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domingo, 25 de marzo de 2018

Mapas afectivos, por Ruy Vega












Agradezco, amigo Ruy, tu reseña de Mapas afectivos. Me alegra que te haya ayudado a viajar por el mundo. Y que a tu padre, como al mío, les hubiera gustado. 
Los padres, ay, qué importantes son en la vida, en nuestra vida, que se nos escurre entre las manos, sin poder detener el tiempo, ese tiempo que nos permite, también, componer con la palabra, que nos hace sentir el mundo. 
Mi padre, como el tuyo, nos están iluminando, como estrellas enormes en este firmamento inabarcable, acaso infinito, o finito pero ilimitado (sin fronteras, lo que nos debería dar ideas para no caer es insensatos regionalismos ni nacionalismos), que explosionó (sin dios, ahí se origina el tiempo) en un momento determinado, hace casi 14000 millones de años. Ahí es nada. Y se está expandiendo. Como nos dijera el gran Hawking (o eso creo recordar, hablo de memoria, y la memoria no siempre es fiable, aunque sea un hermoso manantial literario), que también nos ha dicho adiós hace tan sólo unos días. 
Hoy también es el entierro, en el útero de Gistredo, de un paisano y vecino, Emilio "Relojero", tío carnal de un buen amigo, Jose Manuel, y amigo de mi padre, aunque Emilio, que viviera gran parte de su vida en Alemania, fuera unos diez años más pequeño que mi padre. Un día triste (por el fallecimiento de este hombre) y alegre por las palabras que me dedicas, estimado Ruy, por lo que escribes en La Nueva Crónica acerca de Mapas afectivos, que en esencia es un viaje interior, estoy de acuerdo contigo. 
Un placer grande que te haya gustado. Mi gratitud, siempre, para ti. Y mi recuerdo cariñoso para tu tío Gonzalo, que también luce ahora en este universo infinito/finito, limitado/ilimitado, en expansión, en un espacio-tiempo curvo, según la teoría de la relatividad del genial Einstein.   
Ruy Vega | 25/03/2018
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Efectivos mapas afectivos
CARTAS A NINGUNA PARTE 'Mapas afectivos' te grita, con poética sinceridad, que aquel que se introduzca en él será viajero, que no turista
Hay tres formas de viajar. Una, y quizás la más obvia, es haciendo una maleta, recogiendo algunos sueños perdidos y embarcándose en cualquier medio de transporte que nos lleve más allá de donde habitamos cada día. La segunda es leyendo muchos de los libros que nos rodean o viendo una película (sin duda todos hemos llegado a donde nuestra imaginación nos permitía, volando entre las líneas de maravillosas novelas o entre los fotogramas de imágenes ya nunca olvidadas) y la tercera, papá, es la que hoy te traigo en esta nueva carta. Viajar a través de un libro que nos descubra el mundo. Y eso es ‘Mapas afectivos’, un conjunto de geniales páginas en donde sumergirte, sin moverte del sofá, entre las calles y montañas de este pequeño planeta que habitamos, que destruimos y que creemos ignorantemente gobernar. 
Coal Harbour-Vancouver

A tí te gustaba viajar. Recuerdo que siendo pequeños nos llevabas aquí y allí, a éste y aquel lugar. Habrías hecho una buena amistad con Manuel Cuenya. A ambos os uniría la lectura, la escritura y el fervor por conocer más allá de lo que se sueña. Pero ‘Mapas afectivos’ no es un libro de viajes. No, no lo es. Creo sinceramente que estamos ante la búsqueda interior de uno mismo, la facilidad por emprender mil aventuras y la sinceridad de un escritor que, escuchando a sus deseos, le pidieron que volase allí donde sus ojos se posan, en lugares tan remotos como deseados y conociendo gente tan lejana como cercana en sentimientos. Porque, ambos lo sabemos, tanto aquí como en cualquier otro punto, a todos los seres humanos nos une la necesidad de ser felices y la búsqueda de la tranquilidad vital. 
En el viaje no solo se busca descubrir nuevos lugares, y este libro es el mejor ejemplo de ello. El autor nos transporta a experiencias únicas, de esas que se encuentran únicamente cuando el motivo del viaje es interno, muy personal. Porque cuando el caminar es por pensar y no por llegar, el trayecto es sinceramente necesario. 
Panorámica de Vancouver desde Lookout
Capilano-Vancouver


No son pocos los lugares a los que Manuel nos lleva en su mochila. Papá, si lo hubieras podido leer (quizás puedas, no lo sé), habrías estado en Norteamérica, en tu amado Bierzo, Valporquero, Galicia, Castilla, Portugal, Holanda, Londres, Alemania, Grecia, Turquía, África… Aquí y allí. Allí y aquí. Lejos de casa, pero cerca de esas experiencias que son tan necesarias. 

Manuel no nos habla de los monumentos, no nos dibuja las fotos de las guías ni los recorridos de los documentales. 
No, ¿para qué? Quizá eso no sea un viaje, quizá eso solo sean postales para los ojos, pero vacíos contenidos para el alma. 

Manuel nos baja a las calles, nos permite con maestría narrativa hablar con los que llevan allí ya tantos años como para olvidarlo, nos deja dormir en las camas de lo más profundo de sus sociedades, no nos ubica en el centro de las grandes atracciones turísticas, sino en el centro del pensamiento y dolor de cada una de esas ciudades que, por fortuna, descubrimos entre cada línea, tras cada párrafo, entre cada reflexión dibujada en la hoja en blanco.
Grouse Mountain-Vancouver
Hay entre sus páginas, sabiamente liberadas, frases y expresiones fantásticas. De esas, papá, que comentaríamos tras haberlas leído. Pueden pasar desapercibidas para alguien que desconozca que Manuel es escritor (si es que hay alguien), pero no para nosotros. Recuerdo ahora el viaje por Vancouver, en el que Cuenya encuentra la manera más resumida y sincera para describir a muchos de los que vagan por la vida entre sustancias como un barco a la deriva. Nos habla de «…yonkis y buscadores de vida/muerte…». Genial, sencillamente perfecto. ¿Se puede definir mejor? Puede que no. 
Oporto
Seguro que ya no necesitaría darte más ejemplos, pero no quiero dejar pasar otros momentos sensacionales del viaje regalado. 
Entre las páginas de Páramo del Sil podemos leer «…y así logra tal vez sentir una suerte de espiritualidad que me religue con la madre naturaleza, en este caso con un espacio proverbial en bosques, arroyos y montañas, cuyos efluvios me embriagan de poesía...». Ya no hace falta decir nada más, o puede que el silencio sea la mejor opción cuando ya nada se puede decir mejor. 
Oporto


Venga, un último ejemplo. Cuando nos encontramos en Oporto (no puedo evitar recordar que ambos estuvimos allí cuando yo apenas era un niño), nos describe perfectamente la sensación del turista por necesidad interior, como quizá seamos muchos. Nos dice, con sinceridad embriagadora «…qué difícil es ser viajero en estos tiempos de turisteo planificado…». Qué frase. ¡Qué frase! Distinción entre viajero y turista. Mágico. Sin duda mágico. 

El ser humano es nómada. Hay quien erróneamente lo ha encasillado únicamente así en sus orígenes. Pero lo sigue siendo. Su ansia natural por ir más allá le ha empujado siempre a descubrir nuevos lugares. 
(Puedes continuar leyendo este artículo/carta de Ruy Vega en https://www.lanuevacronica.com/efectivos-mapas-afectivos)

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