| Iglesia de San Juan |
El pasado fin de semana tuve la ocasión de acercarme a la población palentina de Paredes de Nava gracias a una residencia literaria organizada por la profesora de escritura creativa y psiquiatra María Ángeles Jiménez, que desde hace más de treinta años imparte clases de escritura en Valladolid.
Llegué a Paredes con esa mezcla de curiosidad y extrañeza con la que uno entra en los lugares aún no vividos. Era la primera vez que visitaba este pueblo —quiero creer que no será la última— y también la primera vez que participaba en una residencia literaria, experiencia que resultó, al mismo tiempo, instructiva y reveladora.
En Paredes de Nava, la tierra natal del poeta Jorge Manrique, nos reunimos unas veinte personas para habitar durante unos días la palabra escrita. La escritura se mezcló con las comidas compartidas, con las caminatas, con las conversaciones que se extienden sin prisa y con la forma en que los lugares acaban filtrándose en los sentidos.
A uno, que suele defender su propio ritmo y su libre albedrío, le sorprendió la naturalidad con la que el grupo fue creando una comunidad. Hubo reconocimiento y descubrimiento en partes iguales: el encuentro con gente nueva, y también con personas ya conocidas, como María Ángeles, la amiga Geles o Chelo, todas ellas con esa combinación de inteligencia, generosidad y escritura que hace que el diálogo se vuelva sustancioso. Y así, entre la quietud del pueblo y el rumor de las palabras, el fin de semana fue tomando la forma de una estancia deliciosa.
Sí, el pasado fin de semana fue magnífico para mí en Paredes de Nava, en el corazón cereal de Tierra de Campos.
Fue un placer compartir estos días con Isabel —todo un descubrimiento—, Geles, Fernando, Chelo, Lucía, Mariano (psiquiatra como la propia María Ángeles), Maite, Pablo, Toñi, Olga, Cristina, entre otros compañeros de escritura y conversación. Cada uno aportó su manera de ser y estar en el mundo a través de las palabras. Y, entre todo ello, hubo también un encuentro especialmente memorable con el poeta cubano Sergio García Zamora, que nos obsequió con una clase magistral sobre el Romancero gitano, obra a la que le profeso una gran devoción, sobre todo por su musicalidad, sus sinestesias y el poder de sus imágenes.
La sesión se centró en La casada infiel, un poema leído y analizado desde la dimensión narrativa, sensual, sensorial, donde el lenguaje está vivo en cada verso.
Como si no bastara, pudimos asistir además a un recital teatralizado y musicalizado del Romancero gitano en el Centro de Artes Escénicas de Paredes de Nava, donde la palabra de Lorca adquirió su corporeidad mortal y rosa (por decirlo a lo Salinas y a lo Umbral) como si los versos encontraran su respiración natural. Todo ello ocurrió en esa Tierra de Campos, ese territorio de llanuras infinitas, de la que nos hablara el gran escritor Jesús Torbado.
| Vista desde Aula de Poesía |
Con una cercanía entrañable, Sergio García Zamora fue abriendo su alma para contarnos su itinerario vital, las peripecias en su país de origen, Cuba, que vive una situación realmente compleja, y la posterior salida hacia España en busca de nuevos horizontes. Su llegada a Madrid supuso una etapa de transición en la que pudo sostener durante un tiempo su vida en la capital, hasta que las dificultades económicas le obligaron a replantear su rumbo. Finalmente, ha podido instalarse en Paredes de Nava, donde ha logrado encontrar su lugar en el mundo, su arraigo, pudiendo escribir y trabajar como poeta y profesor en el Aula de Poesía, lo que le procura felicidad.
| El poeta Sergio García Zamora |
El Aula de Poesía, promovida por el Ayuntamiento de Paredes, está orientada al desarrollo de la creación literaria, así como a la dinamización cultural de la cuna de Jorge Manrique.
| Plaza Mayor de Paredes |
«Cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando. Cuán presto se va el placer… Partimos cuando nacemos… y llegamos al tiempo que fenecemos», escribió Jorge Manrique en Coplas por la muerte de su padre, una de las obras más influyentes de la literatura española. A través de este magistral poema elegíaco, de profunda hondura filosófica y gran belleza estilística, el autor nos invita a reflexionar sobre la inevitabilidad de la muerte y la fugacidad de lo terrenal.
Al igual que hiciera su padre, Pedro Berruguete, Alonso Berruguete viajó también a Italia para completar su formación artística. Residió en Florencia, donde entró en contacto con el ambiente artístico de figuras de la talla de Leonardo da Vinci y, especialmente, Miguel Ángel. Algunos historiadores lo consideran uno de los grandes introductores de Miguel Ángel en España.
Las obras de Alonso Berruguete pueden contemplarse hoy en el Museo Nacional de Escultura, en la Galería Uffizi y en numerosos retablos repartidos por iglesias y catedrales del antiguo reino de Castilla.La Iglesia de Santa Eulalia, que bien podría pasar por una catedral, sobresale por su imponente torre y por la armoniosa mezcla de estilos románico, gótico y mudéjar. Su interior alberga obras de Pedro Berruguete y conserva una costilla de Santiago el Apóstol, todo un misterio que quizá podría resolver Iker Jiménez.
Además de sus iglesias y conventos, de sus obras de arte y de sus personajes ilustres, el visitante puede acercarse al Canal de Castilla, una gran obra de ingeniería hidráulica iniciada en el siglo XVIII con el propósito de comunicar las ciudades del interior de Castilla con los puertos del norte peninsular.
Junto al primer embarcadero del canal se levantaron las Casas del Rey, donde se almacenaba y distribuía buena parte del cereal producido en la comarca de Tierra de Campos. En las proximidades se alza también la llamada Ermita del Canal, cuyo interior permanece hoy abandonado.
Esto, entre alguna cosa más, me dio por escribir durante mi estancia literaria en Paredes de Nava:
No hay comentarios:
Publicar un comentario