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viernes, 15 de noviembre de 2013

El otoño siempre hiere

Desempolvo este artículo, que escribiera hace años para Diario de León. 
Raúl Guerra Garrido

El otoño siempre hiere es el título de la última novela o último viaje literario de Raúl Guerra Garrido. Y también el comienzo del capítulo nueve, hontanar de belleza. “Un viaje sin más rumbo que el de la coartada”.

“El escritor  supo que aquel sería su último viaje”, así arranca esta espléndida novela, que transforma la velocidad/ficción en realidad, y el recuerdo de la realidad en inventada memoria de la realidad. Es algo así como el Voyage au bout de la nuit de L. F. Céline. Un viaje al fondo de la oscuridad,  al fin de la noche. Un  paseo en globo  por el amor y la muerte. 

“Le toqué un muslo y la muerte sonrió”. Es éste un viaje de introspección, aunque el narrador nos diga que el recurso memorialístico es un viaje interior que no va a emprender, y lo autobiográfico es el primer síntoma de impotencia, algo que desprecia, porque el protagonista de esta novela -insiste- no es su álter ego. 

Sospecho que no son necesarias tales justificaciones. Por lo demás, a este menda no le parece que lo autobiográfico sea síntoma de impotencia. Sólo hay que pasearse por algunas páginas de Automoribundia, de Ramón Gómez de la Serna, por  ejemplo,  para darse cuenta de su potencia autobiográfica. O bien, uno puede principiar recorriendo las sendas de Bukowski  y  Henry Miller.

El otoño siempre hiere es un viaje de reflexión, decía, en el que brotan las heridas de melancolía, y se escucha  el tañido de la añoranza, temblor del arrechucho, campanadas de la Quinta Angustia, conmovedora misa de difuntos. Es como si uno estuviera escuchando el Réquiem de Mozart en el Catoute. Un viaje en el que aparece el Bierzo -según el autor- como un valle donde toda irrealidad tiene su asiento. 

“De haber propuesto la anexión de Galicia al Bierzo -se refiere a Tarsicio Carballo- hubiera arrasado en todos los comicios”. Guerra Garrido nos muestra un Bierzo en el que todo es posible -no es una geografía sino un estado mental-, un lugar donde la fantasía se cotiza en bolsa y la realidad carece de valor. Un viaje que quizá le sirva al autor para huir de sí mismo. La literatura como la huida de uno mismo. “Me fui como quien se desangra”, así acaba esta novela, con un final antológico, que sabe a gaucho argentino y que deja un regusto a herida otoñal, a tinta que es sangre... 

Es sabido que el regreso es la reconciliación con lo que la vida tiene de finito, y la morriña es el sufrimiento causado por el deseo incumplido de regresar. 

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