario). Todas ellas en una línea esperpéntica, heredera del mejor Valle-Inclán, genio indiscutible de nuestra España polvorienta, corrupta y salvaje. 
París Tombuctú
Siento admiración por esos personajes salidos de madre que Berlanga nos muestra con una gracia desternillante, como si todos quisieran hablar a la vez, interrumpiéndose, intentando largarnos su verbo, aprovechando cada resquicio para colarse en nuestra mente. Soberbios los diálogos de estas películas.
Con estas cintas Berlanga fue capaz de burlar a la censura (aunque conviene recordar que El verdugo tuvo verdaderos problemas con los censores de la época, entre ellos el conocido Fraga), colándole goles espectaculares a los capullos del franquismo, que cortaban y recortaban todo aquello que atentara contras las normas y sanas costumbres, ellos que atesoraban en sus cholas retorcidas todo lo pútrido del universo. 
En tiempos de estrechez mental y penuria económicas, hay que avivar el ingenio, sacar la fusilería de lo imaginario y darle estopa a las ilusiones. Y Berlanga lo hizo "de vicio" o "de cine", a él que tanto le entusiasmaban las perversiones, como un marquesito... de Sade, a lo español. No en vano, el reivindicaba a Sade como uno de sus autores preferidos, aunque desde que se enroló en la aventura del cine, dejó de leer libros, aseguraba, él que hizo sus pinitos como cuentista, incluso como poeta, porque su cultura, a partir de su ingreso en la Escuela de Cine de Madrid (donde acabaría siendo profesor), comenzó a ser audiovisual, esto es, analfabeta (según contaba él mismo).

Este señorito bien, que un día formó parte de la División Azul, azul para los rojos y rojo para los azules, y aun de las Conversaciones de Salamanca (que para él no fueron extraordinarias, como se ha dicho, sino un error histórico del cine español), nos ha obsequiado con un cine único, genuino, bajo el sello de lo berlanguiano. 
De carácter solitario, eso sí en medio de la civilización o gran ciudad, solía decir, hijo del Neorrealismo italiano, sobre todo de Zavattini, amigo del maestro Fellini, heredero de la picaresca y el humor negro españoles, fallero y cañero, anarquista y supersticioso (le gustaba repetir aquello de "imperio austro-húngaro" en sus películas), fetichista y algo anticlerical (véanse sus personajes con sotana), Berlanga seguirá siendo uno de los grandes de nuestro cine.

Aparte de las películas mencionadas, también se me hacen interesantes Tamaño natural (película en la que lleva a la máxima expresión su fetichismo, en este caso por una muñeca hinchable, como sustituto de una mujer real, de carne y hueso) y La vaquilla (sátira grotesca, una vez más, acerca de los dos  bandos de la Guerra Incivil), que requerirían de un análisis. 
Ahora recuerdo que sobre La vaquilla llegué a hacer un análisis, en compañía de su director de foto Carlos Suárez, en la ex Escuela de cine de Ponferrada. Qué tiempos aquellos. 
También Chinín Burmann, uno de los más prestigiosos directores artísticos de este país, me recordó que Berlanga, de haber trabajado con talentos como Mastroianni o Alberto Sordi, hubiera llegado muy lejos (y eso que llegó lejos), aunque sus actores y actrices fetiche fueran Isbert, Alexandre, Amparo Soler Leal, López Vázquez, Luis Escobar, Luis Ciges, Agustín González, Chus Lampreave, Vilallonga, y tantos otros, incluso el gran Michel Piccoli.  
Todas sus pelis "Nacionales" (La escopeta, Patrimonio Nacional y Nacional III) ameritan de otro estudio. 
Hasta siempre.