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martes, 6 de octubre de 2015

Casimiro Martinferre, chamán de la las imágenes y las palabras

Artículo publicado hoy mismo en La Nueva Crónica, dedicado al artista bembibrense Casimiro Martinferre. 


Leo y releo estos textos, ilustrados con imágenes, que nos ofrece Casimiro Martinferre en este mismo periódico bajo el epígrafe de ‘Territorio’ y me quedo hipnotizado, como si transitara por un espacio-tiempo mítico, fundacional, porque es tal la fuerza y la poesía que se desprenden de sus palabras y de sus imágenes, que me resulta delicioso recorrerlas, adentrarme en ellas. 

Lo que consigue este artista bembibrense, buen conocedor de las montañas bercianas, es pura magia, porque lo que nos cuenta revela vida, autenticidad, y eso se agradece en estos tiempos donde casi todo está contaminado, adulterado, re-cargado de impostura y artificio. Se nota a la legua que él ha recorrido y explorado como nadie, siempre con los cinco sentidos en marcha, la ternura que teje los valles del Bierzo, sus paisajes y su paisanaje, los cuales ha sabido retratar con sentimiento, con emoción, como un chamán que nos introdujera en las entrañas de lo misterioso, en los arcanos de la realidad/surrealidad. Un viajero en busca de esencias, de lo ancestral y, en el fondo, de sí mismo, que siente un profundo respeto por la Naturaleza, por nuestro mundo entorno, por nuestros antepasados y todas aquellas personas que aún siguen morando, por fortuna, en nuestra tierra. Hoy, sin ir más lejos, mientras paseaba, en afectuosa-amorosa compañía, por Librán y Pardamaza, recordé a este fotógrafo/escritor o escritor/fotógrafo que escribe con imágenes y fotografía con palabras. Una fusión perfecta.
Mirador de las Portillas, al fondo Librán
Y una buena ocasión para acercarse hasta León, en concreto al Museo de la capital provincial, donde Casimiro expone algunas de sus fotos, que tanto me hacen recordar, por lo demás, a Juan Rulfo, aquel grande de las letras, quien, gracias a su trabajo como corredor de comercio, tuviera la oportunidad de recorrer su país y captar con su cámara ese México rural tocado por la fatalidad, la muerte, con esos pueblos abandonados, esas cruces, esos paisajes vacíos, esa desolación, esas miradas ‘adoloridas’, que nos sobrecogen. Algo parecido, con su propio estilo y buen hacer por supuesto, nos muestra el autor de ‘Manuscrito de los brujos’, reeditado recientemente por la editorial Calecha, de Alberto y María (excelentes escritores y editores de libros y guías de viaje, sobre todo por el Noroeste español) con sus imágenes analógicas en blanco y negro: carcasas calcinadas, personajes de otro tiempo mirando con ojos perdidos y silenciosos, pequeñas cruces, espantapájaros en  las vallinas de Gistredo, entre otras; fotografías que, aunque sólo capten un instante, una décima de segundo de la vida (tal es su grandeza, como él mismo diría), quedan plasmadas para el recuerdo, nos religan con la memoria, con esa memoria afectiva que nos invita a vivir infinitos instantes y reflexionar acerca de la belleza/no belleza del mundo. 




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