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sábado, 23 de noviembre de 2013

Los muertos de Celama

Los muertos de Celama

MANUEL CUENYA 17/12/2003
En el reino de Celama, Comala, tierra paramera, el teatro en su estado puro, el teatro Corsario como uno de los mejores de este país, ¿de qué país? 

Fernando Urdiales como patrón de barco. Cuando vi esta representación teatral me entraron ganas de no morirme nunca jamás. Qué chistoso. 
Los muertos de Celama bien podrían ser los muertos del Bierzo o los muertos de Pedro Páramo. El Páramo como lugar onírico y a la vez real como la vida misma, como la muerte que ya es. “El Páramo es la muerte que supura el metal”. “El espejo de su ruina, la ruina del cielo, que suena como es Dios”. Vivos infelices que están muertos y muertos que nos hablan con sentimientos y luego nos cantan tangos de amor y muerte. Así es esta vida precaria y penosa en el culo del mundo, en el reino de Celama, que bien podría ser Comala o cualquier cementerio o pueblecito mejicano/berciano, Luvina, nomás, donde las noches invernales se hacen eternas, un lugar en el que la vida no vale nada, la vida no vale nada en León, en León Guanajuato, como reza una canción mejicana harto irónica y macabra. Si bien es cierto, “no es lo mismo morir en Celama que en la Vega”. Yo tampoco soy el autor de este texto, acaso vertebral, sino sólo un muerto más, dispuesto, eso sí, a contaros algo acerca de esta obra teatral que tuve el placer de ver y escuchar hace tiempo en el Bergidum ponferradino. Hablemos, pues, del reino de Celama y de su adaptación teatral realizada por el propio Luis Mateo Díez en colaboración con Fernando Urdiales, director del Teatro Corsario. Hablemos de esta tierra, una y mil veces sangrada, de este páramo de quietud y dolor en el que terminan por desaparecer hasta los gatos y las ovejas. “Se acaba el mundo”, nos anuncia uno de los personajes, que tal pareciera la moza de ánimas, enlutada y a trote de madreña, mientras toca el cencerro y entona una plegaria por los difuntos y las almas del purgatorio. 

http://www.diariodeleon.es/noticias/bierzo/los-muertos-de-celama_113319.html 

Un médico, Don Ismael Cuende, es quien va dándonos cuenta de la muerte en este páramo de piel quemada, donde los muertos, para más inri, lo son de vocación y trabajo. Angelitos trabajadores, ya que su vocación es morir con las botas puestas y el arado enterrado en ese pedregal sobre el que no crecen más que zarzas y codesos. Una tierra que se nos hace muy familiar. Y aun se nos clava en las entrañas. 

La puesta en escena, cuyo decorado principal son las tumbas de un cementerio, así como el tratamiento de algunos personajes-títere, nos recuerda una vez más a “La clase muerta” del polaco Kantor. Hay payasos-fantasma que nos adentran en una especie de teatro del absurdo. 
“-¿Celebramos algo?”, pregunta la cantinera -“Que hay salud”, responde el borracho. “Todos somos unos payasos en este mundo”. Incluso el sexo, corporeizado en la Burlona o mujer cabaretera, parece ensañarse con los muertos. Sexo y muerte. Eso es todo. Qué terrible realidad o pesadilla. La obra teatral en su conjunto, amenizada por la música de acordeón, resulta emocionante.

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