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sábado, 16 de mayo de 2026

Del poeta Jorge Manrique al poeta cubano Sergio García Zamora en Paredes de Nava

Iglesia de San Juan

El pasado fin de semana tuve la ocasión de acercarme a la población palentina de Paredes de Nava gracias a una residencia literaria organizada por la profesora de escritura creativa y psiquiatra María Ángeles Jiménez, que desde hace más de treinta años imparte clases de escritura en Valladolid.

Llegué a Paredes con esa mezcla de curiosidad y extrañeza con la que uno entra en los lugares aún no vividos. Era la primera vez que visitaba este pueblo —quiero creer que no será la última— y también la primera vez que participaba en una residencia literaria, experiencia que resultó, al mismo tiempo, instructiva y reveladora.

En Paredes de Nava, la tierra natal del poeta Jorge Manrique, nos reunimos unas veinte personas para habitar durante unos días la palabra escrita. La escritura se mezcló con las comidas compartidas, con las caminatas, con las conversaciones que se extienden sin prisa y con la forma en que los lugares acaban filtrándose en los sentidos.

A uno, que suele defender su propio ritmo y su libre albedrío, le sorprendió la naturalidad con la que el grupo fue creando una comunidad. Hubo reconocimiento y descubrimiento en partes iguales: el encuentro con gente nueva, y también con personas ya conocidas, como María Ángeles, la amiga Geles o Chelo, todas ellas con esa combinación de inteligencia, generosidad y escritura que hace que el diálogo se vuelva sustancioso. Y así, entre la quietud del pueblo y el rumor de las palabras, el fin de semana fue tomando la forma de una estancia deliciosa.

Sí, el pasado fin de semana fue magnífico para mí en Paredes de Nava, en el corazón cereal de Tierra de Campos. 

Fue un placer compartir estos días con Isabel —todo un descubrimiento—, Geles, Fernando, Chelo, Lucía, Mariano (psiquiatra como la propia María Ángeles), Maite, Pablo, Toñi, Olga, Cristina, entre otros compañeros de escritura y conversación. Cada uno aportó su manera de ser y estar en el mundo a través de las palabras. Y, entre todo ello, hubo también un encuentro especialmente memorable con el poeta cubano Sergio García Zamora, que nos obsequió con una clase magistral sobre el Romancero gitano, obra a la que le profeso una gran devoción, sobre todo por su musicalidad, sus sinestesias y el poder de sus imágenes. 

La sesión se centró en La casada infiel, un poema leído y analizado desde la dimensión narrativa, sensual, sensorial, donde el lenguaje está vivo en cada verso.

Como si no bastara, pudimos asistir además a un recital teatralizado y musicalizado del Romancero gitano en el Centro de Artes Escénicas de Paredes de Nava, donde la palabra de Lorca adquirió su corporeidad mortal y rosa (por decirlo a lo Salinas y a lo Umbral) como si los versos encontraran su respiración natural. Todo ello ocurrió en esa Tierra de Campos, ese territorio de llanuras infinitas, de la que nos hablara el gran escritor Jesús Torbado.

Vista desde Aula de Poesía

El poeta cubano de Santa Clara Sergio García Zamora, que ha desarrollado su trayectoria literaria entre Cuba y España, además de ser reconocido con diversos galardones como el Loewe a la creación joven por El frío de vivir, el Gabriel Celaya por Diario de un buen recluso, el Blas de Otero por La canción del crucificado o el Jorge Manrique por Los uniformes, reside desde hace unos tres años en Paredes de Nava, donde ha encontrado su lugar vital y creativo, su Aula de Poesía, junto a su mujer, sus dos hijas.

En ese contexto, habla de un pueblo cosmopolita, acogedor, donde —según su propia percepción— la convivencia con personas procedentes de Cuba, Colombia, México, Venezuela o Ucrania ha tejido una comunidad diversa dentro de este enclave de la Tierra de Campos. Todo ello se articula, además, en torno a espacios culturales como el Centro de Artes Escénicas instalado en el antiguo convento de San Francisco, un edificio del siglo XV que hoy funciona como punto de encuentro entre memoria, creación y vida contemporánea.

Con una cercanía entrañable, Sergio García Zamora fue abriendo su alma para contarnos su itinerario vital, las peripecias en su país de origen, Cuba, que vive una situación realmente compleja, y la posterior salida hacia España en busca de nuevos horizontes. Su llegada a Madrid supuso una etapa de transición en la que pudo sostener durante un tiempo su vida en la capital, hasta que las dificultades económicas le obligaron a replantear su rumbo. Finalmente, ha podido instalarse en Paredes de Nava, donde ha logrado encontrar su lugar en el mundo, su arraigo, pudiendo escribir y trabajar como poeta y  profesor en el Aula de Poesía, lo que le procura felicidad. 

El poeta Sergio García Zamora

El Aula de Poesía, promovida por el Ayuntamiento de Paredes, está orientada al desarrollo de la creación literaria, así como a la dinamización cultural de la cuna de Jorge Manrique. 

Junto a la Casa de los Títeres —a la que, finalmente, apenas pude arrojar una mirada breve— y al Centro de Artes Escénicas, el Aula de Poesía se reveló como un espacio especialmente acogedor. Allí, entre fotografías de literatos como Lorca, Octavio Paz, Borges, Kafka, Rimbaud, Baudelaire, Alejandra Pizarnik, Walt Whitman, Fernando Pessoa, Miguel Hernández, César Vallejo, Antonio Machado, Rosalía de Castro, Quevedo, Lope de Vega, San Juan de la Cruz o Santa Teresa de Jesús, entre otros, me sentí como si hubiera estado conversando con estos autores, autoras, a algunos de los cuales les dediqué haikus. 

Creo que Sergio García Zamora ha sabido dotar a ese espacio de una atmósfera de hospitalidad cultural, donde la palabra se enseña como experiencia compartida. 

La experiencia compartida y la hospitalidad en este enclave de Tierra de Campos, que en otros tiempos fuera un núcleo relevante, llegando incluso a rivalizar en importancia con la cercana capital palentina, que queda a unos veinte Kilómetros de distancia. El patrimonio de Paredes aún da testimonio de ello con sus casas blasonadas como la casa Dueñas o la casa Nájera, y la huella de figuras como Jorge Manrique, autor de las célebres Coplas por la muerte de su padre.

Plaza Mayor de Paredes

«Cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando. Cuán presto se va el placer… Partimos cuando nacemos… y llegamos al tiempo que fenecemos», escribió Jorge Manrique en Coplas por la muerte de su padre, una de las obras más influyentes de la literatura española. A través de este magistral poema elegíaco, de profunda hondura filosófica y gran belleza estilística, el autor nos invita a reflexionar sobre la inevitabilidad de la muerte y la fugacidad de lo terrenal.
Además de gran poeta, Jorge Manrique fue también un guerrero que participó en diversas batallas en defensa de la causa de Isabel I de Castilla. Su padre, Rodrigo Manrique, figuró entre los nobles más destacados de su tiempo y adquirió el señorío de Paredes de Nava poco antes de mediados del siglo XV. Precisamente en esta villa palentina nació, hacia mediados de aquel tiempo, Pedro Berruguete, cuyas obras pueden admirarse tanto en la Iglesia de Santa Eulalia como en el Museo del Prado. Su hijo, Alonso Berruguete, nacido también en Paredes de Nava, siguió sus pasos y llegó a convertirse en uno de los escultores más importantes del Renacimiento español.

Al igual que hiciera su padre, Pedro Berruguete, Alonso Berruguete viajó también a Italia para completar su formación artística. Residió en Florencia, donde entró en contacto con el ambiente artístico de figuras de la talla de Leonardo da Vinci y, especialmente, Miguel Ángel. Algunos historiadores lo consideran uno de los grandes introductores de Miguel Ángel en España.

Las obras de Alonso Berruguete pueden contemplarse hoy en el Museo Nacional de Escultura, en la Galería Uffizi y en numerosos retablos repartidos por iglesias y catedrales del antiguo reino de Castilla.


En la Plaza de España de Paredes de Nava encontramos a Jorge Manrique inmortalizado en una escultura de bronce y piedra, sentado junto a sus versos, al abrigo de la Iglesia de Santa Eulalia, cuya esbelta torre mudéjar culmina en un vistoso chapitel cubierto de azulejos esmaltados. La plaza, el templo y el monumento al poeta forman uno de los conjuntos más atractivos para quien visita Paredes.


La Iglesia de Santa Eulalia, que bien podría pasar por una catedral, sobresale por su imponente torre y por la armoniosa mezcla de estilos románico, gótico y mudéjar. Su interior alberga obras de Pedro Berruguete y conserva una costilla de Santiago el Apóstol, todo un misterio que quizá podría resolver Iker Jiménez.

Además de sus iglesias y conventos, de sus obras de arte y de sus personajes ilustres, el visitante puede acercarse al Canal de Castilla, una gran obra de ingeniería hidráulica iniciada en el siglo XVIII con el propósito de comunicar las ciudades del interior de Castilla con los puertos del norte peninsular.

Junto al primer embarcadero del canal se levantaron las Casas del Rey, donde se almacenaba y distribuía buena parte del cereal producido en la comarca de Tierra de Campos. En las proximidades se alza también la llamada Ermita del Canal, cuyo interior permanece hoy abandonado.

Esto, entre alguna cosa más, me dio por escribir durante mi estancia literaria en Paredes de Nava: 


Como en un sueño, siento que me embarco en un viaje a través del canal de Castilla, porque viajar es sentir, sentirlo todo de todas las maneras.

Como en un sueño, navego al interior de mí mismo, mientras contemplo extasiado la llanura, que se abre inmensa como un espejismo de imágenes que flotaran sobre el horizonte, con una luz que parece curvarse al cruzar la atmósfera, al atravesar un aire transparente, el cual logro acariciar con la mirada.


Como en un sueño, siento el olor a tierra, a humedad, a cereal, incluso a pan de trigo recién horneado, y esos aromas me trasladan a otra dimensión, a un tiempo suspendido, donde se posan las cigüeñas, que acaban por elevarme al cielo, desde donde vuelvo a mirar la realidad, el mundo, con ojos de asombro cual si se tratara de la primera vez.

Como en un sueño, me dejo fluir, a través del canal de Castilla, con su color en movimiento, acaso con una ilusión visual, donde por instantes se refleja luminoso el cielo, con la serenidad de un tiempo con sabor a pan de trigo recién horneado.

Como en un sueño, consigo alcanzar y sentir el mar desde esta Tierra de Campos.

Como en un sueño, he vivido y saboreado el pasado fin de semana entre conversaciones, lecturas, encuentros y reencuentros, como si la palabra oral, también la palabra escrita, fuera un puente tendido entre Tierra de Campos y el mar Cantábrico. Y, sin embargo, todo sucedió en lo concreto, en lo puramente sensorial: en los textos compartidos, en el sonido de las voces, en las risas, en las sonrisas.

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